Desolación
Angélica Palma
Mercurio Peruano, Año II, Vol. III, No 14
Lima, 1919
Angélica Palma
Mercurio Peruano, Año II, Vol. III, No 14
Lima, 1919
En cuanto el médico, terminado el prolijo reconocimiento, ordenó al enfermo que se vistiera, interrogóle la madre ansiosa:
–¿Verdad, doctor, que encuentra usted mejor a Humberto? ¿Verdad que dentro de poco estará más fuerte que antes de enfermar? –Y sus pobres ojos angustiados, fijos en los del médico, parecían implorar: «¡Por Dios, doctor, no olvide usted mi ruego! ¡Si mi hijo tiene algo grave, dígamelo a mí, a mí sola! Para mí todas las inquietudes, todas las aflicciones; pero a él tranquilícelo, aliéntemelo».
El doctor, comprendiendo la muda súplica, contestó benévolo:
—Señora, en conciencia creo que puedo exponer a usted y a su hijo mi opinión sincera, ya que ella nada tiene de alarmante para la excitabilidad nerviosa de mi cliente. La grave neumonía que ha sufrido ha debilitado mucho todo su organismo. El estado de los pulmones no me satisface; el izquierdo está todavía algo congestionado, lo cual no es cosa de broma, sobre todo antes de los treinta años; la juventud, el más terrible enemigo para otras enfermedades, es, en ésta, el mejor auxiliar. Si hablo con esta franqueza –continuó el galeno dirigiéndose en particular a la señora que lo escuchaba anhelante, contraído por un gesto doloroso, el rostro pálido entre los pliegues negros de la manta –es porque puedo indicar el remedio seguro: el cambio de clima.
–Iríamos a alguno de los pueblos próximos, a la Magdalena, a Chosica –insinuó ella tímidamente.
–¡Paliativos, señora, sólo paliativos! –contestó el médico. –La única manera de librar a este joven de la terrible amenaza de la tuberculosis es haciéndolo vivir, siquiera durante un par de años en alguna ciudad de la Sierra; que se vaya, por ejemplo, a Tarma, lugar de clima excelente y de ciertos recursos; encontraría allí alguna ocupación ligera y remunerativa que compensara en algo el esfuerzo que en la situación pecuniaria de ustedes significa un viaje. Mucho lo he meditado antes de aconsejarlo; pero lo único que honradamente puedo recetar con fe en el éxito.
–Nos iremos, doctor, nos iremos –exclamó el enfermo cuyo decaído espíritu se animó con la palabra convencida del médico. –Felizmente el sacrificio puede hacerse.
La madre asintió con un gesto resignado. ¡Bien sabía ella, cuál era el sacrificio! Y le pareció ver, en la vetusta plazuela del Cercado, la humilde casita con su patio empedrado, sus dos ventanas, vestidas de campanillas multicolores, a ambos lados de la puerta de la sala, los muebles de ésta siempre enfundados, la araña de cristal envuelta en gasas amarillas, la amplia alcoba con el lecho conyugal, el cuartito de Humberto, el comedor con las sillas en torno de la mesa cubierta de un hule rameado y el aparadorcito de pino con la vajilla descabalada, el traspatio con su higuera centenaria, quizás contemporánea de la del palacio de gobierno, que plantaron las fuertes manos de Pizarro, el corralito de cañas, habitación de una media docena de gallinas bullangueras y ponedoras, la cocina con el gato negro, mensajero de la buena suerte, al calor del fogón... Querida casita que viste nacer a Humberto, que le viste jugar, que le viste llorar la muerte de su padre, que viste agotarse su juventud por los rigores de la enfermedad, ¿sería cierto que era inevitable perderte para que esa juventud retoñara lozana y alegre?
Sí; era inevitable; no le cupo la menor duda cuando, en el almuerzo, su hijo, expansivo y locuaz, como no lo estaba desde hacía mucho tiempo, desarrolló extensamente sus proyectos. «Venderían la casa.» Lo decía tranquilamente, con esa feliz despreocupación de la mocedad que aun no siente las raigambres del pasado. Encontrar comprador era fácil: ¡poquitas ganas tenía el bachiche de la esquina de comprarla para ensanchar su pulpería! El producto de la venta, por exiguo que fuese, siempre alcanzaría para trasladarse a la ciudad bendita, vencedora de mal, dispensadora de nuevas energías, y emprender allí algún negocio lucrativo. ¿Por qué no? Disfrutando de salud todo se logra, y ésa había él de recuperarla, respirando el aire purísimo de las alturas. ¡Oh, la altura! ¿Te acuerdas a cuántos pies sobre el nivel del mar está Tarma?
