La quimera de unos ojos brujos
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año XII, No 581
Buenos Aires, 1928
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año XII, No 581
Buenos Aires, 1928
Duro apenas un instante, el tiempo que tarda una estrella en caer, pero fue viva la impresión que le produjo la mirada de aquellos ojos ardientes y puros de jovencita. ¡Maravillosas pupilas, cuyo fulgor suavísimo le habían refrescado el alma! ¿A quién pertenecían, quién era la hermosa niña que había fijado en él sus ojos húmedos y tiernos? En realidad, apenas si había reparado en el resto de sus encantos, atraído por la magia de sus pupilas.
El coro de colegialas, guiado por una monja cuya toca semejaba un pájaro de níveas alas, continuó su marcha hasta perderse de vista, a la vuelta de una esquina. ¿Qué colegio o asilo era aquel, cuyas educandas, vestidas de azul con un simple cuellito blanco por todo adorno, se recogían a tales horas –las siete y media de la noche, aproximadamente,– después de tan prolongado paseo dominical?
Un momento sintió con vehemencia el deseo de seguirlas, de descubrir dónde moraban; mas, retenido por una timidez extraña a su carácter, y pensando por otra parte que le sería fácil identificar, doquiera que volviese a hallarlos, aquellos ojos divinos que le habían mirado de un modo tan singular, permaneció inmóvil unos instantes, y luego reemprendió su camino en sentido contrario. A pocos pasos de ahí, encontró un bar y entró. Era, precisamente, la hora en que había mayor concurrencia, por lo que buscó una mesa apartada donde pudiese ser meros visto. Frente a un «cocktail» compuesto de sabias mezclas, reflexionó sobre lo inesperado de aquel hallazgo que le había deparado el azar, y sobre la exquisita dulzura que derramara en su ánimo aquella mirada, deslumbrante y fugaz como el paso de un astro en el cielo de una noche obscura.
Quizá os haya ocurrido alguna vez quedaros abstraídos, pensando con más preocupación de la necesaria en un hecho aparentemente trivial, y sentiros arrastrados por la fuerza de vuestros pensamientos. A raíz del choque de aquella mirada, Amado Dane sintióse no sólo raramente conmovido, sino que llegó, en el análisis de su emoción, a asociar imágenes y recuerdos que a primera vista no tenían ningún nexo de unión con la que acababa de experimentar. ¿Por qué esos ojos le traían a la memoria el recuerdo ya lejano de sus días de infancia en aquel colegio de frailes? Entonces tenía diez años escasos, y si bien es cierto que era el alumno menos aplicado, era, asimismo, el más recogido y devoto. En efecto: pocas veces un niño manifiesta tanta devoción como la que mostraba él. Asistía a misa todos los días, confesaba y comulgaba semanalmente, y aun en su casa sometíase a nuevas prácticas. Jamás un pensamiento torpe cruzara por su imaginación. Pálido, delicado, con los cabellos de un rubio desvaído y las mejillas suavemente coloreadas de rosa, su aspecto era el de uno de esos melifluos Luises de Gonzaga de las estampitas francesas.
Durante las horas de recreo, pedía licencia al «hermano» pasante, y se iba a la capilla a arreglar los altares. Allí se encontraba a sus anchas. Con el plumero en la mano, lleno de diligente ardor, limpiaba el polvo a las imágenes, no sin hacer antes una serie de genuflexiones, sacudía los candelabros y los manteles, despabilaba los cirios y quitaba los goterones de las arandelas; no tenía a menos barrer y tundir las alfombras, hallando una suerte de placer en servir los menesteres más humildes del culto.
En el altar mayor, encerrada en una especie de templete con puertas que se cerraban y se abrían a voluntad, había una imagen de la Virgen del Buen Suceso, con difundida fama de milagrera en la comarca.
Con un brazo sostenía a un niño gordezuelo en actitud de bendecir, y en el otro llevaba colgado un cestito de plata repleto de flores y frutas, en las que picaban dos palomitas del mismo metal.
Esta imagen ejercía sobre Amado una fascinación singular. De tanto quedarse embebecido, contemplándola, parecíale en veces que pestañeaba, o bien que lo seguía con los ojos. Más de una vez, engañado por una ilusión óptica, aguardara, helado de santo terror, que la Virgen le hablase. A sus pupilas de vidrio, orladas de luengas pestañas de seda, les atribuía una vida milagrosa. Ora creía ver que se le mostraban dulces y ardientes, ora fulminantes, como si las incendiasen relámpagos de ira.
De pronto, cuando más enfrascado estaba en sus reflexiones y recuerdos, Amado se dio una palmada en la frente. Ahora comprendía por qué había asociado la impresión que le produjera la mirada de aquella jovencita, con sus evocaciones de la infancia. Esos ojos le habían mirado como otrora creyera que le miraban los de la Virgen del Buen Suceso. El mismo brillo húmedo y tierno, el mismo ardor dulcísimo había en ambas miradas. Y juzgó que aquello debía ser el signo de algo extraordinario que le iba a ocurrir en breve. No de otro modo podía considerar tan rara coincidencia.
¡Oh, cuánto había cambiado desde que abandonara el colegio! El choque brutal con la realidad de la vida, apagara para siempre la llama pura de su fe. Encenagara su alma y su cuerpo en el fango de todas las pasiones, Sólo le quedaba un vago sedimento romántico, que en vano querían disolver los ácidos del escepticismo. Ya no creía en nada, pero conservaba aún el suficiente poder de exaltación para entregarse apasionadamente a las cosas que de un modo u otro impresionasen sus sentidos.
