Lo que no vuelve
Angélica Palma
Hojas Selectas, Año XII
Barcelona, 1913
Angélica Palma
Hojas Selectas, Año XII
Barcelona, 1913
¿Quién detiene al amor cuando se aleja?
JACINTO BENAVENTE
Sobres rectangulares de doble cubierta, de apagados tonos, maculados por sellos de correos, atravesados por aristocráticos caracteres angulosos que forman un nombre de mujer, ¡cuán desdeñosamente os miran los hombres... porque no vais dirigidos a ellos! Suponen que, en casos tales, sólo podéis encerrar chismecillos mundanos, detalles de tocador, pueriles consultas sobre achaques de modistería, protestas de fingida amistad. Y sin embargo... una afectuosa confidencia puso en mis manos, no ha mucho, a dos de vosotros, gris blanquecino el uno, levemente amarfilado el otro. Los plieguecillos que guardabais, y que devoró mi inquieta curiosidad, antojáronseme reveladores de selectas almas femeninas, y yo los echo a los cuatro vientos, sin resquemores en la conciencia, ocurriéndoseme que estas indiscreciones con el público suelen ser las únicas discretas.
El Naranjal, 8 de Agosto de 191...
Laura queridísima:
Me es imposible explicarte todo lo impresionada y conmovida que me encuentro al escribirte. ¡Permita Dios que pase a tu alma querida estos sentimientos que agitan la mía!
He visto a Juan Pedro, hemos hablado íntimamente, me ha abierto su corazón dolorido. Pero voy a contártelo todo en orden, pues hasta ahora nada habrás sacado en limpio de mis frases atolondradas. Creo haberte referido que, próxima al Naranjal, donde habitamos desde la muerte de mi suegro, hay otra hacienda extensísima, con espléndidos terrenos para sembradíos de algodón y arroz y casi inexplorada por la escasez de capital de sus propietarios. Últimamente lograron éstos venderla a una poderosa negociación agrícola que se propone dale enorme impulso; por lo pronto ya ha iniciado serios trabajos, encargado maquinarias... y nombrado cajero de la vasta empresa a Juan Pedro, el cual vive con sus chiquitines y sus criados en una casita construida expresamente para él, muy cómoda, muy clara, muy alegre y que, como me decía, sería una verdadera preciosidad si se viera en ella la mano diestra y cariñosa de una mujer. ¡Vamos! No sirvo para narradora; el interés me ofusca y me atropello en mi relato; no hagas caso todavía de lo que acabo de decir y sigue leyendo.
Tuvo mi marido que ir a la hacienda en cuestión a arreglar unos asuntos de linderos y al regresar me dijo que Juan Pedro y sus chicos vendrían a vernos el domingo próximo. La noticia no me hizo ni pizca de gracia. Yo no podía perdonarle a ese caballero su conducta desleal contigo, y, desde entonces, cuando por azar le he encontrado, he esquivado su saludo en la calle y su conversación en sociedad; desaprobé, pues, el convite de Héctor, manifestándole que me iba a ser muy difícil cumplir con la necesaria cortesanía mis deberes de ama de casa... No fue así: el día indicado, poco antes de las doce, precedido de una nodriza mal pergeñada, con un angelote de un año en los brazos y trayendo de la mano a una pequeñuela de tres, que peinada y vestida como Dios manda sería monísima, entró Juan Pedro, algo encorvado el cuerpo alto y fuerte dentro del raje de luto, un poco desguarnecida ya la amplia frente, mustio y con tal cual hilo de plata el bigote, antes tan dorado y enhiesto, cansada y meditabunda la expresión. Ríete cuanto quieras de mí y llámame romántica y sensiblera; pero te confieso que, ante el interesante grupo, mi sorda hostilidad se desvaneció como por ensalmo y acogí con tan efusiva ternura a los nenes como simpatía al papá. Durante el almuerzo sólo se habló de generalidades; pasamos luego a tomar el café a una glorieta del jardín desde donde veíamos jugar a los niños; a poco vinieron a buscar a mi marido y nos quedamos solos, callados, la mirada fija en el vacío, tal vez viendo ambos lo mismo: tu silueta ondulante, tu altiva cabeza, tu cara bonita con el contraste inquietador de los negros ojos pensativos y la boca maliciosa y pícara. Por fin él rompió a hablar; lentamente y con esfuerzo al principio, enardeciéndose muy pronto hasta atropellarse en sus labios las frases ardorosas. Renuncio a repetirte todo lo que dijo; no bastaría una resma de papel; pero ahí va, con la fidelidad posible, un resumen de sus frases, que ojalá encuentren generosa resonancia en ti: «Créame usted, Clemencia; la mayor falta, el error supremo de mi vida fue romper con Laura, y, lo peor de todo, romper enamorado de ella, porque nunca he dejado de estarlo. Es verdad que contribuyó algo su actitud orgullosa, pero de todos modos, yo soy el verdadero culpable. Bien caro lo he pagado. No se imagine usted por esto que no tuviera verdadero cariño a mi pobre mujer, bella dócil, afectuosa, ¡una santa! Fui un buen marido; puedo decirlo con tanta sinceridad como satisfacción; pero ni un instante olvidé a la novia abandonada, ideal compendio de todo lo noble y dulce de mi juventud, aunque usted juzgue poco verosímil esta complejidad de mis sentimientos. No la engaño a usted ni me engaño al analizar lo que experimentaba entonces, ni mucho menos exagero ahora al implorar de Ud., nuestra protectora y confidente de tiempos felices, de su alma misericordiosa y comprensiva, el auxilio magnánimo y empeñoso para reconquistar mi felicidad. Usted, en la perseverancia de su amistad, tiene la fuerza que yo, ¿estúpido!, perdí; usted no ha olvidado ni en la apariencia; ella y usted están unidas desde la infancia por verdadera confraternidad: ¡no se niegue a ayudarme, Clemencia! ¡Sólo confío en usted... y en el amor que ella me tuvo; no puede usted figurarse cuán mía era esa alma pura!» Yo le oía casi con las lágrimas en los ojos, y él, cada vez más excitado, seguía infatigable, y estaría hablando todavía si no me llegan otras visitas. ¡Ah!, me olvidaba. En lo más fervoroso de la peroración se acercó su hijita a pedirle algo y él la despidió bruscamente. ¡Me dio una pena! No olvides esto, Laura: los hombres no son para tratar niños; los padres mejores, los más abnegados, los más complacientes no los entienden; las pobres criaturitas necesitan del calor femenino como las flores del sol.
