Cartas a una turista
Angélica Palma
Prisma, No 32-56
Lima, 1907
Angélica Palma
Prisma, No 32-56
Lima, 1907
Lima, 16 de febrero de 1907
Ma chérie:
Hace seis meses que las inseparables, como nos llamaban en San Pedro las madres, están separadas; seis meses que mis ojos, nublados por la proximidad de la despedida, te contemplaban en la cubierta del «Guatemala», gentil y vigorosa con tu traje sastre de corte impecable y del mismo suave gris de las botitas de alto tacón y de la gorra de viaje, cuya visera daba sombra ligera a tu cara bonita que el cuello masculino y la corbatita negra atravesada por un imperdible de oro mate te hacían más sonrosada y juvenil; seis meses que nuestra amistad nacida hace doce años (¡doce años!, ¡qué viejas somos!) en los apacibles claustros del colegio, tiene que contentarse con el débil recurso de las cartas.
¡Con cuánta impaciencia espero las tuyas! Las primeras víctimas de mi afán son las telefonistas; no las dejo en paz con mis preguntas: «Señorita, ¿ha llegado el vapor de Panamá?», «Señorita, ¿a qué hora fondeará?». Y las pobres que no saben de la misa la media, diga lo que quiera el reglamento, tiene que ponerse al habla con el correo para satisfacer mi curiosidad. Al fin, el ansiado buque ancla en el Callao, a los doce o trece días apenas de salido de Panamá, pues ya sabes lo cumplidoras que son estas compañías de navegación: a las pocas horas traen a casa la correspondencia y entre los rotulados a papá y que ostentan en inglés el sello de poderosas casas comerciales, mis dedos inquietos hallan uno, coqueto y satinado, con mi nombre en caracteres largos y aristocráticos.
¡Qué diferencia entre la variedad de tu vida y la monotonía de la que aquí se lleva: por las mañanas la irrupción de bañistas alegra con sus charlas y sus risas la tranquila bahía de Chorrillos; en las tardes si hay que hacer compras o visitas, a Lima, con la consabida llegada donde Broggi a tomar un helado y a arreglar en el tocador cualquier desperfecto de la toilette, y luego unas vueltas en victoria por las calles centrales y el paseo Colón, antes de tomar el eléctrico de regreso; en las noches de retreta al malecón que indudablemente, tiene toda la belleza y poesía con que lo ves a través del prisma de la ausencia; pero... ¡ay hija de mi alma! Este bello y poético lugar lo he atronado de pequeña con mis carreras y mis gritos; lo he recorrido de pollita, cogida de tu brazo, recibiendo a quemarropa los piropos de imberbes Tenorios y por el paseo desde hace tres veranos, mis vaporosas faldas largas. Ya ves que no hay belleza ni poesía que resistan a tanta repetición.
Entre tanto, tú ves a cada rato cosas nuevas y recibes nuevas impresiones. Al referirme tu visita a la exposición de automóviles en la explanada de los Inválidos me dices que allí se habían dado cita la aristocracia de la sangre y de la alta banca, las parisienses de más refinada elegancia y la élite de las colonias española y americana, y terminas asegurándome, con mucha gravedad, que estás maravillada de los adelantos de la industria moderna. Chiquilla, esa no cuela: bien sé que tu rizada cabecita no se preocupa de tales adelantos y que la magnífica exhibición solo te haría pensar en un vertiginoso paseo por los Campos Elíseos, en un vestido chic de automovilista y en un apuesto chauffeur.
En cambio, encuentro sincero tu entusiasmo al hablarme del libro que va a publicar en francés sobre el Perú intelectual Francisco García Calderón; al trabajar por que disminuya la ignorancia sobre nuestro país, hace este joven una buena obra que será, seguramente, una obra hermosa. A la vanguardia de la nueva generación literaria marchan con decisión y brío los dos hermanos García Calderón, más pensador Francisco, más artista Ventura, y ambos con la chispa divina en sus cerebros vigorosos.
Ya es hora de enviar esta incoherente carta a su destino, mi querida Rosa, fresca y linda como tu nombre florido de santa limeña; viaja, goza, luce por doquiera la radiante sonrisa de tus veinte años y tu suave encanto de criolla y no escatimes el relato de tus paseos y tus triunfos a tu invariable amiga
ARACELI.
Lima, 01 de marzo de 1907
Amada Rosita:
Para los señores psicólogos que alardean de conocer el alma femenina, habrá sido una sorpresa el resultado de la pregunta que hizo Femina a sus lectoras: «¿Preferiría ser hombre o mujer?». Una regular mayoría declara estar satisfecha de su sexo y algunas se fundan en razones de la más pura elevada feminilidad. Una señora, que ha de ser probablemente una mamá tierna y cuidadosa, dice que la mujer no reniega de serlo, porque no puede renunciar, voluntaria y deliberadamente, a la suprema dicha de la maternidad; y otra, que mira cara a cara la penosa misión de su sexo y la acepta valerosamente, declara: «Prefiero ser mujer a ser hombre, porque prefiero sufrir a hacer sufrir». Tengo para mí, que si a esos señores que hacen, a costa nuestra, filosofía barata se les hubiera pedido que prejuzgaran el resultado del concurso, habrían respondido sentenciosamente: «La mujer moderna está demasiado metalizada, demasiado imbuida en las falsas ideas de la igualdad de derechos de ambas mitades del género humano, para que no prefiera nuestra febril existencia a los sencillos goces del hogar». En tanto, los que se pierden de vista de puro sutiles y perspicaces, habrían opinado: «La mujer es demasiado lista para renunciar el imperio de la gracia y la debilidad; sabe que la belleza y la coquetería son omnipotentes y no ha de abandonar el gobierno indirecto, pero positivo del mundo, por las agitaciones del struggle for life». Pues estais equivocados, graves moralistas y finos psicólogos: si la mujer está orgullosa de su sexo no es porque no comprenda las ventajas del contrario y deje de apreciar en su inmenso valor, su poder de voluntad y de acción, ni porque mareada por el humo de la lisonja, se consagre exclusivamente al flirt y al lujo; es sencillamente, porque cumple sin protestar la ley eterna de amar y sufrir; porque es esencialmente femenino el culto de la abnegación y el sacrificio.
Conste que te proclamo la reina de las corresponsales, pues son tan precisas y detalladas las noticias que en tu última carta me das sobre la inauguración del teatro Réjane, que creo ver erguirse ante mi el esbelto edificio, blanco y oro; paréceme que atravieso el hall espacioso y que penetro en la sala, pintada delicadamente de matices pálidos y alumbrada por luz color de rosa, a la vez intensa y suave, y hasta me imagino admirar, en el estreno de la Savelli, a la incomparable Réjane, con su picaresca naricilla parisiense y a la bella Lantelme con sus aterciopelados ojos de ensueño, ataviadas con los trajes de amplias mangas, hombros caídos y faldas ahuecadas por la crinolina de las damas del segundo Imperio, de esa época fastuosa y deleznable, de la que solo quedan, como trágicos fantasmas, Eugenia de Montijo, ciñendo con las tocas de la viudez la abatida cabeza, que un tiempo ostentó, altiva y adorable, la doble corona de la majestad y la divina hermosura, y Carlota de Hapsburgo, alma en pena que vaga por los parques de un castillo austriaco, llamando con su desgarradora voz de loca al gallardo emperador de la aúrea barba, sacrificado por Napoleón III en la temeraria aventura de México.
