Laura se casa
Carlos Parra del Riego
La Revista Semanal, Año VII, No 250
Lima, 1934
Carlos Parra del Riego
La Revista Semanal, Año VII, No 250
Lima, 1934
Laura: joven, enérgica, inteligente. Un verdadero «enfant terrible» durante la niñez, y más tarde, una muchacha que pretende saber lo que hace.
Una tía vieja, muy anticuada, la sirve de tutora.
Diversas escenas en casa de Laura.
LAURA.— ¡Dios mío, estoy rendidísima!
LA TÍA.— No sé por qué. No has hecho nada en toda la tarde.
LAURA.— Pues, por eso. Tengo el cansancio de no haber hecho nada.
LA TÍA.— Deberías arreglarte un poco. No tardará en llegar tu novio. Sería inconveniente que te encontrara de esa facha.
LAURA.— Querida tía, una mujer bonita siempre está bien, aunque no lleve nada encima.
LA TÍA.— Niña, por Dios, ¡qué lenguaje!
LAURA.— Además, no importa que él me vea tal cual soy. ¿No va a ser mi marido mañana? Bueno es que se vaya acostumbrando a verme en la intimidad.
LA TÍA.— No lo entiendo. La verdad es que las jóvenes de hoy en nada se parecen a las de mi época. Ayer nos acicalábamos mucho para recibir al novio.
LAURA.— Es que antes se cotizaban mejor los novios. Hoy por uno que se pierde, se encuentran cien de reemplazo.
LA TÍA.— Es horrible que hables así. ¡Qué ideas, qué zafaduría para expresarse! No parece que te hubieras educado en San Pedro, y menos que pertenezcas a una familia intachable. Tu madre, mi pobre hermana, hubiera sufrido mucho con tu lenguaje.
LAURA.— Pero tía, ¿es posible que no podamos estar dos minutos juntas sin que me sermonees? Todo te asusta, todo es malo, inconveniente, grosero ¡qué se yo! Si a mi futuro le da por parecerse a ti, me divorcio inmediatamente. No puedo sufrir que me hagan objeciones a cada paso. Créeme: cuando me marche te recordaré muchísimo, pero no desearé volver a tu lado.
LA TÍA (quejumbrosa).— Esa es la recompensa que merecen mis desvelos. Sí; sé muy bien que no me quieres ni un poquito.
LAURA.— Vamos, tiíta: tengamos la fiesta en paz. Déjame que diga lo que quiera sin hacerme caso, Yo no creo ser ni peor ni mejor que las demás. Lo que pasa es que las costumbres han variado. Hoy se piensa libremente y se habla con franqueza.
LA TÍA.— Yo me callo. No diré lo que pienso al respecto.
Pausa.
LAURA.— ¿Has encargado que embalen los libros de mi bibliotequita?
LA TÍA.— Pero, en serio ¿piensas levar libros?
LAURA.— Naturalmente. De otra manera me aburriría muchísimo. Los que dicen que las navegaciones largas son muy divertidas, mienten o no han viajado nunca. Los primeros días, todo es muy interesante. Pero luego que se ha recorrido el barco desde la primera cubierta hasta la última cala, y se conocen los defectos de los pasajeros, el hastío es horrible.
LA TÍA.— Ten en cuenta que es tu viaje de bodas el que vas a realizar, que te acompañará tu marido...
LAURA.— ¿Crees que por eso me aburriré menos? Error, tía, error. Tú sabes, además, que Luis no es muy entretenido que digamos. ¡Como para divertirla a una con ese humor seriote!
LA TÍA.— Por más que quiero contenerme, no puedo. Me duele oírte hablar así de tu futuro marido. ¿Acaso no le amas?
LAURA.— Lo tolero. Como que me caso con él...
LA TÍA.— Si no le quieres, no deberías casarte. La ausencia del verdadero amor es la causa principal de la infelicidad del matrimonio.
LAURA.— No lo creas. El amor es lo que menos cuenta hace en el matrimonio. Las gentes se casan por interés, por conveniencias sociales, y eso tal vez sea lo sensato. El amor en su esencia es tan libre que ante la sola idea de que existe el deber de conservarlo, desaparece. ¿Cómo puede existir amor entre dos personas obligadas por la ley y la religión a amarse? Imposible...
LA TÍA.— Jesús, tres veces Jesús. Siguiendo esas ideas, el amor debe ser clandestino. Ten presente antes de decir tales horrores, que soy una mujer respetable.
LAURA.— Escúchame bien: el amor no es clandestino ni inmoral, cuando es fuerte y verdadero. Todo se transforma, querida tiíta; todo menos tú, naturalmente. Te has quedado en tu época.
LA TÍA.— Bendito sea Dios que me ha conservado en mi época, como dices tú. Antes no nos permitían leer esos libros que te han vuelto la cabeza a pájaros.
