Cartas son cartas
Angélica Palma
Mercurio Peruano, Año I, Vol. I, No 5-6
Lima, 1919
Angélica Palma
Mercurio Peruano, Año I, Vol. I, No 5-6
Lima, 1919
Santa María del Valle, 30 de Abril de 1917
Hasta estas soledades donde me aburro –¡pero de qué manera, ilustre bardo y señor!– ha venido a entretener gratamente la monotonía de mis horas, a proporcionar sabroso manjar a mi espíritu, ávido de tan delicada golosina, el precioso regalo de las poesías de usted. La simple llegada a mis manos del paquete, certificado, lacrado y sellado, me proporcionó ya sensación placentera. «¿Qué será? ¿Quién me lo enviará?» repetía, gozándome en estimular mi curiosidad antes de satisfacerla, leyendo atentamente mi nombre y dirección, que –¡oh prosaico, imperdonable detalle!– venían escritos en vulgarísimos signos mecánicos. Por último, decidíme a deshacer lazos y arrancar envolturas, y mis ojos irradiaron de alegría al encontrarse con uno de los tan conocidos como simpáticos volúmenes de la casa Garnier. En la pasta roja brillaba en letras doradas el nombre amigo del autor «Daniel Béjares» y debajo el del libro: Añoranzas. ¡Añoranzas! ¡Ay! ¿Quién no las tiene? ¿Quién puede abrigar un concepto tan mezquino y rastrero de la vida que se regocije de no tenerlas? Levemente turbada por el romanticismo sugestivo del título, busqué la primera página, y en ella, al pie de la melancólica frase de Stecchetti –Poveri versi miei gettati al vento– escogida como lema, la mano de usted había trazado en gruesos caracteres: «A Beatriz, para que mis versos reciban luz y dulzura de sus ojos color de miel».
Loca de alegría, corrí a enseñar el obsequio a mamá: se caló las gafas, lo examinó concienzudamente y falló así: «Es mucha fineza de Daniel. Niña, ponle inmediatamente una postalita dándole las gracias». ¡Una postalita! Mamá no acaba de enterarse del santo horror que profeso yo a las postales. Durante mi viaje por Europa derroché un río de tinta en escribir a mis parientes y conocidos, porque, como lo irá usted viendo por la muestra, soy una especie de Sevigné, inédita y chapucera; pues ni una sola gota de ese río fue a ennegrecer las consabidas tarjetas con las palabrejas de cajón: «Querida Fulanita: desde este hermoso lugar, te envío un cariñoso abrazo», tanto porque en los hermosos lugares tenía mucho que admirar para acordarme de ninguna Fulanita, cuanto por la tirria que me inspiran esas banales cartulinas en las que no cabe nada de lo que a una se le ocurre y yo, cuando cojo la pluma es porque se me ocurren muchas cosas, aunque no sean sino tonterías... Ya me lo estaba pareciendo, diría usted, si, a más de mundano burlón, no fuera trovador galante pero como es usted ambas cosas a la vez, me quedo sin saber a qué atenerme.
Declarada mi enemistad personal a las postales, ¡figúrese usted si iba a recurrir a ellas para expresar a tan cumplido caballero mi gratitud por tan gentil presente! Y expresársela inmediatamente como quien pone el visto bueno a la factura de la modista! ¡Imposible! Había que escoger una hora de libertad y calma a tout seigneur, tout honneur. Esperé, pues, a la de sobremesa que es, en las amenas costumbres campesinas, la de los bostezos y cabeceos, y dejando a mi familia, en torno a la mesa, entregada a tan linda ocupación, escabullíme a mi cuarto, donde estoy desde hace una hora, escribiendo más que el Tostado y sin llegar a decir todo lo que deseo y debo.
Para que comprenda usted, señor y amigo, toda la intensidad de mi reconocimiento por su amable recuerdo, ha de hacerse cargo primero de cómo pasan aquí mis días oyendo hablar desde la siete de la mañana (¿quién no madruga en esta vida aldeana?) hasta las nueve de la noche (¿quién se atreve a escandalizar trasnochando?) únicamente de los cañaverales, de la cosecha, del trapiche y de la maquinaria. ¡Una delicia! ¿Verdad que esta patriarcal mansión debería en justicia llamarse, como cierta comedia francesa, le monde oú l'on s'ennuie?
