Cura de reposo
Carlos Parra del Riego
La Revista Semanal, Año VII, No 250
Buenos Aires, 1929
Carlos Parra del Riego
La Revista Semanal, Año VII, No 250
Buenos Aires, 1929
«Hum, malo, malo», se dijo Tulio Alfano, mientras se miraba en el espejo. Luego sacó la lengua y se puso a contemplarla atentamente. Lo mismo hizo con los ojos, deteniéndose a mirar los bordes enrojecidos.
Indudablemente, estaba enfermo. El hígado tenía exceso de bilis, los crueles y sutiles cristalitos del ácido úrico infectaban la sangre, los nervios se resentían de flojedad, los bronquios se mostraban hollinecidos. Además, y esto era lo peor, un malestar general, suerte de desgano por todo, hacía más difícil el diagnóstico. Tulio Alfano estaba enfermo de haber vivido bien. Por otra parte, había llegado a ese postrer límite de la primera juventud, en que el organismo necesita una refacción completa para seguir adelante. Los deportes al aire libre, el baño turco y los masajes habían hecho ya lo suyo por contrarrestar el efecto disolvente de los pérfidos venenos que nos dan la mesa a lo «gourmand», el amor y el bar. Le urgía entregarse en manos de médicos y enfermeros, en un clima reconfortable, para que hiciesen con él lo que se hace con los barcos, después de algunos años de servicios ininterrumpidos: carena y pintura de nuevo.
Es cierto que el color amarillento del rostro se transformaba en aristocrática palidez bajo las luces artificiales, así como que no se advertía la leve hinchazón de los párpados, ni el rictus de cansancio que le agestaba la boca, pero... Allí donde no llega la mirada, había algo afectado que era indispensable remediar. No podía atribuirse a otra cosa que a la falla de ciertos resortes vitales íntimos, su conducta de un tiempo atrás, rematada no ha mucho por un lance desagradable, bien que sin importancia aparente, que le diera el primer indicio de su mal. En efecto: haría cosa de un mes, sin otro motivo que el de sentirse de repente hastiado hasta el sufrimiento, interrumpiera de un modo radical y brusco una ventura deliciosa, comenzada bajo los auspicios más halagüeños. Y esto sí que era grave, gravísimo. ¿Cuándo le había ocurrido dejar con un palmo de narices a una linda dama que lo esperaba con los brazos abiertos y un fuego prometedor en la mirada? Nunca, ciertamente. La cosa sucediera así. Después de un asedio de tres meses –tiempo excesivo para quien estaba acostumbrado a ganar en una semana las partidas más empeñosas,– lograra al fin la promesa de un «tête-à-tête» íntimo en un departamento destinado ex profeso a charlar en voz baja. Ahora bien: en vez de aprovechar la dulce ocasión, dejárala pasar voluntariamente, sin que hubiera causa para ello. Cuando todo estaba listo, determinado el lugar y la hora, sintiera de pronto gran disgusto de sí mismo, esa especie de tristeza que nace de la carne, harto conocida de los pecadores contumaces, y se quedara en casita.
Después, reflexionando sobre esto, experimentara cierta alarma. ¿Por qué, en efecto, había dejado de concurrir a la amable cita que le concediera la encantadora Clementina? Por todo y por nada, Clementina era fresca y linda como una rosa de primavera, tenía los dientes más bonitos del mundo y una reputación de incorruptible que era de suyo un estímulo más para que resultara verdaderamente agradable seducirla. Aquello de que hubiese encogido el brazo con un gesto negativo, precisamente cuando la fruta codiciada se le brindaba en sazón, constituía un síntoma inquietante. Lo curioso es que después de lo hecho, cuando ya era difícil si no imposible enmendar la plana, sintiera pena y cólera de haberse dejado vencer por un movimiento de ánimo, extraño a su manera habitual. Clementina no le perdonaría jamás, como no perdona ninguna mujer que se sabe hermosa y deseada, tan grosero desaire.
Le urgía olvidarse de todo por un tiempo más o menos corto. Seis meses de reposo absoluto, sometido a un régimen estricto, lo devolverían íntegro a su vida ordinaria, y lo que es mejor, con renovado entusiasmo. En Suiza o Alemania estaba el remedio. Una clínica blanca bañada por el sol, silencio, aire puro, alimentos ligeros, sueño largo y profundo: con eso tenía de sobra para recuperarse totalmente. Aun tenía mucho que esperar de la vida, para que no desease vivir. Que se sintiese cansado, un si es no es neurasténico, no era como para desanimarse al primer encontronazo. Sin duda –y esto contra lo que se cree comúnmente,– un hombre de treinta y cinco años ha dejado de ser joven, sin llegar todavía a ser viejo; pero una madurez vigorosa, no es menos codiciable que una juventud desbordante. Sobre todo, hay que llevar la cuenta de que es a los treinta y cinco años cuando verdaderamente se comienza a disfrutar de las cosas. Hasta entonces se apuran los placeres con urgente sed, después se paladean con lenta fruición. Los ricos vinos, la buena mesa y las lindas mozas adquieren un sabor distinto, más especioso y refinado, para los paladares que han pasado cierta edad.
Gran copia de razones, añadidas a las ya expresadas, decidieron a Tulio Alfano a emprender su duodécimo viaje a Europa, sólo que esta vez pensaba usar la continencia de un fraile en misión evangelizadora. Nada de aventuras, de cocktails y de champaña. Levantarse al alba, comer poco, pasearse mucho, no beber más que agua y acostarse temprano: he aquí el programa de su viaje. Por cierto, que iba a ser la primera vez que tal haría. Durante doce años, sin faltar uno, embarcara rumbo a Europa dispuesto a gozar ampliamente la vacación anual que le permitía el cuidado de su hacienda, y la diversión comenzara a bordo. Inclusive su primer viaje, cuando apenas tenía veintitrés años, todos habían sido felicísimos, llenos de lances agradables, de sorpresas las más de ellas deliciosas. Nunca podría olvidar su encuentro con aquella americana, cuyo escote, requemado por el sol, parecía un «roastbeef», no obstante lo cual, con sus ojos ahumados, como sumergidos en nieblas azules, enloquecía a los hombres. Él había caído tontamente en el garlito. Su inexperiencia amorosa unida a su curiosidad sensual lo entregaran atado de pies y manos a la singular mujer que tenía la hermosura de las feas, esto es, un trato exquisito y un tacto maravilloso para acertar donde flaqueaban los incautos que acudían a su reclamo de sirena transatlántica. La cosa había durado más de lo que normalmente duran los amores de viaje, pues tuvieran una imprevista prolongación de ocho meses en un departamento del «Biltmore», de Nueva York, y sólo había salvado de caer más hondo merced a la oportuna intervención de su tío Obejero, mundano de marca, que conocía, por haberlas experimentado en carne propia, las artes de las «profesional-beauty» más cotizadas en la alta galantería. Unos cuantos miles de dólares, y quizá dos lágrimas románticas, las últimas que verterían sus ojos, costárale en total la separación.
