La maldición del opio
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año VII, No 340
Bueno Aires, 1924
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año VII, No 340
Bueno Aires, 1924
Lima conserva todavía mucho de su pasado siglo dieciochesco. En sus amplias casonas señoriales, en sus iglesias y conventos, en sus huertos floridos y en la belleza lánguida y sensual de sus mujeres, como en un frasco vacío, de rica y sutilísima esencia, queda aún el aroma de mejores y más bellos días. No en balde la «muy noble y muy leal ciudad de los reyes», fue cuna y asiento del más vasto imperio colonial que fundara el poderío español.
Yo adoro en el recuerdo esa Lima que se va, un poco revolucionaria, un poco soñadora, con mucho de católica y mucho de aristócrata. Y la adoro tal vez porque en ella está lo mejor de mi vida: mi juventud con sus locuras y sus divinos romances.
En la Universidad de San Marcos, ilustre por sus cuatro siglos de pedantería escolástica, nosotros —aquel grupo generoso que formábamos un puñado de estudiantes poetas,— éramos algo así como la piedra de escándalo. Lo mismo organizábamos un motín en las aulas, que un certamen literario o una corrida de toros por aficionados. Vivíamos —como aun vive buena parte de la juventud del Pacífico— en plena exaltación romántica, dispuestos al amor y a la aventura.
Huelga decir que el ultradecadentismo de los Wilde, Lorrain y Huysman, nos parecía, entonces, la suma del buen gusto y la distinción espirituales. Nuestros héroes —¡encantadoras paradojas de la juventud!— tenían por igual del duque de Freneusse y de D'Artagnan: es decir, que lo mismo se batían por su dama que fumaban opio y cultivaban exotismos orientales. ¡Oh, bellos días que ya no volverán!
De los cinco que formábamos el grupo, Julio Carmona no era compañero de estudios propiamente dicho. Cursaba el tercer año en la Escuela de Cadetes de la Armada; y era, al decir de profesores y alumnos, el más inteligente de los muchachos, y el peor estudiante. Los demás, yo entre ellos, no teníamos de Carmona, ni la mitad de su inteligencia. Todos le íbamos a la zaga, sin equipararnos a él. Una cosa desventajaba a Carmona, dándonos cierta superioridad: la exquisita sensibilidad de su temperamento nervioso, que lo anulaba para la acción. El pobre era demasiado subyugable, lo que en buen romance se dice un hombre sin voluntad; sobrado, tímido y huraño para tener iniciativa propia. Esta circunstancia decidió a mis amigos en mi favor: yo era el que los dirigía, con menos derecho que cualquiera de ellos, claro está. Llamábanme «Capitán Carbón», y, en verdad sea dicho, de mis cadetes gascones, aun me siento orgulloso. ¡Nobles camaradas! La Muerte y la Vida, la una con sus dientes afilados, la otra con sus torpes egoísmos, nos separaron irreparablemente. De los cinco —sólo comparables con los «cinco» inmortales de la música rusa, por la estrecha unión espiritual,— tal vez soy yo el único que existe o que recuerda, emocionado, aquellos tiempos no muy lejanos, en que la llama cordial de la amistad se alimentaba con la más pura y fervorosa devoción artística.
Todos hemos sido jóvenes, y muy pocos son los que no conservan de la juventud un bello recuerdo. Esto excusa suficientemente, mi sentimentalismo evocador.
Estudiante, poeta por añadidura y sin novia, es un contrasentido. Naturalmente, a ninguno nos faltaba una damisela por quien suspirar, en toda suerte de estrofas. Pero hasta en eso Carmona nos superaba. María Antonia, «su chica», era lo más bello que puede concebirse. Nunca vieron mis ojos pecadores, ojos más dulces y soñadores que los suyos, boca más breve y encendida, cutis de tanta suavidad y finura, ni cuerpo como el suyo que cimbreara tan graciosamente al andar. Cabello lacio y negrísimo peinado en «bandós»; palidez de esas que se obtienen tomando vinagre para evitar la vulgaridad de los colores; languidez de criolla y una como tristeza sensual, turbadora y apasionante. Era divina María Antonia: limeña del «cogollito», doliente e infeliz cual una heroína de novela por entregas. La última vez que la vi, lloraba como Jorge Sand llamando a las puertas de Musset, y como ella ofrendaba sus sedosos cabellos en holocausto de amor. Sólo que, menos afortunada que la otra pecadora, ésta no tuvo un Chopín para consolar su cuita; ni siquiera un doctor Pagello...