Al atardecer se despidió Juan Pedro; lo acompañó Héctor un buen trecho, oyendo sus confidencias, y volvió entusiasmadísimo:
–Hija, tenemos que lograr esta reconciliación; es indispensable para todos: para esa casa, falta de dirección; para esos niños sin madre; para Juan Pedro, que necesita estímulo y halago en su existencia, y para Laura, que ya tiene la edad y la experiencia del mundo suficientes para comprender que, por ley fatal, quizás no tarde mucho en quedarse sola y sin afectos propios, y debe aceptar, por lo tanto, el de un hombre honrado, inteligente, laborioso, el único a quien ha querido, según creo, y que está por ella loco de atar.
Medita sobre esto, Laura mía, o, mejor dicho, siéntelo todo: el abatimiento y la inquietud de esa alma varonil, anhelosa de rehacer bajo tu dulce influjo su vida fracasada; el abandono de esos huerfanitos inocentes, faltos de los mimosos cuidados maternales; la voz de tu propio corazón, que amó mucho para poder olvidar.
Que no tarde tu respuesta. La espero como esperaba las cartas de Héctor cuando éramos novios.
CLEMENCIA.
Lima, 17 de Agosto de 191...
¡Qué inocente, qué buena y qué feliz eres, my darling! Sí, porque se necesita ser las tres cosas en grado superlativo para defender con tanto calor causas... Bueno; nada de calificativos por ahora. Quiero seguir en mi carta la norma ordenada de la tuya y dar una ojeada rápida a pasados sucesos para deducir de ellos sabias leyes para el porvenir. ¡Poquito que me gusta a mí la filosofía de la historia!
Cinco años duraron mis amores con Juan Pedro, en los cuales, como él te ha dicho, fue suya mi alma toda, sin reservas, sin veleidades, total y absolutamente. al cabo de ellos, lo mandaron a establecer una sucursal de la oficina comercial donde trabajaba en una ciudad del Norte; era un gran progreso en su carrera y debió ser el término feliz de nuestro noviazgo; pero su madre, prototipo cargante de la madre de hijo único, absorbente y dominadora en su ciego cariño, le convenció que debía ver si la nueva plaza resultaba antes de embarcarse en la peligrosa aventura conyugal. Yo callé; esto de que el matrimonio sea nuestra única carrera hace que el decoro nos selle los labios aun cuando esté en juego nuestra ventura. Marcháronse, pues, madre e hijo, y yo me quedé con la vida pendiente del correo; a poco empezaron a escasear las cartas y a llegarme rumores de que mi presunta suegra prefería serlo de una linda provinciana de alto linaje, hija de un viudo acaudalado y todavía de buen ver. Naturalmente, por lealtad transmití estos decires a Juan Pedro, segura de que la respuesta sería una explicación apasionada y vibrante, acaso no epistolar, sino personal; ¡era tan fácil el viaje! Recibí en respuesta una carta llena de disculpas tan frías, y evasivas tan torpes, que, sin pedir consejo a nadie, según mi loable costumbre de no importunar, le escribí sencillamente: «Eres libre.» Él no contestó ni una línea... y se casó a los pocos meses. Lo cómico del caso es que el papá político, por no ser menos, se apresuró, en cuanto se vio libre de la niña, a recibir la bendición nupcial y a obsequiar a su yerno puntualmente con un cuñadito anual.
Ahora Juan Pedro, enervado por la monótona existencia lugareña, gastado por el clima casi tropical de esas regiones, abrumado por las responsabilidades de la paternidad, se acuerda de que alguien le amó tan de veras, que, al verse nuevamente requerida por él, sentirá la fruición embriagadora de la odalisca a quien el sultán arroja su pañuelo; pero ¡ay!, que con esto de la civilización y el progreso las odaliscas andan tan echadas a perder que dejan en el suelo el pañuelito.