Así, cuando Alfano pisó la planchada del gigantesco transatlántico, en el cual había hecho reservar anticipadamente un departamento de lujo, estaba resuelto a llevar a cabo su plan «de reparaciones generales», como llamaba él mismo a la cura a que pensaba someterse. Su valet se le había adelantado con todo ese mundo de cosas que constituyen el equipo de un hombre elegante, y del cual no había querido prescindir, a pesar de que iba a internarse apenas llegado a su destino.
Aunque muy pocos estaban en el secreto de su viaje, y menos de los propósitos que lo habían inspirado, encontróse con que a bordo lo esperaban algunos de sus íntimos. Esto le ocasionó un disgusto, pues anticipaba que se vería obligado a beber unos cuantos copetines, los infaltables de todas las despedidas, con lo que violaría una parte de su programa. No tardó en verse rodeado por varias personas, algunas de las cuales viajaban también, y comenzó a repartir saludos y sonrisas a diestro y siniestro. El propio comodoro Simpson, ex lobo de mar pulido por el ambiente de refinada sociabilidad del gran barco, fue de los primeros en acudir a saludarlo. Con su inconfundible aspecto de foca domesticada, el bigote cortado en forma de cepillo de dientes y la otrora rebelde cabellera pulcramente lamida por la gomina, era uno de los comandantes más populares. Lo único que no había perdido de su antigua condición de capitán de buque de vela era el amor a los buenos tragos. Nadie como él sabia distinguir esos sutiles matices de graduación, tono y vejez que hacen del «whisky» una bebida que ya hubieran querido para sí los dioses olímpicos, hartos de su imperfecta y empalagosa ambrosía.
Como era de esperarse, aprovechando una ocasión, díjole a Alfano al oído:
–Cuando el barco se ponga en marcha, suba usted a mi cámara. Tengo un «whisky» superior, regalo de S. A. el príncipe de Gales.
Al pronunciar el nombre del heredero, como buen súbdito inglés, el comodoro hizo una respetuosa reverencia.
Alfano comprendió que estaba fatalmente condenado a pegársela por última vez. Resignado a su suerte, aunque pensando en enmendarse en el futuro, accedió a trasladarse con sus amigos al jardín de invierno, donde se había improvisado una agradable reunión.
Desde una tribuna ubicada a un extremo, una orquesta de músicos melenudos deshilachaba nostálgicas romanzas, tangos ardidos de fiebre sensual y frívolos shimmies. Una afluencia enorme de gente obstruía el paso a los mozos que iban de un lado a otro con las cubas de plata, donde se refrescaban panzudas botellas de champaña. Todas las mesas estaban ocupadas. Un perfume denso, de esencias femeninas, de flores y de humo de cigarrillos rubios enrarecía la atmósfera del vasto recinto, a pesar de que todos los ventanales estaban abiertos. Ese no sé qué, impaciente y nervioso al par que melancólico que antecede a las partidas, pulverizaba en el ambiente una inquietud fina. Muchas mujeres sonreían mostrando los ojos ligeramente húmedos, en tanto que los hombres procuraban disimular sus impresiones íntimas con aire de afectada displicencia.
Indolentemente arrellanados en las butacas, Alfano y sus amigos hacían rueda en torno a una mesa, donde ya había cuatro botellas de champaña vacías.
La mujer ocupaba el plano principal de la charla, como ocurre siempre en las tertulias masculinas. Comentábase en tono ligero devaneos, aventuras, escándalos de última hora, salpimentando el chismorreo con frases picantes unas, cínicas otras, las más frívolas e ingeniosas, pues todos eran tan despejados como locuaces. Por natural derivación del tema elegido, llegóse al punto de reciente actualidad, o sea las desventuras de un dignísimo magistrado, cargado de años y de respetabilidad, cuya encantadora esposa, quizá aburrida de su virtud, había dado un campanazo que no tardaría en repercutir en todos ámbitos de la ciudad. Al oír el nombre de la que había trocado su papel de Lucrecia, Alfano se inmutó levemente, mas sin dejar que ello se advirtiese. ¡ Pues nada menos que de la encantadora Clementina se trataba! Persuadido de que no tardaría en salir a relucir su nombre junto al de ella, observó una actitud de discreta reserva. Pero grande fue su sorpresa al saber que no era él el héroe del flamante romance, sino un amigo común de los que allí estaban, harto conocido también por sus aptitudes donjuanescas. No acertaba a explicarse, de primeras, cómo había podido ocurrir aquello. De que Clementina se había conservado intachable hasta el momento en que le arrancara la promesa formal de concederle una entrevista íntima no le cabía duda, aunque por experiencia sabía que es prudente desconfiar de las virtudes que muestran demasiado su patente. Él había sido el primero en turbar el corazón de la bella, y por cierto que el logro de tal objeto costárale, según se sabe ya, tres meses de asedio tenaz. Ahondando un poco, comprendió al fin el intríngulis de la cosa: Clementina se había entregado por despecho. Herida en su doble vanidad de virtuosa incorruptible y de bella, no había discurrido mejor arbitrio para vengar su humillación que acceder a las solicitudes de uno de los tantos que rondaban a su vera. Su conducta le pareció entonces más que nunca reprochable, pero al mismo tiempo se compadeció de sí mismo, pues, a menos de estar muy enfermo, no hubiera hecho jamás tal cosa. Recordó con melancolía y una pizca de celos que Clementina era deliciosa. ¡Qué dulces se volvían sus ojos cuando se le murmuraba al oído apasionadas frases de amor, qué encendida se ponía su boca después de reventar en ella los cohetes milagrosos de los besos, cuán sincera era su turbación, cuando los brazos formaban en torno a su cintura un collar de ansias apremiantes! No la había amado, pues, en realidad, casi estaba seguro de no haberse dejado vencer por el pícaro diosezuelo cuyas flechas hieren de muerte, pero, en cambio, la había deseado ardientemente, lo que equivale a amar de la manera menos complicada y peligrosa.
Dolíale, casi tanto como se sentía arrepentido, ver a la pobre Clementina convertida en pasto de la maledicencia. La hermosa criatura no merecía ciertamente que se hablase de ella en el mismo tono con que se murmuraba de las pecadoras menos recatadas. Además, aquello de que hubiese elegido a ese impertinente Luisito Álvarez, tan pagado de sí como despojado de méritos, le daba en lo vivo. Hubiera preferido saber que amaba a otro, a cualquiera, menos al tonto de Álvarez.