Las calles de Llanos, Capón, Penitencia, y más allá el Rastro de la Huaquilla, forman lo que, pintorescamente, podría llamarse el «Chinatown» limeño. Allí las fondas, pulperías, casas de juego y bazares asiáticos, dan su nota colorida y exótica.
¡«Chinatown» limeño! Barrio feérico, perfumado de ajos y miel; curiosa mezcla de miseria y riqueza, de vicio y alegría. En sus calles eternamente sucias, los garitos pintan fantásticos cuadros de luz. Husmean en los detritus los perros vagabundos, canta la travesura de los muchachos, alborota la jerga bilingüe de los chinos, y todo se funde en la policromía detonante de las paredes, de la acera alfombrada por cortezas de frutas, de las tiendas iluminadas, de los cestos que penden en las puertas y de los escaparates donde se exhiben colgados, patos, pollos, cebada capones y verduras.
No hay limeño, de cepa clásica sobre todo, que no haya pasado por allí dejándose unas monedas en cambio de alguna aventurilla. Desde el adolescente que hace sus primeras armas en la vida, hasta el que padece hartazgo de placeres, todos, cual más, cual menos, desfilaron por las fondas, los fumaderos y las casas de juego. Y es que «Chinatown» —llamémosle así en adelante— tiene múltiples atractivos.
Yo no creo, en verdad, que exista en Sudamérica un barrio más pintoresco y exótico, que el «Chinatown» limeño, Los famosos «bouge» de la Boca, en Buenos Aires —que sólo existen en la imaginación de los «metteurs» yanquis,— los barrios de negros de La Habana y Río de Janeiro; las animadas márgenes de la ría en Guayaquil, la calle de los bares en el Canal de Panamá y mil otros lugares menos conocidos, carecen en realidad de aquello que los ingleses llaman «the great atraction». Bien es cierto que sólo los países orientales y asiáticos, con sus costumbres peculiares, ejercen una fascinación especial. Todo lo que proviene de la China milenaria, de la India no menos secular, del Japón, de la Indochina, aparece en nuestras imaginaciones con el doble prestigio de lo remoto y lo quimérico.
Las casas de comida de «Chinatown», son de lo más original que darse pueda. La cocina china, variadísima y abundante, casi toda a base de pescado y verduras, ofrece exquisitas suculencias que, aunque resultan exóticas a nuestros paladares, el gusto de un buen «gourmet» sabría apreciarlas debidamente. De la repostería no hablemos. En golosinas y bocadillos, hay tal variedad que el gusto más exigente quedaría satisfecho.
Huelga decir que, el que se aventura por un restaurante de esta clase, tiene que someterse a las reglas de la etiqueta asiática. En la mesa china, todo es distinto de la nuestra. Nada de platos, copas y cubiertos. Los primeros los substituyen con unas tazas de tamaño regular, sin asas, y en cuanto a los otros, cuatro palillos que es menester manejar diestramente, los reemplazan con ventaja. Naturalmente, comer con tan extraños adminículos, resulta incómodo al principio, mas a poco que se acostumbre uno, encuentra que da lo mismo emplear indistintamente palillos o cubiertos.
Los restaurantes de «Chinatown», excepcionalmente concurridos por la noche, alcanzan después de las doce, su mayor grado de animación. Todo el mundo grita, charla en voz alta, ríe fuerte, como si aquellos lugares hubieran sido hechos exprofesamente para expansionarse más de la cuenta.
Pero las fondas, pese a su colorido pintoresco, no son ni con mucho comparables a las casas de juego. Bien es cierto que entre unos y otros lugares, existe una diferencia absoluta, aunque por igual un mismo barniz exótico les da apariencias de aguafuertes de Brangwin. Casi todos los garitos están instalados en tiendas que se abren a la calle. Un biombo de madera impide ver desde afuera, las mesas y los jugadores. Dentro, el cuadro es impresionante. En torno a una mesa, no más grande que una de billar, se apiñan los jugadores empalidecidos por el ansia y por la luz amarillenta de las luces eléctricas. Frente a frente, sentados en sillones el doble de alto que los comunes, dos «coolíes» vestidos a la europea, dirigen el juego. Uno de ellos tira los dados, y el que los recibe se encarga de cobrar y de pagas, cuidando celosamente los montones tentadores de dinero, en los que los billetes se mezclan con las rubias libras y los soles de plata. Junto al tapete verde, cual en torno a la mesa redonda del restaurante, la misma concurrencia heterogénea se apretuja y tiende las manos ávidas, esta vez en silencio, como en la celebración de un rito. Sólo de vez en cuando se escucha la interjección violenta de algún jugador perdidoso; mas, luego, todo vuelve al silencio de antes, turbado únicamente por el correr de los dados y la música tintineante de las monedas.
