El desquite del pasado
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año XII, No 552
Bueno Aires, 1928
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año XII, No 552
Bueno Aires, 1928
–No, hoy no —se dijo.
En realidad, no se atrevía, no podía atreverse. Y un día más se sumó a los muchos que había dejado pasar, sometido a la indecisión y a la duda.
La ocasión se le había presentado más favorable que otras veces. Precisamente, durante la cena, tuvieron un altercado y ambos se marcharon, cada uno por su lado, coléricos y rencorosos. Mas he aquí que al volver, esta vez como las anteriores, su voluntad fracasaba. Ella aun no había regresado, pero su «doble» llenaba la casa. Ese no sé qué que la evocaba en los menores detalles, era, sin duda, su otro «yo» que se hacía presente en las cosas. Allí estaba su camisa, sugiriéndole, más que ideas voluptuosas, sentimientos llenos de ternura familiar; aquí, en el baño, sus objetos de tocador, hasta en la cocina, la limpieza y el orden de los objetos, todo acusaba su presencia, y reanudaba con más fuerza los lazos que lo unían a ella. Los dos habían forjado un pasado que ligaba sus vidas, como las ruedas dentadas de una maquinaría. Romper esos vínculos hechos de cariño, de disputas, de recuerdos comunes, de lágrimas y alegrías equivaldría para ambos a destrozarse en lo más íntimo y delicado que tuviesen. Y así, repitiéndose «no, hoy no», dejó correr un nuevo día sin advertir que con él remachaba otro eslabón en la cadena que los ataba.
Si se pudiese aplicar la lógica a los negocios del corazón, nada de esto sucedería. Los dos convendrían en que, después del retorno de Cyteres, se impone la despedida, para no agriar definitivamente las dulzuras nostálgicas del recuerdo. Mas los amantes se obstinan, engañándose a sí mismos, en querer prolongar aquello que, por su misma esencia, es de suyo poco duradero. Quizá esta ilusión de óptica amorosa dependa de que el rescoldo del fuego habido mantiene un calor artificial que hace creer que aun dura la llama.
«No, hoy no; mañana.» Y ¿por qué no se decidía de una vez? No la amaba ya, pero entre ambos subsistía un sentimiento más firme y duradero: ese cálido vínculo que establece la vida en común, con sus penas y alegrías repartidas por igual. O era quizá un sentimiento menos delicado, pero no menos sólido: la costumbre de verse, el hábito de tolerarse, el conocimiento mutuo e íntimo, la seguridad de que entre los dos no cabían ya sorpresas ni revelaciones. Ambos desnudaron sus almas y las confundieron en un abrazo que el tiempo había aflojado, pero sin quitarles la visión del momento en que estuvieran unidas. Se habían visto tan de cerca que aun conservaban las pupilas llenas de sus propias imágenes, de suerte que, aunque cerrasen los ojos, siempre se verían.
Y, sin embargo, la necesidad imprescindible de separarse quedaba en pie. Le era obligatorio, exigente, dejarla, apartarse de ella para siempre. Juntos habían recorrido el mejor trecho del camino de la vida, ese que alfombra de rosas la juventud y el amor. Ahora, que habían legado ya a un alto, debían separarse para marchar por senderos opuestos. El recodo de los treinta años lo detenía, obligándolo a reflexionar. Hasta llegar a esa encrucijada peligrosa, se puede caminar con los ojos vendados; más, después, es preciso quitarse la venda y avanzar con cautela. Él no podía continuar con esa mujer, por más que hubiese sido la compañera de sus días coronados de mirtos. Tenía ya deberes, obligaciones, compromisos que cumplir y que lo separaban de ella irremediablemente. Que era cruel y egoísta abandonarla después de haber deshojado sus pétalos, sin duda; pero ese egoísmo cruel nacía de la vida misma antes que de su propia conciencia. Si sólo dependiese de su deseo, continuaría a su lado; mas ahí estaban para anularlo las obligaciones que le creaba su nueva situación. Un abogado joven como él, con grandes vinculaciones en un partido político que le destinaban un futuro brillante, no podía continuar amancebado con una muchacha alegre. Además, estaba comprometido para casarse con una señorita rica y distinguida. Imponíase, pues, que de un momento a otro la dejase de su cuenta. Y era esta imprescindible necesidad la que prolongaba sus dudas y hacía más doloroso sus titubeos. No se atrevía a declararle la verdad francamente, ni se animaba tampoco a dejarle unas breves líneas excusando o justificando su cobarde abandono. Su voluntad oscilaba como un péndulo entre la postergación del hoy y la decisión de un mañana que tardaba demasiado en llegar. ¡Y cuántas veces, a pesar de todo, había estado a punto de hacerlo! Hoy mismo, justamente, después de aquella incidencia –horrible como todas las que ocurren entre personas que se conocen de sobra y que, por eso mismo, no recatan echarse en cara intimidades que nunca debieran salir a flor de labios, —su resolución de abandonarla fue más decidida que nunca.
Mas he aquí que, como siempre, su voluntad había naufragado al evocar su presencia, echando una mirada retrospectiva a su vida. Recién advertía que lo que amaba en ella y a la vez lo unía de un modo indisoluble era el recuerdo del pasado. El día en que intentase borrarlo definitivamente, correríase una cortina de luto sobre sus años mozos, y despedirse de la primavera para entrar en un invierno sin fin es siempre doloroso.
La desgarrada historia de «Sapho» se repetía. Él también, como el personaje de Daudet, trepó gozoso al principio, con su carga liviana, que luego se convertiría en pesadísimo fardo. La cadena de rosas que forman los brazos de la amada trueca después sus eslabones fragantes por otros de hierro que no podemos romper. Pues, ora porque la odiase, ora porque en ocasiones lo enterneciese con su solicitud de mujer o con sus lágrimas, era lo cierto que la tenía firmemente enclavada muy adentro, como la perla entre las valvas de su ostra, que no podía desprenderse de ella sin riesgo de herirse él mismo. Sus vidas habíanse ido ligando de tal modo que constituían una recia trabazor inseparable, un taraceado que no se podía arrancar, so pena de dejar horribles huecos inllenables.
