La vuelta del pasado
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XX, No 870
Lima, 1924
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XX, No 870
Lima, 1924
El pasado volvía, turbando la quietud egoísta de sus sueños maduros; volvía con su carga de recuerdos punzantes, de dolores viejos y tristezas muertas. Ernesto Morín, con la carta entre las manos, reflexionó hondamente. ¿Podía acaso, rechazar la súplica postrera de la muerta? No, ciertamente. Pero, a su vez ¿no estaba en el derecho de hacer oídos sordos a todo lo que se relacionara con ella? El dilema era cruel, angustioso, apremiante. Buscando la manera de decidirse por una u otra determinación, retrocedió en el tiempo hasta los primeros años de su matrimonio. Recordó, un si no es conmovido, los días románticos de su noviazgo. El tenía 21 años y ella apenas diez y siete. Se juraron amor eterno, mirándose en los ojos, viviendo por momentos, más allá del mundo y de las cosas. Luego, la ceremonia nupcial, la luna de miel y la prolongación de ésta, que ella se encargó de interrumpir abandonándolo. Sí, él no podía acusarse de nada en su vida conyugal. Fue bueno, con esa bondad de los que aman de veras, hecha de sinceridad, de abnegación y de confianza. Estaba, pues, exento de remordimientos.
Sin querer, dejóse arrastrar por la melancolía de los recuerdos. Se vio, ansioso, enorgullecido de amor, junto a la cuna donde dormía su hija -la misma que ahora volvía a él, cual una intrusa- y sintió casi, pegada a la suya, como otrora, la cara de «ella». ¡Su hija! Era apenas un muñeco de dos años, cuando la vio por última vez. Y ¡qué linda le parecía entonces, y cómo la adoraba! Meditó amargado sobre lo que pudo ser su vida, si «ella» no lo hubiese abandonado. ¡Oh, sí! Él tendría un hogar, con risas de niño y tibiezas de nido. Pero Dios o el Destino no le depararon tal ventura. ¿Qué fue su vida desde el día en que «ella» lo abandonó? Al principio, un dolor tremendo, de esos que acoquinan y embrutecen; luego, frío, egoísmo, la nada en su corazón.
Aun a riesgo de causarse nuevas tristezas, revivió la última escena de su desventurado romance. Como en las novelas, él lo ignoraba todo. ¡era tan bueno, tan confiado, además!...
Un día salió de viaje, obligado por las circunstancias. Se separó de los suyos con grandísima pena; y cual si hubiera presentido el futuro inmediato, la besó con tristeza húmeda de lágrimas, y besó también a su hija, con un desgarramiento de infinita ternura. Después vinieron las cartas, las cartas engañosas; luego las que se escriben con desgano, por salir del apuro, y al fin, la nota breve, seca, concisa, anunciándole la huida para buscar una felicidad quimérica que él no supo darle.
Mas vinieron los años cicatrizantes, los años que todo lo borran, aun lo que parece indeleble en la memoria. Y él olvidó, porque puso todo su empeño en ello, llegando por tal camino a la indiferencia absoluta. De aquel paréntesis sentimental de su vida, conservó un retrato de su hijita. Él mismo no sabía explicarse por qué había guardado eses retrato, cuando su intención fue romper o destruir lo que pudiera significar un vínculo con el pasado. Después de todo, pensó, un retrato de niño es una bella imagen que no lastima a nadie. Por otra parte, no le daba ningún valor emotivo.
Releí la carta con mayor atención. Decía, lo que se dice en tales casos: súplicas de perdón, para los yerros cometidos, por los padecimientos sufridos, y al fin, lo definitivo, lo que lo tenía caviloso y preocupado: el encargo de recibir y cuidar de la hija de ambos. Relacionando fechas, pensó por primera vez en que su hija, la desconocida, era ya una señorita de veintiún años. El deseo de conocerla, casi tanto como el mandato de la compasión, lo decidieron a aceptarla a su lado. Sin darse el trabajo de pensarlo mejor, y excusando su flaqueza con la idea de que salvaba de la miseria, tal vez del vicio, a una criatura humana, escribió, contestando que «podía venir».
Se tumbó después sobre el respaldo del asiento, y dejó vagar la mirada, pensativo y melancólico.
Parada en el umbral de la puerta, tímida, casi balbuciente, pronunció:
–¡Papá!... ¿Es usted mi papá?