Con deliciosa naturalidad, a través de la cual percibo tu fina sonrisa burlona, me pides que yo también te relate mis veladas teatrales; pues bien, si en este punto tú sólo tienes l’embarras du choix, aquí también podemos escoger... entre comerlo o dejarlo, como decía a su mujer el egoísta del cuento, ofreciéndole un pichoncito minúsculo, después de apoderarse de una magnífica perdiz. Imagínate que, por junto, tenemos una compañía del género chico, y tan chico que es preferible dejarlo a comerlo. Parece esto increíble en una ciudad que goza de algún bienestar económico, donde se maneja el dinero con un desprendimiento rayano en el despilfarro, que posee cierto grado de cultura artística y que tiene un personero, no sólo activo y emprendedor, sino de aquilatado gusto literario, como lo demostró plenamente en la traducción de Papá Lebonnard, el conmovedor y tierno drama, que fue uno de los mayores triunfos de esa brillante compañía Thuillier, de la que aún sentimos la nostalgia en Lima.
No pretendo por cierto que nos visiten María Barrientos y Carusso, Eleonora Dusse y Coquelín, pues bien sé que Buenos Aires es la única capital sudamericana que puede darse tales lujos; pero también es clamoroso que pasen largas temporadas sin que suban a la escena sino piececitas de chiste dudoso e indudable inmoralidad, que alejan del teatro a las familias y pervierten el gusto del público.
Algo profana resulta mi carta para esta época de místico recogimiento, en que la amplitud solemne de los templos se puebla del rumor de las plegarias, del frú-frú de las faldas crujientes, del tintineo cristalino de los rosarios; he caído en la tentación por contestar a tus frases risueñas y mundanas y por lo tanto te corresponde parte de la penitencia que por este pecadillo le impongan a tu afectísima
ARACELI.
Lima, 16 de marzo de 1907
¿Qué enojosas melancolías oscurecen la limpidez de tu almita blanca? ¿Por qué tu última epístola no es, como las anteriores, el ditirambo gozoso que tu rica juventud entona a las cosas nuevas, a los paisajes variados, a las impresiones frescas? Tierna y delicada sensitiva, ¿qué vientecillos de contrariedad doblegan tu corola lozana? Felizmente, hay en tu corazón mucha fe y muchas ilusiones que no permiten anidar en él al ave sombría de la tristeza y estoy cierta de que, a las pocas horas de escribirme, habrían desaparecido tus infundadas penas de niña mimada; pero aunque la causa de un sufrimiento sea imaginaria, no deja de ser real su doloroso efecto y por eso creo que era una honda y sincera nostalgia la que te hacía decirme: «No te imaginas con cuánta ternura recuerdo nuestros paseos vespertinos entre la doble hilera de palmeras enanas y jazmines en flor de tu patio de mosaicos, animado por los juegos de los niños y la risa melodiosa de tus hermanas. Me hacen falta, Araceli, los afectos sólidos, las conversaciones íntimas, las casas amigas, todo lo que es mío, todo lo que es Lima; ¡háblame de ella!». He pensado que el mejor modo de complacerte es mandarte cuantos periódicos ilustrados han caído en mis manos y por este mismo correo los recibirás en paquete certificado.
Cuando el cansancio que aqueja a una viajera elegante que emplea el día en recorrer almacenes, probarse un vestido donde Paquin y hacer dos o tres visitas antes del acostumbrado paseo por el Bosque. te obligue a quedarte en la confortable salita del Terminus que conozco gracias a tu Kodak, aproxima a la estufa tu mullida chaise-longue y a los reflejo de la bomba sonrosada que sostiene una pastora de bronce, hojea las revistas que te envío.
La más antigua es Actualidades que, haciendo honor a su nombre, trae siempre el suceso reciente, la nota palpitante, el dato curioso sobre el héroe del día; un artista de pura cepa, Teófilo Castillo, ilustra sus páginas satinadas con rasgos sugestivos y originales y un ingenioso croniqueur nos relata, con fina ironía, las cosas que pasan ante sus ojos observadores y burlones.
Prisma, una de las más lujosas publicaciones sudamericanas de este género, une a un selecto material literario todos los primores de las artes gráficas. Por ser el amable correo de estas cartas no lo elogio como merece y me limito a hacerte notar la delicada tricromía en que la Gitanilla del maestro Hernandez sonríe, entornando los ojos gachones y apoyando en unas rosas rojas la carita morena.
Monos y Monadas debe su creciente prosperidad a la musa fácil y retozona de Yerovi y al lápiz genial de Málaga. El sentido cómico y el seguro dibujo de este joven hacen que su viaje a Buenos Aires sea muy sentido por los que le juzgan irremplazable en el satírico semanario.
Ya comprenderás cuánta firmeza en la iniciativa y cuánta perseverancia en la labor son necesarias para que estas revistas vivan y triunfen. Lima puede enorgullecerse de estos valerosos paladines de su cultura que marchan a paso de vencedores por el camino que ha abierto un honrado esfuerzo.
Inquieta golondrina, ¿habrás tendido ya tu vuelo lejos de París? Quizás si esta carta te encuentre en la Suiza de los lagos azules, en la Italia amada de los artistas, en la España caballeresca y legendaria, donde quiera que vayas a admirar lo ajeno, sintiendo la noble añoranza de lo propio.
ARACELI.
Lima, 01 de abril de 1907
Amiga mía:
La otra tarde me comí un pavo atroz, Voy a referírtelo detalladamente. aunque sospecho que los apuros que pasé te hagan prorrumpir, no en una frase compasiva sino en una de esas carcajadas tuyas, espontáneas y cristalinas que hacen sonreír al que la escucha. Es el caso que en un arranque de sociabilidad, bastante raro en mí, por cierto, resolví apurar el amargo cáliz de las visitas de etiqueta, y acompañada de mi hermana Pepita, que cumple los deberes que impone el traje largo con todo el entusiasmo de la novedad, estuve donde las X, las J y la S, hablando del calor, de los baños de la Punta, de los sombreros de la Merkel y de las ferias de la Catedral; fuimos, por último, a casa de la señora L, cuyo día de recepción era, y encontramos allí a una pareja de recién casados que ofrecía su flamante domicilio con cierto simpático orgullo infantil; a las H, frescas y bonitas, como un manojo de flores y a varios pollos elegantes y que casualmente frecuentan los mismos sitios que ellas; a un respetable ex-ministro de barba gris y anteojos de oro que figura en el directorio de varios bancos y sociedades de crédito; y a mi tía Mariana, impertérrita en su misión de visitar a todo el mundo, siempre tan atenta, tan cumplida... y tan cargante la pobre señora. Cuando nosotras llegamos, se hablaba de novelas españolas, y a uno de los jóvenes se le ocurrió preguntarme cuál era entre ellas mi predilecta, a lo que respondí que Gloría, la obra magistral de Galdós. ¡Nunca lo hubiera dicho! El ex-ministro, que es persona muy severa y arreglada me lanzó, a través de las antiparras, una mirada de indignación y, erizadas las patillas de espanto, exclamó con voz trémula: «¡Pero esa no es lectura para señoritas!». Al oír esto, tía Mariana juntó las manos con ademán desesperado, la señora L me miró con profunda conmiseración y hasta las H suspendieron su animado flirteo para decirme a coro: «¡Hija, por Dios! ¡No leas esas cosas!». Tú sabes que soy muy poco nerviosa y que difícilmente pierdo la serenidad de ánimo y la frialdad de raciocinio, pero mi fatal propensión a ruborizarme por cualquier nimiedad me hace aparecer avergonzada y corrida cuando en mi interior estoy perfectamente tranquila, aunque renegando de la importuna manifestación física que me da el aspecto perturbado de una chiquilla cogida en falta; además me causa verdadero malestar ponerme en evidencia, detesto con toda mi alma tratar, ante indiferentes, de mis ideas, de mis sentimientos y aún de mis simples gustos, así es que contesté con desabrimiento impertinente que cortaba en seco toda discusión, que lamentaba opinar lo contrario que el señor... La dueño de casa se creyó obligada, por su calidad de tal, a zanjar diplomáticamente el asunto y, acariciándome las mejillas con aire protector. me dijo: «Hay obras muy apropiadas para las muchachas lectoras como tú; te voy a prestar la colección completa, en inglés, de Carlota Braemé.» ¡Carlota Braemé en su idioma, es decir, la seguridad de no librarme de un sólo incidente soporífero, ni siquiera de un terno de calificativos rimbombantes; pues jamás emplea menos de tres para cada sustantivo! La perspectiva me horrorizó y repliqué vivamente: «Ay, no señora, no se moleste usted, muchísimas gracias!».