Naturalmente, de aquel torneo de murmuración, el que peor parado salía era el respetable magistrado. En una mujer bonita, nada es digno de censura; en un hombre, el ridículo es lo único que no se perdona. Por otra parte, el infeliz cónyuge no era muy bienquisto. Vanidoso en sumo grado de su respetabilidad, tanto como de su aire orondo y de sus millones, no había tenido el tacto de hacerse disculpar lo uno y lo otro.
Con la séptima botella de champaña, al revés de lo que ocurre entre los bebedores ordinarios, la charla adquirió un tono opaco y desganado. Muchos habían entrado ya en ese período de beatitud en que se piensa mejor de lo que se habla, y se calla más por pereza que por falta de tema. Alfano sentía que por instantes aumentaba su malestar, ese no sé qué disolvente que solía acometerlo con frecuencia, de un tiempo atrás. Se le antojaban inmensamente estúpidos sus amigos con sus chismes mujeriles y lo vacuo de sus comentarios; y hubiera puesto fin a la tertulia pretextando un oportuno dolor de cabeza, si las primeras campanadas anunciando la partida no hubiesen dado la señal del desbande. Cuando se encontró solo, se consideró el más desdichado de los hombres, sin precisar la causa. De buena gana se hubiera lanzado por la borda al río, cuyas aguas espejeaban iluminadas por las luces del vapor.
Casi nadie había quedado en el jardín de invierno. Los mozos, como después de una batalla campal, recogían con prisa soñolienta gran mortandad de copas y botellas vacías. Habían apagado algunas luces, y una penumbra dulce envolvía el jardín ahora silencioso, por cuyos grandes ventanales se adentraba una brisa refrescante.
Tulio se puso de pie, y se dirigió caminando lentamente a la cámara del comodoro. Por más que antes deseaba tenderse en una «easy-chair» de cubierta, y quedarse un buen rato sin hacer ni pensar en nada, se resolvió a aceptar el «whisky» que le ofreciera su amigo, pues no olvidaba que éste consideraba como el peor de los desaires eludir una invitación suya a beber. Era una distinción que concedía a muy pocos.
Por cierto que no tenía de qué quejarse en el «Amphitrite», el viejo Simpson. La «suite» que le correspondía, como la de los almirantes en los buques insignia, era un departamento lujoso y amplio donde no faltaba ninguno de esos refinamientos que enmuellecen el ánimo de los marinos actuales.
Alfano se detuvo en la puerta, sin atreverse a entrar, al ver que el comodoro no estaba solo. Con un rostro que quería ser severo, interrogaba éste a un joven que lo escuchaba de pie, a su frente. Al advertir la presencia de Tulio, le hizo una seña, diciéndole al mismo tiempo, en su jerga que aquí se traduce al castellano:
–Adelante, míster Alfano. Se sorprenderá usted conmigo de la audacia de este caballerito. No sé si es un loco o un fresco, o las dos cosas a la vez.
El joven a quien se refería, cuya fisonomía impresionaba por su extraordinaria vivacidad, dirigiéndose a Simpson dijo:
–Ni lo uno ni lo otro, capitán. Soy simplemente un hombre que quiere vivir la vida.
Esta frase, tal vez por el tono de sinceridad y entusiasmo con que fue dicha, impresionó a Alfano, quien sintiendo curiosidad entró y se acomodó en una silla a dos pasos del capitán. No debía tener más de veintitantos años a juzgar por la juventud de su rostro y el fuego que chispeaban sus pupilas. Vestido correctamente, con esa elegancia innata de ciertas personas que tanto está en el cuerpo como en el corte del traje, aparentaba ser otra cosa de lo que era en realidad. Con facilidad se le hubiera tomado por un heredero rico en viaje de placer y de aventuras.
Simpson, volviéndose a mirar a Alfano, murmuró como si hablase para sí:
–¡Vaya una frescura! Se introduce en el barco clandestinamente, y en vez de esconderse en los pañoles, se instala como un gran señor en el bar, y se pone a beber de lo fino.
–No valía la pena tentar la aventura asfixiado en un pañol –dijo el mozo.
–¡Incauto! ¿No sospechó usted que inmediatamente sería descubierto? –repuso en tono interrogativo el capitán, en quien se notaba mayor indulgencia que la que solía usar en tales casos.
–Ciertamente, pero contaba con lo imprevisto, con la sorpresa maravillosa que todos debemos esperar siempre.
Simpson, haciéndose un torniquete en la sien, dijo, mirando a Alfano:
–Decididamente, a éste le falta un tornillo.
Mas, a Alfano el extraño lenguaje del joven le había producido un efecto distinto. Sorprendiéralo tanto como lo admirara la fe, esa confianza de iluminado en el azar, que él no había sentido nunca, y que sin duda comunica a la vida un interés apasionante y siempre renovado. Jamás, ni cuando era joven, había experimentado nada semejante, y le parecía tan raro como sugestivo que hubiese personas que vivieran esperando del mañana lo mejor.
Entonces juzgó oportuno terciar en el diálogo, y dirigiéndose al joven le dijo:
–Por esta vez haremos que no se defraude su confianza en lo maravilloso. Le ofrezco a usted pagar el importe de su pasaje hasta el primer puerto y abonar su cuenta del bar, si accede usted a contarme su vida.
–Me temo que el que va a ver defraudada su expectativa sea usted –respondió el joven; y añadió: –De todas maneras, supliré con la imaginación lo que le falte a la verdad.
El comodoro, aunque no esperaba tal solución, la aceptó de buen grado. Cayérale en gracia el mozo por su desparpajo y viveza. Cuando éste hubo salido, Alfano le dijo al comodoro a manera de explicación:
–Me divierten extraordinariamente los «locos lindos».
Contrariamente a lo que es común desear, Alfano prefería el amigo nuevo y la mujer conocida, y esto, más que por gusto particular suyo, por experiencia adquirida. En efecto: repetidas veces había tenido ocasión de comprobar que es infinitamente más agradable la mujer cuyos defectos y cualidades se conocen, que aquella de quien no sabemos nada; así como que a la larga resultan engorrosos los amigos íntimos, toda vez que ya no pueden ofrecernos ninguna novedad. De tal suerte, lo que había hecho momentos antes, obedecía casi tanto a su manera de pensar corriente, como a la diversión que le procuraban los tipos aventureros. Tenía presente que sus mejores amigos habían sido siempre personas encontradas al azar, las más de ellas personajes de novela por lo pintoresco de sus vidas.
El joven lo esperaba fumando tranquilamente. No parecía cohibido, ni mostraba en su actitud esa obsequiosidad de los que quieren agradecer un favor y captarse la voluntad del que lo hizo.
–Vamos a la cubierta de los deportes –le propuso Alfano tomándolo del brazo con esa familiaridad del que se siente en un plano superior. –Hace un poco de calor, de modo que allí podremos conversar disfrutando de la brisa.