Aunque todavía era joven, sentíase ahito y cansado, quizá porque había apurado a grandes tragos la vida. Sus pupilas reflejaban el hastío de no haber hecho nunca nada. Hoy aquí, mañana acullá, en todas partes lo acuciaba el ansia de seguir adelante, no sabía adónde ni por qué. Pasajero sin rumbo fijo, formaba su hogar un día en la pieza de un hotel, otro en la cabina de un barco o en la villa que se alquila para pasar una temporada de amor, y de todos ellos se alejara con una pena que se desvanecía al primer cambio de decorado. Una, dos, tres veces había creído amar, y de sus amores no conservaba otra cosa que recuerdos pálidos y efímeros, fríos montoncitos de ceniza que el menor soplo podía aventar. Sin duda, ello se debía a que se había amado a sí antes que a los demás; y era ésta la causa de esa desazón, mezcla de inquietud y de fatiga que lo poseía. ¡Cuántas veces se había asombrado él mismo de que la mujer que el día antes lo fuera todo en su vida, al día siguiente no provocara en su ánimo un leve sentimiento de ternura, ni siguiera un eco afectuoso! Mientras se aposentaban en su corazón, todas le parecían «la primera y la última», mas, apenas se alejaban de él, no volvía a acordarse de ellas, cual si jamás hubiesen existido. Así, Fanny, Luisa, Hedda, ésta, aquella, la otra, todas, le habían visitado un momento maravilloso y fugaz, y de ninguna había lamentado despedirse.
El hechizo de aquellos ojos, y más aún, la obscura y misteriosa relación que estableciera entre ellos y los que en su infancia habían grabado en su espíritu una impresión indeleble, lo hacía temblar de congoja y de anhelo al intuir vagamente que quizá no estaba lejano el momento en que hallaría el sendero de su existencia descaminada. Y adquirió entonces la certidumbre de que si no volvía a encontrar los ojos que le miraran suplicantes y tiernos, se perdería para siempre en una noche infinita de angustia.
Lleno de emoción, abandonó rápidamente el bar, sin llevar un rumbo determinado.
¿Adónde ir a esa hora? ¿Cómo hallar, en efecto, en una ciudad enorme, el colegio o asilo de una educanda, cuya identidad no podía precisar? Sin embargo, siguió adelante, resueltamente. Las pupilas brujas lo obsedían ahora como una quimera torturante.
Resultaba tan absurda la búsqueda de aquellos ojos, que, a la postre, él mismo dudaba de la solidez de su razón. En realidad, su vehemente deseo de ver de nuevo a la dulce muchachita cuya mirada lo había fascinado, era cosa que sólo podía satisfacer un capricho del azar. Vanos, pues, fueron sus trajines y averiguaciones. Cual una visión que se esfuma al tiempo de aparecer, la linda colegiala se desvanecía en nieblas de ensueño. Y los ojos seguían mirándole, lo llamaban desde el fondo de la noche con apremiante reclamo. Dane comprendió entonces que era menester alejar de su mente tan peligrosos desvaríos, si no quería perder lo que le restaba de cordura. Aun era bastante joven, tenía lo suficiente para vivir con desahogo, y no era mal parecido; podía, pues, disfrutar de la vida como mejor le pluguiese.
Si de veras ansiaba conjurar su angustiosa crisis moral, debía marcharse lejos, donde nadie lo conociese ni nada le evocase el pasado, o decidirse por el caño de un revólver aplicado a la sien.
Quizá el remedio de su mal estaba en que los vientos salados del mar creasen de nuevo su corazón y su espíritu. El mar suele ser el mejor médico de aquellas dolencias cuyo diagnóstico no especifican los tratados de terapéutica. Sí; debía partir, irse en el primer vapor, siguiendo el itinerario que le señalase el azar. La vida activa y muelle de la ciudad agravaba su neurosis. Dos años seguidos en el mismo lugar, resultaban demasiado largos para su inquietud de Ashaverus moderno. Ahora volvía a ver, con renovada seducción, los pueblos que recorriera en sus peregrinaciones, y hasta le parecía percibir el perfume característico de ellos. Y como un corcel de raza que tasca el freno, impaciente, esperando la señal de partir, oteaba el horizonte dispuesto a lanzarse de nuevo por los hermosos caminos del mundo, con pie ligero y corazón alegre.
Pocos días después, sin notificar su partida a sus amistades, sin despedirse de nadie, embarcaba en un paquete de lujo que iba a Nueva York.
A la hora del té, en la baranda del vapor. Formando círculo en torno a la mesa, muellemente repantigados en butacas de mimbre, Dane y sus flamantes amigos desmenuzaban los temas usuales de charla entre personas de posición que tratan de disimular el hastío de las horas en que no se baila. La encantadora mistress Billings, rubia y perfumada a tabaco como un Virginia, mostraba sus menudos dientecitos al partir las galletas, con una coquetería afectadamente infantil. De vez en vez interrumpía esta operación para festejar, con el adorable impudor de su risa, las elegantes monstruosidades que le refería el príncipe de Mariscotti, de sus excursiones por tierras de África. El príncipe era inquietantemente hermoso, y era él quien mejor lo sabía. Desde el primer momento, había sentido Dane por este Apolo, vestido en Londres, una aversión instintiva. Le molestaban sus maneras indolentes, la finura exagerada de sus manos, la impertinente sonrisilla con que acogía los cuentos de los demás.