Una emboscada del azar lo echó en sus brazos. Jamás hubiese imaginado que la noche aquella en que la viera por primera vez, fuera el comienzo de la esclavitud voluntaria en que viviera hasta ahora y de la cual no podía emanciparse. Hacía ya de esto siete años, y el recuerdo perduraba en su memoria, cual si el hecho hubiese acontecido ayer. ¡Cuántas luces, cuántas risas, cuánta alegría de trajes y de flores en aquel baile de Carnaval! El teatro se había convertido en jardín maravilloso florecido de luces, donde los trajes de las mujeres parecían moteados de estrellas rutilantes, y las risas vertiginosas serpentinas que se desenrollaban en absurdas espirales, La orquesta, contagiada de locura, llovía sus «confetti» de notas, empapando a los bailarines. Todo se agitaba, se movía, danzaba, rugía, hablaba con voces de cosmópolis. Mas él, refugiado en su dominó rojo, permanecía alejado de lo que lo rodeaba, cual si su disfraz hubiese sido hecho con una tela aisladora. Las máscaras pasaban a su lado e intentaban vanamente arrastrarlo con ellas. En las almas tímidas y orgullosas, la alegría ajena tiene un reflejo de tristeza. Él sentía sobre su corazón, lastimándolo, aturdiéndolo, el estruendo de aquel hervor de carcajadas, de aquellas voces chillonas que alardeaban un humorismo pueril, de aquel runrún monstruoso, asordante, que llenaba la inmensa sala, envolviéndola en un vaho denso de sudores, de perfumes y de gritos. Había mucho de infantil, de trágico y de grotesco en aquella impúdica exhibición de regocijo, que tal vez ocultaba, perdido en el eco de las risas y en el rumoreo de las charlas, el suspiro de la infinita melancolía de esta época, en que los hombres han perdido el secreto de esa jovialidad espontánea que nace de los corazones ingenuos y puros. ¡Cuántos rostros horribles de angustia, de deseo, de urgencia, de avaricia, de sordidez, de hipocresía encubrían, sin duda, aquellas máscaras risueñas, con sus enormes narices, sus belfos colgantes y sus orejas arrepolladas!
Cerca de él, espectadora impasible de aquella zarabanda alocada, una mascarita permanecía de pie, inmóvil, cual si estuviese allí buscando o esperando algo. Vestía un disfraz extravagante, mezcla de pajecillo florentino y de estudiante de Salamanca: zapatos rebajados, con gruesas hebillas de plata, medías y calzón corto de seda, una suerte de chaquetilla torera, con las mangas ajustadas en las muñecas sobre un camisolín blanco, luenga melena que le resbalaba sobre los hombros y un gorrito con airón de plumas. Se envolvía el busto con una capita corta, también de seda negra, y llevaba al cinto un espadín. Componía el conjunto una extraña y ambigua figulina. ¿Era una mujer, o un jovencito, todavía con esa ondulante gracia femenina de la adolescencia?
Su atención se concentró en aquella mascarita enigmática y silenciosa, que miraba a los demás entre indiferente y aburrida, pues a menudo se llevaba a la boca, para ahogar los bostezos, una mano diminuta con los dedos esmaltados de piedras preciosas.
El antifaz de terciopelo negro le ocultaba la mitad de la cara, dejando apenas al descubierto los labios bermejos en forma de corazón.
–¿Te aburres, mascarita? –le preguntó, mitad porque el que se aburría de verdad era él, mitad porque lo intrigaba su actitud indolente y desdeñosa.
Ella contestó, con una voz de exquisita musicalidad:
–Tanto como tú, seguramente.
–¿Y no esperas a nadie?
–Sí –repuso con presteza; –al Azar disfrazado de Locura.
Entonces él, ya tan cerca de ella que sus codos se rozaban, le dijo:
–El Azar soy yo; pero he venido con un disfraz más austero.
Una súbita ansia de diversión, de placeres ardientes, brotó en su pecho al conjuro de aquella extraña desconocida, cuya presencia había logrado al fin sacudir su melancólica apatía. E insinuó, persuasivo y galante:
–¿Quieres que nos divirtamos juntos?
Ella aceptó, con una inclinación de cabeza y una sonrisa, pero sin pronunciar una palabra, y se confundieron, enlazados, en el vértigo de los bailarines. Mas él sintió que bailando no experimentaba mayor satisfacción, aunque su perfume le llegase en ondas turbadoras, y le propuso pasar al ambigú a tomar un refresco.
Ella insistía en conservar el antifaz puesto, y él, mal de su grado, tuvo que conformarse haciendo lo propio. Después de todo, con máscara o sin ella, le resultaba deliciosa la compañía de esa incógnita amiga que le brindaba el destino, aunque de vez en vez lo asaltase el temor de sufrir una decepción al final. Lo engolosinaba su parloteo de pájaro, los graciosos mohines de su boca que, al sonreír, desnudaba una cinta nacarina entre el bermellón de los labios. Se bebieron una botella de «champagne» que aligeró sus corazones y les puso en la cabeza un burbujeo jocundo. Al finalizar la segunda botella, él, conquistado a medias y definitivamente borracho, le declaró que la adoraba. Ella soltó las perlas de su risa; mas, encontrando muy natural lo que él la dijera, le confesó a su vez que también le adoraba. Y como la fiesta tocaba a su fin y ambos sentían la necesidad de prolongarla, pues que en realidad comenzaba para ellos, de común acuerdo decidieron cenar luego en un restaurante y tomar el postre en casa de cualquiera de los dos.
Ya se veían algunas caras descubiertas, tan marchitas y chafadas como las flores, los «confetti» y las serpentinas que alfombraban el piso. Las risas habían perdido su detonante sonoridad, y las charlas asordinadas formaban un rumoreo opaco como una salmodia frailuna. La tristeza de fin de fiesta arropaba los ánimos con su niebla húmeda y fría. Por los grandes ventanales del «foyer» saltó la mañana con su alegría azul de colegiala, poniendo en fuga a los espectros de la noche vestidos de chafarrinones grotescos. Abajo bostezaban los «autos» su humor soñoliento. Como al final de la farsa, Colombina se iba con Arlequín, mientras Pierrot los miraba partir con su cara de luna surcada de lágrimas.
–Tengo frío, hambre y sueño –dijo ella, mimosa, bajando las escaleras apoyada en su brazo.
Él corcó, aterciopelando la voz:
–Yo también tengo frío, sueño y hambre... de amor.
Ya en la calle, volvió a insistir para que se quitase el antifaz. Ella se negaba.
–Te marcharías de mi lado apenas me viese, y eso no me convendría ahora. Espera a que lleguemos al restaurante.
Por su parte, él no quiso aguardar hasta entonces y se quitó el antifaz. Su cara presentaba agravada su palidez ordinaria, y sus ojos aparecían rodeados por dos círculos morados.