¿No encuentras absurdos los prejuicios importantes respecto a la lectura permitida a la juventud femenina? Todo lo que no sea romances anodinos en los que la virtud, personificada en niñas cándidas y empalagosas, triunfa inevitablemente del mal, mediante el tan acreditado sistema de la bendición nupcial en el último capítulo, parece que atentaron contra el candor paradisiaco que se nos supone y que es incompatible con las costumbres actuales y con la simple lógica de la vida. Aunque sobre una naturaleza recta y bien equilibrada ningún libro ejerce influencia perniciosa, es claro que los que se leen en la primera juventud deben ser cuidadosamente seleccionados, pero con criterio elevado y amplio que busque en ellos el reflejo del mundo con sus miserias, sus dolores, sus hechos, sus heroicidades, y no se encierre en el cartabón estrecho de una moral falsa, en abierta pugna con los nobles fueros del arte y la verdad.
Desde aquí te veo, burlona incorregible, lista a tomarme el pelo por la formalidad con que me ocupo de cuestiones tan arduas; pero si acatamos las leyes del buen gusto en todos nuestros actos, ¿por qué no hemos de protestar del entronizamiento de lo cursi en las puras y altísimas regiones del pensamiento?
ARACELI.
Lima, 16 de abril de 1907
Amiga mía:
Los primeros vientos otoñales, sutiles y desapacibles, obligan a regresar a sus tibios hogares de esta Lima de tus recuerdos y de tus afectos a las familias que los abandonaron en pos de frescas brisas marinas, de arboledas rumorosas, de campiñas de grato verdor. Sin embargo, no es general la desbandada; y en la vaga penumbra crepuscular y a la dulce claridad de la luna se ven aún en la umbría alameda de Miraflores, en el Parque florido del Barranco y en el malecón incomparable, grupos parleros con indumentaria veraniega: ellos, telas delgadas y panamá hat; ellas, de claro, con boas de plumas ligeras o echarpes flotantes de gasa protegiendo la garganta, que luce su morbidez bajo las transparentes valencianas.
Es en las mañanas cuando más se deja sentir la melancólica influencia del Otoño: ya no invade una concurrencia numerosa a los establecimientos de baños, no se reúnen en las plataformas animados corrillos, ni los carros eléctricos llevan a La Punta el gozoso tropel de bañistas que llena el apacible caserío con la música regocijada de sus charlas y sus risas.
El verano es un ameno paréntesis en la monotonía de nuestra vida social. En las playas amplias, aspirando a pleno pulmón las auras salobres y vivificantes, bajo las caricias ardientes del sol estival que pone tonos dorados en las mejillas y fulgores de contento en los ojos, se siente, irrazonada y poderosa, la alegría de vivir, que se traduce en las manifestaciones bulliciosas de un buen humor sano y juvenil.
Después de esta temporada de relativa animación, ¿qué perspectivas nos ofrece el invierno? En el frontón, las sensaciones del elegante y varonil sport vascongado; en el Hipódromo, alguna que otra tarde, rendez-vous de gentileza y distinción en el padock anchuroso y bajo los arcos moriscos de las tribunas; en los teatros, dos aceptables compañías de zarzuela... y nada más. Nuestro progreso, a este respecto, es negativo: todos hemos oído hablar a nuestras madres y nuestras abuelas de la frecuencia con que venían, en sus tiempos, buenos cuadros de ópera; y fueron muy discretos y dignos de aplauso los actores que pusieron en escena las primicias literarias de la gloriosa generación de 1830, uno de cuyos más ilustres representantes, Numa Pompilio Llona, ha muerto hace poco en Guayaquil.
Si el egregio extinto merece todos los tributos de la admiración, son para la viuda, la dignísima matrona, doña Lastenia Larriva, los sentidos homenajes de dolorosa simpatía. Hay pocas figuras femeninas de tan acabada belleza moral como la de esta señora que ha sido, no solo la musa del gran poeta sino, lo que es de mayor significación sociológica y doméstica, el ideal de la esposa del artista, valerosa y constante suavizadora de las ásperas realidades de la vida, y de la madre cristiana, todo amor y sacrificio. Inclinémonos, con emoción y respeto, ante la viuda desolada que ha sabido cantar la Fe, la Patria. y el Hogar con toda la ternura de su sexo y que en su hermosa y útil vida cumple siempre,
el precepto de amar y sufrir,
como lo dice en la delicada poesía Ultratumba, dedicada a sus hijos.
Comencé esta carta hablándote de frivolidades mundanas, de conversaciones galantes, protegidas por el murmullo solemne de las olas, de mañanas de sol, y termino ocupándome de la enfermedad, del sufrimiento, de la separación eterna y fatal. Mi amistad cariñosa, a la que tu carácter mimoso e infantil, da visos protectores, quisiera tratar contigo, sólo de temas que tuvieran la claridad de tus pupilas siderales, la sonrisa de tu boca en flor, la gracia de tus movimientos ondulantes, la serenidad de tu alma virginal.
Pero la tristeza de los hechos se impone y, como hemos convenido en que la ausencia no debe interrumpir nuestra costumbre inveterada de confiarnos nuestras impresiones, te hablo de la que me ha producido la situación de la noble señora que llora su viudez, enferma y lejos de su patria y de sus hijos, segura de que la luz radiante que alumbra tu vida, no te impedirá compadecer generosamente a las que gimen envueltas en la sombra trágica.
ARACELI.
Lima, 11 de mayo de 1907
Mille remerciments, ma mignonne, por los periódicos de modas que me has enviado al salir de París, como resúmen y emblema del influjo primordial que la gran ciudad ejerce en las naturalezas femeninas. Ya comprenderás cuántas veces han sido hojeados y qué de comentarios entusiastas y discusiones acaloradas han suscitado los últimos modelos de Paquin y Félix, las creaciones originales de los sombreros de la calle de la Paz, el engaste artístico de las joyas, la originalidad de los Portebonheur, que con su atractivo de superación y misterio se burlan del espíritu fríamente amalítico y positivista de la época.