El alemán Buck, corpulento y glotón como un oso de jardín zoológico, limitábase a asentir con la cabeza, engullendo en tanto, parsimoniosamente, sandwiches de langosta, sin que lo arredrase el estrago que ya había hecho en las bandejas. Comerciaba en cereales, y era riquísimo. Como lo hacía cada seis meses, iba a Nueva York para seguir de ahí con su pequeña Esther a París, donde ordinariamente pasaba sus vacaciones amorosas.
Pendiente de mistress Billings, entre madame Samoilovich y el juez Taylor de Indianápolis, se hallaba ubicado Fernando Cerda de la Mata, segundón tronado de linajuda casa española, que regresaba después de intentar su tercera aventura matrimonial en Buenos Aires.
Madame Samoilovich tenía la blancura lechosa y los ojos de un verde acerado de los rusos sin mezcla. Su mano regordeta, llena de sortijas, acariciaba el pelaje sedoso de un feísimo pequinés.
Dane escuchaba distraído la conversación, siguiendo con la vista las caprichosas espirales que dibujaba el humo de su cigarrillo. De todas las personas que lo rodeaban, la única que realmente le interesaba era mistress Billings a pesar de que le inspiraba cierta desconfianza su excesiva facilidad para reír. Por experiencia sabía que las mujeres que tienen la risa a flor de labio, aunque llevan el corazón forrado en amianto, ocultan un temperamento dado a extravagancias y fantasías románticas. Sin embargo, más de una vez había clavado en ella sus ojos con esa fijeza penetrante con que los hombres expresan la vehemencia de un deseo. Provocábale morder su boca en forma de corazón, entre cuyos labios de un grana encendido centelleaba la blancura exquisita de los dientes, saborear como una fruta en sazón la frescura luminosa de su piel cubierta de un sutil vello dorado que la envolvía en un halo áureo.
Aprovechando un momento en que el príncipe, asomado a uno de los ventanales, miraba un barco que pasaba en dirección opuesta, preguntóle con cierta brusquedad:
–¿De veras le parecen divertidos los cuentos del príncipe? Según tengo sabido, míster Billings ha cazado fieras en África; de modo que para usted ninguno de los relatos de Mariscotti le resultará novedoso.
–Ciertamente; pero Billings carece de imaginación. Además, el príncipe cuenta las cosas de una manera tan especial...
–¿Debo pensar que la ha seducido el encanto de ese Antínoo peninsular –inquirió Dane, sin cuidarse de que podía ser indiscreto.
–¡Oh, no! –replicó, riendo, mistress Billings, y agregó: –Es demasiado bonito para enamorarme de él.
Dane respiró aliviado. Aunque su entusiasmo por la americana era recientísimo, le hubiera disgustado saber que ésta sentía alguna predilección por el príncipe. Proponíase aligerar el tedio natural de toda travesía larga, flirteando con ella. Encontraba deliciosos esos amores de viaje que se olvidan en el primer puerto de desembarco, por lo mismo que duran lo que dura un beso, y son como éstos: picantes y frívolos.
–¿Subirá usted esta noche al puente? –preguntóle con maliciosa reticencia. –Habrá una luna espléndida, y podremos conversar de muchas cosas agradables. Si le gustan los relatos exóticos, le prometo agotar mi repertorio. Conozco algunos países, de los que usted quizá no tiene noticia. ¿Ha oído usted hablar de Bolivia? Allí ocurren cosas en extremo pintorescas entre los indios. Suba usted, pero sola; se lo ruego.
Las últimas palabras de Dane ahogaron la risa que vagaba en los labios de Mabel Billings. Repentinamente seria, con los ojos fijos en un punto indeciso del horizonte, repuso luego de una breve pausa:
–No sé... Quizá no pueda. De todos modos, vaya usted; creo que mi compañía no le será indispensable.
Dane iba a contestar, pero la presencia de la pequeña Samoilovich, que se acercaba a su madre en ese momento, lo obligó a callar. Era una niña de trece años, esbelta y blonda como una espiga, el rostro de una pureza exquisita y los ojos, haciendo contraste con los cabellos, obscuros y profundos.
Dane experimentó al verla una emoción de gozo y de inquietud, quizá de miedo. Al ver aquellos ojos recrudecía súbitamente su mal, el aojamiento que lo tenía embrujado, y su emoción fue mayor cuando la pequeña le acercó su rostro para que la besase en la frente. Al contacto de la piel suave y finísima, un escalofrío de terror supersticioso recorrió su cuerpo. Parecióle que volvía a besar la frente helada y dura de la Virgen del Buen Suceso, tal como lo hiciera de niño en sus momentos de éxtasis religioso.
Ceremoniosamente, con esa gravedad propia de los niños que no tienen compañeros de juego, la pequeña Samoilovich tomó asiento al lado de su madre. El príncipe se acercó a ella, y comenzó a acariciarle los cabellos con ademanes untuosos y lánguidos.
Dane miraba aquello como una profanación, doblemente nervioso porque era Mariscotti el que lo hacía. La niña mantenía los ojos bajos, en actitud reflexiva y quieta. El sol se había ocultado ya tras la línea pálida del horizonte. Súbitamente prendiéronse las lámparas, y un torrente de luz incendió los cabellos de mistress Billings. Buck despertó sobresaltado del sopor beatífico en que lo había sumido la digestión de los sandwiches. Se aproximaba la hora de vestirse para la cena. Madame Samoilovich fue la primera en marcharse. Haciendo tintinear sus collares y pulseras, se alejó seguida de su hija, dejando un vaho de fragancias orientales. De la Mata tomó del brazo a una tenniswoman inglesa que acababa de llegar, y juntos se fueron cuchicheando bajito. Poco después, mistress Billings se puso de pie. Le ofreció su mano a Dane, y le dijo, casi susurrando, para que no la oyese Mariscotti que estaba cerca:
–Esta noche preferiría bajar a los compartimientos de tercera. Si quiere usted acompañarme, iré a buscarlo al puente.