–Tienes un tipo romántico –le dijo ella, mirándolo de hito en hito. Y agregó: –Pero tu palidez me da miedo. No sé por qué, siempre he pensado que los hombres pálidos deben tener también el alma pálida.
Él sonrió, divertido.
–Eres adorable –le dijo. Y la hizo subir a un «auto».
Una vez sentados a la mesa, en el restaurante, su curiosidad exacerbada no resistió más y le arrancó la careta con un ademán rápido y nervioso.
Ella se echó atrás, en el asiento, asustada y ofendida.
–¡Qué grosería! –exclamó furiosa.
Era lindísima. Las pupilas, renegridas, fulguraban entre las persianas de seda de las pestañas. La naricita, ligeramente remangada, le daba al rostro una expresión infantil y picaresca. Sobre las mejillas se habían marchitado las rosas del colorete, y su tez presentaba un uniforme tono capulí. Cerca del labio superior, un lunarcito pizpireto parecía una mosca golosa que se hubiese posado allí, atraída por el panal de la boca.
Él se sintió deslumbrado y cohibido. Al quitarse la careta había perdido esa jovial espontaneidad que proporciona el incógnito. Por otra parte, temía haberla disgustado de veras con su actitud.
–¿Me perdona usted? –le preguntó humilde, sin atreverse a tutearla.
–¡Qué remedio queda! –repuso ella, sonriendo levemente.
Por fortuna, de ahí a poco, el sabroso olorcillo de la comida resucitó en ambos el buen humor perdido. Unos traguitos de vino hicieron el resto. Ella prodigó la música de su risa en cascadas de perlas, mientras comía con avidez de bacante un racimo de uvas.
Nunca se sintiera más a gusto con nadie, que con aquella mujercita menuda y graciosa, de la que ignoraba todo, hasta el nombre. Sólo sabía que era bonita, vivaracha y picante como un granito de mostaza, y eso le bastaba por el momento. Ella, por su parte, no parecía menos satisfecha que él. Reía y hablaba con una locuacidad extraordinaria, cuya causa no debía atribuirse exclusivamente al vino. Aquel muchacho pálido, galante, fino y persuasivo colmaba su ansia romántica de una aventura fuera de lo común. La trataba como una dama, con el mismo rendimiento y cortesanía, mas sin que ello impidiese que sus ojos le dijesen por su cuenta cosas llenas de pasión.
Era de día cuando abandonaron el restaurante, después de haber dejado a los dados que decidiesen a casa de cuál de los dos irían. Le tocó a él darle hospitalidad.
Por el camino, un poco avergonzado de que su instalación fuese tan modesta, le confesó que tendría que resignarse a escalar tres pisos para llegar a su buhardilla. A ella le pareció que era mejor subir en brazos, y así se lo dijo, riendo.
–Supongo que me llevará cargada, ¿verdad?
Así fue, en efecto. Bizarramente trepó con ella en brazos, sin sentir el menor cansancio, deteniéndose únicamente para robarle un beso.
A las seis de la tarde de ese mismo día, ella descubrió que la habitación de su amigo era encantadora, que se la podía arreglar con nada, que tenía una vista muy linda y tantas otras cosas más, que a él lo decidieron a rogarle que se quedase. Sin reflexionar, porque esas cosas se hacen sin pensarlo un momento siquiera, le pidió que lo acompañara, prometiendo cederle la mitad de su habitación y su corazón por entero. Ella aceptó en el acto, batiendo palmas. Ninguno de los dos quiso ser el primero en hablar de dinero, aunque se impusiese la necesidad de hacerlo, hasta que al fin él, o más sincero o más cuerdo, le declaró que sólo contaba con lo que le mandaban sus padres para costear sus estudios. A esa cantidad debía ceñirse rigurosamente, pues, según el criterio de sus papás, «un joven no debe gastar en superfluidades lo que necesita para su provecho». Tal confesión la obligó a ella a no ser menos franca. Vagamente aludió a su tutor, un viejecillo que la visitaba dos veces al mes, por encargo postrero de su padre, y a ciertos trabajillos de mano que le producían algo; en suma, contaba con una renta que duplicaba la de su amigo. A él le pareció prudente y delicado no entrar en mayores averiguaciones. Sellaron el pacto con un beso de fuego y al día siguiente ella se mudó con sus muñecos, sus frascos con moñitos y su alma de calandria.
Claro está que se habían jurado amor eterno, y clarísimo también que por la mente de ninguno de los dos cruzó, ni siquiera fugazmente, la idea de que pudiesen pelearse. Pero la realidad se encarga a menudo de trocar los planes ideales del amor. Ya es sabido, y no por ello es menos doloroso e inevitable, que cuando el dinero se mezcla en los asuntos de los enamorados, la pasión sufre un eclipse parcial. A la primera dificultad de esta índole, ambos creyeron odiarse, y mutuamente se achacaron la culpa, reprochándose de egoístas. En verdad, la culpa no era de uno solo y quizá tampoco de los dos, sino de la vida. Gustábales mucho regalarse sin tasa, y ni la mensualidad que le giraban sus padres a él, ni las generosidades del «tutor» de ella daba para tanto. La nubecilla se convirtió en tormenta que, como todas, lavó después el cielo, dejándolo sereno y de un azul más firme. Hubo lágrimas, perdones, besos, excusas, promesas; pero a ambos les quedó, muy pequeñita y muy perdida en lo íntimo, una gotita de hiel.
Una tarde salió ella, muy compuesta y arreglada, y regresó al anochecer. Lo encontró furioso, como es fácil presumir.
–¿Dónde estuviste hasta ahora? –le preguntó.
–En casa de mi tutor –repuso ella, con mucha naturalidad, añadiendo: –Supongo que no pensarás que lo reciba aquí.
–En casa de tu tutor –masculló él, rabioso. –Ya puedes ir despidiéndote de esas visitas, Que se vaya al diablo el tal por cual.
–Pero tú estás loco –dijo ella. –Cómo te imaginas que deje de verlo. ¿Con qué viviríamos?
Él la atajó, lleno de indignación.
–Eh, poco a poco. Eso de viviríamos, no. Yo vivo con lo mío.
–Pero yo vivo contigo –repuso ella, con una lógica aplastante.
–Sea como sea –dijo él, en el colmo de la ira. –No permitiré que veas a nadie.