Usted, turista afortunado, conocedor al paso de este espléndido valle de Chicama, donde las horas se le antojarían cortas para gustar los goces ofrecidos por la suntuosa hospitalidad de sus hacendados, calificará tal vez estas apreciaciones mías de exageraciones de muchacha malcriada y descontentadiza; pues si lo hiciere, pecaría usted de ligero, señor mío; hay que mirar las cosas por todos sus aspectos, y el que a mí me presentan ahora no tiene nada de bonito ni de entretenido. En primer lugar, esta posesión de mi padre dista mucho de estar a la altura de Roma, Laredo, Casa Blanca y otras que usted conoce en esta región; por lo tanto su población obrera es reducida y corto el número de empleados, de donde se deduce el segundo y más poderoso de mis argumentos, la falta de sociedad, pues la de Santa María del Valle está formada por el administrador, antiguo y buen empleado, cuya mujer e hijas, cuatro cursis pretenciosas, residen en Trujillo porque no se acostumbran a esta soledad, y por el cajero y su señogga un par de alemanes cincuentones muy trabajadores, muy sencillotes y muy pesados. La única para sufrir estos males en toda su extensión soy yo, pues papá, ocupado en infinitas faenas y mamá en mandar por todos los correos cartas y regalos a mis hermanitos, encerrados en sus colegios de Lima, no se percatan de ellos. Felipe, en vez de hacer dúo a mis lamentaciones, sólo habla, en su carácter de futuro ingeniero agrónomo, del impulso que él va a dar a la hacienda cuando la dirija científicamente, una vez terminada su carrera. Papá, el pobre, encantado con tan meritorios planes, los oye con la boca abierta... y yo también, a fuerza de bostezos; pero si, por amenizar la charla, le canto las verdades a Felipe, proclamando muy alto, que si no estuviera seguro de regresar pronto a Lima con el pretexto de los estudios, se la pasaría renegando de Santa María del Valle y sus alrededores, provoco tan tristes consideraciones sobre la frivolidad de las niñas del día, que acabo recogiendo velas para apaciguar la tempestad.
Por esta breve e imperfecta pintura comprenderá usted con cuanto vigor se destacará la blanca piedrecilla que señala el día de la llegada de su libro entre las muchas grises que forman mi vivir actual, y podrá comparar, además, las románticas Añoranzas de usted con estas mías, tan reales y prosaicas. Pongo punto final al cansado relato de ellas, y vuelvo al de las impresiones suscitadas por el arribo de sus lindos versos. Como chiquillo goloso que en un periquete da fin a una caja de dulces, leílos todos de un tirón, ávidamente, y, por la impaciencia en satisfacer mi anhelo, quedé más deslumbrada que conmovida. Horas después, cuando ya atardecía me instalé en mi paraje predilecto, un bosquecillo de naranjos a espaldas de la casa, abrí el libro al azar, pensando vagamente en que la primera composición que apareciera sería quizás una respuesta a mis ansias imprecisas, un reflejo de mi estado de ánimo y, asombrada de la realización de mi presentimiento, leí estas líneas:
Soñaba, en el huerto,
bajo un naranjo en flor,
el aire alborotaba
la seda de tus rizos...
¡Ay! Aquí terminaba la maravillosa coincidencia; lo demás era solo prodromos de la mágica palabra final de la octavilla, del más bello y propio consonante de flor, y eso, decididamente, ya no iba conmigo. No se ría usted de mí, juzgando lo que acabo de escribir como una queja de señorita cursi, necesitada de novio; es que no puedo creer que, fuera de los libros, exista ese sentimiento tan hermoso, tan dulce y tan avasallador, y lo dudo, no tanto por razones personales, pues sería muy prematuro un fallo fundado sólo en ellas, sino porque nunca lo he visto por ninguna parte. ¿Puede llamarse, acaso, amor a los plieguecillos firmados por imberbes galancetes y plagados de errores ortográficos, que nos mostrábamos unas a otras en el colegio, a hurtadillas de las madres? ¿Puede llamarse amor a la gárrula charla, salpicada de risas y reticencias, que mil veces he sostenido con representantes, más o menos simpáticos del sexo feo, en la penumbra discreta de una sala, o en la fácil y banal confianza de una relación de viaje? ¿Puede llamarse amor al motivo que llevó a recibir la bendición nupcial, en ceremonia pomposa presenciada por usted, por mí y por el todo Lima de esas ocasiones, a mi prima Alicia, cuyos coqueteos con Alfredo Borja duraron hasta el mes anterior a la boda, y a Manolo Monterrey, de quien hasta las más inocentes sabíamos que se despepitaba por una corista? ¿Llamaremos amor, tal vez, a este noble y santo afecto que une a mis padre y cuyas manifestaciones verbales son diálogos interminables sobre los trajes de Beatriz, la carrera de Felipe, los textos de los chicos o las muñecas de la bebé? No. Novelerías, conveniencias, compenetración de hábitos y cariños, eso es, lo que, en malo y en bueno, he visto yo; pero nunca lo que me han hecho soñar ustedes los bardos, mentirosos empedernidos, maestros en artes engañosas, magos maléficos que emboban a las muchachas crédulas con el filtro sutil y ponzoñoso de los versos haciéndonos esperar algo divino que, no es, en resumen, sino el consonante de flor.