Y se fue, seguida del príncipe.
Dane continuó en su butaca, abandonado a una suerte de inquietud voluptuosa. La sorpresa del hallazgo de la pequeña Samoilovich, así como la expresiva invitación de Mabel Billings, se alternaban en su ánimo, causándole una picazón exquisita y cruel. ¿Qué le reservaba el Acaso en el viaje que realizaba? Podía descontar, por seguro, que la deliciosa americana le proporcionaría instantes inolvidables; cuanto a la niña, aun no podía distinguir la clase de sentimientos que lo inclinaban hacia ella. Sus ojos divinos eran iguales a los de la Virgen, y también a los de la jovencita cuya mirada hechizante sorprendiera al azar de un encuentro callejero. Vagamente presentía que estaba próximo a enamorarse con terrible vehemencia. Pero, ¿de quién? ¿De la niña, o de mistress Billings? En realidad, temía interrogarse al respecto; era mejor dejar que el destino resolviese la duda a su antojo. Aunque juzgaba chocante apasionarse de una criatura, no le parecía monstruoso ni imposible. Quizá era ese el remedio que necesitaba su mal: un amor libre de las torpezas del deseo, derramando su dulzura purificadora en su corazón.
Cinco minutos antes de dar las once, se peinó y recompuso el rostro frente al espejo. Perfumóse la boca, y vertió unas gotas de esencia en su pañuelo; luego salió, no sin haber llenado antes su petaca.
En el puente no había nadie más que el piloto de guardia. Es de advertir que su amistad con el capitán le franqueaba el acceso a este lugar, de ordinario vedado a los pasajeros.
No tuvo tiempo de cansarse esperando. Diez minutos después de su llegada, aparecía mistress Billings, vestida de soirée, con un chal de seda sobre los hombros, que apenas protegía del frío su blanquísimo escote. Él la ayudó a subir los últimos peldaños, y se ubicaron en un extremo del puente. Dane sentía que la turbadora fragancia de la americana se le subía a la cabeza y lo marcaba como uno de esos vinillos montañeses cuya inocente apariencia de oro liquido disimula su pérfida sapidez.
Una placidez infinita descendía del cielo cuyo azul parecía más teñido, a causa de la plateada luminosidad del mar. Dane y Mabel permanecían en silencio, dulcemente impresionados por la magia de la noche lunar, perfumada de hálitos marinos, llena de ese encanto misterioso propio de los espectáculos de la naturaleza. Mas, a medida que volaban los instantes, Dane sentía que aumentaba su embriaguez. Casi estaba seguro en esos momentos de que amaba a mistress Billings, y el ansia de confesárselo palpitaba apremiante en sus labios. Una emoción penetrante y fina estremecía su ser con leves escalofríos. Debía hablar, musitar en sus oídos las dulces letanías del amor, estrujarla contra su pecho y fundir en su calor el ampo de su escote. Cauteloso, deslizó una mano en busca de las de ella, y sus labios balbucearon, trémulos:
–Mabel, divina y terrible Mabel, la adoro a usted.
Una carcajada aguda, musical, que profanó el silencio nocturno, vertió un chorro de agua helada sobre su entusiasmo amoroso. Mordióse los labios hasta hacerse sangre, y no dijo una palabra. Juzgó que había llevado las cosas demasiado aprisa, y se reprochó como el peor de los delitos su falta de prudencia. Lo enardecía la idea de que ella lo encontrase ridículo, y se prometió enmendar cumplidamente la plana, aunque para ello tuviese que emplear mayor tiempo y paciencia que las que ordinariamente solía dedicar a sus conquistas.
El rostro de Mabel reflejaba una serenidad desconcertante. Como si nada hubiese ocurrido entre los dos, díjole, con perfecta naturalidad:
–Recuerde usted que ha prometido acompañarme a los compartimientos de tercera.
Dane se apresuró a complacerla, ofreciéndole su brazo. Recorrieron muchos pasillos, descendieron infinitas escaleras, hasta llegar al departamento de tercera.
Hedor a razas en absurda confusión, olor a trapos y a almizcle, a sudor y a ajos enrarecía el ambiente y picaba las narices. En un ángulo, sobre un montón de líos de ropas, un grupo chillón de gitanos ponía una nota colorida y espectacular; aquí, los italianos jugaban al «sotto e patrone», ahogando las voces; acullá, tendidos como reses cansadas, se hacinaban unos obreros alemanes. En el rincón más obscuro, formando coro, en cuclillas, alrededor de un músico, unos cuantos rusos escuchaban canciones lentas y graves, como coros de iglesia.
A pesar de la semiobscuridad, podíase distinguir claramente la cara del acordeonista. Era de una corrección impecable. Los cabellos renegridos y rizosos, brillantes y obscuras como zafiros las pupilas, la boca semejante a una herida recién abierta.
Dane experimentaba cierto malestar, en el que se mezclaba una poca de inquietud. Había advertido en la sombra el reflejo de unos ojos de fiera, que no se apartaban del escote de la americana. ¿Contemplaban con feroz codicia el sitio donde la piel es más blanca y tierna, o el lujoso pendentif que lo adornaba? Todo podía creerse, estando en aquel lugar. El hombre que devoraba a Mabel con sus pupilas de brasa era un gigantón de tez bronceada por el sol, cuya corpulencia imponía respeto.
