En el gran sendero
Lastenia Larriva de Llona
Prisma, Año II, No 27
Lima, 1906
Lastenia Larriva de Llona
Prisma, Año II, No 27
Lima, 1906
Es una risueña mañana de la florida Primavera.
A la orilla de un camino muy transitado, y en medio de alegre paisaje, se encuentra sentada una mujer anciana. Noble es su aspecto, y triste, muy triste, la expresión de su semblante. Sus cabellos son blancos como copos de nieve. Hondos surcos hay en su rostro, también muy blanco, y de severas y correctas líneas; pero esas arrugas, en vez de afearla, parece como que añaden majestad a su fisonomía. Viste severamente de negro; y este color de su traje forma un contraste armonioso con la blancura casi transparente de su cara y de sus manos, y con la nieve inmaculada de su cabeza. Su mirada es melancólica y profunda. Lleva lentes que deben ser de mucha fuerza, pues a través de sus diáfanos cristales se ven sus pupilas muy agrandadas; unas pupilas que parecen tener el poder de penetrar en lo más hondo del alma de las personas a quienes mira.
Una cosa particular es que por ese camino, muy transitado, todos los viajeros van en una sola dirección. Todos salen de regiones oscuras y hacia regiones luminosas se dirigen. Y otra particularidad: todos van alegres, todos parecen felices, y todos se hallan, más o menos, en los albores de la existencia. Ya caminen solos ya en grupos pintorescos, todos semejan vivas imágenes de la Dicha; y cantan, ríen, hablan, se acarician y pasan, pasan sin mirar a su alrededor, con los ojos fijos en el lejano y azul horizonte, por donde asoman entre esplendorosos celajes de oro y grana, los rayos del sol naciente.
Pasan por junto a la anciana severa y triste; pero no la ven siquiera esos seres que parecen invadidos por una extraña y feliz locura. Tal vez tropieza con ella un niño, un adolescente de uno u otro sexo, o una enamorada pareja; y vense así obligados a mirarla; pero apartan bien pronto los ojos de esa figura, como si su vista les produjera desagradable impresión en el estado en que su espíritu se encuentra; y si algunos muy pocos se detienen y hacen ademán de hablarla, arrepiéntense luego, como asustados de su grave aspecto, y siguen su marcha, sin haber desplegado los labios, o sin atender la respuesta, si acaso llegaran a interrogarla.
Y ella, la misteriosa anciana, sigue sentada a la vera del camino, siempre triste e impasible, mirando pasar las multitudes; triste, con tristeza de ser humano, impasible con impasibilidad de esfinge. Sin embargo. a través de esa actitud hierática, adviértese en fugitivos instantes como el reflejo de ocultas pasiones. De repente, y ante aquel desbordamiento de dicha, se ve brillar como un rayo de indignidad en esos ojos antes tan serenos; las dulces facciones se contraen con una expresión como de odio, y los labios exangües y delgados esbozan una sonrisa sarcástica; pero todo esto es muy rápido. Presto recobra el rostro su inamovilidad de estatua, y va borrándose el sombrío destello de esas pupilas agrandadas que siguen mirando a los viajeros pasar y perderse en las lejanas vaguedades del paisaje primaveral.
¿Adónde va toda aquella gente?
Ese es el viaje de la Humanidad: el gran viaje a través de la Existencia. Esos transeúntes son los hombres y las mujeres que empiezan, y que marchan de cara al sol, recibiendo con sus frentes los rayos del astro naciente, esplendorosos y puros, y las brisas del alba, frescas y perfumadas. Son la infancia. la adolescencia, la juventud, que corren como montón de potros indómitos en las vírgenes pampas, por el anchuroso sendero de la vida que ante ellas extiende sus lujuriantes y seductoras galas.
¡Y allá van, las multitudes anhelantes e inconscientes, atraídas por un miraje maravilloso que va alejándose a medida que ellas avanzan; allá van, creyendo siempre alcanzar la suspirada meta; sordo cada individuo a toda voz que no sea la que dentro de su pecho se alza en el himno sublime del Ensueño; ciego a todo espectáculo que no sea el de la visión que se dibuja en su retina como falaz imagen de su deseo!
—¡Allá, allá, allá está la dicha exclaman los niños alborozados, y siguen corriendo, con las blondas y rizadas cabelleras al viento, mientras juguetea en sus rostros de ángel la risa purísima e inocente del que aún no conoce el Mal!...
—¡Allá, allá, allá está la dicha, exclaman los adolescentes, y corren y corren desolados, pensando en la gloria, en el Amor, en las Riquezas, en el Poder; y extienden los brazos, como si sus aspiraciones fueran a transformarse en seres tangibles en un momento dado; y avanzan las frentes nobles y soñadoras que resplandecen con la luz del Ideal, como para recibir en ellos los besos de esas apariciones cuyas siluetas creen ya ver dibujarse entre el azul del firmamento, y que no son otra cosa quizás, que las fúlgidas creaciones de sus exaltadas fantasías!...
—¡Allá, allá, allá está la dicha, se dicen a media voz tiernamente cogidos de las manos, un hombre y una mujer que acaban de unir sus destinos, antes de proseguir el gran viaje; y se unirán el uno en los ojos del otro, sonriéndose recíprocamente con la divina sonrisa del amor correspondido; y sintiendo palpitar sus corazones con ese ritmo que imaginan ha de ser siempre unísono! ¡Allá van, engolfados en su cariño, arrebatados por el torbellino de sus propios sentimientos, sin acordarse de ayer, sin pensar en mañana, porque para ellos sólo existe el presente, que se figuran muy largo, y que es nada más que una infinitésima parte del eterno tiempo!...