Indudablemente que la indumentaria es uno de los aspectos más curiosos del carácter de los tiempos y que la severidad de los períodos de formación y trabajo, el refinamiento de los de decadencia, el ascetismo de los. religiosos, la audacia y el fausto de los guerreros imprimen en los vestidos su sello particular. Así, cuando la gran sacudida de la Revolución hizo rodar por el fatal tablado tantas cabezas aristocráticas, la irresistible tendencia democrática se exteriorizó en el traje. A los enormes peinados empolvados, a las amplias faldas llenas de volantes, a las casacas bordadas las chorreras de encaje de las gentiles campesinos y los galantes pastores del Trianon y de Versalles, sucedieron la carmañola y el gorro frigio para los ciudadanos y para las ardientes patriotas los rizos, sin polvos, cayendo naturalmente a ambos lados de la cara y los vestidos con los tres colores de la amada bandera de la República. Las extravagancias de incereibles y maravillosos desaparecieron pronto; pero, en cambio, empezó a generalizarse desde principios del siglo XIX, el sombrero de copa, a cuyo uso parece condenado para in etermum el sexo masculino. Con el abandono del tricornio por el sombrero de copa, coincidió el del calzón corto de seda por el pantalón largo, y el de las pecheras de blondas por los altos cuellos almidonados, pues con los primeros albores del siglo industrial y práctico desapareció para siempre la elegancia exquisita, algo afeminada, de los gentiles hombres. En la sociedad femenina dominaban aún las costumbres sedentarias, la vida muelle de salón con las que armonizaban a maravilla el talle corto y las faldas de medio paso que realzaban la indolente gracia criolla de Josefina de Beauharmais. La irrupción romántica con su guerra declarada al clasicismo, su desprecio por la realidad y su culto a la tristeza y la muerte, impuso a las almas el estilo lánguido de hombros caídos y chales al desgaire y a los caballeros las corbatas flojas y las melenas ondulantes de Espronceda y Zorrilla. Las épocas siguientes, quizás por estar demasiado próximas a la nuestra y faltarles la pátina prestigiosa de la antigüedad, se nos antojan absolutamente faltas de arte y de gusto y no sabemos si son más ridículos los niños de 1860 dejando ver cuatro dedos del calzoncito blanco bajo las falditas cortas, sus mamás emprejiladas con las horribles crinolinas o los pollos del año 80, muy peripuestos con sus ternos ajustados y sus zapatos interminables.
En el eclecticismo actual hallan cabido los más diversos estilos; y así, en cualquier guardarropa chic vemos que, junto a unas sólidas botas inglesas se empinan sobre sus altos tacones unos coquetos zapatitos Luis XV; al lado de un sombrero que apenas vele la frente y se prolonga hacia atrás, el fieltro flexible, de ala amplia sobre la que corre la caricia de una pluma rizada; cerca de una modernísima toilette sastre, sobria de adornos y de corte severo, la nota arcaica de una Imperio. La orientación decidida del gusto, peculiar a otras edades, falta a la nuestra, permitiendo que se marque la línea simpática de la individualidad.
Releo mi carta y casi me avergüenzo de haberme extendido tanto en tan trivial asunto; pero a falta de otros de mayor importancia, bien podemos ocuparnos de estas amables frivolidades, sin que por eso se crea que tenemos «cerebros de pájaro, almas de modistas», según la linda frase irónica del encantador Alfonso Daudet.
ARACELI.
Lima, 25 de mayo de 1907
Amiga mía:
Mayo, el mes de las mañanitas nubladas, de los soles pálidos, de las tardes grises y melancólicas, ha tenido entre nosotros alguna animación; las limeñas han estado prontas para fiestas y paseos y, después de dedicar la mañana, ataviadas con la clásica mantilla que vela el rostro con su dulce sombra, al culto tierno y piadoso de la Vírgen Madre, han lucido sus gentiles aposturas en el Club Regatas y en el Paseo Colón, en los miércoles de flores y en los viernes de moda, en las carreras inaugurales y en las funciones en honor del primogénito del rey risueño y valiente y de la hermosa reina rubia. Poco a poco, se nota una reacción favorable en nuestro género de vida: no se cree ya que el recogimiento claustral sea indicio de seriedad y buen tono, se generaliza el hábito de salir diariamente, hay más actividad e independencia en las costumbres y las niñas se atreven, desdeñando anticuados prejuicios, a ostentar por todas partes la gracia espiritual de su sonrisa y el florecimiento triunfal de sus primaveras.
Pocos rasgos comunes quedan entre la limeña actual y la tapada legendaria, que daba a su belleza el atractivo picante del misterio, sujetando el manto con sus dedos como jazmines, para que sólo uno de sus ojos parleros irradiara con malicioso fulgor. Los fanáticos del pasado deploran amargamente su desaparición, encontrando que las contemporáneas han perdido mucho de su encanto típico; pero esta admiración, en la que suele haber más pose artístico que sinceridad, es inspirada no por la tapada de la realidad, sino por la de las Tradiciones, embellecida y poetizada por la pluma del maestro; pues hay que confesar que por grandes que fueran el despejo y la vivacidad naturales de nuestras abuelas, tenían que resentirse de los efectos perniciosos de un sistema absurdo, en que la infancia tenía por todo ejemplo, por toda enseñanza y por toda sociedad, a las esclavas engreídas de la casa; y por eso se oían muchas veces en lindas bocas aristocráticas, toscas frases de mulata y la gracia, aguda e ingeniosa, resultaba rebajada por la crudeza de la expresión. Pero así como, a pesar de la transformación de las anchas plazas con fuentes rumorosas en artificiosos parquecillos ingleses y de las celosías moriscas en antepechos modernos, presenta Lima reminiscencias coloniales, sus hijas, bajo el barniz de cosmopolitismo, conservan la sal criolla y si no tienen la deliciosa originalidad de sus antepasadas, las aventajan en distinción. Amargas experiencias las han hecho más reservadas en su hospitalidad, menos francas en su trato; la adopción de las modas ha alterado la especialidad de su tipo, pero los rasgos peculiares, aunque han evolucionado, no han desaparecido del todo y son siempre enérgicas y abnegadas, a pesar de sus apariencias de mimo y de disfuerzo, y sus ojos son siempre los grandes ojos clásicos de la limeña, dulcemente luminosos en la penumbra de las suaves ojeras y de las largas pestañas negras.
Los últimos vapores de Panamá solo me han traído tu promesa, escrita a vuela pluma al margen de una postal, de enviarme pronto una larga y detallada carta. Las consabidas tarjetas te sirven para disculpar tu pereza epistolar y esto las haría merecedoras de toda mi antipatía, si no se la profesara desde hace tres años, en que llovían postales en todas las casas de Lima, exornadas de frases banales o de preguntitas cursis sobre el amor, la amistad, la gratitud y otros temas semejantes. A mí me entraban ganas de contestar «esa es una pregunta mú honda», como el gitano del cuento, cuando lo examinaban de doctrina cristiana; pero no me atrevía a dar tan descortés respuesta y estampaba el primer disparate que se me ocurría en cualquier tarjetita muy cuca, rotulada a alguna amiga desocupada, o a una estimable y desconocida señorita domiciliada en la calle de Barraganes o de las Cómodas.
Ya ves que el laconismo de tus postales ha reavivado la antigua aversión que les profeso; debes comprender también que no me interesa contemplar una vez más, las vistas de los parques de Versalles donde vagan las sombras del Rey Sol y de la enamorada La Valliere, ni las orillas frondosas del Gironda, ni la bulliciosa Cannotiere; no quiero frases rápidas ni triviales grabaditos, sino tus impresiones personales, relatadas con el lujo de detalles con que me confiabas tus secretillos cuando estábamos juntos.
Confiesa, mi querida ingrata, que debes hacerlo, en pago a la constancia con que quincenalmente te obsequia (¡Valiente obsequio!) con su charla incoherente tu leal amiga.
ARACELI.