Mabel, en cambio, gozaba con fruición del cuadro. Sus pupilas, que entonces coruscaban abrillantadas por una exquisita humedad voluptuosa, estaban pendientes del acordeonista. Su rostro también había cambiado; la emoción demudábale las facciones, y lo cubría de una palidez lunar.
Cuando el músico cesó de tocar, oprimió el brazo de Dane y le rogó, con voz velada:
–Tráigame usted al acordeonista; quiero premiar su arte maravilloso, ofreciéndole un regalo. ¡Oh, nadie ha logrado conmoverme tanto! Esa música llega directamente al corazón, y ofusca los sentidos.
Dane se resistió, con brusquedad, a satisfacer un capricho que no sólo consideraba impropio, sino arriesgado. El lujo de la americana podía excitar en aquella gente instintos de pillaje. Pero ella insistió, vehemente, nerviosa, y rozando casi sus mejillas con las suyas ardidas de fiebre, díjole, envolviéndolo en la caricia perfumada de su aliento:
–Haga usted lo que le pido, y le prometo... ¡todo lo que usted quiera!
Aquellas palabras pudieron más en el ánimo de Dane que los consejos de la prudencia. Sin detenerse a reflexionar, fuese en busca del músico y le trajo consigo al sitio donde aguardaba Mabel. Mas, al ver cómo se iluminaba el rostro de ésta en presencia del músico, y cómo despedían fuego sus ojos y su seno se agitaba cual si estuviese pronto a estallar, una cólera terrible se apoderó de él. Tenía ganas de abofetearla, de aplastar a los dos a golpes de puño, de pisotearlos. Para huir a la tentación que ya crispaba sus manos de furor vengativo, escapó, sin meditar que dejaba a su compañera expuesta sabe Dios a cuántos peligros.
Al atravesar un corredor, vio al príncipe Mariscotti, con las solapas del saco levantadas y una gorra encasquetada hasta las orejas, que se escurría cautelosamente en la obscuridad, seguido de una sombra.
Al día siguiente, a la hora de la cena, Mabel Billings reía con el pagano impudor de su risa, festejando las picantes ocurrencias del príncipe.
Dane la miró, irónico y pensativo. El reposo le había vuelto la reflexión, y le hacía juzgar las cosas con tolerancia y serenidad.
Sentíase tan avergonzado, y al mismo tiempo tan lleno de exaltación, que, a la postre, él mismo no sabía si debía dolerse o alegrarse por lo que hiciera momentos antes. Todo había sucedido de modo que no le dejara lugar a reflexionar.
Hallábase en una de las cubiertas, perezosamente tendido en una «easy-chair», cuando acertó a pasar por su lado la pequeña Samoilovich. Al verla, fue tan súbito y vehemente su deseo de hablarla, que la llamó, ofreciéndole un asiento junto a él. La niña le saludó con esa dignidad aristocrática y ceremoniosa que tenían todos sus movimientos.
En un francés levemente matizado de extranjería, Vera Samoilovich contestaba a las preguntas de Dane. Más que una niña de trece, parecía una señorita, por la discreción de su ingenio y la compostura de sus maneras. Dane sentía que, por instantes, alimentaba el placer que le producía la proximidad de la niña, aunque a veces lo desconcertase la fijeza con que lo miraban sus ojos purísimos, impregnados de una dulzura melancólica que acrecía su hechizo.
La charla transcurría ensoñadora y lánguida. Vera le contaba las horribles visiones que habían impresionado su espíritu infantil: la prisión y muerte de su padre, el conde de Samoilovich, los días de hambre y de horror en Petrogrado, luego la libertad de aquella pesadilla, y al fin los viajes y las correrías por el mundo, siguiendo el humor trashumante de su madre. Dane bebía sus palabras con el mismo encanto con que descansaba la mirada en el óvalo perfecto de su rostro, donde la boca semejaba una rosa sangrienta y los ojos dos pequeños lagos obscuros y profundos. ¡Oh la inefable dulzura que recibía de aquellas pupilas!
Momentos después se habían acercado a la baranda de popa, para contemplar la blanca estela que deja el barco en su marcha. Allí, solos y juntitos, sus escrúpulos cedieron en algo para dar paso a un ansia más fuerte que su voluntad. Casi inconscientemente, como siguiendo el dictado de una voz interior que prescindiese de su razón, dijérale que la amaba con palabras cálidas de pasión. Vera había recibido la imprevista declaración, con aire pensativo y grave, mas sin denotar sorpresa. ¿Sabía o adivinaba, acaso, lo que es el amor? Mas, cuando, loco ya, cubriera de besos rápidos y febriles su manecita de seda, sintiérala palpitar como una avecilla herida, al tiempo que sus divinos ojos se bañaban en lágrimas, y aumentaba su palidez.
La presencia de Mariscotti, que se había acercado sin hacer ruido, puso término a la escena.
Solo, luego había vuelto a tenderse en la «easy-chair», y soñaba despierto teniendo los ojos cerrados. Estaba próxima la hora de cenar, y ni siquiera pensaba en ir a mudarse de ropa. De pronto, oyó una voz, que le decía casi al oído:
–¿Por qué me huye usted, amigo mío?
Bruscamente devuelto a la realidad, abrió los ojos y se incorporó en el asiento con presteza. Era mistress Billings...
A decir verdad, todo hubiera esperado menos que la americana lo buscase, particularmente en forma tan amistosa. En efecto: después de aquella noche en que se sintiera burlado, huyera a las ocasiones de encontrarse a solas con Mabel. Así, tardó unos instantes en responder. Al cabo, dijo:
–¿Huir de usted, señora? ¿Cree usted que haya alguien capaz de negarse al placer de verla?
