El caso de mi amigo Santa María
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XIII, No 490
Lima, 1917
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XIII, No 490
Lima, 1917
Me indignaban los comentarios, torpes o absurdos, que se hacían alrededor del suicidio de mi amigo Ignacio Juan, mientras le velábamos aquella noche. Sólo eramos cinco reunidos: la patrona de la casa, buena mujer; un tío remoto del muerto, dos compañeros de estudios y yo. Pues bien: estas personas, todas distintas e igualmente inhábiles para juzgar de la psicología de un hombre, ya por falta de cultura, o de observación y poca experiencia, avanzaban opiniones categóricas, con un énfasis intolerable, sobre los móviles que indujeron a mi inolvidable amigo a matarse. Los más amigos la atribuían directamente a trastorno cerebral que, al decir de ellos, estaba declarado en los últimos tiempos; la buena mujer, a contrariados amorcillos con una damisela de la vecindad, y, finalmente, el tío, a falta de recursos, porque el padre del difunto habíale amenazado con suprimirle la pensión, visto que siempre se hallaba apurado, sin razón aparente para ello. Sólo yo me abstenía de dar mi opinión; pues si era cierto que nada sabía, presentía al menos la verdadera causa, y aún estaba a punto de saberla a ciencia cierta porque el único papel que se le halló al suicida, decía textualmente así: «Entréguese a mi amigo X, un paquete lacrado y sellado que se encontrará en el cajón de mi mesa de noche». No por falta de curiosidad, por secreto impulso, quise reservar el abrir el paquete hasta después del entierro, concluida la triste obligación.
Sumado el café a los trastornos y emociones del día: la noticia, brusca, imprevista, que recibí al amanecer; el breve interrogatorio policial, y finalmente, el traslado del cadáver a su casa, de la Morgue, donde se le halló de bruces, sobre los restos de una mujer, me producía un singular estado de languidez y excitación. Mientras mi cerebro funcionaba lúcido, por mis miembros se extendía un cansancio doloroso. Yo pensaba con cierta tristeza, en aquello de que a ese amigo que ayer viera, cuyas manos estrechara y cuyo corazón generoso tenía un sincero afecto para mí, ya no le volvería a ver. En adelante no oiría sus confidencias, ni participaría de sus inquietudes, ni vería el fuego misterioso que animaba sus pupilas morenas, reflejo de una vida espiritual atormentada e intensa. Y pensaba también, no sin cierta envidia, en él, que ya había llegado a la solución postrimera; porque creo que en esto de morir, lo terrible, cuyo miedo nos traspasa, es la espera, pues en llegando...
Así amaneció; una mañana de color gris sucio, mojada, fría de tristeza. Los cirios casi concluidos, disminuían su color amarillento y chorreaban gruesas gotas de cera; el humo de los cigarrillos que habíamos fumado, formaba en la habitación densa neblina. Arrellanada en un butacón, el ama roncaba beatíficamente, pálida y ojerosa por el desvelo sufrido. De mis pupilas se escaparon al fin, por todo lo que no había podido llorar, dos lágrimas silenciosas, que rodaron por mis j}mejillas lentas y redondas.
Ha pasado un mes y yo no me he atrevido a ver los papeles que me dejara Ignacio Juan. Esta noche friolenta de julio, me decido a leerlos al fin. Todo a mi alrededor convida al recogimiento manso y tranquilo. El ambiente tibio de la habitación, gratamente perfumado por un vaso con flores que hay sobre mi mesa, invita a un dulce bienestar, egoístamente voluptuoso. Los pies amorosamente hundidos en el felpudo de pieles, la pluma en la mano, miro en el cenicero mi cigarrillo que humea haciendo graciosas volutas azuladas.
He leído. De poco acá, todo ha cambiado en mi ánimo. Siento un sobresalto y una desazón indescriptibles. Yo no conocía nada de Ignacio Juan; yo no sabía nada de él. Estos papeles que se amontonan confusamente ante mí, descorren el velo del misterio de una vida. Forna una serie de impresiones, notas, desordenadas, inconexas; apuntaciones a manera de diario, algunas, todo ello referente a la última parte de su vida. He aquí la única luz, clave sombría, causa cierta de la muerte de mi amigo. Yo sólo copio algunos fragmentos.
Aún dudo de la realidad de lo que vieron mis ojos. ¡Todo aquello tiene tanto de misterio! Pero yo he hablado con la Muerte, yo la he oído, y el eco de sus palabras, su discurso impresionante, resuena en mi cerebro que se precipita al vértigo. ¿Por qué he ido a la Morgue a las 6 de la tarde, contra mi costumbre? ¿No estaba quizá, todo dispuesto de antemano? ¡Qué sé yo!