La anciana severa y triste, de blanco rostro y de cabellos blancos, sigue sentada a la vera del camino, mirando desfilar a toda esa loca muchedumbre con sus pupilas grandes cada vez más grandes, que brillan con luz intensa y apacible a través de los diáfanos cristales: y sus labios delgados y descoloridos pronuncian quedamente, muy quedamente, como si sólo fueran un soplo, estas palabras:
—¡Iusión! ¡Ilusión! ¡Ilusión! ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!...
Es una tarde sombría y nebulosa del melancólico Invierno.
El sol, pronto a hundirse en el ocaso, envía, por entre una atmósfera gris, sus pálidos rayos horizontales a la campiña, no verde y florecida, como en la mañana primaveral, sino árida y seca, como quemada por las ventiscas y nevadas.
A la orilla del camino sigue sentada la anciana severa y triste, tan indiferente a los rigores de esta estación, como antes lo estuvo a las caricias de la otra.
Siguen las multitudes en su afanoso tráfago; pero no van ahora de las tinieblas hacia la luz: caminan, al contrario, de la luz hacia las tinieblas. No ilumina sus rostros el sol naciente. La desmayada luz del astro moribundo apenas alcanza a dibujar sus alargadas sombras en el suelo, duplicando extrañamente las figuras en la incierta penumbra. Y no son ya las alegres bandadas de niños, de adolescentes y de jóvenes las que recorren el sendero. Son gentes de edad madura, ancianos de ambos sexos, quienes ahora pasan, desandando el camino que en la mañana hicieron. No tienen ya ese aire de triunfo y de conquista: van con las frentes ensombrecidas, taciturnos y vacilantes, como los soldados de un ejército en derrota. Ya no corren: caminan lentamente, meditabundos y cabizbajos, con los brazos caídos y las miradas tristes o sombrías fijas con ansiedad, casi con terror, en el lejano confín del oscuro horizonte. Se ve bien que el cansancio los abruma, que querrían detenerse; pero una fuerza fatal los empuja y siguen, como a despecho suyo hacia el fin temeroso y desconocido.
Los niños, los adolescentes, los jóvenes, son ya viejos. En los ojos de las mujeres se notan las huellas de ardientes lágrimas; en los de los hombres, aunque enjutos, el rastro de profundos dolores. Todas las frentes están afeadas por las arrugas; en todas las bocas ha sustituido la acerba contracción del sufrimiento a la expresión placentera de la risa. ¡Ah! Es el que el tiempo no ha transcurrido en vano para esos seres!... Y bien se comprende que ya no se alimentan de esperanzas: viven tan sólo de recuerdos, y el remedio es siempre amargo, como es siempre dulce la esperanza. Esta hace erguirse la cabeza e inflarse el pecho: aquel, inclinarse la frente y encorvase las espaldas. La una es ligera como la dicha, el otro es pesado como el infortunio. ¡Recuerdo de los primeros años, qué tristes, qué triste sois, cuando venís a posaros sobre nuestras cabezas, en los luengos días de la edad provecta!
...Nessun maggior dolore
Que recordarsí del tempo felice
Nella miseria...
ha dicho el gran poeta Florentino!
Aquellos que en la mañana pasaron solos, vienen ahora acompañados; muchos de los que iban acompañados, vuelvan solos; pero todos están tristes y ceñudos; y si alguna de aquellas parejas regresan aún juntas, no es ya cogidos de las manos: no se sonríen ahora mutuamente, ni se acarician murmurando tiernas frases el uno al oído del otro. No: al presente no se dirigen siquiera la palabra, y si se miran es de reojo, con torvo y airado gesto. No son ya dos enamorados: parecen más bien dos enemigos. Antes llenaba su alma el amor a otro ser. Al presente se enseñorea en ellos el amor a sí mismos. A la abnegación, tan propia de los años juveniles, ha sucedido el egoísmo, inherente a la vejez. ¡El más feo de los vicios ha reemplazado a la más hermosa de las virtudes!
La misteriosa figura sigue mirando impasible con las pupilas grandes y profundas a los viajeros, que ahora sí se fijan largamente en ella. Muchos, casi todos se detienen, la hablan, la interrogan, parece que le ruegan; pero ella los escucha indiferente, con la siempre enigmática sonrisa vagando por sus labios exangües y delgados; moviendo la cabeza v murmurando con acento tenue como un suspiro.
—¡Es tarde! ¡Es tarde! ¡Es tarde!...
A la penumbra sucede la completa oscuridad, y en medio de las tinieblas, como fantasías lúgubres y silenciosas por las calles de un Cementerio, siguen en inacabable hilera los seres humanos que van a perderse en insondable abismo!...
¡Así, por siglos de siglos, sin tregua ni descanso, continúan pasando las generaciones; alegres al emprender la marcha, cuando llevan consigo un hermoso bagaje de ilusiones y esperanzas; y tristes al regresar, cuando esperanzas e ilusiones han ido abandonándoles a cada Estación del largo viaje!
¡Y la Experiencia, que es la anciana severa y melancólica que está sentada a la orilla del camino, sigue viendo pasar sucesivamente a la festiva ronda carnavalesca, vestida de brillantes e irisados ropajes, que agita los cascabeles para acompañar sus gozosos cantos; y a la macabra procesión que marcha cubierta con enlutados crespones, y sin otra música que el rumor extraño y fúnebre de sus propias pisadas!...
¡Los jóvenes desoyen sus consejos, los viejos se los piden cuando es tarde para aprovecharlos, y por eso ella, que ha saboreado todas las dichas y aburado todos los dolores de la Existencia, permanece siempre impasible y severa y triste sentada a la orilla del Gran Sendero!
Guayaquil, octubre de 1906.
LASTENIA LARRIVA DE LLONA
1906
Lastenia Larriva de Llona
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026