Mistress Billings se había sentado en la silla que ocupara antes Vera, aproximándola aun más a la de Dane. Abrigándose coquetamente con su cuello de piel, repuso con lentitud, entornando los ojos:
–Me encanta oír su voz. ¡Dice usted las cosas de una manera!...
–¿Como el príncipe? –le interrogó Dane, irónico.
–¡Oh, no! Usted lo sabe también.
Y apoyó su mano en el brazo de la silla, de modo que tocase la de Dane. Aquella mujer lo turbaba, enloquecía sus sentidos.
–Mabel, Mabel... –murmuró, con la voz enronquecida.
Ella no contestó. Con los ajos cerrados y la boca ligeramente entreabierta, parecía acometida de un desmayo.
Estaban solos en la cubierta. Dane se puso en pie, obligándola a hacer lo propio, y la llevó hasta la baranda. Allí, incoherente y pueril, le dijo mil cosas ardidas de pasión, cubrió de besos voraces sus cabellos, sus ojos, su boca, sintiéndose a su vez envuelto en sus sedas, su perfume, su temblor. Y he aquí que, de súbito, le pareció ver que Mabel se transformaba, adquiriendo el rostro y los ojos adorables de la pequeña Samoilovich.
–Vera, Vera mía, te amo; sólo a ti te amo –murmuró alucinado, perdida ya la razón.
La suspicacia de su instinto femenino, le reveló a Mabel que Dane amaba en ella a otra mujer, que buscaba en sus labios el beso de otros labios, y se sintió humillada y ofendida. Una llamarada de rencor incendió su pecho, y su mano breve injurió, certera, el rostro de Dane.
Asomado al «ojo de buey» de su camarote, Dane contemplaba maravillado el panorama de la isla encantada, donde las palmas elevan su tallo airoso, coronado en lo alto por penachos de verdura.
¡La Habana! Al conjuro mágico de este nombre, su imaginación revivía sensaciones y paisajes inolvidables.
Eran las nueve de la mañana. Concluyó rápidamente su «toilette» y subió a una de las cubiertas.
Dane se escurrió discretamente hacia el extremo más apartado de proa. Acababa de divisar a Mabel, entre míster Billings y el príncipe, curioseando infantilmente en aquella agitación humana. Estaba realmente encantadora con su vestido de muselina celeste, y un delicioso sombrero de paja en la mano, para lucir mejor sus cabellos de oro. Sin duda, el príncipe le refería alguno de sus cuentos extraordinarios, porque se la veía reír como en las grandes ocasiones. Dane no había olvidado lo sucedido aquella tarde, y al verla así, tan fresca y alegre, resucitó su rencor. Comprendía, ciertamente, que había cometido una torpeza, pero el ultraje que recibiera, aquel bofetón imprevisto y violento, le ardía como una herida rociada de sal. Nadie, jamás, llegara a semejante extremo con él. Era la primera mujer que se había atrevido a injuriarlo de ese modo. Lo peor era que estaba atado de pies y manos, como se dice vulgarmente. Exigir una reparación de míster Billings implicaba confesar su falta y, por tanto, colocarla en una situación comprometida frente a su marido, cosa que le vedaba su sentimiento del honor. No le quedaba más recurso que callar, o buscar el desquite valiéndose de la astucia. Lo que contribuía en cierta manera a desconcertarlo, era aquello de descubrir que, unido a su rencor por ella, sentía un ansia vehemente de gustar de nuevo la fruta dulce y jugosa de sus labios. Besarla una vez más, y luego olvidarla, confinar su recuerdo al archivo amoroso, suerte de osario sentimental donde yacían tantos nombres, que un día hicieran latir su corazón. Pero, ¿y Vera? ¿Acaso no amaba a la hermosa niña de los ojos de noche? La amaba, sí, mas con un amor tan puro que a él no se mezclaba la menor sombra de deseo. Su amor por ella tenía una pureza mística, algo de supersticioso, de inmaterial. ¿Podía, por ventura, amar de otro modo a quien por raro prodigio le evocaba la imagen de aquella Virgen que presidiera sus sueños y exaltaciones infantiles? No, sin duda. La reserva de la niña, que no le había dicho nada a su madre de lo sucedido entre ambos, le parecía a Dane el mejor indicio de que no le era indiferente, y con tan poco se contentaba.
Los chillidos de una mujer que se lamentaba de su mala suerte en jerga bilingüe, llamó la atención de Dane, particularmente porque había creído reconocer una voz que le era familiar. La escena sucedía cerca de la planchada de desembarco, y a juzgar por el agolpamiento de gente y las exclamaciones pintorescas que se escuchaban, debía ser interesante. Sin cuidarse de que iba a darse de manos a boca con Mabel, acercóse lleno de curiosidad al grupo. Lo que sus ojos vieron le pareció tan inverosímil, tan absurdo, que se negó a admitir la realidad, por más que no estaba ni dormido ni ciego. Madame Samoilovich, entre dos guardianes, era la que armaba la grita, resistiéndose a desembarcar. A su lado, igualmente acompañada por dos polizontes, Vera se mantenía en una actitud altanera, casi retadora. Había desaparecido de su rostro aquella expresión angelical que tanto lo embelesara, y la dureza del ceño denunciaba un temperamento asaz voluntarioso y enérgico. A pesar de ello. Dane no titubeó al pensar que se estaba cometiendo un atropello que le correspondía impedir. Sin reflexionar, violento y decidido, apartó a los que le estorbaban el paso, y se acercó a la rusa dispuesto a defenderla a ambas. El capitán se lo impidió, tomándolo de un brazo.