¡Qué se había de acordar la viejecita si en su vida, lo supo! Humberto tampoco podía precisarlo en ese momento; pero, despreciando detalles, siguió diciendo:
–¿Figúrate que gran parte del viaje se hace en el ferrocarril más elevado del mundo; como lo oyes, el más elevado; todos los extranjeros nos lo envidian! –Y al afirmarlo así, mostraba el joven tan orgullosa satisfacción como si fuera uno de los ingenieros que concibió y ejecutó la obra maravillosa, allá en los buenos tiempos en que aun podía decirse por hipérbole y no por ironía vale un Perú.
Terminado el almuerzo, salió Humberto; y la madre, después de arreglar el comedor, se caló las gafas, colocó la canasta de costura en el alféizar de la ventana que daba al traspatio de la higuera añosa, y, sentada en una silla baja, se puso a zurcir medias. Mientras las manos ejecutaban mecánicamente la tarea, el espíritu entristecido no cesaba de lamentar el obligado destierro de la tibia ciudad natal y del barrio donde había transcurrido su existencia toda, donde hasta las piedras conocían a la señora Matilde. Siempre había habitado la parte alta de la ciudad, la que aun conserva su castizo sello criollo, y cuando alguna vez ambuló por la zona moderna –la Avenida Nicolás de Piérola, el Paseo Colón, con sus amplias aceras flanqueadas por casas de tres pisos que parecían elevadísimas a sus ojos de limeña vieja– sentíase inquieta y azorada, y no respiraba a gusto hasta encontrarse de nuevo en su barrio familiar, el de los templos coloniales, donde la oración brota espontánea y confiada y las lágrimas son consoladoras. ¡Ay, su iglesia del Carmen, su convento del Prado con las monjitas dulceras, su capillita del Cercado! ¡Cuánto hubieran podido decir esos místicos muros de las limitadas aspiraciones, de las penas vulgares, de la fe primitiva, del vivir humilde de aquella ancianita a quien se le antojaba amenazador y hostil el mundo que se extendía más allá del estrecho recinto de su barrio querido!
Nunca conoció otro. Aún quedaba en pie, ruinosa y destartalada. en la calle de los Naranjos, una de esas casonas de vecindad, de numerosos departamentos anti-higiénicos, refugio insalubre de la pobreza, triste asilo de la miseria decente, donde durante muchos años vivieron Matilde y su madre viuda, agotando las fuerzas y perdiendo la salud en la costura de ropa burda, mezquinamente retribuida, único recurso al que ellas, como tantas otras infelices sin preparación para la vida, podían apelar para ganar el pan cotidiano. Sin embargo, aquellas penurias estuvieron doradas para Matilde por el radioso sol de la juventud, y aun sonreía, recordando sus paseos a la luz de la luna, de bracero con las amigas, ostentando ufanas las claras batistas de sus trajecillos estivales, y los jazmines aromosos, adorno de sus cabecitas inquietas, mientras las personas mayores sacaban sillas a las puertas de la casa para aspirar la fresca brisa nocturna y vigilar a los galancetes rondadores de las muchachas. En las veladas de invierno solían reunirse donde la familia del principal, y Matilde dudaba sinceramente de que se gozara tanto como allí en los saraos suntuosos de aquellas señoritas de la alta sociedad a quienes solía ver tal cual mañana en la aristocrática iglesia de San Pedro y cuyos diminutivos familiares repetía con cierto airecillo de intimidad, pero trabucándolos lastimosamente. No eran los mayores placeres de esas tertulias las emociones de la brisca y la quina, ni las galletitas crujientes, ni las pastillas con inscripciones almibaradas en todo sentido: «¡Paloma mía!», «Tu amor o la muerte», «En tus brazos al cielo». Aun ahora, con sesenta y tantos años y su cortejo de dolamas y aflicciones a cuestas, confesábase Matilde que el mayor atractivo de esas fiestas era la presencia de cierto guapo mozo de vistosas corbatas, bigotillo enhiesto y cabellos relucientes de pomada que murmuraba a su oído frases más dulces que las de las pastillas. La madre de Matilde no veía con buenos ojos aquellos amores:
–Estos mocitos del día –aseguraba, –sólo quieren engatusar con su elegancia (¡ay elegancia!) y su palabrería a las muchachas cándidas para luego dejarlas plantadas.