Dio un vuelco en el asiento. Lívido, conmovidísimo, volvióse a mirar a quien así le hablaba. Aquella voz, aquellos ojos, le recordaban demasiado vivamente a la «otra», a la que él creía desaparecida para siempre en su memoria. Por un momento sintió que el corazón se le subía a la garganta. Era el pasado que volvía, llamando a las puertas de su corazón.
–¡Sí, soy yo!... ¡Pase usted ¡entra, hija mía! –dijo, reponiéndose un poco.
Se acercó a la muchacha, la tomó con dulzura de las manos, y la atrajo al sofá. Mirándola de cerca, le pareció aún más saltante la semejanza con la muerta. La forma de la cara, la boca, los cabellos endrinosos y brillantes y aquella manera de mirar, soslayada e ingenua, eran de su mujer. Era un sarcasmo feroz del destino, devolverle en su hija, al cabo de tantos años, la imagen de la que él quiso olvidar para siempre.
Ninguno de los dos se atrevía a romper el embarazoso silencio.
–¿Luisa, no?
–Sí, Luisa, pero todos me llaman Lucita.
Él contuvo la pregunta en los labios. ¿La llamaría «ella» así?
Hubiera querido ser más explícito y hablar claramente con su hija, interrogarla sobre una multitud de detalles relacionados con su vida anterior, con su instalación en su casa; pero juzgó prudente dejar esas cosas para después.
–Bien -dijo. –Ahora subiremos al piso alto donde he ordenado que preparen tu habitación. Espero que no tendrás que quejarte de nada.
–¡Oh, no, papá!; es usted... eres muy bueno.
–¿Has traído equipaje? –preguntó.
–Sí; aquí tengo las fichas. Dos baúles con recuerdos familiares de los que no he querido separarme. He dejado en el hall, además, mi valija de mano.
–Bien, bien. –extrajo su reloj del bolsillo y consultó la hora. –Son las doce menos cuarto –la dijo. –Tienes tiempo para arreglarte y descansar un rato, si lo deseas. Aquí almorzamos a las doce y media.
Tocó el timbre y le ordenó a la criada que la condujera a su habitación.
Cuando estuvo solo, no sabía si arrepentirse o congratularse por lo hecho. Al punto comprendió que, por lo menos, durante los primeros días, no podría mirar a su hija con agrado, ni siquiera serenamente. Era demasiado parecida a su madre, en la época en que la conociera y la amara. Sí, así fue «ella»; sin nada que añadirle ni que quitarle. Por otra parte , preocupábanle sus nuevas e imprevista funciones paternales. Habituado a las libertades de los solterones, se la hacía violento acomodar su tiempo, cambiar, en suma, de método de vida. Porque, aunque no era desarreglado en sus costumbres, placíale recibir de cuando en cuando, visitas de actrices y de bohemios, de toda esa gente que pertenecía a su mundo, y en el cual, aunque retirado, continuaba viviendo todavía.
A la hora del almuerzo, volvieron a encontrarse frente a frente. Morón advirtió que su hija tenía mucho señorío en sus modales. La charla, por más esfuerzos que hacían ambos, no llegaba a adquirir ese tono de confianza, propio de las personas íntimamente unidas por la sangre. Él estaba cohibido, luchando con su embarazo, pues comprendía que sin quererlo, su actitud correcta y mesurada le hacían daño a su hija.
Después del café, la tomó del brazo y la acompañó a recorrer la casa. Una por una le fue enseñando las habitaciones. Pasaron del saloncito de música a la biblioteca, se asomaron a la terraza y luego bajaron al jardín. Este, aunque no era muy grande tenía muchos y muy bellos rincones, ocultos entre árboles de espesa fronda. Bajo su brazo, sentía la presión cariñosa del de su hija. Conmovido por la dulzura melancólica del sol invernal, sintió que por un momento se olvidaba de todo, para pensar únicamente en que tenía a su lado a su hija, a la que sería en adelante la compañera de su vida.
–Esto es bellísimo, papá –exclamó Lucita entusiasmada. –Yo siempre he soñado con una casita con jardín.
–Pues ya tienes realizado el sueño.
Sonrió con melancolía, mascó nerviosamente la punta del cigarro, y lo arrojó en seguida.
Terminaron el paseo antes de lo que pensaron.
En la biblioteca, Morín la dijo:
–Eres ya una señorita, y supongo, por lo tanto, que usarás con medida la libertad que te doy. Para todo lo que necesites, recurre a María, la criada, o si lo prefieres, a mí.