Los directores del juego semejan grotescos idolillos de basalto. Pocas veces despegan los labios para hablar, y cuanto a sus rostros, éstos jamás expresan nada, cual si fueran insensibles a toda emoción.
Pero he aquí que hemos llegado al más interesante de los atractivos de «Chinatown». Está de sobra indicar que me refiero a los fumaderos de opio. Estos fumaderos, en nada se parecen a los que, pintoresca y arbitrariamente, arreglan los directores de cinematógrafos, La realidad es más simple, pero más impresionante sin duda. Propiamente hablando, no son fumaderos públicos a los que puede entrar cualquiera. Generalmente, los chinos que fuman en su casa, admiten a sus amigos y aun aceptan extranjeros, pagando éstos, naturalmente, el valor del opio que se consume.
Mis relaciones con A-pá me valieron la admisión en su fumadero. La verdad es que experimentamos yo y mis amigos no poca decepción, cuando vimos con nuestros ojos un fumadero de verdad. Sobre él teníamos forjada una idea absolutamente literaria. Creíamos que todo era allí fantástico, o, en último caso, suntuoso, influenciados por los libros de Claudio Ferrere.
Nuestro fumadero —y digo el nuestro, porque nosotros ayudábamos a sostenerlo y teníamos en él una habitación reservada— no era ni mejor ni peor que cualquiera de los muchos que en el «callejón» había. La pobreza de A-pá y la nuestra —no menor por cierto— nos impedía instalarnos cual era nuestro deseo. A pesar de ello, no podíamos quejarnos. La habitación que nos servía de fumadero, resultaba suficiente para nuestras reuniones. Porque es de advertir que no sólo íbamos a fumar: el fumadero era para nosotros algo así como un club literario, en el que charlábamos libremente, saltando con juvenil volubilidad de uno a otro tema.
Cada uno de nosotros contribuyó con lo que pudo a la instalación del fumadero. Tal llevó unos cuantos metros de cretona para tapizar las paredes, tal otro el servicio de té, quien unos almohadones, quien una sombrilla japonesa; todos, en fin, las chucherías que completaban el arreglo.
La tarima de fumar, durísima, como que era de tablas, cubierta por una estera, nos permitía echarnos uno al frente de otro, teniendo a A-pá a los pies, para «torcer» el opio. En la jerga de los fumadores, «torcer» equivale a cocer y macerar la bolilla de opio que, pegada a la pipa, se fuma después, quemándola en la llama de la lamparita de aceite que sirve especialmente para esta operación. Esto que a primera vista parece muy sencillo, requiere una destreza que nosotros jamás llegamos a alcanzar. Sólo las manos de los chinos, de dedos ágiles, son capaces de hacerlo con tanta limpieza y perfección.
Por regla general, entre los cinco fumábamos tres «castellanas», es decir, tres tacitas de opio no más grandes que una moneda de un sol. Con ello teníamos de sobra para emborracharnos de sueños deliciosos.
De aquellas noches embellecidas por la distancia, conservo un recuerdo apasionado. Entre las cuatro paredes del fumadero, ¡cuántos sueños, cuántas ilusiones se fueron para no volver! Engañados por el tóxico, tomábamos por realidades lo que sólo eran ficciones nacidas en nuestras mentes exaltadas por el sutil alcaloide.
No debe extrañar a nadie que tan sin recato ni falsos pudores, reviva en mí esas noches de vicio y de locura, porque a ellas está unido el recuerdo de seres y cosas amadas e inolvidables.
Como envueltas en nubes de opio, surgen en mi memoria las imágenes de mis amigos. Este es Julio Carmona; este otro es Juanito Etcharte, con aquel aire fanfarrón y mosqueteril; aquel, el músico poeta Alejandro Sifuentes; y Luis Moore, que hacía lindos versos y dibujaba finas siluetas de mujer.
¡Oh, Paulette! ¿Cómo olvidarte, musa loca y amada? Tú también, entre mis amigos, tienes un lugar preferente. Gracias a ti, a tu dulzura encantadora de mujer, a tu finura espiritual, nuestras noches tenían la absolución de la belleza. Siempre entre nosotros, pródiga de amor y de gracias exquisitas, Paulette, la divina Paulette, alma apasionada en cuerpo de alabastro, ¡cuántos versos, cuántos sueños, cuántas ilusiones quedaron prendidas en las rubias hebras de tus cabellos!