A pesar de ello, o por ello, reciba usted las más efusivas gracias de su admiradora
BEATRIZ DEL REAL.
Lima, 10 de Mayo de 1917
Beatriz:
Media hora me ha tenido usted, pluma en ristre, sin dar con la manera de empezar esta carta; ocurríaseme unas veces poner: «Muy estimada señorita», al estilo, entre confiado y respetuoso, de un criado antiguo ¿Qué otra cosa soy yo, sino obediente servidor de Su Gracia? Otras, llevado de la manía retórica, la hubiera llamado a usted flor, estrella, ángel o deidad, alguna de esas cosas sublimes que son las mujeres como usted, a no detenerme el miedo de encender en sus ojos color de miel la luz de la pícara burla. Harto de cavilar y no acertar, decidíme a estampar sencillamente su dulce nombre, ensueño del Dante.
Si usted me da las gracias por mis pobres versos, ¡cuántas no la debo yo por su epístola espiritualísima! Y aunque entre líneas pueda leerse que ha sido escrita ante todo, para entretener el tedio, sólo me cabe sentirse tan honrado como satisfecho por haber distraído un rato a la linda aburrida de Santa María del Valle, donde, bien mirado, la vida no ha de ser tan monótona. ¿No hay cabalgatas a las haciendas vecinas, visitas frecuentes a Trujillo, la ciudad legendaria, la de las puras tradiciones castizas, la de los caserones solariegos, la que bautizó el Marqués don Francisco Pizarro con el mismo nombre de su villa natal y en la que, según rancias consejas, yace sepultada una costilla del caballero invicto de la Mancha? Vamos, vamos, que a pesar de la falta de sentido práctico característica de su venturosa edad, no siempre le ha de parecer a usted desatinada la ocurrencia del difunto pariente que dejó en herencia tan valioso fundo a mi respetable amigo don Felipe del Real. Además, si hemos de creer en refranes, no hay mal que cien años dure; suponiendo que la residencia en ese lugar sea un mal para usted, terminará dentro de dos años, a lo sumo, según la formalísima promesa paternal y en dos años, cuando se tienen los de usted, ¡pasan tantas cosas! Sin aludir a la llegada del Príncipe Azul, eterno despertador de las durmientes, cuando son bellas, pueden surgir en ese período de tiempo tantos motivos de interrupción de la pacífica existencia aldeana! Un acontecimiento de familia, un achaquito que requiera la asistencia de los médicos de la capital, o cualquiera otro de los sabios recursos del riquísimo arsenal femenino, pueden traer como consecuencia gratísima para nosotros, sus leales amigos y admiradores fervientes, la reaparición de usted en esta Lima coqueta, en este grupo social devoto de sus encantos desde que por vez primera los apreció el otoño pasado en aquel gran baile del Club Nacional, al que yo asistí sólo por no encontrar mejor empleo para mi ociosidad. Llegué tarde, como a las doce y media, y me senté al lado de una prima que se consuela de no bailar hablando incesantemente. Oíala sin escuchar, siguiendo con mirada distraída a las parejas que cruzaban ante mí a los acordes de un one step; entre ellas pasó usted. ¡Señor! ¿Dónde había visto yo ese cuello flexible, sostén de una cabecita graciosamente inclinada, dónde ese rostro de óvalo purísimo, dónde la curva fugitiva de esa barba hoyuelada, dónde esos ojos soñadores que hacen soñar?
–¿Quién es, quien es? –pregunté afanosamente a mi prima.
–¿Cuál, hijo? ¡Hay tantísimas parejas! –me contestó muy tranquila.
–La de vestido blanco, la que baila con el secretario de la legación de España.
–¡Ah! ¿No la conoces? –interrogó asombrada –¡Si ha sido condiscípula de mis hijas en el Sagrado Corazón!
–Bueno, pero como yo no he sido alumno de ese colegio...