Ella sonrió, y con una expresión en el rostro que hasta entonces no le había conocido, le dijo con fingida dulzura:
–Eres un niño. Las cosas no se arreglan con gritos ni rabietas. Si no quieres que le vea, pues dame tú lo que da él. ¡O quieres que nos arreglemos con tus doscientos pesos mensuales! Vamos, sé racional. ¿Qué mal hay en que, en un mes, ¡tan largo!, distraiga apenas unos momentos?...
El comprendió la innoble verdad que encerraban aquellas insinuaciones. Sintió asco, pena y vergüenza de verse colocado en una situación tan poco airosa, y lo que es peor, ante la disyuntiva odiosa de renunciar a ella, o resignarse a sentar en su banquete amoroso a un comensal ingrato, cuya sola presencia significaba una ofensa para él. Mas, a pesar de todo, sentía en su carne y en su corazón exigente y dramática la necesidad de conservarla. Esa mujer llenaba su vida de luz, de perfume, de alegría; diérale a ésta un tono nuevo, un matiz exquisito de placer. Dejarla equivalía a volver a su soledad de antes, a sus búsquedas ansiosas de amores fáciles, peligrosos y caros. No, no podía separarse de ella, ciertamente. El dilema era premioso: o salvaba sus escrúpulos de honor, o se quedaba sin ella. Harto claro por su desgracia comprendió que lo superfluo era tan necesario para ella, como lo indispensable para él. Privarla de sus frágiles camisitas de seda, de todo lo frívolo y costoso que constituía su encanto de mujer, para que vistiese como una obrera, trajes de percal y medias de algodón, no sólo era insensato sino irrealizable, Además, no estaba seguro de amarla lo mismo, si la viese desaliñada y mal vestida, cual una burguesita casta y pobre. Uno de sus atractivos, quizá el más sugestivo, era su llamativa elegancia, ese no sé qué, indefinible, que olía a tentación y a pecado, de sus ropas finas.
Transigió; no podía hacer otra cosa, a menos de conformarse con perderla. Para hacer menos dolorosa su humillación, buscó en el ejemplo de los demás un paliativo, y en las máximas de los cínicos una excusa. Al cabo de una semana, si bien aun no encontraba natural la conducta de su amiguita, la juzgaba ya con más tolerancia.
A ella no la sorprendió la nueva actitud de él. Mitad por experiencia, mitad por intuición dolorosa de la vida y de las cosas, sabía que nos resignamos a sacrificar una parte de nuestros escrúpulos, antes de perder lo que es grato a nuestros corazones. Pero tuvo el tacto de no descubrírselo; no dejaba de comprender cuánto le costaba al pobre su condescendencia.
Una vez allanado el engorroso tropiezo, reanudaron sus bellos días de amor. «La dignidad es cuestión puramente exterior: depende del gesto, de la actitud, de que nos sintamos llenos de ella», repetíase para hacer disculpable su debilidad.
Mas, el incauto no advertía que la primera condescendencia prepara y allana el camino de otras muchas, de suyo inevitables. Después de haber transigido una vez, es fácil hallar excusa para todas las debilidades y concesiones.
Y así, aceptando esto y aquello, pasando por alto lo otro, llegó a considerar que lo único que en verdad interesaba era que llegase a consolidar más tarde una posición económica y social. Ya se encargaría él de recompensar a quien lo ayudase a trepar la penosa cuesta del comienzo, Por otra parte, enmuellecida ya su voluntad, todo lo inclinaba a ceder. Era de suyo egoísta, sensual y poco luchador. Amaba los placeres, pero no le placía esforzarse por alcanzarlos. De esta suerte, sus ideas morales experimentaron el influjo de las circunstancias. O, lo que es lo mismo, se hicieron acomodaticias, blanda cera en cualquier molde. «El amor lo absuelve todo», decíase. Y se sintió doblemente unido a ella, desde el momento en que aceptara la complicidad de la indiferencia. En el fondo quizá pensaba, para excusarse ante su propia conciencia, que lo único importante es la apariencia, y no la falta en sí. «Somos honrados y decentes, mientras nadie pueda decirnos lo contrario en público. En la intimidad todos somos un poco bribones, y es más virtuoso quien mejor cuida el revoque de la fachada. Si penetráramos en las interioridades de ciertas vidas reputadas como intachables, sufriríamos las mismas sorpresas, dolorosas y regocijantes, que experimentaba el Diablo Cojuelo en sus nocturnos vuelos sobre las ciudades. Aquí la hipocresía, disfrazada de humildad, allí la lujuria con hábito de continencia, acullá la avaricia con gala de esplendidez, acá la ira con piel de mansedumbre.»
Nadie hubiera podido lanzar la menor sospecha sobre su vida, cuya apariencia de dignidad la hacía respetable. Aquello de que tuviese una amiguita, era cosa que, por corriente, no llamaba la atención. Seguía sus estudios con asiduidad, acicateado por su ambición, frecuentaba a aquellos de sus amigos de quienes podía esperar provecho, y aun se daba maña para introducirse en sociedad y husmear desde allí, sin apremios, la presa codiciable, la heredera millonaria, tonta y bonita, sin padres exigentes ni hermanitos derrochadores.
En la intimidad, su vida no era menos digna y respetable que en apariencia, Se hizo el propósito de ignorar lo que conviene no saber nunca, y sus relaciones con su amante adquirieron el tono de las uniones legítimas.
La metamorfosis de su amante, bien porque se hubiese operado lentamente, o porque la juzgase natural y lógica, no sorprendió a la mujer, mas, en veces, quizá sin explicarse el porqué con claridad, añoraba la ausencia del amigo apasionado y fino, encantador en sus arrebatos de celos que conociera al principio. Sin duda había progresado demasiado, a tal punto que en nada se parecían el hombre de ayer y el de hoy. Su carencia de celos, su excesiva tolerancia, aquel empecinarse en no querer ver lo que saltaba a la vista, siempre que fuese desagradable, le daban la medida exacta de su egoísmo, y de lo que sería capaz de hacer, si llegara el caso de sacrificarla por cualquier circunstancia. Mas, aunque ya había dejado de amarle, y conocía hasta los menores repliegues de su conciencia, sentíase unida a él por la fuerza de la costumbre. Por otra parte, aquella unión irregular significaba para ella la apariencia de la vida conyugal, que, por contraste, prefería a la suya. A él estaban ligados sus sentimientos de orden casero, de dulzura doméstica, de estabilidad en lo inestable; representaba el hogar, el respeto de los demás, el halago de oírse llamar «señora», y tener una posición menos frágil e insegura que estando sola. La dolorosa experiencia de sus primeros pasos en la galantería, le hacían aborrecible la idea de vivir como ave sin nido, cobijándose en cualquier alero. Y es que, en realidad, antes que una amorosa, era por temperamento una burguesita, la mujer de su casa que goza sirviendo los menesteres hogareños.