El joven lo acompañó sin decir palabra, mas cuando hubieron llegado, y se acomodaron cada uno en su silla, le dijo:
–Voy a comenzar a pagar mi deuda del mejor modo que pueda. Si de repente le parece que miento o exagero demasiado, me da usted un tironcito en la manga para advertírmelo. Me llamo Miguel Bazán, pero todos me dicen Miguelín a secas, no sé por qué. Tengo veintidós años recién cumplidos; ayer, precisamente, fue mi cumpleaños.
Alfano lo interrumpió sonriendo:
–No exijo demasiada escrupulosidad en los datos biográficos. Comience usted por donde más le agrade. Pero, ante todo, dígame usted cómo se le ocurrió la desatinada idea de viajar sin un centavo.
–Oh, cuanto a eso, es fácil explicarlo: la ocasión de intentar, antes que la enfermedad o la vejez me lo impidan, la gran aventura de mi vida, me fascinó con la fuerza de su seducción. Hay de por medio una mujer, figúrese usted. Pero, antes es menester que le cuente muchas otras cosas. He vivido constantemente devorado por una sed ardiente de viajes, de cosas. Demasiado pronto por mi mal o por mi bien, que es difícil precisarlo, comprendí que la vida es hermosa y se prodiga sólo a los que la aman. Los caminos del mundo abrieron ante mis ojos sus rutas de ilusión, y mi alma se fue por ellos ávida y gozosa, deslumbrada e inquieta.
Pero, advierto que divago. Voy a referirle a usted los hechos desde que mi razón comenzó a gobernarse sola, para que alcance usted con claridad los motivos que despertaron en mí la idea desatinada, como usted la llama. Siempre he sido un soñador empedernido, y lo que es peor, de una imaginación ardiente. En la oficina –la misma donde he pasado cinco años metido en un recinto estrecho, alumbrado artificialmente– soñaba sobre los libros de caja cosas hermosas; en casa hacía lo propio. Mi sueldo no daba para más. Con ciento treinta pesos mensuales y la obligación de vestir decentemente, está uno condenado a buscar placeres en el mundo de los sueños. Como es lógico presumir, era un mal empleado. De un modo maquinal, automático, realizaba mis tareas diarias. Así, mientras mis manos con impecable corrección dactilográfica escribían a los señores Wulf & Cía. de Hamburgo, acusando recibo de una partida de exquisitas salchichas en conserva, mi alma, ausente de las salchichas y de Wulf, holgaba por su cuenta. Es ciertamente terrible hacer todos los días algo que repugna nuestro temperamento e inclinaciones, pero lo es más aún la idea feroz, desconsoladora de que siempre, siempre haremos lo mismo. Porque, ¿qué otra cosa podía esperar en casa de «Arenas, Álvarez & Cía.» que dictar las mismas cartas que antes escribía? Además, esa lucha mezquina, sórdida, empeñosa, por alargar el centavo mensual, es cosa que gasta sin provecho. ¡Cuántas energías, cuánto trabajo se pierde por conservar la línea del pantalón y la blancura inmaculada del cuello! Sólo hay dos clases felices: la de los ricos, que a fuerza de dinero pueden hacer lo que quieren, y la de los obreros que por falta de trabas sociales, de prejuicios, pueden, igualmente, hacer lo mismo. Imagínese usted la tragedia del empleado que de pronto siente el deseo muy natural e inofensivo de tumbarse en la hierba fresca, de cara al cielo. ¡Horrible! La tiranía de la ropa planchada se lo impedirá.
Considere usted, pues, cuál era mi vida. Como un cisne fuera del agua, no tenían ni libertad ni gracia mis movimientos. Vivía triste, miserablemente, corroído por el cáncer de todos los deseos, así hasta que algo se iluminó de repente en mí, por obra de un encuentro feliz. Era una mañana de primavera, una de esas mañanitas en que todo se ve claro y dan ganas de andar ligero, de hablar alto y reír fuerte, porque dentro se siente una alegría maravillosa, sutil como el aire, penetrada de fragancias como las primeras rosas de noviembre. Acababa de salir de la oficina. Todavía cegado por el polvillo de oro que flotaba en el ambiente, iba de prisa, contento y deslumbrado. El espectáculo callejero me enternecía sin saber por qué. Al ver a un carrero tumbado en la chata, de cara al sol, me acometió el deseo vehemente de hacer lo mismo. Pensaba: «Qué hermoso debe ser tener un auto, y salir al campo a disfrutar de este día esplendoroso.» Frente al escaparate de una florería, me quedé boquiabierto de admiración. Había flores rojas, sensuales y espléndidas como esas madonas opulentas que excitan la fiebre de los adolescentes; otras delicadas, virginales y tímidas cual jovencitas en su día de primera comunión, otras extrañamente fascinantes, tentadoras como un pecado desconocido, de una belleza pecaminosa de cocotes.
Aunque ya había pasado la hora en que debía almorzar, para regresar en seguida a la oficina, seguía caminando sin rumbo fijo. Y he aquí que de repente mis ojos se sintieron atraídos por una figura cuyas graciosas formas se acusaban bajo los tules y gasas que la envolvían. Cual si me hubiesen acicateado con espuelas, apuré el paso para descubrir quién era la rubia deidad que avanzaba delante de mí con suave contoneo, llevándose de calles a todo el mundo. ¡Santo cielo! Quedé deslumbrado de maravilla, mudo de éxtasis. Yo había visto antes, claro está, mujeres hermosas, pero de lejos, como se mira a las estrellas, y ésta que tan cerca de mi estaba que bebía su perfume y percibía casi el de su aliento purísimo, me trastornó. Lleno de recogimiento, sin ánimo para balbucir esos triviales requiebros que las buenas mozas arrancan a su paso, la seguí cuidando de que ella no lo advirtiese. En veces me adelantaba, para verla de frente, y cada vez se mostraban más ávidos mis ojos de mirarse en ella. Extraño picor en la sangre comunicaba a mi andar un ritmo nervioso; las sienes me latían, palpitábanme las manos estremecidas y febriles, y el corazón, dentro del pecho, danzaba azorado y loco el júbilo de su hallazgo. Es preciso haber experimentado algo semejante, para apreciar lo que yo sentía en esos momentos. Era algo extraordinariamente nuevo y delicioso, parecido a esa embriaguez exquisita que producen las primeras copas de champaña, pero más fino, más penetrante, más hondo. Mi alma se llenó de dulzura, cual si hubiesen volcado en ella un cuenco de miel, y desbordó su gratitud en una plegaria humilde y fervorosa. Bendije la gracia de la mañana primaveral, la dicha de ser joven, la bondad de las cosas. Rescatado a las miserias cotidianas, libre, fuerte, gozoso, disfruté por primera vez, plena, sensualmente, la alegría de vivir. Como un loco la seguí doquiera que fue, hasta que la vi desaparecer en la puerta de un lujoso petit hotel.