–De mil amores lo serías ahora mismo, grandísimo badulaque.
–Convenido; pero ¿acabarás de decirme quién es?
–¿Esa niña? Si me parece mentira que no lo sepas. Verdad es que cuando terminó su educación la llevaron sus padres a Europa y es esta la primera vez que sale a sociedad.
–Nada de eso me dice su nombre.
–¡Jesús con el hombre tan curioso! Pero ¿no aciertan todavía? Beatriz del Real, la primogénita de Beatriz Montero.
¡Por fin! Ya sabía donde había visto, si no esa misma gentil figura, otra muy semejante. Me remonté a mi lejana adolescencia, a la época en que, muchachón desgarbado de quince años, con todas las timideces y las brusquedades de esa edad, tan ingrata en los hombres, consagraba admiración vivísima a la amiga íntima de mi hermana mayor, a esa Beatriz Montero, una de las bellezas de su generación, que se casó algún tiempo después, sin haber parado mientes jamás en su antiguo adorador. Y digo antiguo, porque cuando se realizó el matrimonio, la evolución natural de los días y de las cosas me había curado de platonicismos ingenuos.
Cesó el one step, y yo me dirigí, detrás de usted, al comedor donde me la hice presentar, deseoso de analizar las semejanzas entre la fresca juventud de usted y el pálido recuerdo de la de su madre. ¿Eran tantas como a primera vista imaginé? Quizás sí; pero disminuidas por esos detalles que establecen la diferencia entre dos generaciones, y cuyos matices, aunque bastante perceptibles, son difíciles de precisar. Toda estas cosas, dichas con suficiencia de observador experto, me las escuchaba usted con amable sonrisa, cuando, empinándose sobre sus altos tacones para ser vistos desde lejos y agitando un carnet, llegó a interrumpirme Pepito el Breve, diciendo muy sofocado:
–Nuestro vals, Beatriz, este es nuestro vals. ¿Vamos?
–Con mucho gusto –respondió Ud. con tal sinceridad que no pude menos de reflexionar que los atractivos que yo empezaba a encontrar en la evocación del pasado, los tenía, usted, vivos y palpitantes, en su radioso presente.
Después de aquella vez, hablamos largamente en otras mucha, y ha llegado a creer, con orgullosa satisfacción, que aunque mis años dupliquen con algún exceso los cuatro floridos lustros de usted, armonizan en muchos puntos nuestras maneras de juzgar y de sentir. Por eso, al recibir el cajón de mis libros, mi primer pensamiento fue para usted, mi primer deseo, el que leyeran sus ojos color de miel esos renglones míos y mi primer acto, el de enviárselos, y usted, generosa, a fuer de rica en todos los dones y en todas las gracias, los compensa espléndidamente con su carta exquisita en la cual, para colmo de gentileza, me llama poeta. Tal fineza me anima a darle a conocer a usted, como manifestación de confianza, que tal vez podría llamarse abuso de ella, la página liminar de otro libro que publicaré en breve, en cuanto dé con un título a mi gusto, pues los que se me han ocurrido pecan, cuando no de cursis, de anodinos. ¿Quiere usted ayudarme a bautizarlo?
En cuanto a la composición que en seguida copio... Bueno: nada de preámbulos explicatorios, que, en vez de atenuantes, podrían resultar agravantes. Allá va.
Como humilde campesino que en prenda de vasallaje
corta las rosas mejores de su jardín aldeano,
y las ofrendas a la Virgen, cual simbólico homenaje
del ardor de su fe ingenua, del esfuerzo de su mano,
con las plantas desgarradas por las zarzas del sendero,
a cuestas la cruz pesada de mis íntimos dolores,
me acerco a tu santuario, desengañado romero,
con el haz descolorido de mis agostadas flores.
Quizás suba a ti el perfume de estas flores semi-mustias,
quizá el eco de mis cantos a tus oídos llegó,
quizá un día presentiste mis románticas angustias
quizá el amor del poeta a sus ojos se asomó.
Más nunca dije el secreto de este culto fervoroso;
sospechan todos que te amo y nadie sabe quién eres,
ni que cuando te saludo, cortesano y respetuoso,
mi alma te llama bendita entre todas las mujeres
Las maldades de la vida me han herido y me han machacado
en ti ríe triunfadora la pureza de tu abril,
y tal vez ni soñar debo que a mi espíritu cansado
lo refresque el aura suave de tu gracia juvenil.
Silencioso y resignado a guardar mi ansia secreta
como una lluvia de pétalos mis versos riego a tus pies.
