La serrana
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XIII, No 480
Lima, 1917
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XIII, No 480
Lima, 1917
La locura fatal del pobre Sánchez Garzón fue meterse en cosas de política, decía el General contando a un grupo de amigos, en un ángulo del fumoir.
Tres veces heredero del vasto caudal; guapo y bienquisto de las damas; con el enorme cansancio de conocerlo todo, esta vez Manuel quiso ser diputado. Bien era cierto que en su familia una larga sucesión fue de políticos únicamente.
Sánchez acababa de llegar de Europa. Tenía un spleen que nada curaba. Frecuentaba los círculos sociales. Alquien pensaba en amorosos desengaños. Pero, yo que le conocía, comprendí la verdadera causa de su hosco aislamiento. Era el tedio que le roía. el tedio, mostruo amarillo que se posesiona de los hombres, y no los abandona, hasta que algo muy fuerte y muy hondo viene a desalojarlo. Por eso casi no me sorprendí, cuando me anunció que pensaba lanzar su candidatura por la provincia de X., en lo más oculto de la serranía.
Yo, su amigo confidencial, elegantemente ocioso entonces, quedaba de todo punto comprometido. Y como ciertamente tuviera por Manuel uno de esos afectos que arraigan en la infancia, me decidí a acompañarle y ayudarle en lo posible.
No pasaba un mes, cuando nuestro viaje estaba decidido.
Llevabamos cinco individuos, conocidos agentes electorales, aquellos que llamamos matones, para nuestro acompañamiento y guarda. En nuestro equipaje, integraban, además de nuestras armas de uso personal, cerca de veinte rifles; juegos de rienda, primorosamente trenzados; plateadas espuelas y pellones. Todo ello había de servirnos para obsequiar a los vecinos principales.
El pueblo se extendía al pie del río, en lo hondo de una quebrada muy cerrada. Era muy pintoresco. Los terrenos de cultivo tenían una simetría de cuadros de ajedres, vistos de los alto, desde el camino. Los árboles copudos, y la disposición rústica de las casas, completaban bellamente el paisaje. Escalando los cerros, los humildes bohíos de los pastores ponían una nota virgilianamente eglógica.
Nuestros alojamientos se dispuso en una de las mejores casas, vecinas a la subprefectura, en la plaza principal. Era una construcción colonial, de amplio patio, inmensos pesebres para las caballerías y salas de alto techo resonante, con puertas laboriosamente talladas. El balcón tenía una vista ilimitada, que se extendía más allá de los cerros nevados, cuyas cumbres confinan con el cielo luminoso y azul.
Todo salía a pedir de boca. Los mayores contribuyentes tornáronse asequibles a la poderosa insinuación del dinero. El pueblo de electores lo teníamos ganado con la cantina que se instaló, donde todos se holgaban de beber, sin gastar un céntimo. El subprefecto, el alcalde y el párroco, eran obligados comensales de nuestra mesa, donde paladeaban ricos vinos añejos, perfumados como frutas, y exquisitos condumios de invención francesa, que preparaba el cocinero que llevaramos nosotros, gozánndose como viejos romanos de la decadencia, con los placeres de la gula.
Sólo el tío Camilo –tal le llamaba el pueblo todo– el dueño de «El Palomar», hacienda de extensos pastales donde apacentaban incontables ganados, sólo él se obstinaba en no querer variar de opinión política. Era quizá el único apoyo de firme que le restaba al opositor.
Nada fué capaz de inducirle a un cambio. Agasajos, halagos, promesas, todo se estrellaba con la testarudez del buen viejo. Y a su firmeza no le iba en zaga nuestro empeño. Él debía presidir la Asamblea. Había que tenerle de nuestro lado, venciendo lo imposible. En tal desazón y conflicto, a Manuel se le ocurrió una idea arteramente cruel.
–Si sedujera a la hija del tío Camilo –díjome un día.
Aquello no lo tomé en consideración. Juzquele una broma de mi amigo. Mas él lo había pensado en serio. Además, María Luisa, que dichjo era su nombre, era una real moza. Tenía una frescura de manzana madura en las mejillas; azabachados y lucientes los ojos; óptimas y redondas las caderas, con un gracioso movimiento en los andares.
Sánchez llevó a cabo su plan. Comenzó el asedio; y como él fuera hombre arrogante y avesado en lides de amor, de ahí a poco rindióse la dama a sus artificios de galán.
¡Mal de su suerte fuera aquello! María Luisa se enamoró perdidamente de él, amándole con toda la fuerza ruda e impetuosa de la primera pasión. Surtió efecto el ardid sutil. El tío Camilo, a fuerza de encontrar oposición hasta en su hija, abandonó el bando contrario. Era nuestro por merced del perverso engaño. Reunida la Asamblea a su satisfacción, Manuel encontró demasiado largos los cinco meses pasados en el pueblo, y deseó cuanto antes marcharse. Lo esencial estaba hecho. Era candidato unipersonal. Para el día de elecciones dejaba a los cinco hombres que llevara. Arregló su viaje. Debía partir un día antes que yo.
Anochecido, fuese a despedir de la moza. Ella no le quiso creer. No pensaba que él pudiera irse sin llevársela, sin hacerla suya definitivamente. Mas cuando la verdad desnuda y dolorosa le fue revelada, sintió algo así como si de súbito, se le derrumbara en la cabeza una babélica torre de cristal, rasgándole los sesos y el corazón sus mil menudos fragmentos; y luego rogó, imploró. Acabó suplicándole que la consintiera a su lado como su querida. Ella comprendió al fin que aquel señorito, aristocrático y pálido, nunca podría ser su marido, como Juan que la amaba, desde que ella era pequeñita e iba a la escuela descalzos los pies.
Él la hablaba de volver, para consuelo. Mas todo aquello lo decía con el aire desdeñoso y fatigado de aquel que consigue un objeto y luego lo deja de uso.
Iluminanado entonces la confusión caótica de sus pensamientos, floreció en su mente el botón bermejo de una idea de venganza, clavándosele tercamente, cual si la hubieran prendido con un alfiler. Cesó de llorar. Cerránronse sus labios con un gesto esfíngico. Sólo sus ojos decían la tragedia interior.
Manuel partió. Le veía ascender el cerro por donde va el camino. La granja de María Luisa era frontera. De pronto –aquello lo recuerdo como si fuera ayer– una bala rasgó el aire, silbando largamente en la quebrada. El jinete rodó describiendo círculos grotescos de pelele que se arroja hacia el abismo.
Y en el balcón de la granja la serrana, dando un grito pávido de horror, dejó caer de sus manos trémulas el arma que aún humeaba...
CARLOS PARRA DEL RIEGO
1917
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026