Cuando volví en mi juicio, me encontré rondando obstinadamente una calle desconocida. Eran las tres de la tarde; sentía hambre, y el sol, que picaba de firme, me tostaba las espaldas. Por supuesto, a tal hora, ni siquiera quedaba pensar en ir a la oficina. Pero, ¡qué importaba ya todo si había encontrado en mi camino lo maravilloso que soñara y aguardaba siempre! La vida cobró entonces para mí un interés apasionante; quemábame una fiebre lenta, soñadora, que en vez de enmuellecerme el ánimo me incitaba a la conquista de mi parte de felicidad.
Averigüé de ella más de lo que estaba a mi alcance conocer. Supe que era una muchacha distinguida y rica, una de esas flores de lujo que la suerte depara a sus elegidos. No obstante ello, no perdí el entusiasmo. Más que por experiencia propia, por haberlo leído u oído, no ignoraba que el amor allana todos los obstáculos. Y me di al tormento exquisito de amarla con todas las potencias de mi alma. Me convertí en su sombra, y creí alcanzar el cielo con las manos, cuando descubrí que la constancia y el rendimiento de mi pasión no le pasaban inadvertidos. Si amar es de suyo dichoso, saberse correspondido centuplica el goce. Aunque no habíamos cambiado una sola palabra, sabía que no le era indiferente. Muchas veces encontráranse nuestros ojos, y no por mera casualidad.
Y bien: aquí toca mi aventura a su punto culminante. No hace muchos días, me enteré de que debía viajar en el «Amphitrite». La inesperada nueva echó por el suelo mi castillo de ilusiones. Separado de ella por una distancia inmensa, no me quedaría ninguna esperanza. Anduve enloquecido, discurriendo mil planes fantásticos, de los cuales ninguno era hacedero. Así llegó el momento fatal de la partida, es decir, hoy. Vine al barco decidido no sé a qué, rumiando un obscuro proyecto. Sabía que debía hacer algo: eso era todo. Cuando pisé la cubierta del barco, aun no había llegado ella. Cerca del portalón de acceso la esperé lleno de nerviosa impaciencia. Al fin la vi ascender por la planchada, llevando un gran ramo de rosas en el brazo, no más frescas y perfumadas que su lindo rostro de porcelana. En medio de un grupo parlero de chicas, su figura se destacaba con su fina gracia adorable. Mis ojos se prendieron a ella y no la abandonaron, obstinados y suplicantes. Ella pagó con una mirada y una sonrisa encantadora el tributo de mi adoración.
Luego de haberla perdido de vista un rato, la vi de nuevo en el jardín de invierno con sus amigas. Sentáronse a una mesa, y yo, sin poder hacer lo propio, me mantuve medio oculto detrás de una palmera, palpitando de ansiedad. La inminencia de la separación me hacía sufrir hasta el llanto que no puede salir. «Se va, se va», era el «leiv motif» de mi angustia. Cuando menos lo esperaba, una circunstancia feliz la puso a mi alcance. He aquí cómo sucedieron las cosas. La llegada de un transatlántico agolpó en los ventanales a mucha parte del pasaje que llenaba el jardín. Sin sospechar mi suerte, me apresuré a ocupar una ventana inmediata a las de ellas. Como eran muchas y yo estaba solo, galante y audaz la invité a ocupar un sitio a mi lado. Levemente ruborizada, sonriendo a medias, se acercó y se puso de codos sin decir palabra. Sin duda, sus amigas se dieron cuenta de que prefería estar sola conmigo, pues ninguna la acompañó. Solos y tan cerca que nuestros brazos se tocaban, al principio me puse a temblar, poseído de una emoción exquisitamente dulce y turbadora. Es cierto que en sueños me había visto igualmente cerca de ella, pero no por eso dejó de turbarme de un modo violento la realización de mi anhelo. Mi voz era opaca, tartajeante, al comenzar a hablar, mas cuando me hube serenado un tanto solté la lengua de corrido, sin interrumpirme. Yo no sé qué cosas le dije. Las frases salían a borbotones de mis labios en cálidos chorros de lava. Eran frases ardidas de pasión, quejas, tristezas, todas esas cosas maravillosas y absurdas que el amor pone en boca de los enamorados. Ella permanecía en silencio, y aunque no podía verle la cara, me di cuenta del efecto que le producían mis palabras por el leve estremecimiento que sacudía su cuerpo.
Un instante antes de marcharse, me dijo, con aire pensativo y soñador:
–Volveré.
Y me dio su mano, que yo estreché, poniendo en ella mi alma.
Como puede usted ver, es bien poco y mucho lo que de ella recibí. Sin embargo, cuando se hubo marchado con sus amigas, me quedé inmóvil en el sitio. Luego me poseyó una alegría dulce, ligera, embriagadora. Estremecido de dicha, con la cabeza llena de sueños, sin gobierno de mis actos, fui a sentarme en la primera mesa que hallé desocupada en el bar, y pedí una botella de champaña, otra en seguida, apurando ambas, como si me devorase una sed horrible.
Lo demás es fácil suponerlo. El barco se puso en marcha, el mozo reclamó su cuenta; volví a la realidad como quien despierta de un sueño hermoso. Al momento comprendí lo difícil de mi situación, mas, como me sentía demasiado henchido de felicidad para amilanarme por un contratiempo insignificante, preferí mostrarme cínico antes que pusilánime. Por otra parte, me alentaba la confianza que siempre he tenido en lo maravilloso imprevisto, en la sorpresa feliz que debemos esperar con fe. –Luego de una breve pausa, Miguelín concluyó: –Le prometí contarle mi vida al pormenor, y, en realidad, no he hecho otra cosa que decirle a usted que estoy locamente enamorado. Ni siquiera he tenido ocasión de mentir.
Alfano permaneció en silencio un momento, en actitud reflexiva. Pensaba en su vida, tan despojada de ilusiones, enferma de un cansancio prematuro, sintiendo al mismo tiempo pena y envidia. En puridad de verdad, jamás había experimentado nada semejante. Envejeciera su corazón pasando de unas a otras manos mercenarias en aventuras efímeras, cuyo epílogo, invariablemente, señalaba su nombre al pie de una cifra, y le parecía admirable que se pudiese amar con tanta exaltación.
El muchacho había logrado impresionarlo bien. Su ingenuidad, su juventud y su alegría, su amor a la vida le daban una provechosa lección de optimismo, que era menester aprovechar. De vez en vez es saludable remozar el espíritu poniéndose en contacto con gentes nuevas, fuertes y claras. Cediendo a un impulso generoso, tal vez a esa simpatía instintiva que inspiran los felices, decidió proponerle que lo llevaría consigo. Un rápido cálculo mental lo confirmó en su proyecto; la cosa le irrogaría un gasto mínimo, si lo comparaba con lo que solían costarle sus amigos parásitos, elegantes ociosos que habían encontrado en su desprendimiento la manera de vivir cómodamente. Poniéndose de pie, le dijo a Miguelín mientras lo obligaba a bajar con él, llevándolo del brazo:
–Si acepta usted ser mi secretario, viajaremos juntos hasta donde nos dé el humor; porque, eso sí, cuando alguno de los dos se aburra, nos separaremos amigablemente. ¿Qué le parece a usted?