Se cumplió la profecía, y fue el tentador instrumento de su realización, cierta viudita bastante corrida y de mucho garabato, vecina del caserón, que, harta de oír ponderar el idilio de Matilde, dijo, poniéndose en jarras, «¡pues yo le quito el novio a esa presumida!», y tan se lo quitó, que antes de los dos meses alzó el vuelo con él y fueron a colgar su nido al otro lado de la ciudad, allá por Monserrate. La madre de Matilde no cesaba de repetirla con muchos aspavientos:
–¡De cuánto era capaz ese canalla! ¡De lo que te has librado! ¡Dale gracias a Dios, hija de mi alma, por haberte visto con ojos de piedad! ¡Dale gracias a Dios!
¡Ay¡ La pobre muchacha no tenía fuerzas para semejante acto de gratitud porque se le había metido corazón adentro el zarramplín, aquél de las corbatas vistosas, el bigotillo enhiesto y los cabellos relucientes de pomada. Por distraer su pena, alejándose del teatro de sus ilusiones volanderas, decidió a su madre, alegando razones económicas, a mudarse a la calle del Cercado; accedió la anciana y no tardó en felicitarse de ello, al notar que el pulpero de la esquina, un italiano cuarentón, formalote, trabajador y que seguramente tendría sus buenos reales, bebía los vientos por la niña; ésta, en cambio, hacía ascos a su tosco adorador. «¿Cómo una señorita decente podía descender hasta ser la esposa de un hombre de tan baja esfera? ¡Eso nunca! ¡Arruinarse, no es encanallarse!» Y al decirlo inflaba las rosadas naricillas con la vanidad innata en las hijas de esta tres veces coronada villa, donde cualquiera cursilita cree descender, no del plebeyote de Francisco Pizarro, sino de los más empingorotados virreyes.
Pero la gota de agua horada la peña; tan humilde y constante se mostró al pulpero, de tantas atenciones la rodeó, fueron tan apremiantes las instancias de la madre y las de la dura necesidad, que Matilde, al cabo, empezó a transigir con la idea de conceder al buen hombre su manecita pálida, de dedos picoteados por la aguja. Y fue en la festividad de San Juan Bautista, que celebra con el clásico paseo a Amancaes, cuando acabó de decidirse. Después del popular jaleo a que el pulpero, rumboso por milagro de amor, las invitara, tornaban Matilde, su madre y algunos amigos, a la ciudad, en una carreta adornada profusamente con ramos amarillos de amancaes; un mozo punteó la guitarra y dejo oír, en la serenidad romántica del atardecer, el quejumbroso yaraví de Melgar:
Aun la nieve se deshace
¡ay mi dueño!
Cuando el sol le comunica
su calor lento.
Matilde, conmovida por la copla sollozante, no quiso. ser menos que la nieve y dio al fin la respuesta apetecida a las solicitaciones del italiano, que envalentonado por las libaciones, se mostraba más insistente que nunca.
Jamás tuvo motivo para arrepentirse de ella; el italiano, afectuoso y noblote bajo su ruda corteza, la rodeó de todo el bienestar que su modesta condición permitía, y la ayudó, paciente y solícito, a sacar adelante al único heredero, a quien el padre llamó Humberto en homenaje a su rey lejano. ¡Oh, los proyectos y las ilusiones de ambos esposos sobre el porvenir del niño! Él no sería un humilde pulpero; sería ingeniero, médico, abogado, lo que él eligiera, y en cualquier profesión llegaría muy arriba con aquel talentazo que demostró desde las primeras horas de su existencia. Para dar base sólida a sus castillos aéreos llevaron al chico los amorosos padres a un colegio reputadísimo, y se les caía la baba oyéndoles repetir familiarmente los nombres aristocráticos de sus condiscípulos o las fórmulas enrevesadas de una ecuación de segundo grado. Desgraciadamente, el buen hombre murió, dejando muy contados ahorros a su mujer y a su hijo, que apenas contaba trece años; la viuda, poco entendida en negocios, resolvió vender la pulpería, pero jurándose a sí misma conservar la casita, conservar la casita, regalo de bodas de su pobre marido, mientras tuviera vida. Naturalmente, las ilusiones de carrera universitaria para Humberto se desvanecieron, y el muchacho se dio por muy bien servido consiguiendo, al terminar la instrucción secundaria, un puestecito en una oficina. El brillante profesional de los dorados sueños paternales sólo llegó a ser, en realidad, un empleadito rutinario, juicioso, más que por las imposiciones de una moralidad austera, por las de su salud intercadente, que le hacía pagar muy caro cualquier devaneo juvenil. Bastaron unas cuantas malas noches, pasadas en tertulias de medio pelo, para ocasionarle la neumonía y la congestión pulmonar, que tan mal parado lo dejaron y de cuyos estragos sólo podría reponerse en la Sierra. Proponíase la pobre madre, para no acibarar las esperanzas que su hijo cifraba en el viaje, ocultarle el desgarramiento que para su cansada vejez significaba el arrancarse del barrio modesto al que estaba circunscrita su existencia, de la casuca, donde cada rincón encerraba un recuerdo, de las costumbres añejas, cuyo ritmo monótono y querido esperó sentir hasta que le llegara el momento de
caer en santa paz, como las hojas.