Paulette solía acompañarnos al fumadero con alguna frecuencia. Vestida con un kimono que guardaba allí exprofeso, presidía nuestras charlas, y a veces aspiraba golosamente el humo denso y aromado de la pipa. A-pá la miraba, disimulado y artero, con los ojos encandilados por el deseo. La espléndida belleza de nuestra amiguita, soliviantaba al chino de tal manera, que nosotros llegamos a alarmarnos celosamente. Paulette, en cambio, parecía no darse cuenta de nada. Su actitud era la misma con A-pá, a quien trataba con la familiaridad que se emplea en el trato con los seres inferiores.
Aunque ya el tóxico se había convertido para nosotros en vicio arraigado, con todas las exigencias orgánicas que produce, no todos los días podíamos satisfacer nuestro deseo. Fumar cuesta mucho, aun más de lo que es dable suponer; y si a esto se agrega que, aparte del dinero para comprar el opio, necesitábamos algunas monedas más para pequeños gastos imprescindibles, bien se comprenderá el motivo que nos vedaba regalarnos a gusto. Cuando ocurría, por ejemplo (y esto ocurría con frecuencia), que sólo teníamos cinco soles, íbanos a la casa de juego para ver de aumentarlos. Entonces, ¡qué angustias, qué terribles inquietudes, mientras el dinero estaba en el tapete! Si sucedía que perdiamos, aquello era desesperante. Con tamañas caras salíamos del garito echando pestes contra el destino. Y si en cambio la fortuna nos favorecía, ¡Dios! ¡qué júbilo desbordante! Cantábamos a coro y bendectamos a las dulces estrellas que nos miraban impasibles. Bien provistos de frutas y bebidas, entrábamos al fumadero con aire triunfal. A-pá, acostumbrado a nuestras locuras, se limitaba a pedirnos moderación, para que el escándalo no delatara nuestra presencia en aquel lugar. Todo porque la policía vigilaba cuidadosamente los fumaderos, alarmada ante la extensión de la opiomanía entre la población criolla. Por lo demás A-pá callaba, y hasta podía decirse que se sometía de buen grado a nuestras extravagancias. Tenía de nosotros una alta idea, aunque no entendía absolutamente nuestros afanes literarios. Sin embargo, en una ocasión nos habló de Li-tai-pé, dejándonos boquiabiertos. A-pá sabía por lo menos lo que era un poeta.
Buda de bronce, meditativo y barrigudo, almohadones de pluma que bordaron las manos sutiles de Paulette, sombrilla japonesa de tonos anaranjados, pipa, vieja pipa que nos diste con tu veneno el peor veneno de soñar, ¿dónde estáis, objetos amados, lindas baratijas evocadoras? ¿Qué manos, que no son las nuestras, os poseen? Y, vosotros, Carmona, Sifuentes, Etcharte, Moore, Paulette, ¿qué viento trágico os dispersó, en qué lugar os halláis que no llega hasta mí el eco de vuestras risas, la gracia de vuestras palabras, la dulzura de vuestras miradas?
Se murmuraban cosas abominables de la familia Fernández de Sotomayor, sin que nadie pudiera afirmar si eran motivadas o no tales habladurías. La verdad es que, la viuda del general Fernández y sus hijas, no obstante los cuchicheos maldicientes, disfrutaban de una gran posición social.
La generala, en el linde fatal de la cincuentena, se defendía bravamente del avance de los años, mostrando los vestigios de una belleza que fue célebre en los salones limeños. En el punto en que principia y concluye esta historia, aun se la podía considerar lo suficientemente atractiva como para estimular las malas lenguas. La memoria del general, que no tuvo otros méritos que los de ser muy derrochador y de la más ilustre prosapia, no salía muy bien parada en estos torneos de murmuración.
Pero a la generala, parecía que no la interesaba mayormente lo que de ella se murmuraba. Con una despreocupación que las gentes llamaban cinismo, asistía a todas las reuniones acompañada por sus tres hijas; tres bellas princesas de cuento azul, a quienes apodaban las «virgenes de las rocas», por el impresionante parecido que tenían con las heroínas dannunzianas.
María Antonia, María Luz y María Aurea, habían heredado de su madre la belleza, mas no la arrogancia señoril. Eran tres muchachas lánguidas y finas, tres flores delicadas y diáfanas, cuyos ojos —clásicos ojos de limeña— tenían fiebre romántica y sensual.