Lima, 08 de junio de 1907
Amiga mía:
La frase hecha que llama a Lima la ciudad de la eterna primavera, resulta ahora una solemne mentira. Del cielo sombrío, cargados de densas nubes plomizas, cae, tenaz y casi impalpable la menuda llovizna; el aire penetrante y desapacible nos hace estremecer, no con el frío vigorizador de los climas fuertes sino con el temblorcillo nervioso, causado por la humedad malsana, tan enervadora para el cuerpo como lo es para el espíritu la melancólica uniformidad de la nota gris, no interrumpida por la grata caricia luminosa de un rayo de sol.
El impertinente aguacero, generador de constipados e influenzas, no ha impedido que los habitantes de nuestra católica capital acudieran a rendir los últimos homenajes de devoción y respeto al que fue, durante ocho años, su celoso pastor y que, desde la juventud, puso al servicio de la Religión las energías de su cerebro convencido y las galas castizas de su estilo académico. Monseñor Tovar fue un hermoso ejemplo de que en las altas regiones eclesiásticas brotan lozanas flores intelectuales, como lo fueron en más elevada esfera, los dos últimos pontífices. Después de León XIII, el venerable viejecito de faz exangüe y tranquila sonrisa infantil, que bendecía a la prosternada multitud con sus manos diáfanas que sabían escribir tan bellos versos latinos, Pío X, el buen sacerdote que habla con amable sencillez de su orígen plebeyo y de su familia pobre, porque no ignora que Jesús creció en una carpintería, prepara un libro que lleva un título de humildad evangélica: Errare humanum est, del que forma parte este soneto, que probablemente no conocerás y cuya traducción al castellano copio de un periódico de México.
A LA INMACULADA
¿A qué con frases pretender, señora,
tu hermosura pintar, si aún las más bellas
pálidas son, porque a despecho de ellas
el cielo te retrata hora tras hora?
Besa tus pies la luna, el sol te adora,
los festones del iris son tus huellas,
fulguran en tus ojos las estrellas
y hay en tus labios rosicler de aurora.
Ahí, al cruzar el ancho firmamento,
tus manos son jazmín, rosas tus plantas
miel tu sonrisa y azahar tu aliento.
amor tu egida y música tu nombre
a cuyo blando son Luzbel se espanta,
Dios se recrea y te bendice el hombre.
¡Delicado lirio místico ofrendado a la pura idealización femenina del cristianismo, a María, el dulce símbolo del amor y el sacrificio, que es belleza, porque es vírgen, bondad porque es madre, consuelo porque es mujer!
Tu alma sencilla de creyente feliz que en la alegre capilla del colegio se abría confiada a la madre del amor hermoso y al divino bebé que sonríe en sus brazos, se ha sentido, según me dices en tu última carta, oprimida por una vaga angustia en las viejas catedrales españolas.
La de Santiago de Compostela donde van los peregrinos en piadosa romería a rezar ante el sepulcro del patrón de Iberia; la de Toledo, maravillosa reunión de los estilos mozárabe y bizantino; la de Burgos, de cuya pesada mole emerge un bosque de agujas de piedra y por cuyas naves solemnes vaga la sombra guerrera del Cid Campeador, te han impresionado profundamente con la vocación de la España medioeval, aventurera y fanática, bizarra y cruel. Esos grandiosos monumentos de un pasado legendario, son para los artistas que se penetran de su poesía misteriosa y triste, para los vencidos de la vida que se refugian bajo sus bóvedas majestuosas, no para la fresca sensibilidad de las lindas muchachas mimadas como tú, cuyos pecados hubiera castigado con confites el buen cura del Pilar de la Horadada de que nos habla Campoamor.
ARACELI.
Lima, 22 de junio de 1907
Después del deslumbramiento de las grandes ciudades norteamericanas, de la severa magnificencia de Londres, del encanto único y sugestivo de París, has sentido, al llegar a España, la impresión de confiado reposo de quien, tras una serie de fiestas suntuosas se encuentra en su hogar modesto: la mesa es pobre, la casa es humilde; pero son las propias; si como a buena latino-americana, te ha ocurrido al visitar España después de otros países más adelantados. En las vetustas poblaciones de Castilla la Vieja queda aún algo de los sombríos tiempos medioevales; en sus calles descuidadas te asalta una turba haraposa de mendigos, quizás de ociosos y vagabundos; pero te piden limosna en tu hermosa lengua nativa. Desde las ventanillas de un sleeping car, inferior a los vagones de primera de Inglaterra y Francia, ves extenderse, con fortificante monotonía las llanuras de la Mancha, áridas y grises; pero en ellas. se esfuma la larga silueta de don Quijote, embrazado el escudo y la lanza en ristre para vengar agravios y desfacer entuertos, símbolo eterno de su raza exaltada y soñadora. El hotel que te aloja en Madrid tal vez carece de algunos refinamientos de comodidad; pero por sus balcones entra todo el atronador bullicio de la Puerta del Sol con su incesante tráfico de vehículos y su alegre vocerío de granujas, que pregonan periódicos y venden juguetes a perra grande; y es de tan limpio azul el cielo primaveral y tan grato el perfume de las tempranas lilas que flota en el ambiente, que no resistes al deseo de mezclarte a esa animación, de confundirte con esa abigarrada multitud de chulas con el pañuelo sobre los hombros para lucir los primores de su peinado, de damas que realzan con la gracia madrileña su indumentaria parisien, de obreros con blusa y boina, de sportmans en automóviles o guiando ligeros carruajes, de horteras endomingados, y señoritas cursis que parecen escapadas de una crónica de Taboada, de políticos célebres y toreros famosos, de cesantes mal traídos y modistillas salerosas, todo ese variado tropel que da tan poderoso y típico atractivo a la hermosa capital de esa nación a la que los americanos consideramos como nuestra casa solariega y que sin embargo tan poco conocemos.
Sobre los lugares, como sobre los individuos, pesan ciertos prejuicios, y así como al pensar en París evocamos solo la villa de lujo y de placer, olvidando la labor continua y meritísima de clínicas y universidades, de museos y laboratorios, España se nos presenta como una nación en que no hay sino conventos y plazas de toros. Sin embargo sus sabios y artistas triunfan de esa atmósfera hostil: Echegaray y Ramón y Cajal, obtienen el premio Nobel; Sorolla y Moreno Carbonero merecen primeras medallas en los Salones de París; Sarah Bernardt cede a María Guerrero el teatro de la Renaissance; en Berlín se representa la Electra de Pérez Galdós y en Estados Unidos se publica las novelas de Palacio Valdés al mismo tiempo que en España. Entre tanto la joven intelectualidad americana se inspira tan poco en la madre patria que el idioma en que escribe casi no es el castellano y los demás apenas conocen de la rica producción española otra cosa que la mezcolanza híbrida de equívocos chocarreros y decoraciones fantasmagóricas que nos dan las empresas teatrales en vez de esas joyitas del género chico en que campea el donaire castizo de Ricardo de la Vega, el fácil ingenio de Vital Aza o la sana y risueña filosofía de los hermanos Quintero.
Quizá si la culpa de este alejamiento es de ellos más que nuestra. La dignidad de los hispano-americanos se siente ofendida al ver que bajo la cordialidad que se les manifiesta hay una ignorancia completa y casi despreciativa sobre estos países que un día fueron españoles y prefieren beber el divino líquido de las ciencias y del arte en las fuentes espléndidas de Alemania, de Francia y de Inglaterra. Apagando estas rencillas de familia se eleva la voz de la raza y por eso la satisfacción de quién se halla entre los suyos, vibra en tu carta, escrita después de un largo paseo por la calle de Alcalá y por el Retiro, mientras tu retina conserva aún el brillante espectáculo y tu oído el eco de los piropos con que la galantería callejera saluda el paso de la mujer.