Y tú ignoras que a ti sola va el tributo del poeta,
y tú ignoras, Adorada, que el poeta tuyo es.
¡Poeta! ¡Con qué desenfado me lo llamo! ¡Poeta yo! Beatriz, espiritual amiga ausente, a usted sola le confieso que alguna vez he imaginado serlo, que alguna vez he creído con ciertas buenas gentes, de esas que tienen la admiración fácil, que a haber necesitado formarme nombre y fortuna y no encontrármelos ya hechos, hubiera logrado subir hasta las mismísimas cumbres del Parnaso; pero hoy, a fuerza de auto-sicologizar, he adquirido el profundo y resignado convencimiento de que sin ese modesto bienestar material que me permitió cultivar mi espíritu, refinar mi gusto, ampliar mi horizonte intelectual con los viajes y la lectura, habría sido completamente incapaz hasta de rimar enojos con sonrojos. Sin embargo, me ha halagado deliciosamente el título de poeta dado por usted, aunque venga aderezado con los epítetos de farsante, engañador, maléfico y otras lindezas semejantes. Y todo para decir una mentira como un templo ¡Sí, señorita, no me desdigo: una mentira! ¡No creer en el amor, usted, que es en cuerpo y alma su más cabal personificación! ¡Asegurar que no es sino un lindo consonante de flor! ¡No creer en el amor, usted, Beatriz! ¿Y Pepito el Breve?
Siempre a los pies monísimos de usted su amigo y servidor.
DANIEL BÉJARES.
Santa María del Valle, 18 de Mayo de 1917
Amigo mío:
Encantada, encantada de manera tal que ni mi pluma torpe ni mi lengua, harto más expedita, según dicen, sabría expresarlo, me han dejado la prueba de amistad confiada y sincera que significa su carta, la primicia poética que usted me brinda. ¿Cómo podría yo, pobrecilla indocta, reflejar en estas líneas mi pensar y mi sentir? Ramplón y descolorido sería cuanto aquí estampara para hablar de la emoción que sus versos me han producido; no quiero desvirtuarla con frases banales; murmuro simplemente: gracias, y paso a otro tema que no me obligará a buscar palabras sino a contener las que se me vengan a borbotones: le armo querella a usted, sin que mi conciencia, severa y exigente de suyo, me tilde de quisquillosa. ¡Si andaré sobrada de razón! Vamos a cuentas, señor mío. ¿Por qué no me toma usted en serio? ¿Por qué, después de abrumarme con finezas que me dejaron creer en un lisonjero juicio de usted sobre mi humilde persona, me desengaña usted rematando su carta con una pregunta irónica? ¿Me negará usted que en esa interrogación capciosa, con la que responde a mi escepticismo sentimental, van envueltos los conceptos de frivolidad y pose que son en resumen, los que les han sugerido mis opiniones tan francamente expuestas? ¡Mire usted que contestar a mis confidencias espontáneos trayendo de los cabellos a Pepito el Breve! Me ofendería notablemente, si al citar a un ser que por breve de cuerpo y de espíritu, es solo afirmación del flirt y negación del amor, no asintiese usted implícitamente a mi teoría de que el amor, el digno de tal nombre, el que palpita en la poesía liminar de su futuro libro, es... sólo eso: poesía, es decir, lo más bello del mundo, pero también lo más alado, lo más impalpable. Y si usted insiste en que es algo corpóreo y tangible, si quiere disuadirse del error, obligarme a cantar la palinodia y gloriarse del triunfo de convencer a una recalcitrante, quizás con pocas palabras pueda lograr tan señalada victoria; dígame usted el nombre de quien inspira y probablemente comparte el sentimiento que alienta en sus versos, y entonces ¡quién sabe! tal vez abriré los ojos a la luz.