La belleza de «las vírgenes de las rocas», no era parte a disculpar los extravios de la madre. Muy al contrario: la murmuración cebábase en ellas con mayor encono. Bien es cierto que algo originaba los chismorreos. Fernández, al morir, no le dejó a su familia otra cosa que deudas y embrollos judiciales, no obstante lo cual, la generala y sus hijas vestían con una elegancia en la que entraba por mucho el lujo. Decíase a manera de excusa, que las chicas tenfan manos habilísimas, así como que el buen gusto y la economía realizan prodigios. Pero los exquisitos modelos de Paquín y de los mejores costureros de París que lucían con rara frecuencia, no es cosa que se adquiere con unos centavos. Así, pues, había que pensar en una mano oculta y pródiga que pagaba aquellos dispendios. ¿De quién era esa mano, quién era el enigmático y generoso amante que no reparaba en gastos, y que, a la vez se escondía cautamente limitándose a gozar de su buena fortuna, sin jactarse de ella? He ahí el misterio. Los que señalaban a tales o cuales personas, banqueros o personajes de la política, equivocábanse de medio a medio, No estaba entre éstos el afortunado galán, del cual se murmuraba que repartía por igual sus atenciones entre la madre y las hijas. De haber sido algún limeño empingorotado, la aventura hubiera trascendido inmediatamente. Los hombres de buena sociedad, por más que se diga lo contrario, todo pueden callar menos los nombres de sus queridas. El que mejor aparenta reserva, se da buena maña para que se sepa quién es la dama que le brinda sus favores. Lima vivía pendiente de esta intriga galante. Como se ignoraba quién era el amante y quién la elegida, se decía en frase novelesca y ambigua: «el amante de la familia Fernández».
Carmona no ignoraba lo que se decía de la familia de su novia, y de su novia misma. Pero todo hubiera creído, menos la verdad. «Estas gentecillas de pueblo chico —solía exclamar— son lo peor que inventó el diablo.» El amaba a Maria Antonia sin reparos de ninguna especie; la amaba por su belleza, y más aún, por su exquisita espiritualidad. Para él no existía otra mujer en el mundo, digna de ser amada. María Antonia era la realización de sus más caras y bellas ambiciones.
Ella, a su vez, parecía muy enamorada de él. Pero había algo torturado y desapacible en su amor, algo raro, que otro más perspicaz que su novio hubiera tratado de averiguar, por lo menos. Indudablemente, María Antonia ocultaba un secreto, que le era doloroso. Pero está visto que el amor cuando es verdadero, lleva más espesa la venda... Carmona no veía en su novia nada sospechoso, y la amaba cuanto es posible amar a un ser humano. Claro está que su romanticismo contribuía por mucho a exagerar su pasión. A través de su temperamento, el amor o el odio adquirían proporciones desmesuradas.
Los enamorados no se veían frecuentemente. Carmona salía los sábados por la tarde, y excepcionalmente alguna vez, mediada la semana. Además, érale obligado repartir su tiempo entre su novia y nosotros. Por nada de este mundo le hubiéramos perdonado la inasistencia a cualquiera de nuestras reuniones. El pobre llegaba a veces hasta el sacrificio, porque si algo le disgustaba sobremanera, era aquello de asistir a misa de 12 en San Pedro, o ir al Paseo Colón por las tardes con su novia y un grupo de amigas de ésta. Los tés danzantes del Zoológico, le causaban verdadero horror. Lo más grave es que tenía que someterse mal de su grado, a las a exigencias sociales de Mara Antonia, la cual, como todas las chicas de la «haute», pasaba su vida alternando entre el «court» y el salón. Porque la limeña de hoy, que maneja con igual destreza la raqueta que el devocionario, sólo conserva de la pizpireta «tapada» de antaño, la viveza del ingenio y el modo ondulante y gracioso de caminar. Una sola cosa diferencia a las limeñas de sus congéneres de todas partes: la mojigatería. Las limeñas son exageradamente devotas, sin que esto impida que en la devoción pongan mucho de galantería. El «mes de mayo», las conferencias del predicador de moda, las veladas en los grandes colegios monjiles y otras fiestas y ceremonias del estilo, son motivo de reunión. Lo que en otros lugares fomenta el club, los deportes, el baile, los paseos, etc., en Lima lo hace la religión y sus ritos.
En una ocasión, hablé seriamente con Carmona de su novia.
—¿Piensas casarte con ella? —preguntéle.