A propósito: no dejes de enviarme el concurso de piropos que promovió A.B.C., como ofrenda de la musa cortesana a la reina gentil. ¡Pobre soberana de veinte años que ha sentido los rugidos de la anarquía dominando las entusiastas aclamaciones de bienvenida, que ha visto manchada de sangre la albura de su traje nupcial y que sabe que las bombas de dinamita se ocultan bajo las flores! Cuántos temores la habrán agitado durante el bautizo y la presentación a la Virgen de Atocha del regio niño, que quizás está llamado a devolver todo su esplendor al viejo trono ibérico o quizás a verlo abatido para siempre, por la fuerza incontrastable de la idea republicana.
Por el cable sé ya que ningún acontecimiento funesto ha turbado las fiestas del Principito de Asturias; ahora espero tus cartas, nutridas de detalles y del efecto que te ha causado la arcaica pompa monárquica. ¿Te sobresaltaba la idea de un atentado como el de la calle Mayor, o serena y sonriente, posabas aquí y allá tus lindos ojos curiosos?
En espera de un relato minucioso, te abraza cariñosamente tu amiga
ARACELI,
Lima, 06 de julio de 1907
Rosa:
Amada amiguita risueña que ves la vida del color de tu nombre simbólico, ¡cuán presentes tengo las observaciones agudas, las frases picantes, las sonrisas maliciosas conque acogías todo tema que se te antojaba vulgar y convencional! Era uno de estos la eterna manía de ensalzar el pasado a costa del presente, de censurar el Lima de hoy comparándolo con lo que fue. ¡Ay, Rosita, elocuente y deliciosa panegirista de la sociedad actual! Estás muy lejos para que tu charla músical pueda afirmarme que vivimos en el mejor de los mundos posibles y las frases desengañadas que salen de bocas en las que la experiencia ha puesto su gesto cansado no dejan de parecerme justas. No creo, por cierto que deban echarse de menos las cocinerías criollas en plena Plaza de Armas ni las acequias que daban a nuestras calles tan singular encanto… acuático; no; es evidente y, hasta cierto punto, grande, nuestro adelanto material; pero a pesar de este adelanto y quizás si un poco a causa de él, nuestro nivel moral ha decrecido. Hoy los rasgos característicos de nuestra ciudad son la afición al confort, el gusto por el lujo, no por el sólido y positivo de nuestras abuelas, sino por el brillante y aparatoso que impone la vida moderna con sus mil naderías costosas y sus ruinosos refinamientos de los que, á outrance, quieren gozar todos. Aún no es el ídolo el becerro de oro; pero se va hacia él por la senda del sibaritismo elegante. Del limeño generoso que entregaba despreocupadamente su fortuna por el triunfo de una idea, sólo queda el recuerdo; hoy impera el deseo de llevar una existencia cómoda y faustuosa y se lucha rudamente no por la conquista del ideal, sino por la del mágico metal sonoro. Exagerados como buenos latinos, nos arrepentimos de haber construído demasiados castillos en el aire, edificando sólo los que producen un fuerte y seguro interés y huímos de las locas utopías de don Quijote para caer en el materialismo socarrón de Sancho; un mal guiado sentido práctico nos hace ver con burlona conmiseración todo lo que no tiene un fin utilitario y los pocos que escapan a esta tendencia general se abstienen de toda iniciativa elevada, persuadidos de que, pasado el nervioso impulso entusiasta de los primeros momentos los abandonarían sus huestes, ganadas por el indiferentismo escéptico o por la conveniencia personal, que tiene tarifa para los sentimientos y las convicciones. Desde aquí no parece ver la sonrisa de picardía con que me dices que los viejos tienen tan severo criterio por eso, porque lo son; no es preciso sentir la nostalgia de los hermosos años que no vuelven para ver que Lima está en peligro de olvidar sus tradiciones de criolla noble y desprendida para apasionarse de lo que significa oropel y vanidad como cualquiera burguesa advenediza.
Los que piensan que la murmuración es un placer esencialmente femenino dirán que nos dedicamos a ella en gran escala, ya que la distancia nos impide ocuparnos de si el paletot de nuestro amigo Fulano hace este invierno su tercera campaña o si el sombrero de Fulanita le ha resultado completamente huachafo; no femenino, sino humano debía llamarse este poco caritativo entretenimiento, que es, para la gente culta, torneo de palabras aceradas, de comentarios intencionados, de chistes malignos y sabroso y mal sano estimulante de toda conversación mundana.
Por tu última carta sé que en el sepelio del Marqués de Fontanar que presenciaste desde un balcón, te mostraron a los más linajudos representantes de la aristocracia española y a los actores notables de Madrid, que acompañaban los restos del padre de su insigne compañero Fernando Díaz de Mendoza. Para las rancias ideas nobiliarias son ingratos y calamitosos estos tiempos de tan poderosa fuerza democrática que un grande de España vence todos los obstáculos que el orgullo de raza le opone para que suba al escenario, da su nombre, que antes llevara la hija de los Duques de La Torre, a una actriz que tiene por único pergamino su diploma del conservatorio y prefiere, al privilegio de cubrirse ante el Rey el de inclinarse agradecido ante el público que le aclama, no por el prestigio de un nombre heredado sino por el de su propio esfuerzo. Acerca del mérito artístico del actual Marqués de Fontanar conozco muy diversas apreciaciones: si uno le considera como el más digno sucesor de Vico y Calvo, para otros, a pesar de las vivas protestas de Benavente, es solo el marido de la Téllez. Sea como fuera, amigos y detractores reconocen que ha llevado a la escena castellana las energías del trabajador consciente y decidido y las esplendideces del gran señor.
Mientras tú admiras a María Tubau en la Princesa o ríes en los teatritos por horas, el buen público de Lima acude a una carpa de la plazuela de San Juan de Dios, donde se exhibe una trouppe de fieras amaestradas. Los chiquitines se consuelan de la ausencia de los marionetes de Dell'Acqua siguiendo con ojos curiosos y asustados las evoluciones de las bestias y, al fin, reanimados por la tranquilidad de los espectadores, aplauden con sus manecitas enguantadas y prorrumpen en alegres ¡bravos! El resto del público se asombra o se aburre y yo venzo el cansancio que me ha dejado el espectáculo y te escribo sobre todo lo que me ocurre.
ARACELI.
Lima, 20 de julio de 1907
Julio es el mes heróico; su nombre suena como vibrante clarín guerrero: sus fechas clásicas nos hablan de Washington, el apóstol sereno y convencido de la austera fe republicana, de los gallardos libertadores argentinos, de las turbas parisienses, entonando con voces frenéticas el ca ira al escalar los muros odiados de Bastilla, de los paladines de la antigua Colombia, de San Martín rodeado de los próceres limeños, en su épica majestad de patriota abnegado y sincero.
Por ser heróico, este mes es el predilecto de las almas sencillas, del pueblo, que ama las músicas bélicas y de los niños, que sueñan con las fiestas cívicas. El 14, los colegiales que no logran que un papá indulgente les dispense las tareas escolares. resuelven hacer la vaca para confundirse con el tropel bullicioso de francesitos nacidos en Lima que llenan de claras risas frescas los parques frondosos de la Exposición. Y viene después la espera gozosa de los días patrios, para cuya celebración el municipio confecciona desde hace varios años exactamente el mismo programa con tanta perseverancia como falta de gusto. Al suprimir la noche buena en la plaza de armas se ha perdido la más típica, la más característica, la de más delicioso sabor local de nuestras fiestas, en la que la alegría popular se desbordaba con ruidosa algazara bajo los viejos árboles rumorosos, junto a las mesitas atestadas de manjares criollos y juguetes baratos, ante los toscos castillos de fuegos artificiales que provocaban ingenuas manifestaciones de regocijo y suministraban a la granujería armas para satisfacer su obscuro instinto justiciero contra la raza intrusa que envilece la sangre nacional.