Creo, sí, que no debe usted confiar el éxito de su apostolado sólo a la elocuencia, nunca bastante bien alabada, de su pluma: la propaganda oral es la más fructífera, y esa sólo de la voluntad de usted depende llevarla a cabo pronto. Me explicaré. A nosotros, los felices habitantes de estos valles ha llegado la noticia de que un numeroso grupo de caballeros de Lima, casi en su totalidad amigos de usted, y también de esta casa, tienen el proyecto, merecedor de las más férvidas alabanzas, de consagrar los días conmemorativos de la independencia nacional a recorrer estas haciendas norteñas, prescindiendo abnegadamente en favor nuestro, de los tan acreditados fuegos artificiales, de la distinguida monotonía del corso de carruajes y de las veladas teatrales con Somos libres a pasto, que hacen las delicias de los limeños en la fecha obligada de regocijo patriotero. Los señores de estos cañaverales nos disputarán el honor de agasajar a tan distinguidos huéspedes si no como ellos lo merecen, todo lo que pueda nuestro buen deseo. Mis padres me encargan manifestárselo a usted así y encarecerle, en nombre de ellos, que no deje de unirse a los excursionistas que nos favorecerán con su presencia. En cuanto a mí... ¿con qué promesas le engolosinaré para decidirle a visitarnos? Le perdonaré lo de Pepito el Breve, le buscaré título a su libro futuro, le recitaré toditas las poesías de Añoranzas, no seré excesivamente prolija al narrarle mis vagas melancolías, esas que me llevan
a leer en el huerto
bajo un naranjo en flor,
ni demasiado impertinente al solicitar las confidencias de usted acerca de... de eso que sirve para el consonante susodicho. ¿Le parece a usted poco? Es usted muy galán caballero para responder sí a esta pregunta y para decir que no al convite que con tanta sinceridad le hace su amiga.
BEATRIZ.
Lima, 3 de Agosto de 1917.
Hermana mía:
Me tienes ya nuevamente en Lima, disfrutando sibaríticamente del regalo y las comodidades de mi casa y entregado a los cuidados solícitos de la buena vieja a quien tú, tus hijos y yo llamamos mama Chepa, y a lo menos afectuosos, pero mucho mas atinados e inteligentes de Nakaíto, el mayordomo japonés, que serán por larguísimo tiempo, si Dios no lo remedia (y a fe que no le veo trazas de remediarlo) mis únicos compañeros de hogar. Con este exordio queda dicho brevemente que no se realizaron los planes ilusionados que te hizo forjar mi viaje al Norte, planes cuya posible realización negaba yo, algo flojamente, lo confieso, y que, si tus augurios se cumplían, debían llamarse primavera en otoño, según la opinión irónica de tu hija Lulú, lectora entusiasta, como todas sus contemporáneas, de ese delicado y audaz Martínez Sierra, cuyos libros, quizás por demasiado comprensivos del alma mujeril, cambiarías de buena gana a tu niña por los cuentos castizos y patriarcales de D. Antonio de Trueba, o por las novelas amenas y sin complejidad del delicioso Fernán Caballero, únicas lecturas que a la curiosidad de tus abriles permitía nuestra madre, conservadora y tradicionalista como pocas. Pero los tiempos cambian, tu buen sentido sabe que la autoridad materna no va tan allá y que es vano pretender que una generación viva la vida de otra; eso, créemelo, porque son observaciones in anima vili, no se puede ni se debe, mi buena hermana.
No son estas disquisiciones tan ociosas y fuera de lugar como ha de antojársele a tu impaciente afán por llegar al conocimiento de los hechos; y en obsequio a ese deseo, empiezo mi relato que, en puridad de verdad, podría reducirse a estas palabras que, si bien se mira, son el compendio de mi existencia toda, más abundante en divagaciones imaginativas y en escarceos sentimentales que en realidades concretas y definidas: «Aquí no ha pasado nada. Bien; charlemos».
Quiso la casualidad que los días que pasaste en mi casa, obligada a dejar tu residencia de Arequipa por los achaques de tu Lulú, prontamente curados con el viajecito a la capital, fueran los mismos de –empleemos la palabreja sin eufemismos– de mi flirt epistolar con Beatriz. La chica y tú se interesaron grandemente en el asunto, mirándolo cada cual a través del prisma de su edad y de su personal criterio. Tú me decías: «Convéncete: esta es una muchacha inteligentísima, que estima más tus cualidades positivas de hombre experimentado que los galanteos frívolos de los muñecos a la moda». Y, descubriendo la vocación casamentera latente en toda mujer, agregabas
–¿Quién mejor que ella para señora de esta casa?
–Claro, tiío –apoyaba Lulú, risueña –tú estas todavía muy bien, y, después de todo, eso de los años no es tanto. No has leído el Amor catedrático?
–Ni lo leeré, vida mía; ¡sabe Dios las cosas que a mí me diría entre líneas tu autor predilecto!