Realizó doña Matilde su propósito, no tanto por obra de la voluntad, como por la del egoísmo inconsciente del hijo, que no se cuidaba de observarla, ocupado en los preparativos de la partida, durante el día, y en quejarse por la noche, entre toses y carraspeos, de la fatiga y el decaimiento que tales ajetreos le causaban. Asustada la señora por esos amagos de recaída, deseó sinceramente el momento de la marcha; pero cuando éste llegó, le faltaron las fuerzas y cayó en brazos de las vecinas que habían acudido a despedirla, expresando su pena con sollozos y lamentaciones pueriles. Humberto se hallaba en la estación vigilando el despacho de los equipajes, y al reunirse con él, tuvo la madre una pálida sonrisa de satisfacción, viéndole muy atareado, de aquí para allá, con la cabeza erguida y el aire resuelto, orgulloso de sentir sobre su pecho, en el bolsillo interior de la americana, la cartera henchida por el fajo de billetes, producto de la venta del hogar. Era todo lo que tenía la anciana en el mundo: aquel hijo, endeble de cuerpo y alma, y aquellos papeles que, de no ser esperanza de salud para el vástago adorado, le hubieran parecido, por obtenidos a trueque del rincón querido, malditos como los treinta dineros de Judas.
A las cinco horas de marcha, el tren se detuvo bruscamente, en plena vía. Los pasajeros se miraron inquietos; Humberto, con aires de turista experto, explicó a su madre:
–Esta es la época de las crecientes de los ríos y de las lluvias torrenciales que muchas veces arrastran grandes trozos de los cerros; uno, enorme, ha caído sobre el puente que debíamos atravesar y lo ha hundido en parte; se ha remediado el desperfecto colocando sobre el río sólidos tablones, que pasaremos a pie para trasladarnos al otro lado, no hay peligro alguno, pero es un fastidio.
Renegando contra tamaña contrariedad, los viajeros contemplaban de mal talante el improvisado puente; las aguas cenagosas mojaban las tablas y seguían su curso veloz, atronando los oídos con el chocar de las piedras. Ante el imponente espectáculo lloriqueaban los chiquillos negándose a pasar, algunas mujeres lanzaban grititos nerviosos y los hombres, avezados a la travesía casi todos, se reían de los miedosos y les ofrecían ayuda. Doña Matilde aceptó la de un joven ingeniero, acostumbrado a esos trotes, y murmurando «¡Madre mía» y «Señora del Carmen!», apretó los párpados y pasó, sostenida por la mano vigorosa de su guía. Cuando estuvo en salvo, miró a los que venían tras ella: dos hermanas de la Caridad, unos oficiales, luego Humberto, después hasta una veintena de viajeros, y suspiró tranquilizada, pensando que dentro de breves momentos tendría a Humberto a su lado, riéndose de los exagerados temores maternales y como si sus miradas pudieran acelerar la llegada del ansiado momento no las apartaba del mozo, que avanzaba rápidamente, fijas las pupilas en las turbias aguas que lamían el recio maderamen.
¡Pobres ojos de anciana hechos al llorar resignado! ¿Por qué el destino piadoso no os cegó antes de que la tragedia os desorbitara, antes de que la fatalidad os hiciera ver al hijo amado presa de repentino vértigo, vacilar, caer, desaparecer para siempre en la vorágine de la corriente tormentosa?
Muda, inmóvil, petrificada de dolor, el terror en el corazón y el caos en el cerebro, la infeliz sabía únicamente que estaba sola, bajo la bóveda impasible del cielo, sin casa, sin pan, sin hijo, sola en el horror dantesco de la ancianidad desamparada.
MARIANELA
ANGÉLICA PALMA
1919
Angélica Palma
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026