Los seres refinados solo ven en este género de diversiones vulgaridad y pesadez; es indudable que no son ni deben ser escuela de elegancia y de buen tono; pero es noble y bello que los pueblos sepan gozar, que celebren sus glorías en forma adecuada al alma patria, que sean jóvenes y alegres con la hermosa confianza que da la juventud, con la sana alegría que da la fe en el propio esfuerzo, con el buen humor de las fuertes razas sajonas que ríen a carcajadas con la risa buena del niño y no con sonrisa irónica de los latinos que no admiramos lo solemne por burlarnos de lo ridículo.
La ausencia, que aviva el sentimiento patrio, te hará pensar con melancolía en el 28, sentir la nostalgia de las inevitables veladas de gala en los teatros y de las consabidas carreras del 30; esos son espejismos de la distancia, amiga mía, porque el programita de nuestro Honorable Concejo se ha hecho horriblemente empalagoso a fuerza de repetirse y lo único que este año produce intensa espectación y que quisiera presenciar contigo es la llegada de los nuevos cruceros. ¿Se aspirará ese día en nuestro ambiente el mismo perfume de esperanza en el resurgimiento y de contento nobilísimo que en el día inolvidable en que se inauguró la estatua de Bolognesi?
El elemento femenino, siempre poderoso en Lima, ha dado en estos últimos tiempos interesantes muestras de su actividad; después de la celebración del décimo aniversario de la Cuna Maternal, que debe su bienhechora existencia al grupo de altruistas damas que preside la señora Dammert, hemos tenido en el Politeama una brillante función a beneficio del Centro Social.
En un medio tan embrionario como el nuestro, ¡qué suma de esfuerzos continuos, de laboriosidad incansable y de paciente benevolencia contra la ignorancia y la ingratitud han sido necesarios para dar un asilo higiénico a los pobres chiquitines del pueblo y para fundar un colegio en que las niñas pobres reciban una instrucción práctica que las libre de la cruel servidumbre de la aguja!
Se susurra que también las protectoras de los niños pobres de Miraflores preparan una fiesta en la que seguramente habrá derroche de gentileza juvenil y de caridad amable que realza la santidad de la dádiva con la gracia de la sonrisa.
Se hace tarde y tengo que terminar mi charla contigo, linda y querida amiguita a quien siempre tengo tanto que decir; que cada día que trascurra traiga una satisfacción más a tu vida, un nuevo encanto a tu espíritu, un delicado atractivo a tu belleza y que en el blanco santuario de tus afectos fraternales conserves siempre un lugar a tu leal amiga.
ARACELI.
Lima, 10 de agosto de 1907
Ante todo, vayan a ti, mi gentil amiga, las expresiones de mi reconocimiento por tu cariñosa solicitud en satisfacer mis aficiones de galdosista entusiasta, enviándome, en cuanto se publicó, La de los tristes destinos, remate y cúspide de ese grandioso monumento de la literatura española que se llama Episodios Nacionales.
La hija de Fernando VII no es ya en este torno, la angélica Isabel por la que ofrendaban ciegamente su vida los soldados de la libertad, mientras ella y la infantita Luisa Fernanda ponían a prueba con donosas travesuras la paciencia de su bondadoso maestro, el gran Quintana, ni tampoco la soberana joven y graciosa, de charla festiva y francos modales, que arrancaba tantas aclamaciones a su pueblo al repartir pródigamente dádivas y mercedes como al presentarse en su palco de la plaza de toros con la mantilla castiza sujeta por un manojo de claveles; es la reina de bondad estéril y debilidad culpable, la responsable de las faltas ajenas y de los propios errores, el ídolo desacreditado que ve trocarse el fanatismo en compasión o en odio, la triste heroína del final trágico de una monarquía.
En tanto que la infancia del que había de ser Alfonso XII transcurría, enfermiza y monótona en el vetusto palacio de la Plaza de Oriente, el país estaba agitado por frecuentes motines que dirigían el tenaz republicano Ruiz Zorrilla, desde Londres, y desde París el fogoso Prim y Sagasta, el impasible, que maduraba vastos planes revolucionarios al subir lentamente de las orillas del Sena a su casita de la isla Saint Denis, llevando sendos cubos de agua para el servicio doméstico.
Al fin, tras la sublevación de la escuadra y el sangriento combate de Alcoba los Borbones salen de España; y la descripción del viaje sombrío de estos reyes, a quienes la patria expulsa, es de lo más vigoroso y vibrante que debemos a la pluma de Galdós. Los desterrados son escoltados hasta Hendaya por media compañía de ingenieros, que despide el duelo en la frontera con la galantería tradicional del ejército español; la reina destronada lleva repetidas veces el pañuelo a sus ojos azules que expresan bondad, pereza mental, abulia y penetra al tren francés, donde la recibe, con gesto cansado e indiferente, Napoleón III, futuro protagonista de una catástrofe mayor; en el andén, unos pocos españoles guardan una actitud de respetuosa reserva y en esta despedida, bajo cuya frialdad solemne palpitan los rencores de una nación engañada, solo corren las lágrimas infantiles de Tinito Beramendi, al ver en una ventanilla del vagón regio la carita pálida y las grandes pupilas melancólicas de su amiguito Alfonso.
Tan interesante como la parte histórica es la trama novelesca en este libro que te ha hecho olvidar la pesadez del viaje de Madrid a las playas rientes de San Sebastián, embargada tu atención por sus relatos sugestivos. desde el cruel fusilamiento de los sargentos rebeldes hasta la marcha de Teresa y Santiago Ibero a la Francia hospitalaria en busca de libertad y de trabajo.
Cuentan los que conocen a Galdós que es desmañada su figura atlética, desairados sus ademanes, huraño su trato; pero es frívolo pedir gallardía física y almibarada cortesanía a éste pensador potente, a este trabajador constante e infatigable, a este creador excelso de caracteres femeninos tan llenos de vida y de verdad como la de Bringas, con sus vanas pretensiones de gran dama, como las pobres cursis de Miau, como las niñas de Castro Amézaga, como Gracia toda mimo y donaire, Demetria, toda serenidad y nobleza, como la dulce Marianela, como Gloria, la grande y luminosa, como todas las figuras femeninas del gran novelista que no son ángeles que se ciernen sobre el fango terrestre ni lindas muñecas caprichosas, de crueldad felina, sino mujeres que aborrecen o aman, que perdonan o se vengan, que se elevan o sucumben; pero que nunca son rastreras o repugnantes y que, buenas o malas, llevan siempre en el fondo, el destello generoso de la raza y del sexo.
Ya veo que el elemento femenino no puede mirar con indiferencia la aparición de un libro de quien tan concienzudamente lo estudia y con tanta fidelidad lo pinta, y que, si a las regiones donde no hay pequeñeces ni apasionamientos llegaran las obras bellas del ingenio humano, Isabel II pensaría que nadie ha juzgado con tan elevada piedad sus extravíos como el escritor que al inclinarse ante su anciana majestad, en el palacio de Castilla, la dijo en lo íntimo de su alma republicana: «Adios, mujer de York, la de los tristes destinos».
ARACELI.