Alentado por estos comentarios entre serios y chanceros y por los insistentes consejos con que pródigamente me obsequiabas antes de regresar a tus lares, resolví el viaje a que me invitaba la cartita gentil de Beatriz y si me libré de emprenderlo con pueriles entusiasmos de cadete, fue gracias a una frase pronunciada por Lulú en ingenuo arranque de admiración al saber el convite de su amiga y que, ni por el fondo ni por la forma poco pulida, cuadraba mucho a la lectora del Amor catedrático: «¡Qué rica Beatriz; Es muy lanza; ésa, por coquetear, no se para en pelillos... más o menos canos».
Con todo, he de declararte que no era el tranquilo escepticismo de la madurez lo que me dominaba cuando, dejando a mis compañeros disfrutar por un día más de la suntuosa hospitalidad de la hacienda Roma, atravesé, al trote de un potro tordillo y bajo el sol aún ardiente de las cuatro de la tarde, la avenida de sauces añosos que lleva a la casa blanca de Santa María del Valle. Fui acogido cordialísimamente: exclamaciones, saludos efusivos, dulces sonrisas de bienvenida, y luego, conducción del turista a su habitación para limpiar el polvo del camino, sabroso refrigerio en una glorieta sombreada por rosales trepadores, y largo paseo, que terminó, al atardecer, cabe aquel naranjo en flor propicio a los poetas... A su sombra, aislados de los demás, Beatriz y yo hablamos, hablamos larga y deliciosamente. ¿De qué? De todo y de nada: nada preciso ni definitivo; sí muchas amables vaguedades; confidencias cándidas y pudorosas que me producían una suave embriaguez, en la que se confundía la música de las palabras ingenuas con el aroma de unos cabellos graciosamente despeinados por la brisa y con el de los azahares que perfumaban la paz romántica del atardecer. Pero ¡ay! la inmensa bóveda celeste no cobija sólo atardeceres de serena melancolía; hay también mañanas radiosas, mediodías de luz deslumbradora, noches tan placenteras de luna clarísima que diríanse hechos expresamente para los esparcimientos bulliciosos de una juventud inquieta y alocada. Y eso fue lo que, desde al día siguiente al de mi llegada, ocurrió; vinieron los paseantes de Lima, los de Trujillo y sus contornos, y ya, para los habitantes de Santa María del Valle, todo fue dentro de su recinto o en los fundos inmediatos, cabalgatas, cacerías, partidas de golf y de tennis, tangos y fox trotters, bailados a todas horas y en todas partes, en los caminos y en las alamedas, bajo la ardiente caricia del sol o la suave de la luna, a los sones melancólicos de un gramófono, profanador impío de los más pintorescos parajes. Pero Beatriz y sus contemporáneos no se curaban de profanaciones; corrían, danzaban, jugaban, se agitaban y reían sin tregua con tan frescas carcajadas, que muchas veces me acercaba a ellos, movido por la curiosidad de conocer el rasgo de ingenio que motivaba tan ruidosas risas: mis indagaciones eran inútiles; el rasgo de ingenio no parecía; reían sí, razón suprema; reían por obra feliz de sus pocos años que les ponían agilidad en los músculos y un prisma rosado ante los ojos y carcajadas siempre prontas a estallar en los labios pletóricos de sangre. Yo ya no sé reír así; quizá si nunca lo supe.
No crean por esto que en tan alegre comparsa el antipático papel de ogro agua-fiestas; no; sabía ponerme a la altura de las circunstancias, sin perder la mesurada circunspección de mi edad, y Beatriz me recompensaba con sus afectuosas sonrisas y con alguna que otra tentativa para reanudar el coloquio de aquel atardecer de mis añoranzas. Más de tentativa no pasaba; pronto venía alguien a solicitarla, como en ese baile donde la conocí; ella, murmurando una excusa, se iba, como entonces, de mi lado, ligera y sonriente, y yo, al mirarla alejarse para volver a su elemento propio, sonreía también, considerando la ironía de mi destino, que me ha negado el don de la oportunidad; donde la madre llegué demasiado pronto; tarde, donde la hija, aunque no tanto que me quede el consuelo de decir con Compoamos;
Las hijas de las madres que amé tanto
Me besan ya como se besa a un santo.