De pronto no me supo contestar. Quedóse reflexionando un rato, y al cabo díjome con tanta gravedad como ternura:
—La amo más de lo que puedes apura. No concibo la vida sin María Antonia, pero jamás he pensado en el matrimonio. ¿Crees que pueda casarme? No; los hombres como yo, como tú, somos «incasables». Verás por qué: las mujeres, aun las que menos lo parecen, piensan siempre en el matrimonio como fin y remate de todas sus ambiciones. Mas, piensan a su manera, con ideas y sentimientos de mujer. Pretenden hacer del marido algo propio, exclusivo, y yo juzgo que, por grande que sea mi amor, sería incapaz de someter mi voluntad y mis nervios a la coyunda conyugal. Si tuviera dinero y Maria Antonia fuera una chica de «medio pelo», haría de ella mi amante. Pero como no es posible realizar este sueño, tendré que conformarme con amarla así, como una aspiración bella y lejana.
—No te suponía tales ideas —le dije entre sorprendido y curioso. —Tus ideas son frías, calculadoras. Es la primera vez que veo en ti, que la idea mata al sentimiento.
—Te equivocas —repuso vivamente, —te equivocas si piensas que mi amor tiene menos intensidad y arrebato porque lo sitúo lejos de la vicaría. Hay cosas que sólo comprende uno mismo, sin duda. Si yo te pudiera meter dentro de mi corazón, verías que arde en él una pira olorosa y apasionada. María Antonia es mi musa; está en mis versos, como la sangre que llevo en las venas. Estos trascienden a su carne y a su espíritu; tienen su perfume, su languidez sensual, la ardiente morenez de sus pupilas bruñidas. Es tan mía, así, a la distancia, cual si la poseyera con todos los derechos legales y religiosos que otorga el matrimonio. Y prefiero que sea mía de esa manera, La desposada, envuelta en sutiles velos nupciales, ya no es la novia romántica y encantadora que nos hace soñar...
—Vives y sientes como poeta —dijele sonriendo.
—Pero con deseos y pasiones de hombre —agregó él. —No he podido librarme del prejuicio ancestral que nos obliga a considerar a las mujeres que amamos, esclavizadas por la tiranía de nuestro amor. María Antonia, amando a otro hombre, menos que eso, aceptando galanteos, se me antoja una cosa absurda, irrealizable. Mi feudalismo amoroso me llevaría a los peores excesos. Yo soy de los que no se burlan de los hombres que se matan por una mujer; soy de pasta fiera y apasionada de mis antepasados castellanos, que no perdonaban traición de mujer ni ultraje al honor.
Las últimas palabras de Carmona, me impresionaron grandemente. Tal vez un presentimiento trágico me asaltó entonces. «Si hay algo de verdad en lo que se murmura de María Antonia»..., pensé alarmado. Consideraba a Carmona, a pesar de su timidez —que en el fondo no era otra cosa que una mezcla de orgullo y desdén por los demás— capacitado para cometer cualquier desatino, por no decir un crimen. Le sabía duro e implacable en la venganza, tanto como era blando y dócil de ordinario. ¡Pobre Carmona! Los sucesos posteriores confirmaron mis presentimientos. Fue cruel: no tuvo piedad de su propio dolor. La bravura y la fiereza de su raza, se revelaron en él de una manera extraordinaria.
El último vástago de una familia prócer en las armas y en las letras, murió con el heroísmo trágico y silencioso de los suicidas.
La noche acariciaba como un abanico de plumas. En verano, la calidez tropical de Lima, entibia el ambiente con perfumes que huelen a flores y a mujeres. Bajo el cielo opaco, sonriente de estrellas desnudas, la tierra parece suspirar embriagada con sus ropios ardores. Todo canta, solloza, murmura, y reclama con palabras insistentes, el beso de una boca fragante, la presión de unas manos lánguidas y finas. Involuntariamente, los labios recitan: «Dios mío, qué bello es vivir cuando una una eterna anida en los corazones y pone su mosto picante y bermejo en la sangre; qué bello es vivir para el amor y por el amor qué; bello es sentirse joven, ágil, el músculo henchido y vigoroso, el ánimo bien templado, la cabeza poblada de sueños vagos y turbadores; ¡qué bello es ser joven, Dios mío!»