¿Por qué, en un momento dado, nos parece fácil y hacedero lo que tanto nos hacía cavilar y dudar? Misterios son estos del corazón humano, que la psicología no alcanza a explicar suficientemente. Después de mucho vacilar y estar repitiéndose «no, hoy no; mañana», el día menos pensado le puso una carta de despedida, y se marchó con su equipaje, aprovechando su ausencia. Sin pena ni remordimiento, como quien realiza un acto ordinario, rompió con el pasado para iniciar un nuevo capítulo en su vida.
Su carta trasuntaba la crueldad de un egoísmo abominable. Decía así:
Querida:
Me fastidia tener que darte una noticia ingrata, porque tanto nos desagrada el mensajero como la mala nueva. Después de todo, quizá no te resulte odioso saber que he decidido separarme de ti, que he abandonado la casa que era de ambos, y que en adelante será sólo tuya. Las exigencias de toda índole de mi situación actual, me obligaron a ello. Reconozco, agradecido, que te debo momentos inolvidables que hubiera querido prolongar indefinidamente. Por desgracia, somos juguetes del destino, y nunca podemos realizar nuestros más caros deseos. ¡Resignémonos a sus decretos inexorables, querida mía!
No me asalta el temor de que tu porvenir se vea obscurecido, porque sé que eres una criatura prudente; razonable y animosa.
Trata de conservar, como yo, el mejor recuerdo del pasado, y ten la seguridad de que siempre seré para ti un amigo leal y seguro.
Por el momento, es mejor que no nos veamos. Aunque, por temperamento, ninguno de los dos se inclina al drama, no nos libraríamos de representar una escena desgarradora e inútil que nos haría daño por igual.
Adiós.
Roberto.
Como esta carta no obtuviera respuesta, ni supiera nada de su destinataria, le pareció que era un indicio de su futura buena suerte aquello de que tan fácilmente hubiese resuelto el engorroso problema. Ciertamente, no dejaba de ser una feliz casualidad el que hubiese podido deshacerse de su ex amante, como quien se sacude un bichejo de la ropa. Y se dio de lleno a su nueva vida, disfrutando como un placer raro la satisfacción de vivir solo, sin tener ya quien fiscalizase sus actos. Las alternativas de su noviazgo, así como las ocupaciones de su profesión, no le dejaban tiempo para acordarse de la que fuera, durante siete años, parte integrante de su vida. Su novia era elegante y bonita, y sobre todo poseía un capital saneado que excitaba sus apetitos. Quizá no la amaba, pero ello no hacía cuenta en sus planes. Por haberlo experimentado sabía que el amor ocasiona desazones y trastornos, y él prefería que sus relaciones con su esposa tuviesen un tono amistoso, que apenas consintiese el incentivo del deseo.
Su boda fue suntuosísima. Mientras salía del templo, seguido por un cortejo brillante de damas y caballeros, en medio de la expectativa del público de abribocas estacionado a las puertas, no sólo creyó haber alcanzado la codiciada fortuna, sino la felicidad absoluta. Lo emocionaba de un modo dulce y voluptuoso la proximidad de su esposa, radiante de belleza entre sus tules y azahares, envuelta en una onda de perfume acariciante, exquisitamente frágil, casi inmaterial. Era una muñequita deliciosa que le pertenecía por entero, y de la cual podría hacer un juguete adorable para sus horas de ocio o de melancolía.
No contaba con las sorpresas que depara la intimidad conyugal. Una vez pasada la luna de miel con su almíbar sin dosificar, encontró que su mujer era muy distinta de la que había imaginado. Ingenuamente había creído que la imagen de la novia, con sus apariencias románticas, anticipaba la de la esposa. Su decepción fue, pues, tan grande como su alarma, al hallar que el monstruo doméstico llamado «señora», no sólo lo abrumaba con el alarde de sus derechos, con sus exigencias y caprichos, sino que pretendía además gobernar en su vida. Y esto a un mes de la vicaría, cuando todavía estaban frescos los azahares nupciales.
Naturalmente, y como consecuencia lógica de esto, decreció su optimismo respecto a su porvenir. Ya no lo vio, como al principio, lleno de promesas amables y de goces inmediatos. Bien claro advertía que, si no lograba a tiempo amoldar el carácter de su mujer, no habría felicidad posible para él. Aquella mujercita desesperantemente frívola, muy poseída del valor de su dinero, de la importancia de su situación social y del atractivo de su belleza, comenzaba a hacérsele intolerable. Su entusiasmo amoroso experimentó la influencia de su naciente antipatía hacia ella, y trocó su ardor en aversión. La miraba casi con horror, admirándose de que tan tontamente hubiese caído en el garlito de sus encantos, impulsado por la tentación de su dinero, Lo más grave era que se daba cuenta de que jamás lograría no ya cambiar su genio, ni siquiera acomodarlo al suyo. Formaban una pareja desigual, sin ningún punto de contacto o semejanza, y la certidumbre de esta verdad se convertía para él en motivo de desesperación. Jamás conseguiría ser feliz, aunque fincase su deseo en la modesta ambición de recuperar la paz y la libertad perdidas.
Lleno de melancolía y remordimientos, comenzó a añorar su vida pasada, la cual, a pesar de sus vergüenzas encubiertas, de sus pequeñeces y miserias, se le antojaba infinitamente superior a la presente. Antes, por lo menos, sentíase dueño de su voluntad. Podía hacer lo que le viniese en gana, seguro de que su amante se limitaría, a lo sumo, a darle un disgusto, pero sin pretender imponerle su dominio. Al revés de su esposa, era lo suficientemente discreta para advertir que se maneja mejor a un hombre dándole la sensación de que goza de una independencia absoluta, aunque en lo íntimo ocurra lo contrario. De otro lado, para hacer más viva la nostalgia en su ánimo, ahí estaban los siete años que convivieran. Mientras juzgaba a su mujer cual a una forastera que se hubiese introducido clandestinamente en su vida, se acordaba de su amante como de la única mujer que había llegado a entenderlo, y que ejercitaba con él una tolerancia inteligente y comprensiva, No podía ser de otra manera, En tanto que la una se había habituado ya a sus caprichos, y sabía pasar por alto muchas cosas propias de su genio tornadizo e inquieto, la otra le consideraba como a un esclavo conquistado por su belleza y sus millones. Creía que sus derechos de esposa no debían aceptar ni siquiera los límites fijados por la prudencia, y lo abrumaba de aburrimiento con sus impertinencias de niña mimada.