Las puertas y ventanas estaban cerradas. Únicamente por los tragaluces penetraba una débil claridad del atardecer invernal. Las mesas blancas, las paredes blancas: sobre las mesas los restos d}que hemos estudiado, partidos, deshechos, encogidos, deformes, amarillentos... Y como nunca, este decorado trágico, al que estoy habituado hace dos años, me ha impresionado terriblemente. Parecíame que en la sombra ardían las siete piras simbólicas del Pecado, por lo que aquellos pobres restos podrecidos habían sido en vida. Y medité en la tragedia de cada uno de ellos; y les vi desde pequeños, al amor del seno maternal, creciendo luego, sufriendo, gozando y gimiendo; haciendo el Bien y el Mal, indiferentemente, viviendo quizá como yo vivo, con mis pasiones, ansias, deseos, inquietudes!... Y de pronto , como si hubiera surgido ante mi vista, pues no había reparado en él, descubrí un cadáver nuevo, fresco, recién llegado. Era una mujer joven, de carnes maduras y repletas, como si antes de morir no hubiera sufrido extenuación. Debió ser su muerte violenta. Y he aquí cómo de repente se incorpora y habla. Sí, habla, porque yo la he oído. Me dijo:
–Yo soy la Muerte. La única verdad. Ansia de fuertes y valerosos; terror de menguados y débiles; consuelo de enfermos y abatidos. Yo soy la suprema inspiradora de religiones y filosofías, detiénense ante mí, e interrogan. Yo soy la Madre; a mi regazo vuelven todos -pues que de mí salieron- fraternizando el monarca y el pechero; el sabio y el cretino; el cura y la barrangana y el obispo santo y el herético. El mismo Cristo fue mío, como lo serás tú. Pero no me temas; aprende a amarme. Mis labios que estallan purulentos, y mi carne que se hunde y se desgaja, como fruta harto madura, son tan incitantes y sabrosos, como los labios y las carnes suaves y jóvenes de tu amada de ahora, que vendrá a mí también, inexorablemente.
Algo más fuerte que el terror indecible que me poseía en esos momentos, paralizó en mí toda acción. Quería correr, pero mis piernas, como clavadas al pavimento, no me obedecían. Así permanecí algunos momentos que conté como siglos, al cabo de los cuales recuperé la noción de las cosas y pude reaccionar. Y ella, la Muerte, que me había hablado por boca de ese cadáver de mujer, que estaba a mi frente, tornó a su primitiva posición, rígidamente horizontal sobre la mesa de mármol. Ya era casi de noche cuando salí. Al cruzar el jardín donde está el pabellón de la Morgue, los árboles a mis ojos acrecían sus sombras fantasmales, y en las copas, como frutos de pesadilla, caras lividecidas muequeaban grotescas, burlándose de mi terror. Aún ahora que escribo, perdura en mí la sensación del miedo que me asaltó; pues la pluma tiembla entre mis manos, y por instantes volteo a mirar hacia atrás, como si tuviera la presencia de Ella, a mis espaldas.
4 de la mañana: Ese cadáver es mío, lo he tomado para estudiarlo yo solo. Mas, no por eso he querido ser yo quien lo embalsame. Ahora, con las inyecciones y baños de formol, puede durar algún tiempo. ¡Es curioso! El bisturí temblaba en mis manos, cuando quise proceder a cortale por mitad. Parecíame ésto una horrible profanación. Y es que, interiormente, siento una enorme curiosidad por saber cómo fue esa mujer en vida, que, a juzgar por los restos de ahora, fuera singularmente bella. Pero por sobre todo perdura en mis sentidos, la extraña resonancia de sus palabras, aquella tarde, hace ya cinco días; y en que, sea o no alucinación, o extravío de mi mente, repítome a cada instante, sintiendo dentro el tono de su voz, esa frase: «Pero no me temas; aprende a amarme», con que me invitaba a amarla, a sumergirme en Ella.
10 de junio: Siento que me aproximo a Ella, que está cerca de mí a cada rato, y lo que es mejor aún, sin que la tema, amándola tal vez. Y siento que esto es verdad, porque poco a poco, sin forzarme para ello, me alejo cada vez más de la realidad, de la urgencia inmediata que demanda la vida. Mis amigos me miran con gesto extrañado y misterioso, y yo leo en ello la despedida que se da a lo que ya no nos pertenece.
Sí, la veo en todas partes. Pero no aparece a mis ojos esqueletizada, de negro manto y guadaña; no, siempre es Ella, aquel cadáver de mujer.
El inútil afán, el absurdo afán, la lucha de conquista inacabable, para concluir por lo mismo, por regresar a su regazo. Así hoy, ante el catedrático que dictaba un curso, pensaba en lo que sería aquel señor, años atrás, en su juventud. Lo mismo que nosotros ahora: trabajaría y estudiaría con fe y entusiasmo para el futuro; y en ese futuro, era la realidad presente: la vejez, la falta de entusiasmo, de belleza; el criterio pesado, hecho, trazada a línea; el decaimiento moral y físico, el hastío consecuente a los que han vivido mucho... Bien dijo aquel que los elegidos de los Dioses mueren jóvenes. Y ante estas consideraciones, me siento feliz, elegido, por Ella, la bienamada, que se me reveló y supo conquistarme. Porque siento que ahora la amo y que mi alejamiento de lo que me rodea es cada vez mayor. Sólo que demoro el trance definitivo, por tener el goce de apurar hasta lo último, la suprema voluptuosidad de su voz que me llama en la sombra, y que me dice insinuante, mimosa: «Ven, te espero. Mis labios tienen sed de beber en los tuyos, y mis brazos ansia de estrecharte».
15 de junio: Con un egoísmo feroz y natural en los hombres, no pienso en los míos, en mi familia lejana, en mi madre, para sólo regocijarme con la idea de mi supremo desposorio. Porque hoy me uno a Ella para siempre. Iré allá, a las 6, hora evocadora, de propicio silencio, y podré besar, para unirme por siempre, sus labios podrecidos, divina fruta de amor que me brinda...
CARLOS PARRA DEL RIEGO
1917
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026