Acodado en mi balcón, contemplaba, entre dormido y despierto, las luces lejanas del Paseo, las gentes caminando por las anchas aceras, con la muelle indolencia limeña, el rápido desfile de «autos» que se dirigían por la Avenida de la Magdalena a la de Miramar. De algunos de ellos se escapaban risas, palabras ahogadas, o el canto trémulo y sensual de la guitarra. Eran los «autos del amor» que se hundían en la noche, buscando sombra y frescura, junto al mar. Yo los miraba correr con cierta tristeza que se parecía mucho a la envidia. Inesperadamente sentí la presencia de una persona a mis espaldas. Me di vuelta sobresaltado, y reconocí a Carmona, mortalmente pálido. Estaba inconocible. Los círculos morados de las ojeras, más acentuados que de ordinario, resaltaban el brillo enfermizo de sus pupilas.
—¿Tú, tú a estas horas? —acerté a preguntarle, —¿Acaso no habíamos quedado en vernos a las 12 en el fumadero? Pero, estás enfermo: dime ¿qué tienes, qué te pasa?
—Es preciso que salgamos inmediatamente —me dijo. —Aqui no podemos hablar.
Sus manos ardían y palpitaban febriles.
—Acompáñame —me rogó nuevamente. —No me dejes. Te lo contaré todo en el coche.
Apresuradamente corrí a buscar mi sombrero y salimos juntos. En la puerta nos esperaba el coche que le había traído. Mientras rodaba el vehículo por las calles más apartadas, lo insté para que me contara lo sucedido. Vi que su cara se contraía con patéticos visajes. Abrióme los brazos y estrechándome entre ellos, murmuró sollozando amargamente.
—Sufro mucho, sufro mucho. Es horrible lo que me pasa.
—Vamos, hombre —díjele tratando de calmarlo; —llora si ello te alivia. La cosa no será como para que te pongas así.
Durante un rato lo dejé sollozar sin decirle nada. Siempre con los hipos del llanto, me habló precipitadamente, transparentando la angustia que lo oprimía.
—He descubierto que María Antonia tiene un amante...
Sin querer, di un salto en el asiento.
—¿Qué... María Antonia... has dicho?
—Sí. Eso que yo no quise creer nunca y que atribuía a la maldad de las gentes, es cierto. Conozco al «amante de la familia Fernández», al amante de María Antonia, de mi Musa —concluyó riéndose sarcásticamente.
—Pero, eso no es posible, Carmona. Tú estás equivocado o te has dejado convencer por aquellas infames habladurias.
En el fondo tenía la certeza de que decía la verdad. La revelación fatal, que yo esperaba de un momento a otro, había llegado. Sólo quedaba evitar en lo posible las terribles consecuencias que ella pudiera ocasionar.
—Anda, cuéntamelo todo sin omitir detalle...
El coche había tomado por la Avenida Grau, y se internaba hasta llegar a la Escuela de Medicina.
—Verás tú: yo no podía creer, te repito, lo que se decía de María Antonia, de su madre y de sus hermanas. ¡Siempre la vi tan pura, tan dulce, que se me antojaba inicuo concebir tamaña atrocidad! Los chismes canallescos, atribuíalos a la envidia. Pero, he aquí que comienzan a lloverme anónimos...
—Anónimos... ¡Bah!...
—No me interrumpas. Anónimos, sí; anónimos, escrita pos una misma persona. Míralos si quieres; aquí están —dijo, sacando cinco sobres de igual tamaño, sobresoritos con idénticos caracteres. —En estos anónimos no sólo se dicen atrocidades de María Antonia, sino que se me amenaza además. Esto último llegó a intrigarme. ¡Amenazarme! ¿Celos acaso?, pensé. La espina de la duda, al principio pequeñita, fue agrandándose inmensamente. Durante estos últimos días, no podía vivir, obsesionado por la idea de descubrirlo todo. Comencé a espiarla, aunque me avergonzaba de ello. Y fue de esta manera cómo, atando cabos, observando menudencias que antes me pasaban inadvertidas, llegué a la certidumbre abominable.
Tú sabes que en casa de María Antonia, los criados son chinos. Por eso a nadie le llamaba la atención, que entrara y saliera a cualquier hora de la noche, un bicharraco de éstos. Pero a mí, a fuerza de estar sobre aviso, me llegó a intrigar esta circunstancia. El chino que entraba todas las noches, cuya cara pude ver desde mi observatorio, me era conocido. Yo había visto antes esa cara amarillenta, de rasgos achatados. ¿Dónde, dónde habia visto esa cara? Recorrí con la imaginación las fisonomías de los chinos que conozco; aunque todas semejan ser iguales, a ninguno de los que trato se parecía. Después de mucho estar dando y cavando, llegué a una conclusión inesperada: aquel chino no era otro que Wa Chang, el jefe de la casa Wa Chang y Compañía. El corazón me dió un vuelco espantoso. Ya sabía algo más de lo que esperaba, pero aun me faltaba mucho. Tenía que averiguar por quién iba Wa Chang a la casa.