–¡Maravilloso! –repuso Miguelín con acentuado entusiasmo, y agregó: –Decididamente, no sólo en el cine ocurren cosas extraordinarias y felices.
En la puerta de su cabina, mientras le daba la mano, Alfano le dijo:
–Mañana cerraremos el trato, y espero que me dará usted el gusto de conocer a esa divinidad vestida por Poiret...
Al cruzar un corredor sorprendió a los jóvenes juntando sus bocas, y aquello fue como si le hubiesen dado un chicotazo en la médula. Había tanta espontaneidad en aquel beso largo, íntimo, dulce, que, sin quererlo, se detuvo un instante a contemplarlos. Algo le decía interiormente que nadie lo había besado así, con tanto abandono y entusiasmo. Las bellas bocas que había saboreado no tenían, sin duda, el gusto deleitoso de los labios que besaban a su amigo. Ni cuando lo besaran a él, porque ya es tiempo de decir que Alfano había descubierto que la rubia deidad que enloqueciera a su secretario era una de las tantas vírgenes locas de la buena sociedad, que amara a la hora del «cocktail». En efecto: la amada de Miguelín no era otra que Dolly Méndez, una linda pizpireta con rostro de madona boticelesca y alma de charleston. Su nombre figuraba en su lista galante al lado de un recuerdo muy expresivo. Cierta mañana, en la playa, después del quinto «cocktail» a la sombra propicia de la carpa, le robara infinitos besos a su boca de grana, junto con la promesa de un amor eterno, que se desvaneciera al tercer día en una cita deliciosamente equívoca. A pesar de ello, no había olvidado del todo a la linda locuela; antes bien, más de una vez se había acordado de ella, con el propósito de reanudar en la primera oportunidad lo que el azar interrumpiera.
Era ciertamente encantadora, con su piel rubia y fresca y sus inmensos ojos candorosos, que tan bien disfrazaban su ingénita picardía y su precoz experiencia del mundo, y le pareció aun más hermosa y deseable al ver que prodigaba a otro sus caricias con un abandono que a él le había negado. Más que celoso, despechado y colérico, se marchó del sitio, proyectando una entrevista a solas con ella. Le resultaba sumamente grotesco aquello de que su protegido estuviese enamorado de una de las tantas que amara fugazmente. Lo consideraba un despojo, una invasión de su predio. En realidad, lo que ocurría era que lo enfurecía el espectáculo de la dicha ajena. Renacía su egoísmo, acicateado por la envidia. Para disipar su mal humor, y en parte porque sentía mucha sed, se dirigió al bar, donde estaba seguro de encontrar a madame Lerond, rumana de origen, esposa de un secretario francés de embajada, que consentía de buen grado sus elegantes extravagancias. Murmurábase que esto obedecía a que ella era inmensamente rica. Como lo había previsto, encontró a la bella rumana presidiendo un grupo de cinco personas, entre las que había dos damas. Madame Lerond le hizo una seña cordial, y le ofreció un asiento a su lado. Desde que se conocieran lo tratara con mucha familiaridad, la misma, por lo demás, que empleaba con todos, tal vez para acentuar las rarezas de su genio.
–Siéntese a mi lado –le dijo. –En seguida que gane esta partida de dados tengo que hablar con usted.
Luego, como si de pronto hubiese encontrado más interesante para ella charlar con Alfano, se dio por vencida sin entrar en juego y se lo llevó a una mesa próxima.
Ambos pidieron el mismo «cocktail», una «creación» de ella, cuya inventiva para estas cosas hubiera envidiado el más experto barman. De más parece añadir que Alfano había echado en saco rato sus propósitos de abstinencia.
–Ante todo, le ruego que no busque ninguna intención maliciosa en lo que le voy a decir –dijo la rumana, con una sonrisa picaresca en los labios. –Se trata de ese joven que le acompaña a usted, del cual he oído referir una aventura divertida. ¿Es cierto lo que dice el comodoro Simpson? Mi curiosidad por ese muchacho responde a un recuerdo sentimental. Es impresionantemente parecido a un primo mío que murió en París tuberculoso. Tiene los mismos ojos encendidos, la misma boca roja y carnosa, los mismos cabellos renegridos. Mi primo era un muchacho encantador, y ese joven se le parece mucho. ¿Tendría usted inconveniente en presentármelo? Supongo que sabrá conducirse como un caballero, aunque sé que no forma parte de nuestro mundo. Quisiera oír su voz. ¡Si fuera también igual a la de mi primo!
Aunque la rumana había hablado afectando volubilidad y despreocupación, Alfano comprendió que lo que menos le interesaba era comprobar si su protegido tenía la misma voz de su primo; esto, en el caso de que realmente fuera cierto aquello. De primeras, pensó en rehusar cortésmente el papel que le ofrecía, mas reflexionando luego que con ello ganaría la oportunidad de hablar a solas con Dolly, toda vez que Miguelín no le quitaba el ojo de encima, prometióle a ésta aun más de lo que hubiera deseado.
–Si tiene usted la bondad de esperarnos en el puente de proa, estaré con él dentro de una hora. Estoy seguro de que tendrá usted gusto en conocerlo. Es muy simpático, cumplidísimo, un perfecto caballero. Respecto a lo que se cuenta, ¡bah, tonterías! El que ha salido ganando soy yo, al tomarlo como secretario. –Luego, bajando la voz y no sin cierta intención picaresca, añadió: –Hubiera querido tener la fortuna de parecerme a su primo difunto. Así, por lo menos, le hubiera inspirado un poco de interés.
Madame Lerond sonrió con las treinta y dos perlas de su boca. Le agradaban en extremo los cumplidos intencionados. Por otra parte, encontraba que Alfano, con su palidez aristocrática y su aire de hedonista fatigado, prometía muchos ratos interesantes.
Poco después se separaron dándose un expresivo apretón de manos, y Alfano, satisfecho de su estratagema, recuperó completamente el buen humor. Consultó su reloj, y vio que tenía el tiempo justo para cambiarse de ropa y llevar a Miguelín a la cita prometida.
