Lógica
Angélica Palma
América: revista mensual ilustrada, Tomo VI, No III
New York, 1911
Angélica Palma
América: revista mensual ilustrada, Tomo VI, No III
New York, 1911
A juzgar por lo entrecortado de la voz, lo patético de los ademanes y los pucheros monísimos que le contraían la boquita de fresa madura, grave y trascendental debía ser el asunto que Nita (Susanita para los míseros mortales no honrados con su intimidad) exponía a la benévola acción maternal; no se trataba de disgustillos de menor cuantía como las contusiones de pronóstico reservado de la muñeca preterida, o la resistencia airada de Micifuz para chapuzarse en un baño perfumado, o el capricho de la nodriza de Bebé de no dejarlo comer el bizcocho que Nita le ofrecía con el poderoso argumento de que, puesto que tenía ya dos dientecitos, nada tan justo y natural como hincarlos en las golosinas; no; era algo más serio y delicado, algo verdaderamente digno de preocupar a una señorita de cuatro años; el canario que papá le compró hacía ya un porción de días no cantaba por nada de este mundo; y eso que ella se pasaba las horas muertas delante de la jaula besándose la manita con beso prolongado y ruidoso, o frotando con toda su fuerza un corcho por la superficie humedecida de una botella, o cantándole cosas bonitas y... nada; todos esos procedimientos de reconocida eficacia, según respetables autoridades en la materia, resultaban completamente infructuosos; y mucho de decirle a ella que tuviera paciencia y que esperara otro poquito y que mañana y que pasado y que muy pronto... y ella estaba viendo que nunca iba a cantar. Y acentuó la amargura de la frase, proferida entre sollozos con un movimiento trágico de su bracito hoyuelado.
Con mimos y promesas esforzábase la mamá en consolar a su nena afligida; pero hubiera tenido lloriqueo para rato sin la oportuna llegada de una gentil muchacha que, inquiriendo bulliciosamente la causa del llanto de su sobrina, entró, linda y riente como un rayo de sol, ataviada con frescas galas de verano y amplio sombrero de paja oscura, sobre cuya ala derecha, muy caída, se destacaba su perfil suave. Sin interrumpir el interrogatorio besó a su hermana mayor, la madre de Nita, le arrebató de los brazos a la chiquilla, se instaló con ella en un divancito, le enjugó los ojos con un pañuelo perfumado, que sacó de una bolsa de cuero con broche de oro mate y la dejó tranquilizada y contenta con este persuasivo discurso:
–Por lo que me cuentan, mi señorita sobrina y tocaya, veo que no había motivo para escandalizar el barrio con esa gritería; el asunto es muy sencillo y lo arreglaremos en un periquete; todo consiste en que tu pobre pajarito, como aquí no oye los cantos de otros, se aburre y se fastidia y no le quedan ganas de decir este pico es mío; en casa, como hay un enjambre, trinan y gorjean que es una bendición de Dios, y te voy a mandar al más alborotador de todos, un jilguero precioso que me han obsequiado...!
–¿Quién, hermanita?
–La pregunta es tan indiscreta como inoportuna y no tiene nada que ver con la interesante cuestión de que hablamos tu hija y yo... Como te decía, muñeca, mañana mismo te envío mi pájaro predilecto y ya verás como el tuyo, de tanto oírlo, rompe también a cantar.
La oferta y la profecía se cumplieron. Llegó el canoro visitante en su jaula dorada, que colgaron frente a la del canario, y, adaptándose fácilmente al cambio, no tardó en alegrar con melodías cristalinas su nueva mansión, que era un patiecito pavimentado de azulejos y oloroso a jazmines y madreselvas que florecían en grandes macetas; el canario, al principio asombrado e inquieto , escuchaba después atentamente, inclinando a un lado y a otro su cabecita amarilla; después se aventuró a dejar escapar algunos tímidos piteos, y por último, inflando el pecho, soltó un torrento de límpidas notas, para dicha y alborozo de «Nita», que esparció la buena nueva, a voz en cuello, por todo el domicilio.
Al cabo de algunos días, la niña, primorosamente arreglada por las amantes manos de la madre, la fina carita aureolada por la rubia melena, que sujeta con un lazo sobre la sien derecha la hacía semejante a una infantita de Velasquez, visitaba a su tía Susana, para devolverle, muy risueña y agradecida, el jilguero que tan cumplidamente llenara su importantísima misión. Cogidas amistosamente de la mano, fueron las dos a restituirlo a su antiguo sitio, en un corredor poblado de aves bulliciosas y saltarinas dentro de sus elegantes prisiones. La pequeña, encantada, pasaba revista a la alada familia, averiguando minuciosamente sus gustos y sus hábitos, cuando la hizo lanzar un grito de susto una voz estridente, rarísima, que chillaba cerca de ella. «¡Lorito real! A España no, sino a Portugal!»
¡Un pájaro que habla! Nunca, en la vida, había imaginado Nita maravilla tan estupenda como la que ahora contemplaban, agrandados por el asombro, sus cándidos ojos. Y mientras Susana se esmeraba en divertirla con el repertorio de habilidades del feo pajarraco, germinó, bajo la rubia melena de infantita de Velasquez, una idea ambiciosa que los labios formularon con esta súplica mimosa y vehemente:
–Tiíta bonita, ¡préstame tu loro que le enseñe a hablar a mi canario!
ARACELI.
Perú, 1910.
ANGÉLICA PALMA
1911
Angélica Palma
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026