Tu patrocinado, para conmoverte o conmoverme, mejor dicho, apela al recurso, no muy nuevo, de la perduración del sentimiento primitivo a través de una existencia conyugal modelo, dejando a expertos y avisados psicólogos la explicación de esta misteriosa... y cómoda dualidad. Te diré con Benavente: «¿Ahora lo llaman así?» Pues yo lo llamo falta de delicadeza con el recuerdo de la esposa muerta, desahogo y frescura. Es cierto que Juan Pedro no rompió conmigo porque yo le fuera indiferente ni impulsado por una nueva pasión, sino cediendo a extrañas sugestiones que le presentaban el nuevo en lace como la seguridad de un porvenir dorado en toda la extensión de la palabra. Me quería y me dejó por debilidad para defenderme, por desconfianza en sus fuerzas para la lucha del existir, por miedo; y esta convicción es la que me ha permitido reaccionar tras el golpe alevoso y traidor, pues al desaparecer la estimación, murió de vergüenza el amor, ¡ay!, no tan pronto ni tan fácilmente como la paz de mi alma necesitaba. ¿Verdad que es imposible la resurrección de amor que así sucumbe?
Mi buen amigo Héctor, sin pararse en tiquis-miquis sentimentales, aduce el argumento de la conveniencia, en forma acaso menos suave de la que tú transmites. Me parece que le oigo: «Mira tú, Laurita, que se deje de tonterías y de hacerse la interesante; si no ha llegado a los treinta, le faltará muy poquito; no está ya para perder el tiempo en escoger, y cuando falten su madre y su tía se quedará sin otro consuelo que el de los santos a quienes vista. A Juan Pedro le ha entrado la chifladura muy fuerte; aconséjala que la aproveche; ¿qué más quiere?» Este qué más quiere lo oigo, te aseguro que lo oigo, pues en circunstancias semejantes brota fatalmente en los labios de los representantes del sexo modesto y abnegado. Tú, mi suave Clemencia, flor y espejo de la Perfecta Casada, asentirás dócilmente a las opiniones de tu señor y dueño; confiésalo, tontuela; si no me pico con él ni contigo; simplemente respondo: Como negocio, tampoco me resulta; mi bienestar material está asegurado con la modesta herencia de mi padre, y si ésta me faltara, me serviría para la prosa de la vida lo que ha sido siempre deleite de mi espíritu, la música, en la que, modestia a un lado, no soy tan poquita cosa. Por otra parte, la edad no es un seguro de vida, y espero que Dios conserve aún mucho tiempo a las viejecitas adoradas que prolongan mi juventud, a fuerza de llamarme niña y de empeñarse en que me engalane y pasee. Quizá por esto los desengaños y el tiempo no han logrado aún encorvar mi estatura, encanecer mis cabellos ni matizarlos de blanco. En fe de ello, ahí va mi último retrato, que si no es el de un premier prix de beauté, tampoco es el de una jamona tarasca. Tal vez si me empeñara mucho, mucho, podría encontrar algún excéntrico que se hiciera de mí.
Queda aún el punto más delicado, la preocupación íntima, la obsesión conmovedora que nubla la serena claridad de tus pupilas y el limpio cristal de tu voz, que murmura: «Laura, ¿y los niños?» ¡Ah, los niños, los niños! ¡Pues que los cuide su abuela! Sí, alma mía; que cumpla esa misión mi imponente ex suegra, la cual ahora quisiera serlo de veras por librarse del peligro de una cerril o de una caterva extraoficial de nietecillos. Me explico así el origen de sus sonrisas protectoras, a las que correspondo con unos saluditos que, si lo ves, me pegas, tú, cuya benevolencia no concibe la voluptuosidad refinada, el goce divino de fastidiar al prójimo.
En resumen; renuncio a pasear, entre arrozales y algodoneros, las delicias de un idilio trasnochado y a ser madre de hijos ajenos, a quienes llegaría a querer como propios y que me corresponderían, indudablemente, con ingratitud. Me quedo en mi casa tranquila, con mis libros y mi piano, junto a mis dos ancianas, mimadoras y mimadas; en esta Lima, que es, como yo, romántica y novelera, burlona y sentimental. Bajaré probablemente al sepulcro con palma y corona, pero si cambio de opinión y come en ello un disparate, será por ley de mi deseo y de mi gusto y no por espíritu de sacrificio. He dicho. Ahora tú procede como mejor te parezca; sóplale a tu protegido la píldora en todo su amargor o dórala cuidadosamente con tus dedos piadosos; me es igual; pero, sea como fuere, hazle comprender que nunca, nunca será suya esta mano que tantas veces se estremeció dulcemente bajo sus labios acariciadores y que ahora deja en el papel la expresión de su afecto invariable y cordialísimo por la venturosa pareja y sus lindos muñecos.
LAURA
P.S. Por si acaso, no le enseñes mi retrato a Juan Pedro.
Por la copia:
MARIANELA.
Lima, 1912.
ANGÉLICA PALMA
1913
Angélica Palma
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026