–Quite usted, hombre –le dijo. –Son dos pájaros de cuenta. Ya lo sabrá usted todo.
No, no podía ser. El capitán y todo el mundo padecía un error. ¿Cómo era posible que la dulce y lánguida madame Samoilovich, y el querubín de su hija, fuesen dos pájaros de cuenta, como acababa de decirlo?
–No, no puede ser –protestó con energía.–Están cometiendo una torpeza incalificable.
El capitán lo ciñó fuertemente entre sus brazos, para impedirle todo movimiento, y le dijo al oído:
–Lo siento, querido amigo, porque adivino que está usted enamorado de la pequeña. Pero consuélese pensando en que si ha perdido una aventurilla galante, ha ganado, en cambio, la integridad de su bolsa. La orden de captura está expedida en regla. Acaban de cometer un robo cuantioso en el Brasil.
La terrible verdad le cayó como una ducha helada. ¡Y el cielo no se derrumbaba, ni sucedía nada extraordinario! Anonadado, deshecho, se abandonó en los brazos del capitán. Éste siguió diciéndole al oído:
–Admírese usted: la angelical criatura de trece años, tiene diez y ocho en realidad, y es la más pilla y astuta de las dos. Esos ojos de querube, han presenciado, sin pestañear, escenas que harían ruborizar a un mozo de cuerda. ¡Mire usted a la mosquita muerta!
En tanto, habían logrado que la Samoilovich diera los primeros pasos en la planchada, y Vera se disponía a hacer lo propio. Desasiéndose de la presión de su amigo, díjole Dane:
–Déjeme usted que la vea una vez más. Jamás podré olvidar sus divinas pupilas.
Alcanzó, en efecto, a mirarla por última vez. Los ojos de Vera lo envolvieron en su ardiente humedad de un modo que hizo palpitar su corazón de angustia sollozante. Con ella moría un sueño dulce y casto.
Estaba próximo a llorar de rabia y de tristeza. Disponíase a marcharse a su cabina, cuando advirtió, fijos en él, llenos de maldad y de ironía, los ojos de Mabel Billings. Recibió aquella odiosa mirada como un chicotazo en pleno rostro. ¡Cuánta burla, cuánto desdén destilaban sus ojos maliciosos! Súbitamente despertó el rencor que sentía por ella, y el ansia violenta, implacable de vengarse, de hacerla llorar, de arrancarle una confesión plena, absoluta, de amor, crispó de furor sus manos y le hizo contraer la boca en una mueca feroz. La haría suya, costare lo que costase, y por el sólo placer de abandonarla después, humillada y rendida.
Silenciosamente giró la llave en la cerradura, y apareció en el marco de la puerta la austera figura de míster Billings. Mabel ahogó un grito y se apartó rápidamente de sus brazos. Muy tarde comprendió Dane que había llegado demasiado lejos en su audaz propósito. Estaba a merced del marido ofendido; podía éste matarle, como suele hacerse ordinariamente en tales casos, sin que le cupiera el derecho de defenderse. Recordó que no llevaba ningún arma, además, y un ligero escalofrío de miedo sacudió su cuerpo. No era cobarde, ciertamente, pero aquello de dejarse matar a sangre fría, hubiera hecho vacilar el ánimo mejor templado. Billings no apartaba de ambos sus ojuelos grises, ocultos detrás de unos enormes anteojos de concha.
–Caballero: estoy a sus órdenes –fue todo lo que alcanzó a decir Dane, después de unos instantes de embarazoso silencio.
Billings avanzó hasta el centro, cerrando antes la puerta, y dijo:
–Muy bien, señor. Mabel, te ruego que nos dejes solos –añadió, dirigiéndose a su mujer. –El señor Dane y yo tenemos que arreglar un asunto importante.
Mabel obedeció la orden de su marido sin decir palabra. Estaba palidísima.
Una vez solos, míster Billings, sin abandonar las formas de la más perfecta educación, le ofreció un asiento, y comenzó de esta manera:
–Señor: de más está calificar su falta. Pero no es su calificativo lo importante. Yo era feliz; llevaba una vida placentera y dichosa al lado de mistress Billings, que es una mujer encantadora, lo reconozco. Y bien, señor: usted se ha encargado de destruir mi dicha, irrogándome, además, un grave perjuicio. Supongo que usted tomará en cuenta lo que significa para un hombre de negocios un trastorno moral de la naturaleza del que usted acaba de ocasionarme.
Dane le escuchaba nervioso. ¿Adónde iba a parar aquel hombre con semejante exordio? Tal vez a pedirle que se suicidase, para evitarse nuevas complicaciones. Decididamente, el negocio se presentaba feo. ¡Buena la había hecho! También: nadie hubiera sido capaz de la tontería que él acababa de cometer. Eso de introducirse casi violentamente en el camarote de una dama, aprovechando la ausencia del marido, y –por qué no decirlo– la indiferencia de éste, que se pasaba todo el día lejos de su mujer, era una imprudencia mayúscula. ¡Y menos mal que mistress Billings no había protestado! Antes al contrario, una vez repuesta de la sorpresa, aceptara de buen grado sus requerimientos amorosos.
Billings continuó con voz solemne:
–Caballero: por todas las razones que acabo de exponerle, necesito, exijo una reparación.
No cabía nada que objetar. Era lo que correspondía, y a él no le quedaba otra cosa que aceptar las consecuencias de su falta.