Jamás hubiese sospechado hasta qué punto puede hacernos aborrecible la vida una mujer, sin darnos escenas violentas, ni tampoco que su esposa, tan cándida y mimosa durante el noviazgo, fuese en realidad un pequeño monstruo de hipocresía, de frivolidad e intolerancia. Parecía como si la hubiesen dado vuelta de revés, para mostrar su auténtica faz.
Su desesperación llegó al colmo, cuando se anunciaron los primeros síntomas del embarazo. Volvióse intolerable, para quien no estuviese armado de una paciencia de Job. Exageraba el malestar natural del embarazo, fingiendo alarmas de muerte, y por cualquier motivo se ponía a llorar y a quejarse de que no sólo no la quería, sino que deseaba que se muriese para gozar libremente de su fortuna.
La verdad es que en más de una ocasión deseó que reventase aquella criatura abominable, que amenazaba con no darle tregua ni sosiego, en lo que le quedaba por vivir, pero tenía el buen sentido de disimular lo que sentía, para no hacer mayor su cotidiano martirio. La odiaba ya con todas las potencias de su alma, y en su extravío, extendía su odio hacia el ser que, aunque hechura suya, lo consideraba fruto de ella únicamente. Jamás sintiera ternura por los niños, y sus sentimientos se mantenían invariables, aunque estuviese próximo a ser padre.
Sí; todo contribuía a fijar nítidamente en su memoria la imagen de la otra, de la que abandonara sin escrúpulos ni compasión, fríamente, con cálculo y maldad, como quien deja de usar un objeto gastado e inútil ya.
Leyó la carta una y dos veces, sin atribuirle la menor importancia. Estaba acostumbrada a que le hiciese a menudo bromas pesadas, para que la impresionase la lectura de aquellas líneas escritas en un tono ligero y burlón. Nada en su conducta reciente las justificaba, además. Ese mismo día se despidiera con un beso muy tierno, antes de salir de compras. Con todo, encontró que era ocioso y tonto que gastara tiempo en tales bobadas. Y esperó verle aparecer de un momento a otro, anticipando risueño e infantil el éxito de su jugarreta.
Al dar las doce de la noche, aun dudaba de la evidencia. Había comprobado ya que no estaban sus cosas, y sin embargo se aferraba a la ilusión de creer que todo era mentira. Se le hacía muy duro aceptar que, cuando menos lo pensase, sin darle siquiera un indicio previo de lo que iba a suceder, se marchase dejándole una carta burlesca, fatua, casi insultante por su afectación e insinceridad. Que en un momento de cólera la abandonase, y aun que la golease, pareciérale lógico, pero que lo hiciese de repente, por razones puramente egoístas, lo consideraba monstruoso e inadmisible. Juzgaba que los siete años de vida en común formaban entre ambos vínculos irrompibles, lazos demasiado sólidos para que pudiesen romperse en cualquier momento. No; era desatinado, irritante, pensar que aquello fuese cierto. Más que el rescoldo del amor, creía que el hábito de convivir los tenía atados para siempre.
Pero, sus dudas no hallaban asidero firme en lo menor. Se había marchado: esa era la verdad. ¿Por qué? No encontraba la causa, por más que cavilaba y buscaba hasta en los recodos más íntimos de su conciencia una falta, algo que reprocharse y que, en cierta manera, pudiese justificar su cobarde huida. Mas, sus búsquedas y cavilaciones eran infructuosas. Marchárase porque para su vida futura convirtiérase en un estorbo la querida que lo ligaba a un pasado no muy limpio, del cual convenía que desapareciese hasta el último rastro.
Más que dolor, sintió rabia y despecho de ver que nada había significado, a la postre, en la vida del hombre a quien amara un día, y con quien compartiera penas y alegrías, en largos años poblados de risas y melancolías. Hasta entonces había creído que esa apariencia de vida conyugal que tanto halagaba su vanidad y satisfacía sus anhelos burgueses de reposo, de orden dentro del desorden, era ya menos ficticia, y he aquí que la realidad se encargaba de sacarla bruscamente de su error, descubriéndole, cuando menos lo esperaba, que no había sido otra cosa que lo que continuaría siendo toda la vida: un ave viajera sin calor en las plumas para mullir el nido propio. Eso era lo que más le dolía, lo único que en verdad lastimaba su corazón, endurecido en el trato de los hombres, Vivir sola equivalía para ella a no tener casa, a ser la proscrita social que jamás encuentra amor ni amistad seguros. ¡Y para este final desolador había dejado pasar siete años, toda una vida de amorosa, que dura tanto como el frescor de una rosa! Aun era bonita y codiciable, pero sus treinta y tres años le hacían sentir el golpe con inusitada rudeza. Ya no le quedaban ánimos para reconstruir en otra parte el frágil castillo de barajas que él, con mano inconsciente o malvada, derrumbara ajeno al mal que causaba. Si antes había llegado a creer, ingenuamente, que tenía una casa, su hogar, que había logrado cimentar un refugio de piedad y de afecto para su vejez de cortesana, bien claro veía ahora que sus sueños jamás habían tomado cuerpo, que eran sólo sueños, bellos sueños como esos cuyo despertar, por contraste, nos parece más horrible.
No hallaba ninguna excusa para su conducta, nada que pudiese atenuarla. ¿Acaso no había procurado por todos los medios hacerle liviana la carga? Además, ¿no le había ayudado franca y lealmente a vivir, a «ir tirando», como él mismo decía, tomando de sus luchas la parte de esfuerzo y de fatiga? ¡Y cuántos otros pequeños sacrificios anónimos había agregado a esto, cuántas bondades y delicadezas que él, cegado por su egoísmo, no había visto, ni quería reconocer después! Aunque hubiese sido lo contrario, el solo hecho de haber vivido juntos tanto tiempo era un motivo sobrado poderoso para impedirle cometer una vileza a sangre fría.