Lima, 24 de agosto de 1907
¿Qué es de ti, amiga mía? ¿En las arenas de qué playa dejan sus huellas menudas tus piecesitos calzados de blanca lona? ¿En qué centro cosmopolita, en Baden-Baden, en San Sebastián, en Trouville, en Biarritz, paseas, durante las luminosas mañanas estivales, tu apostura juvenil, realzada deliciosamente por la alegre indumentaria veraniega, el piqué inmaculado, la vaporosa muselina, el sombrero campaña, amplio y florido, que sombrea suavemente tus ojazos criollos y tu tez sonrosada, protegida por el velo a lo chaffeur? ¿En el casino de qué balneario se escucha tu risa argentina, tus discreteos ingeniosos, tu delicado flirteo, (no protestes) en el que ponen su nota de fina espiritualidad la gracia armónica de tus ademanes y el levísimo matiz desdeñoso de tu acento? ¿Dónde te hallas, viajera infatigable, corresponsal olvidadiza, que ves correr los días y las semanas sin darme noticias de tu ingrata personita? La pérdida del Colombia, de seguro, te vendrá de perlas para disculpar tu largo silencio: va a dar la casualidad de que, precisamente, en ese vapor viniera un verdadero protocolo tuyo, que ha ido a dar al fondo del mar y no a mis manos; siempre hay irregularidad en las conexiones, descuidos en el servicio de correos y hasta catástrofes ferroviarias o marítimas para disculpar la pereza epistolar, peculiar a media humanidad y de la que yo no participo, pues no encuentro nada más cómodo que estampar en el papel unas cuantas frases de condolencia o felicitación que me ahorren las tristezas de una visita de pésame o las banalidades de una congratulación de cumplimiento; ni nada más grato, entre seres a quienes la distancia separa y el afecto une, que cambiar cartas, que se leen con avidez, se releen con deleite y se contestan con expansión.
No creas que esta apología de la correspondencia sea una manera diplomática de censurar tu informalidad; no es eso, o, mejor dicho, no es solo eso, pues aunque no medie mi propio interés, tengo un gusto decidido, una viva afición por estas silenciosas demostraciones de ideas y sentimientos, en que las naturalezas tímidas y reservadas adquieren cierto espíritu confiado y comunicativo, las sencillas se expresan con ingenuo desatino, las vanas y superficiales esparcen las flores de trapo de una fraseología cursi y altisonante y las privilegiadas, que saben vestir con las galas de la frase la belleza del pensamiento, ponen el sello intensamente sugestivo de su personalidad.
Tal ocurre, por ejemplo, con las Lettres à Francoise de Marcel Prévost, en las que el autor abandona su punzante ironía de novelista mundano para dar a las pollitas, personificadas en su sobrina, consejos nobles y prácticos. Prévost sabe que a los ojos curiosos y a los labios risueños de las pollitas se asoma una almita dócil; y, halagado por el interés que despierta en su gentil público, diserta, de manera encantadora, sobre los recuerdos de familia, sobre los sistemas de instrucción, sobre las ocupaciones domésticas, sobre los peligros del lujo, sobre los inconvenientes del flirt... Y cuando más posesionado se halla de su papel de tío predicador y más enorgullecido de la influencia poderosa que ejerce sobre su sobrina, ésta lo eleva a la categoría de confidente y embajador, rogándole, en una linda carta, que obtenga de su madre la aprobación del compromiso que desde hace varios meses la liga con un gallardo oficial de Saint-Cyr. Al pobre plenipotenciario no le queda más remedio que llevar a buen término su misión y acallar el despecho que experimenta al comprobar que no basta escribir cartas nutridas de sana filosofía y enseñanzas moralizadoras y ser un observador profundo, un sutil psicólogo y un artista exquisito para adivinar los secretos sentimentales y la voluntad resuelta, que ocultan, bajo apariencias frívolas y despreocupadas las pollitas de miradas límpidas y mejillas de rosa que avanzan, de cara al sol que nace, entonando el himno gozoso de su juventud triunfante.
ARACELI.
Lima, 14 de setiembre de 1907
Amiga mía:
Casi, casi puede Lima darse aires de que tiene población flotante; verdad que se cuenta con los dedos; que no es tan numerosa como la de París, Nueva York o Buenos Aires; que no se ve nuestra ciudad invadida periódicamente, como Sevilla durante la Semana Santa, por una avalancha de ingleses que van a derretir el splen nativo bajo el sol de la alegre ciudad; que no vienen aquí, como a Roma, peregrinaciones piadosas o artísticas de católicos fervorosos que sueñan con el Vaticano y de adoradores de la solemne belleza estatuaria y de la vida intensa de los lienzos magistrales; pero, prescindiendo de los indostanes que pasean ante la sorda hospitalidad de nuestro pueblo su majestad de radjahs en decadencia, la pureza de líneas de sus rostros broncíneos y los turbantes pomposos que ocultan la exigüidad de sus cerebros, y concretándonos solo a los viajeros distinguidos, hay frecuentemente entre nosotros un regular núcleo de ecuatorianos emigrados, de miembros de la alta sociedad chilena y de norteamericanos insignes.
No quiere el Tío Sam que estas soñadoras repúblicas latinas lo consideren sólo como un industrial enriquecido por el éxito enorme de su portentosa actividad; y en demostración de que el tintineo de los dollars y el estruendo de las maquinarias no ahogan la voz preclara de la ciencia, ha enviado últimamente a estos países personalidades tan notables como los profesores Schaeffer, Rowe y Todd.
Pasaron, a Dios gracias, los tiempos en que los poetas y los artistas tenían jurada guerra a muerte a los peines y a los cepillos, en que los sabios eran ogros que no sabían vivir fuera del antro tenebroso de sus gabinetes de estudio y en que los astrónomos, cubiertos de una túnica estrellada y con un gorro inmensamente puntiagudo sobre la calva venerable, se olvidaban de mirar la tierra por absorberse en la contemplación del cielo.
Diferente por completo del tipo del científico egoísta y misántropo, el astrónomo con cuya visita se ha honrado Lima es un completo gentlemen, de trato franco y afable en cuya fatigosa existencia de estudio y trabajo pone la nota tierna del cariño, la compañía constante de su esposa y su hija colaboradoras utilísimas de su obra meritoria.
Rosa, limeñita mimosa y delicada, ¿no admiras a nuestras felices congéneres de Estados Unidos que ríen y juegan como los niños, y piensan y luchan como los hombres sin perder la gracia picante y el suave encanto femeninos? ¡Oh norteamericanas intrépidas y dichosas que hojeais en folios polvorientos y manejais pilas eléctricas, afilados bisturís o pesados telescopios con vuestras manos blancas que saben alisar los rizos de los niños y mullir los lechos de los enfermos! No se hizo para vosotras, que marchais por el mundo con paso firme y resuelto, el consejo lleno de amargo buen sentido, de Gutiérrez Nájera:
Si quieres ser feliz sobre la tierra
sin pensar en la dicha que no viene,
haz de ser como el agua que se aviene
al molde de la taza que la encierra.
Escuchemos al exquisito poeta mexicano, Rosita mía, nosotras, pobrecitas criollas que no tenemos alientos de luchadoras ni vocación por la cruz, término fatal de todos los redentores; obedezcámosle con filosófica resignación, aunque una vocecilla tenaz se obstiene en repetirnos que es bastante triste el papel pasivo del agua; envidiemos noblemente a las afortunadas poseedoras de una civilización superior, y al despedir a sus dignisimas representantes, la señora y la señorita Todd, asegurémosles que cada vez que su misión de viajeras estudiosas las traigan a nuestras playas, serán recibidas con un sincero y entusiasta welcome!
ARACELI.
ANGÉLICA PALMA
1907
Angélica Palma
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026