–Nuevamente le repito que estoy a sus órdenes. Voy a retirarme a mi cabina para esperar sus padrinos.
Billings sonrió con ironía.
–No es esa la manera de arreglar un asunto de esta índole –dijo. –Ustedes los latinoamericanos, y discúlpeme si encuentra en lo que voy a decirle una ofensa, ponen remate a los negocios más graves de un modo absurdo, irracional. El honor les exige a ustedes sangre, mucha sangre para lavar sus manchas. Sé que podía matarle; me asiste para ello perfecto derecho, pero, ¿ha reflexionado usted en los disgustos y embrollos que tal acto me acarrearía? Me pondrían preso, dos meses por lo menos, hasta que se esclareciera el motivo de su muerte, y esto significaría para mí una pérdida cuantiosa que no estoy dispuesto a sufrir. Lo que voy a pedirle es lo natural, lo que corresponde lógicamente en estos casos: indemníceme usted, repare el perjuicio...
–Me he puesto a sus órdenes incondicionalmente –repuso Dane, desconcertado. –En fin, usted dirá lo que debo hacer.
–Me he informado respecto a su posición económica –repitió Billings. –Sé que tiene usted importantes documentos por cobrar en el Equis Bank of New York. Y bien: ponga usted su firma al pie de esta letra; es por diez mil dólares.
A pesar de que la situación era en extremo original –jamás había sospechado que pudiera ocurrirle algo parecido,– Dane reflexionó rápidamente que diez mil dólares era mucho dinero. Ya sabía con quién se las había. Aquel individuo, cuyo aspecto respetable parecía el de un clérigo austero, era un perfecto miserable, un chantajista. Completamente seguro de sí, díjole, mirándole con burlona insistencia:
–¿Y si me negara a aceptar semejante trato?
–Llamaría al capitán del barco para que verificase su conducta, y una vez llegado a Nueva York, se vería usted envuelto en un sensacional proceso de divorcio, siendo posible entonces que mistress Billings le reclamase a usted la correspondiente indemnización. Debo prevenirle que estamos en aguas americanas. Dentro de poco veremos la estatua de la Libertad, con su magnífica antorcha, que tiene miles de miles de bujías. Ahí afuera aguardan la camarera y el mozo de servicio, dispuestos a servirme de testigos. Toda vacilación está de más, caballero. Se ha dado usted el placer de turbar la felicidad de un hogar bien avenido, el de besar a mi mujer, con muy poca discreción, por cierto, en la cubierta, y ahora el de introducirse a mi departamento privado, donde, sin duda, han ocurrido cosas que lastiman mi dignidad... Firme usted, caballero.
Dane comprendió que la razón más vergonzosa asistía a Billings. Efectivamente, podía verse complicado en un asunto enfadoso. Era mejor transar, aunque no con respecto a la cifra.
–Ponga usted cinco mil dólares, y quedamos de acuerdo.
Billings insinuó una protesta que Dane atajó con un gesto enérgico, diciéndole al mismo tiempo:
–Cinco mil dólares, y no hablemos una palabra más del asunto.
Poco después, Dane firmaba con la estilográfica del americano, y se retiraba a su camarote.
Una aventura más, ¡pero, de qué laya, santo cielo! No sentía la pérdida del dinero, sino haber caído en el garlito tan ingenuamente. Ya estarían Mabel y su marido haciéndose la repartija del dinero que le sacaran. Ella se compraría una bonita joya, y cada vez que se la pusiera se acordaría de él, irónica y burlona.
Golpearon discretamente con los nudillos en su puerta.
–¡Quién! –gritó Dane desde el sillón donde estaba tumbado, lleno de mal humor.
Una voz harto conocida le respondió:
–Soy yo. ¿Quiere usted dejarme pasar?
Era lo que faltaba; que viniese ella a aumentar con su presencia el escarnio de su derrota. Por lo menos le diría cuatro frescas. Abrió. Mabel Billings entró sonrojada, con los ojos abrillantados, como si hubiese llorado.
–¿Viene usted a regatear la cantidad? –preguntóle Dane, brutalmente. –Pues le advierto que no daré un centavo más.
–Es injusto que me condene usted antes de oírme –díjole Mabel, con tristeza y dignidad a la vez. –He venido a devolverle su dinero, porque no acepto ser cómplice en un chantaje a usted. Billings... no es mi marido. Ahórreme usted toda explicación, porque resultaría en extremo penoso para mí. Le he obligado a devolver su documento. ¡Oh, él sabe que es arriesgado contradecirme! Y aquí lo tiene usted –concluyó, alargándoselo.
Dane la escuchó estupefacto. Si absurdo le había parecido lo ocurrido anteriormente, no menos absurda juzgaba la actitud de Mabel. Absurda e incomprensible:
–Y usted, ¿por qué hace esto conmigo? –le preguntó desarmado, sintiendo que su indignación había desaparecido completamente.
Mabel tardó en responder; al cabo de unos instantes murmuró con la vista baja, ruborizada hasta la raíz de los cabellos.
–Porque le amo. Admito que es una locura, pero… ¡es la verdad!
Iba a marcharse, pero Dane la retuvo y espolvoreó de besos apasionados sus ojos y su boca, musitando delirantes incoherencias.
Al descender la planchada, Mabel y Dane encontraron a Billings, quien les hizo un saludo profundo. Enamorados y dichosos, perdiéronse en el tráfago de la inmensa Babel, en pos de un restaurante donde se pudiera almorzar a gusto, para devorar luego un exquisito postre de amor en la intimidad de un departamento del «Biltmore»...
CARLOS PARRA DELRIEGO
1928
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026