Lo peor era que, a medida que pasaba el tiempo, todo en la jaula vacía le hablaba de él con voces llenas de indulgencia, y su recuerdo se embellecía en su memoria, con la melancolía de las cosas muertas. Casi sentía renacido su viejo amor, ahora que sabía que no podía recuperarle, y esto, sin duda, hacía más vivo su sufrimiento. Hubiera querido odiarle, más que eso, despreciarle, para sentir con menos intensidad su ausencia. Mas en vano intentaba cambiar sus verdaderos sentimientos hacia él. Su imagen la perseguía por doquier; veíalo a cada momento, en todas partes: en su lecho, llenando el sitio vacío, en la mesa, a su frente, durante sus cenas solitarias, en la habitación donde se encerraba a estudiar; la casa entera parecía impregnada con el hálito de su invisible presencia. Todo esto, a la par que hacía recrudecer su pena y disipaba en su ánimo hasta el último resabio de rencor, contribuía a acicatear sus deseos de reconquistarlo. Olvidara las crueles palabras de reproche que le sugiriera su conducta al principio, y sólo pensaba en él con el corazón desbordando indulgente ternura y los labios untados de besos. Lo único que ansiaba era que volviese.
Mas, el tiempo pasaba y el ausente no volvía. Como la novia que espera al amado que murió en la guerra, decíase: «Hoy no volvió, vendrá mañana.» Pasó el verano con su alegría de sol, el otoño con su manto dorado de hojas, y llegó el invierno y la encontró, muerta de frío y de ansiedad, con las pupilas fijas en la puerta y el oído atento al menor ruido, esperando siempre.
«No ha vuelto, no volverá nunca, quizá», se dijo al fin, convencida de la inutilidad de su espera. Y se apoderó de ella, vehemente, el ansia de escapar a la obsesión de los recuerdos; de huir de aquellos lugares que sólo podían evocarle las amarguras del pasado, para hacerle más penosas las del presente.
Vendió sus muebles y sus joyas, convirtió en leve montoncito de ceniza triste el único retrato de él que le quedaba, y un día embarcó para Europa, con el firme propósito de no retornar nunca.
Un velo de lágrimas cubría sus ojos mientras el barco se alejaba, y allá, en el confín, se fundían las líneas de la ciudad, en el tono opalescente de la tarde.
La obstetriz le alcanzó a la criatura recién bañada y envuelta en finas ropas sahumadas con alhucema. En la habitación vecina, la enferma reclamaba con voz débil y gozosa al niño.
–Lléveselo usted a la señora –le dijo él a la obstetriz, después de examinarlo brevemente, con curiosidad, mas sin experimentar ninguna emoción.
En efecto: no influía de un modo placentero en su ánimo aquel acontecimiento que otros maridos esperan anhelantes y dichosos. A lo sumo sentía que un nuevo eslabón remachaba la pesada cadena de obligaciones y deberes que lo ataba a su esposa.
El médico lo felicitó, campechano y cordial, dándole una palmadita en el hombro, y a él le pareció burlesco e irónico que lo felicitasen por algo que lo dejaba, en el mejor de los casos, frío, indiferente. No estaba seguro de que lo mismo que le ocurría a él le ocurriese a los demás padres en parecido trance, pero comprobó que, por lo menos, los hijos que no engendra el amor, no son recibidos con alborozo. «Después de todo –pensaba– los hijos pertenecen por entero a las madres. Para que sintiésemos el mismo desborde instantáneo de ternura que sienten ellas con el primer vagido, sería menester que un dolor físico nos desgarrase el corazón. El amor de los padres a los hijos crece con ellos, pero no nace con ellos.»
¡Qué extraño le parecía que la propia hechura de su carne, que ese hijo que era tan suyo como de su esposa, no despertase su ternura ni animase en su espíritu ningún sentimiento generoso! La carita desdibujada, la cabeza monda, blanducha, desagradable al tacto, el cuerpecillo informe, amoratado, todo en aquel nuevo ser, frágil y movedizo, le producía una rara impresión, mezcla de asombro, de curiosidad y de disgusto. Y por más que hacia por reconciliarse con la idea de que tenía que amarle, no lo lograba.
Salió al corredor para aligerar su cerebro de toda suerte de reflexiones, fumando un cigarrillo. Quería dejar vagar su pensamiento, aislarlo de la realidad inmediata, sumirse en uno de esos «pozos de silencio» en los cuales sentía flotar su alma en un limbo tibio de paz y obscuridad.
–¿Viene usted a ver a Julieta? ¡Jesús, qué hombre es usted!
Era su trágico cotidiano, encarnado en la odiosa figura de su suegra, que venía a turbar su intento de reposo. Odiaba a aquella mujer impertinente, con la cara tan agrietada como y sus manos de ex fregona enriquecida. Sin decir una palabra la siguió hasta la habitación de la enferma, mitad por desgano de pelear, mitad por prudencia, pues estaba seguro de que no podría contener la lengua.
Exangüe, languidecida por el horrendo desgarro de la maternidad, reposaba la enferma, con la cabeza hundida entre olas de pluma y encaje. A su lado, de entre la blancura de las ropas, emergía el rostro violáceo del pequeñuelo.
Sin duda la aborrecía más de lo que pensaba, porque ni el más leve soplo de ternura sacudió sus fibras al contemplarla en posición de absoluto abandono, con la cara empalidecida iluminada por el orgullo de la maternidad, y las flácidas manos caídas como hojas secas sobre la colcha de seda.
Quedóse mirando a la madre y al hijo, sin atinar a decir una palabra, sin poder expresar siquiera un gesto amistoso. Una sensación penosa de atontamiento, de estupor, casi de aversión, le cortaba la voz en la garganta e inmovilizaba sus facciones endureciéndoselas. Entonces comprendió que su desdicha había sobrepasado todos los límites. Nada tenía que hacer al lado de su mujer y de su hijo, toda vez que su presencia sólo suscitaba en su ánimo sentimientos perversos de repulsión y horror. No los amaba, aun más, sentíase ajeno a ellos cual si se tratase de gente extraña a su vida. Su mujer sólo le sugería el recuerdo de los caprichos con que lo atormentara desde su boda: de sus emboscadas domésticas, de su estolidez agresiva, de aquella fina polilla de disgusto que llovía diariamente sobre su corazón, de todas las pequeñas y horribles cosas con que le había ido minando el espíritu y enturbiándole la dicha de vivir. El niño no le decía nada, ni siquiera despertaba en él el calor, el sentimiento de solidaridad humana, de compasión, que inspiran los seres débiles.