Si no puedo ser santo para esta criatura, tampoco quiero ser demonio tentador que la induzca, valido de la ciencia mundana que me sobra y ella todavía no ha adquirido, a unir su presente, que casi es sólo futuro, con el mío, que pronto será pasado. Bien sé que esta lumbre que conforta y atormenta mi corazón podría avivar la débil llamita que pugna por encender otro; creo que así gozaría algunos años de dicha embriagadora. Pero; y después, ¿cuando el tiempo acentuara fatalmente las diferencias que hoy nos distancian, cuando ella me juzgara cada vez más demodé y yo la encontrara cada día más avanzada, cuando, ¡oh lamentable ridículo¡, me hallara más cerca de mi suegra que de mi mujer? No afronto peligros que mi experiencia prevé, ni asumo responsabilidades que mi honradez rechaza; espero resignado los epítetos de egoísta, sofístico, escrupuloso, cobarde, apático, etc., etc., con que has de calificarme al ver deshecho el castillito que en tu afectuoso interés por mi suerte te diste a edificar con unos plieguecillos de papel, y para el cual te obsequio, a manera de losa epitáfica, una postal –¡oh deliciosa versatilidad!– recibida ayer, en la que se agradece el buen ejemplo dado por los turistas limeños a la sociedad del valle de Chicama, y que ha inducido a ésta a continuar tan simpático género de vida reuniéndose en fiestas frecuentes.
¡Oh Beatriz, linda iniciadora de una correspondencia copiosa e íntima que terminas por una tarjeta de cumplido cuando la ocasión te depara esparcimientos mejores! No seré yo quien te tache de frívola y tornadiza; no seré yo quien te acuse por no haberme dado lo que ni a tu edad ni a tu educación podía exigirse; sólo te han enseñado a ser bella y agradable; cumples esa doble misión a maravilla; no hay derecho a pedirte más por hoy. Tal vez mañana, venciendo prejuicios rutinarios y conceptos erróneos, a ti, como a tantas otras, la vida te hará mujer. Que el que a ti llegue entonces sea digno de tan alto don; a mí me queda el recuerdo de aquel atardecer apacible, impregnado del aroma de tus cabellos y del de las flores del naranjo amigo, bajo el que leías mis versos.
Perdona, hermana mía, el paréntesis abierto en esta carta para dar mi adiós de romántico incorregible a la quimera también por ti acariciada. Y perdona, además, que hasta ahora no haya cooperado eficazmente a tu deseo, tantas veces expresado, de ver asegurada mi felicidad por medio del matrimonio. Las circunstancias no lo han querido, ¡Qué le hemos de hacer; aquí, inter nos, ¿estás plenamente convencida de que ese es el medio de asegurarla?
No soy yo un detractor del sacro vínculo ¡Dios me libre¡ Por el contrario, tengo de él tan alta idea que soy incapaz de mirarlo con el lente de la conveniencia y de considerarlo con el criterio que guía a las amas de casa cuando adquieren objetos que no necesitan por aprovechar de que se los ofrecen baratitos. No; el matrimonio no es artículo de ocasión; es la más noble cúspide de la existencia social y sólo se puede llegar a ella rectamente por dos caminos: el del amor, amplio, soleado y florido, que en la juventud nos brinda, o creemos que nos brinda, sus encantos, y otro, más estrecho y escondido, apetecido por muy pocos y por menos aún transitado, que es el de la compensación de ideas y sentimientos, de la armonía perfecta de caracteres y espíritus, que hace que nuestros ojos adivinen en la luz de otros ojos el pensamiento aún no formulado, que nuestros labios pronuncien, al unísono con otros labios, la palabra que expresa el matiz delicado y justo de nuestro íntimo sentir.
El primer sendero rara vez se recorre cuando ha pasado la estación primaveral; el segundo, por raro y oculto, dudo que mis ojos lleguen a descubrirlo; y como yo soy hombre capaz de llegar a la cúspide por la senda tortuosa de las conveniencias o por el atajo del capricho, vete resignando a que me quede en el terreno llano, solo, como simple espectador de la vida, condición desairada si se quiere, pero apacible y cómoda.
No me perdonaría el haber frustrado una vez más tus planes, el haber defraudado las esperanzas que cifraste en mí, si el número y la edad de tus hijos (siete, de cinco a dieciocho años) no te ofreciera ancho campo y un lapso de tiempo no menor de un cuarto de siglo para el ejercicio de tu infatigable actividad. Compénsente los éxitos filiales del fraterno fracaso, brille siempre en tu casa la antorcha de Himeneo, resuene el son de las nupciales marchas, órnenla guirnaldas de mirto o azahar; recocígense tus ojos viendo deslizarse por las aguas azules las barcas que se alejan, a velas desplegadas, la proa a Citeres, en tanto que desde la orilla opuesta implora las bendiciones del Cielo para los noveles viajeros y para aquella que les marcó el rumbo, tu hermano agradecido, cariñoso... y soltero,
DANIEL.
ANGÉLICA PALMA
1918
Angélica Palma
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026