–¡Gracias, papá! -murmuró ella, impresionada, casi tanto por la dádiva como por el tono frío con que se la ofrecía.
Uno con otro fueron hilvanando los días, en aquellas existencias tan vinculadas y desunidas al mismo tiempo. Aparte de las horas de las comidas, raramente veía Morín a su hija. Y, aunque Luisa era poco menos que una huéspeda en casa de su padre, advertíase en ella la presencia de una mujer. Los búcaros con flores nuevas, el arreglo de la mesa, un cierto no sé qué, coquetón y mujeril, delataban la exquisita diligencia de unas manos femeninas. Morín parecía no advertir esto, o en último término, pasábalo por alto. Se mantenía en su actitud mesurada. Y es que no se libraba de ver en su hija la imagen de la «otra».
Habían transcurrido diez días y las cosas continuaban para ambos como al principio. Al atardecer de un día mojado y lancinante, Luisa se sentó al piano para aliviar la tristeza que pesaba sobre su corazón. El frío que le comunicaba su padre a aquella casa, aumentaba su soledad. Dejó vagar los dedos por el teclado sonoro; luego, acordándose de su madre, comenzó a tocar uno de esos aires populares de Grieg, a los que era muy aficionada la pobre muerta. Sus dedos imprimían a las notas extraña dulzura. Creía ver sobre el atril del piano, la cara melancólica de su madre.
La presencia intempestiva de Morín, la sacó bruscamente de su éxtasis piadoso.
–-¡Oh, por favor... no toques eso!
Se quedó perpleja, sin saber qué actitud tomar.
–¡Perdóname –balbuceó confusa, –no creía que te disgustaba la música!
Morín estaba pálido.
–Sí, en efecto: no me disgusta..., pero Grieg es insoportable.
Ella adivinó la causa de tal disgusto. ¿Acaso no era aquella la música favorita de su madre? Comprendió que el rencor de su padre se reavivaba con el recuerdo.
Cuando Morín la dejó sola, reclinó la cabeza sobre el piano y rompió a sollozar. Aquello era demasiado para su sensibilidad. Estaba dispuesta a pasar trabajos, a soportar las peores humillaciones, aun las más crueles, siempre que vinieran de extraños. De su padre no podía tolerar el desamor, ni menos el odio que éste profesaba a la memoria de su madre.
Aquel incidente unido a otros muchos igualmente simples, mas no por eso menos crueles par ambos, determinaron a Morín a enviar a su hija a un pensionado de señoritas en el extranjero.
Cuando se lo propuso, ella le replicó, sin dejarlo continuar:
–Iba a pedirte, precisamente, que me dejaras volver. Acepté venir a tu lado, porque mamá me lo pidió agonizante. Sólo por eso vine. Presentía tu odio, el rencor que le guardas a mi madre, y que yo no puedo sufrir, porque era el único ser que me amaba de veras. Me odias porque me parezco a ella, porque mi cara, mi cuerpo, mi voz y mis ojos, son como eran los de ella, cuando... se fue de tu lado.
Se interrumpió para llorar, ocultando la cara entre las manos. Siguió hablando, trémula, sollozante:
–Pero, sábelo de una vez: era buena, casi una santa. Si cometió... un pecado, muy caro lo pagó después. Sufrió mucho, muchísimo; su arrepentimiento conmovería a las piedras. Y me enseño a amarte y a respetarte. Paso por paso seguimos tu vida, al través de informaciones de toda índole. Sabíamos dónde estabas, cuáles fueron tus triunfos y cuáles tus amarguras; conocíamos a tus amigos, y yo te quería ya, porque ella me repetía siempre que eras bueno...
Añadió, sarcásticamente:
–Se equivocaba la pobrecita. En tu corazón seco y frío, no hay cabida para la ternura.
Morín temblaba, mudo, pálido. Aquella inesperada revelación lo conmovía profundamente. ¿Sería posible, ¡Dios Santo! que lo hubiese amado aun después de abandonarlo?
–Pero, ¿de veras... es cierto que se acordaban ustedes de mí? –balbuceó.
–Sí, por desgracia –replicó sordamente. –Ahora déjame que me vaya; dispón lo necesario para mi viaje. Será lo único y lo último que te pida. No oirás hablar más de mí. Volveré a la modestia y al silencio en que he vivido siempre; pero volveré tranquila, libre de tu odio y de esta soledad rencorosa que me rodea.
Los sollozos quebraron la voz en su garganta.