LAURA.— Sí, lo sé. Devocionarios y manuales de cocina eran las únicas lecturas permitidas a una niña honesta. (Riéndose a carcajadas). ¡Buena me pondría yo con semejantes lecturas! Conque, zapallitos rellenos y oraciones a San José para que no se le vuele a una la cabeza, ja. ja.
En el momento en que la tía se dispone a replicar, entra la criada precediendo a María Luisa Terrero. Es una de eses amigas que se llaman íntimas, porque se creen con derecho a confiscar nuestras vidas, interviniendo en nuestros asuntos. Que es joven y se la puede considerar bonita. Después de los saludos obligados, pasan al «budoir» de Laura.
MARÍA L. (ofreciéndole un cigarrillo a Laura, en una deliciosa pitillera de platino).— ¿Quieres? Son riquísimos. Es una marca nueva. Tienen un perfume exquisito. Me los regaló Carlos.
LAURA.— Claro que sí pero voy a cerrar la puerta para que no entre mi tía. Está de un humor insoportable. Toda la tarde se la ha pasado gruñendo.
MARÍA L.— ¿Te han traído algo nuevo?
LAURA.— ¡Pchs! Casi nada. (Se acerca a un maniquí que lleva puesto un traje de soirée, y lo hace girar). Este me lo trajeron ayer. Como tú ves, es exquisitamente sencillo.
En las caras de ambas se refleja la muda y reconcentrada atención que ponen las mujeres ante los trajes, y los hombres ante las mujeres.
MARÍA L.— Lindísimo, pero yo le haría quitar un poco de vuelo. ¿La hiciste hacer ese arreglo a tu traje de novia? Supongo que no te prenderás el velo como esa cursilona de Marta. (Cambiando de tono). La verdad, hija, es que sólo ahora me convenzo de que te casas. Esperaba de un momento a otro que todo lo echaras a broma. ¡Mira que casarse sólo por cumplir una apuesta! Y bien: la has ganado, pero no sabes aún si pierdes al ganarla.
LAURA.— ¿Por qué? No creas que lo hago sin reflexionarlo. El matrimonio siempre tiene una puerta de escape.
MARÍA L. (con tímida audacia).— ¿El... adulterio?
LAURA.— No, hija no. El divorcio.
MARÍA L.— ¡Hum! Después de todo no debe ser muy agradable eso de casarse sin amor. Tener siempre al lado a un hombre a quien no se ama...
LAURA.— ¡Bah! esas son antiguallas.
MARÍA L.— Eso mismo decía Luchita la víspera de su boda. Después se convenció de su error, pero ya era tarde para enmendarle. Había olvidado que hay una sola cosa que no procura el dinero: el amor, y que esa sola cosa es lo único que embellece la vida.
LAURA (pensativa, tal vez tocada en lo íntimo).— Es posible que sea como tú dices... De todas maneras, has dicho cosas muy hermosas. Pero, tú tampoco amas a tu novio. Me lo confesaste una vez.
MARÍA L.— Lo que se dice a raíz de un enfado, no debe tomarse en cuenta. Esa tarde tuve una escenita con Juan. Pero, le quiero, le quiero muchísimo.
LAURA.— Si te digo que sólo pude amar una vez y que ese amor murió en retoño, no me creerías. He tenido muchos flirts ¿pero qué otra cosa es el flirt que una esgrima del ingenio en la que no interviene para nada el corazón? Así, pues, no me aguarda ninguna desilusión en el futuro. Todo lo espero,y a todo me conformo. Mejor dicho: desafío lo porvenir.
La criada anuncia la llegada de un visitante inesperado. Es Alberto, primo de Laura, aquel a quien aludía poco momentos antes, cuando afirmaba que su único amor murió en retoño. Laura se turba, no sabe qué hacer, María Luisa la mira intrigada y curiosa. La criada espera en silencio.
LAURA.— Pero ¡está allí? Te ha dicho, de veras, Alberto Lazarte? ¿No has confundido el nombre? ¿Le dijiste que estaba aquí? Bueno: hazle pasar a la salita, ¡Qué hacer, Dios mío!
MARÍA L.— Me marcho. Mañana vendré temprano para ayudarte en tu «toilette».
LAURA.— No, por Dios, no ta vayas. Acompáñame, te lo ruego. ¡Si supieras! ¡Qué violentos contrastes ofrece la vida! No hubiera querido volverle a ver, y menos en esta ocasión.
MARÍA L.— El amor se venga cruelmente de los que no creen en él.
LAURA.— Calla, por Dios. No me digas nada. Acompáñame. Sea lo que Dios quiera. Es peligroso ir contra el Destino.... Y tal vez el Destino acaba de deshacer mi matrimonio por compromiso.
CARLOS PARRA DELRIEGO
1934
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026