A los diez y nueve años cumplidos, Dolly Méndez sabía muchas cosas, tantas, que podía escuchar sin riesgo de ruborizarse las confidencias sentimentales de sus amigas, y leer sin peligro alguno lo más típico de esa literatura enervante para uso de Don Juanes decrépitos y señoritas modernas. No obstante ello, había conservado el delicioso aire de candor de sus doce años, cuando flotaban sus rubias crenchas sobre su espalda, y fincaba su mayor vanidad en ser la primera «tenniswoman» del colegio, ¿Por qué magia o artificio su rostro mantenía intacta la expresión virginal de los primeros años? Difícil hubiera sido precisarlo. De todos modos, ello le prestaba un nuevo y más picante atractivo.
Rica, engreída, de humor fantástico, había hecho siempre lo que había querido. Su padre, el viejo Méndez, todavía con humos galantes, muy pagado de tener una hija tan bella, la mimaba más de la cuenta, satisfaciendo sus menores deseos, aun antes de que los manifestara. Esto había influido perniciosamente en la formación de su carácter. La ausencia de una madre, de una autoridad al par dulce y severa, se advertía claramente en el desgobierno de su conducta. Su capricho era ley para los suyos, con todas las malas consecuencias que de esto se deriva.
Naturalmente, Dolly Méndez había tenido infinitos novios, pero ningún amor formal. Algo más: había llegado hasta un extremo peligroso en sus devaneos, que en otra se hubieran juzgado cual merecían, pero que en ella se toleraban indulgentemente, por influjo de los millones de su padre. Emborracharse de champaña y amor en momentos de delicuescente extravío, era algo que juzgaba natural, muy moderno, muy de la época. Por esto, sin duda, cediera a la tentación de inquietar a Alfano. Flirts de temporada veraniega, besos de la hora del baño, juergas con acompañamientos de «jazz-band», eran cosas sin trascendencia, tontadas de muchacha alegre. Lo importante era divertirse «terriblemente» según su propia expresión. Éste, aquel, esotro, todos habían sido huéspedes fugaces de su corazón, visitantes con un pie en el estribo que no le dejaran la menor huella, el más leve recuerdo. Y es que, en realidad, ninguno se había acercado a ella movido por un sentimiento elevado y puro; unos, atraídos por el señuelo de su riqueza; otros, por su apetitosa juventud; todos, sin excepción, inspirados por móviles subalternos, representaran a su lado la comedia del amor, sin lograr engañarla, por supuesto.
Su aventura con Alfano, más que un escarceo sentimental, había sido un momento peligroso y equívoco, del cual saliera bien librada a medias. Habituada a jugar con fuego, no reparó en el riesgo de chamuscarse las alas. Harto caro había pagado su deseo de conocer y tratar de cerca al hombre cuya pésima fama constituía, precisamente, su mejor recomendación ante las jovencitas curiosas y las damas otoñales. Sufriera una decepción completa, total, absoluta. Ni mejor ni peor que cualquiera de los tantos con quienes flirteara hasta trocar la frase leve en un beso ardiente, le dejara al final un recuerdo ácido, perverso, del que hubiera querido libertarse antes que de ningún otro.
Así su experiencia del mundo, y de los hombres en particular, era desoladora. Los despreciaba casi tanto como los conocía, mas sin que esto quiera decir que prescindiese de ellos. Para bailar y tomar el té, los consideraba insubstituibles; también los prefería para conversar, pues el cotorreo de las mujeres de su clase la abrumaba con su frivolidad, cuando no la enardecía con su falsa inocencia. Más de una vez, con todo, había deseado encontrar un hombre capaz de satisfacer el ansia romántica, propia de su naturaleza soñadora y ardiente. Porque, si bien la exterioridad de sus actos decía lo contrario, en el fondo era como todas las mujeres, igualmente accesible a la ternura, al amor, al sentimentalismo, a todas esas cosas delicadas y nobles, que ella era la primera en juzgar cursi y ridículo mostrarlas.
Su encuentro con aquel joven que la persiguiera con el ardor suplicante de sus miradas, había operado una mudanza en sus ideas y sentimientos. Sin advertirlo al principio, luego maravillada de ello, dejárase vencer a la postre por la seductora novedad de saberse amada como no lo fuera nunca. Sí, aquel muchacho la amaba con una pureza y un rendimiento que le sorprendía y le halagaba dulcemente. ¿Quién era, de dónde venía? El amor no tiene nombre, ni indica nunca su procedencia. Sabia que era arrogante y viril, y ello l–e bastaba, ¿Acaso no tenía dinero de sobra para imponer al hombre que eligiese?
Una lujosa «corbeille» de orquídeas anunció la visita de Alfano. Sintiendo cierta inquietud, pero pensando al mismo tiempo que era mejor concluir de una vez por todas, Dolly accedió a recibirlo como se lo pedía en un billete exageradamente cortés para ser bien intencionado. El aire de seguridad. tal vez de petulancia del visitante, cambió la inquietud de la muchacha en disgusto. Su instinto le anunciaba que nada bueno debía esperar de quien otrora avanzara en su intimidad, más de lo que permite un flirt de sociedad. En efecto: Alfano no disimulaba su intención de presentar batalla. Había cierta arrogancia, cierto descaro odioso en su manera de saludar, mirando fijamente en los ojos.
Comprendiendo que cualquier vacilación previa otorga una ventaja irrecuperable al adversario, Dolly ocultó su desagrado procurando mostrarse lo más natural posible.
–Siéntese usted –le dijo, una vez que se hubieron estrechado las manos. Luego de un momento embarazoso de silencio, en que los ojos de él la asaetearon, continuó: –La verdad es que no sé a qué obedece su deseo de hablar a solas conmigo.
–¿No lo adivina usted? –inquirió él, con burlona duda. –Sin embargo, Dolly, debía usted, por lo menos, sospecharlo. Hace ya seis meses que esperaba, ansioso, este momento...
Dolly lo atajó riendo francamente, y le dijo:
–No siga usted por ese camino; se pone usted horriblemente cursi.
Picado por la ironía que contenía su risa, así como por el desdén de sus palabras, Alfano devolvió el floretazo, diciéndole:
–Es usted frágil de memoria. Recuerde usted el... entusiasmo con que hace seis meses no más me decía lo contrario. Entonces era para usted el prototipo de la perfección: mis corbatas, mis frases, el corte de mis trajes, y, por qué no decirlo, mis besos, todo lo mío le parecía correcto, exquisito, adorable.
–A menudo olvidamos..., porque queremos olvidar.
–¿Tanto se arrepintió usted de haberme amado?
–Usted sabe muy bien que no le amé jamás.
–¿Entonces?...
–Locuras, momentos de ofuscación de los que volvemos más que arrepentidas: enojadas contra nosotras mismas.
–Pero en los que es agradable caer, ¿verdad? A juzgar por la escena que sin querer presencié, y por lo que sabia de antemano, padece usted nuevamente de ofuscación. No; no trate de negarlo. He venido a devolverle el sentido, y también a decirle que la amo. A veces es necesario que perdamos el bien que era nuestro, para que nos demos cuenta de su valor. Cuando vi que besaba usted a otro hombre como no me había besado nunca, yo no sé lo que pasó por mí. Sentí cólera y pena: pena de que no me hubiese amado así, de que no me amara ya. Pero, aun es tiempo...