Vagamente adivinó ella lo que pasaba en el ánimo de su marido, pero, embargada por su dichoso egoísmo materno, y sintiéndose sin fuerzas, además, dejó para adelante la ocasión de abrumarlo con sus reproches.
Se retiró como había entrado, pausada y silenciosamente.
Afuera, el recuerdo de la otra lo asaltó de súbito imponiéndole la necesidad urgente de buscarla, de verla al instante, para reencontrar en ella el refugio de sus cuitas. Bien se le alcanzaba entonces que el mal que hacemos se vuelve contra nosotros y nos hiere con nuestras propias armas. Había procedido fría y cruelmente con una criatura humana, con el ser que le había dado pruebas tales de abnegación y de ternura que sobrepasaban a sus defectos, y recibía por ello la penitencia de su culpa. Que la vida hubiera establecido tácitamente entre los dos un pacto ruin, una comandita vergonzosa, eso era aparte y no le quitaba eficacia a la íntima verdad de que era la única que había sido capaz de comprenderle y tolerar las veleidades de su humor tornadizo. Sólo se acordaba de los días felices en que ambos tejieram coronas de rosas y mirtos, de las lágrimas que dulcifican después los besos, de todo lo que en realidad constituía el poema de su juventud, y que él había truncado añadiéndole una estrofa final rebosante de maldad egoísta.
La riqueza es un ídolo infame, que se venga de los que la conquistan por asalto. Su posesión le costaba la pérdida de la paz, de esa amistad afectuosa que substituye al amor, que casi siempre es preferible, y de la cual su ex amante le había dado pruebas inolvidables. Por otra parte, era un rico de mentirijillas, de nada podía disponer sin anuencia de su mujer, sin que ésta fiscalizase con un criterio humillante para él cualquier liberalidad, el menor de sus gastos.
Tenía que volver al lado de la otra, pese a las consecuencias que pudieran sobrevenirle. Si había tenido ánimo suficiente para abandonarla fría y calculadamente, bien podía hacer lo mismo con ésta a quien odiaba. Cual todos los que carecen de una voluntad poderosa y activa, sus resoluciones eran intempestivas, faltas de reflexión y de conciencia.
Dominado por el ansia nerviosa, febril, apremiante de volver a verla, de solicitar su perdón si fuere preciso, abandonó su casa sin saber si lo hacía por última vez. Durante el trayecto iba pensando en ella, en un estado casi sonambúlico, cual si su imagen lo atrajese con una fuerza magnética irresistible.
¡Con cuánta emoción vio de nuevo la puerta de su antiguo departamento, de su verdadera casa, de aquella donde todo tenía para él recuerdos tristes o dichosos, pero imborrables! Hacía justamente un año que faltaba, y todo continuaba lo mismo a excepción de la plaqueta con su nombre, que había desaparecido.
Apretó el timbre y esperó con el corazón trepado a la garganta. Volvió a tocar, y tocó otras veces más, tantas que, al fin, el campanilleo del timbre llenó de sonoridades la casa desierta. Obstinado y pueril como un niño, negábase a admitir la realidad. Con las manos crispadas de angustias, golpeó las maderas barnizadas aferrado a la esperanza de verla aparecer de repente, con los brazos amorosos de indulgencia tendidos hacia él. Pero nadie respondió.
Lentamente, cual si en la demora hallase un último asidero su esperanza, volvió la espalda para emprender el regreso. Una infinita pesadumbre, pesaba, inexorable, sobre su corazón. Ante él se extendía árido, recto, desolado, como una línea trazada en el infinito, el camino que él mismo eligiera, y del que vanamente había querido escapar, para reencontrar el que otrora alfombrara de rosas el amor.
Silenciosa y grave como tina sombra, una mujer avanzaba en dirección contraria, cual si viniese a su encuentro. Casi le ahoga la emoción al descubrir que era ella que también volvía, al conjuro de los recuerdos, obediente al llamado imperioso de éstos.
Un solo grito se oyó en el corredor desierto.
–¡Tú, eres tú!
Y le tendió los brazos, llorando como un niño, lleno de ansias de ternura, de súplicas y de ruegos.
–También a ti te llamó el pasado –le dijo, cuando se hubo repuesto.
Ella asintió, moviendo tristemente la cabeza. Luego, espontáneamente, agregó como si le urgiese comunicarle lo que sentía:
–No podía vivir sin ti. Tu recuerdo me obsedía torturándome, por más que quería olvidar. Era algo más fuerte que mi voluntad; vencía mis fuerzas y me entregaba inerme al suplicio de recordar a toda hora, a todo momento, lo perdido irrecuperable. No sabía si volvería a encontrarte, pero un secreto instinto me impulsaba a regresar, sino a buscarte, a recorrer los lugares donde amé y fui amada, donde todo es una evocación viva y patética del pasado, donde escribí con lágrimas y risas, con besos y reproches, lo mejor de mi vida, mi vida entera.
–¡Oh querida, querida mía! –murmuraba él, trémulo de una angustia deliciosa que deshacía en lágrimas y suspiros el ahogo de su pecho.
Salieron agarrados del brazo, a buscar un refugio para continuar el coloquio. Ambos se sentían poseídos de una misma emoción, mezcla de pena y de alegría, de sorpresa, de miedo y de ternura. Y hablaron, hablaron mucho, al principio con el ardimiento de la pasión, luego con la melancolía que trascienden los recuerdos, después, sintiendo llover sobre sus corazones una lluvia fina y persistente que poco a poco iba envolviéndolos en su humedad glacial. Entre los dos volvía a abrirse un abismo inllenable, obscuro y hondo cual la boca de un pozo profundísimo. Una sensación penosa de frialdad había apagado ya la calidez de las palabras, y espaciaba ahora las pausas del diálogo, distanciándolos definitivamente. Al cabo se dieron cuenta de que se habían engañado al creer que aun quedaba un rescoldo encendido entre el montón de cenizas que cubrían el recuerdo de sus amores. El pasado se desquitaba echándoles su polvo de ilusiones muertas, proyectando entre ambos la sombra de sus tristezas, miserias y vergüenzas, que ahora surgían cual fantasmas amenazadores.
El fue el primero en comprender que era inútil empeñarse en reconquistar lo que el tiempo mata inexorable. Sin agregar uña palabra, esta vez con la certeza desoladora de que sus almas solitarias no volverían a encontrarse en el mismo fuego que las consumiera un día, se separaron en silencio, con un rencor de pesadumbre y alejamiento incurables.
CARLOS PARRA DELRIEGO
1928
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026