Morín sintió que de lo íntimo de su ser surgía un extraño sentimiento, mezcla de compasión, de ternura y arrepentimiento.
Aquella mujercita emocionada, que le echaba en cara su dureza con palabras severas y dignas, era su hija, carne de su carne, la misma criatura gordezuela y sonriente del retrato que guardaba.
¡Insensato rencor, insensato orgullo que le cerraba las puertas de su propio corazón, impidiendo que hasta él llegara purificador y dulcísimo rocío de lágrimas!
–¡Hija mía, –sollozó –perdóname, porque yo también he sufrido mucho. He sufrido mucho, porque mucho la amé, porque las amaba... ¡Si vieras cómo pensaba en ti cuando eras pequeñita! No podía ver a un niño sin que el corazón se me oprimiese. Y los adoraba, porque en cada uno de ellos te veía. Hay cosas que sólo alcanzarás cuando seas madre; entonces volverás a vivir en tus hijos. El amor a los hijos, el amor a los seres que creamos, hecho de abnegación y de orgullo, tenía en mi corazón raigambres de un exquisito sentimentalismo. Déjame que te lo repita otra vez: las amaba apasionadamente. Tú y tu madre erais los únicos seres que existían para mí sobre la tierra. Cuando jugaba contigo, era como un niño grandullón, cuyas travesuras extraordinarias provocaban tus risas. ¡Con qué alegría te llevaba sobre mis hombros, y cuánta era mi dicha si lograba arrancarte gritos de júbilo! Por las noches, viéndote dormir, con esa expresión inefable que tienen los niños cuando duermen, pensaba en Dios y lo bendecía, por la miel de ternura que derramara en mi corazón. Alguna vez te acunaba entre mis brazos rudos, para que tu cuerpecillo frágil y sonrosado como pétalos de rosa, le comunicara a mi pecho su tibieza de ave. Mudo de asombro asistía al maravilloso despertar de tu inteligencia. Todo te llamaba la atención. Cogías los objetos con tus manecitas torpes, y los mirabas y remirabas con los ojuelos brillantes de curiosidad. Cada objeto, cada cosa, tenía para ti revelaciones sorprendentes. Luego aprendiste a distinguilos y a llamarlos con diversos nombres. En tu vocabulario balbuciente y delicioso, figuraban las más grotescas y encantadoras glosolalias. Luego aprendiste también a querer. Acaso fui yo, tu buen compañero de juegos, el preferido. Y es que todo lo mío era tuyo. Buena cuenta dabas de mis libros, de mis plumas, de mis papeles para escribir aquellos lindos garabatos con que le pedías a Dios juguetes y dulces.
En mis noches de vela pensaba siempre en ti, hija mía. Paso por paso seguía tu existencia en el futuro.
Veíate crecer, lozana y fresca como una flor, esparciendo en mi espíritu calor y fragancias primaverales.
Y un día me dejaron solo... Todo lo perdí en un momento: hogar, esposa, hija.
Espantado del frío de soledad que puso el dolor en mi vida, busqué inútilmente el al rimo de ajenas ternuras, las que me robaron... Luego, el enardecimiento de la lucha cotidiana, la amargura de mis desastres y el cansancio de mis triunfos, lapidaron mi corazón: una capa de polvo y de ceniza lo cubrió. Sin embargo, ¡oh humana flaqueza!, cuando veía a una niña, preguntábame, inquieto:
–¿No será ésta la mía?
Y yo mismo me respondía:
–¡Quién sabe!
Pero olvidaba en seguida, porque quería olvidar. Toda mi fuerza residía en eso: en no querer acordarme del pasado. ¿Comprendes ahora? Luché conmigo mismo antes de recibirte. ¿Cómo aceptar en la intimidad –decíame– a un ser casi extraño, educado en escuela de odio hacia mí? Además, cuando te vi, creí ver a tu madre, y con ella, el pasado redivivo. Pero ahora que has reanimado mi corazón infundiéndole calor y dulzura, soy yo el que reclama piedad...
La tomó de las manos y la besó en la frente. Sentíase descargado de un gran peso, cual si de pronto hubiera echado de sí una carga que le oprimía.
–Quédate conmigo, hija mía. Tú serás el báculo de mi vejez. La vida sólo es bella cuando amamos de veras. Si aún me guardas rencor, perdóname y olvida, como perdono y olvido yo.
Ella murmuró bajito:
–¿Papá..., papá!... ¡Qué bueno es sentirse querida!
CARLOS PARRA DEL RIEGO
1924
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026