–Basta, se lo suplico. ¿Quiere usted que juguemos a cartas vistas? Pues bien: amo a ese hombre a quien usted se refiere; algo más: es la primera, la única vez que amo. Siento aquí, en lo íntimo, una cosa sincera, fervorosa, pura. –Emocionada por sus propias palabras, Dolly se puso de pie y continuó, con exaltación: –Dude usted de ello, ríase de mí si lo juzga mejor; a pesar de todo, es la verdad. Hasta ahora no había sentido nunca nada semejante a esta llama viva que hace arder mi corazón. Usted y todos los que... me amaron, de algún modo hay que llamar las cosas, pasaron por mi vida como sombras fugaces, sin conmoverla, sin dejarle la huella cálida de un recuerdo tierno.
El acento de verdad y de pasión con que se expresara Dolly, llenó de melancolía y de despecho a Alfano. Debía ser muy hermoso, ciertamente, saberse amado con toda plenitud, y él no se consideraba con menos derechos que el otro a que le amasen así. Por otra parte, lo irritaba hasta la exasperación aquello de que le ganase la partida su protegido, a quien, por eso mismo, juzgaba despectivamente. Sin poder reprimir el deseo perverso de desengañarla, de herirla allí donde más sentiría, le dijo lentamente, separando las silabas para que sus palabras produjesen mayor efecto:
–La persona a quien usted ama es un bribón.
–¡Nada de eso! –protestó Dolly, con vehemencia. –Él me lo ha contado todo. A lo sumo, podría juzgársele como un loco; pero, ¡bendita locura, si todo lo que inspira es como lo que ha hecho por mí! Además, sus sentimientos son generosos y me ama como no me ha amado nadie: por mí misma, con un respeto y una ternura conmovedoras.
–Sin embargo... –murmuró entre dientes, con insoportable sorna Alfano.
–¿Qué? –interrogó, ansiosa, Dolly. –Hable usted.
–Si me acompañara en este momento al puente de proa, presenciaría una escena que, sin duda, le volvería el juicio.
Una oleada de rubor incendió el rostro de Dolly. Durante unos instantes vaciló, luchando con la duda que comenzaba a atormentarla, mas sospechando que todo fuese una patraña, repuso, llena de confianza, recobrando la expresión serena de su rostro:
–¡Oh, estoy segura de él! En vano intentará usted confundirme.
Fuera de sí al ver que el amor de Dolly resistía victoriosamente todas las asechanzas, con el innoble deseo de injuriarla recordándole la verdadera situación de su amado, le dijo Alfano, con tono interrogativo:
–¿Ignora usted que está en mis manos hacerlo desembarcar en el primer puerto?
Nuevamente vaciló Dolly, herida donde menos esperaba, y exclamó, llena de rencor:
–Le creo a usted tan miserable como para hacer lo que dice. –En seguida, recapacitando en que con la violencia sólo conseguiría exasperarle aun más, así como que la prolongación de la entrevista aumentaría el disgusto de ambos, añadió, cambiando la voz: –¿Por qué se empeña usted en hacerme daño? ¿Quiere usted que le ame a la fuerza? Sea usted bueno por una sola vez en su vida. Piense usted en que mañana, tal vez, encontrará en su camino el verdadero amor, y en que no sufriría usted la idea de que nadie ajeno a él se interpusiese. Por otra parte, ¿está usted seguro de amarme como me dice? Si se interroga usted lealmente, descubrirá que lo que juzga amor es sólo un capricho liviano en que se mezcla el despecho. Olvídese del pasado como supe olvidar yo, y si quiere usted ser en adelante mi amigo, aquí está mi mano, cordial, sinceramente.
Alfano sintió que algo cedía de pronto en su ánimo, vencido por la noble franqueza de la muchacha. Bien mirado, el sentimiento que lo inclinaba hacia ella era de la naturaleza del que acababa de definir: un capricho liviano y nada más. Pero, asimismo, experimentaba cierta pena, una melancolía fina que le llovía su rocío de lágrimas. Por primera vez sufría la ausencia de un amor verdadero, despojado de bajos estímulos, claro, fuerte, capaz de resucitar su corazón comunicándole un ritmo nuevo, más ágil y nervioso. El amor era una cosa maravillosa, ciertamente, cuando así cambiaba a los seres. De la casquivana Dolly había hecho una mujer admirable de ternura, de fe, de entusiasmo.
–Sea como usted quiera –dijo. –Me ha conmovido la sinceridad de su pasión. ¡Si al menos me quedase el consuelo, de esperar que alguien me ame!
–No lo dude usted –repuso Dolly, con viveza. –Aun le queda mucho camino por delante.
Antes de salir, Alfano besó respetuosamente la mano perfumada que le tendiera Dolly. Sentía que se había reconciliado con la vida; mejor aún, que comenzaba a mirarla con ojos nuevos. Le habían dado una lección de fe, de optimismo, que tendría en el futuro muy presente.
Cuando estuvo solo en su cabina se miró en el espejo, pero esta vez con una chispa de esperanza. «¿Por qué no?», se dijo. Y recordó al instante las palabras que tanto lo impresionaron en boca de Miguelín: «Contar con lo imprevisto, con la sorpresa maravillosa que todos debemos esperar siempre.»
Momento después, a solas con Miguelín, lo interrogó:
–¡Diablo! –exclamó el muchacho. –Hay que creer que las damas rumanas son muy extravagantes. Se había empeñado en que me parecía mucho a un primo suyo, y quería repetir conmigo lo que hacía con el otro. ¡Pues no se empeñó en que le dijera que la amaba para ver «si tenía la misma voz»! Lo peor era que no hallaba medio de salir del paso.
Alfano sonrió, divertido, al imaginar los apuros del mozo. Harto sabía él cómo se las gastaba la incandescente madame Lerond. Luego, aceptando de buen grado el papel de hada bienhechora que le asignara el Destino, díjole a su amigo:
–Bueno: ahora ocupémonos de nuestras cosas. He hablado con Dolly, sé que le ama, que está dispuesta a sacrificar cualquier cosa por usted. Por mi parte, le ayudaré en lo posible, y que sean ustedes felices.
Miguelín intentó decir algo para demostrar su gratitud, pero el otro lo contuvo, diciéndole:
–No, no me agradezca usted nada. Se ha ganado usted su parte de felicidad en la vida, y me ha enseñado usted a mí algo que yo ignoraba: que la dicha y el dolor están en nosotros mismos...
Y se quedó pensando en que reporta más satisfacción hacer el bien que merecerlo.
CARLOS PARRA DEL RIEGO
1929
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026