¿Para qué referirte las mil artimañas de ladrón de que me valí para introducirme en la casa, ni las mil y mil angustias que pasé, escondido detrás del piano, en la salita inmediata a la habitación de María Antonia? Sólo te diré que contaba los segundos como siglos, y que el golpeteo de mi corazón, lo sentía cual tremendos martillazos en la cabeza.
De repente, el ruido aterciopelado de unos pasos, me anunció que «él» llegaba. Lo vi avanzar, con felina cautela, hasta la habitación de María Antonia. No pude más, y salté como una fiera de mi escondite. El chino aterrorizado por lo intempestivo de mi ataque, lanzó tremendos chillidos de rata. María Antonia, acudió toda pálida y azorada. Al verme, su palidez se tornó cadavérica, y cayó desvanecida en el suelo, Me precipité sobre el chino y tomándolo por el cuello, comencé a apretar con deseos de ahogarlo. La generala, María Aurea y María Luz, se presentaron también, despavoridas. No sé lo qué pasó después; no podría decirte qué le dije a la generala, y qué a la infame que continuaba desvanecida en el suelo. Me acuerdo de que la generala accionaba gritando con voz estrangulada: «Por Dios, hay que evitar el escándalo. Cierren las puertas, que no se oiga nada».
Me vi en la calle sin darme cuenta de cómo había salido. ¿Qué había pasado? Yo mismo lo ignoro. Consulté mi reloj maquinalmente: eran las once y media. Pensé que aun estarías en tu casa, corrí a buscarte, y aquí estoy sin saber qué hacer...
Lágrimas ardorosas surcaban sus mejillas. Al través de su relato, entrecortado y febril, veía las escenas con una claridad pasmosa. La voz de Carmona interrumpió mis reflexiones:
—Vamos a buscar a Paulette para llevarla al fumadero; necesito olvidar, siquiera por un momento, lo que me pasa. Tengo dos granos de «heroína» en el bolsillo; la probaré a tu salud, madame Wa Chang...
Ordené al cochero que nos llevara a casa de Paulette. En breves palabras le dije a ésta lo que pasaba, y le rogué que no le hiciera preguntas a Carmona. Dejamos el coche en la esquina del fumadero. Allí nos dispersamos, y cada uno entró separadamente, como teníamos por costumbre, para no llamar la atención. En el fumadero nos esperaban Moore, Etcharte y Sifuentes. Con miradas expresivas les di a comprender que no debían decirle nada a Carmona.
En la tarima de fumar, me tendí frente a Moore, teniendo a Paulette recostada en mis rodillas. A-pá se acurrucó a los pies de Moore, y comenzó a «torcer» solemnemente. Carmona, en un ángulo de la tarima, se recostó en la pared con la cara hundida entre las manos. Cerca de la mesilla de té, al parecer abstraído en graves cuestiones, pero en el fondo intrigado y nervioso, Sifuentes nos observaba a Carmona y a mí, alternativamente, queriendo descubrir con la mirada lo que hasta entonces no comprendía.
El humo de la pipa, fuertemente aromado y denso —¡oh, el nostálgico perfume del rubio «ka-o-yin»!— ascendía en gruesas columnas que se apelotonaban en el techo. La atmósfera era cada vez más pesada. Una como angustia triunfaba sobre la deliciosa inercia del tóxico. No desprendía los ojos de Carmona. Con pequeñas pausas, veíale aspirar «prises» bien cargadas. La adorable cabecita rubia de Paulette, sobre mis rodillas, comunicándome su tibia fragancia, no lograba apartarme de mis preocupaciones. Fumaba maquinalmente. El gorgoriteo del opio, quemándose en la punta del «in-tau», era como un estertor agónico. Yo sentía la inminencia de la tragedia. De pronto vi que Carmona rodaba de un lado, cual un pelele desarticulado, con un desfallecimiento que no era común.
Yo no sé si exagero al decir que sentí el paso de la Muerte, segando una vida preciosa, rica en toda suerte de tesoros espirituales. Aun ahora mismo al recordarlo, se me erizan los cabellos. La presencia de la Desnarigada, casi tangible, su hálito macabro, electrizó mis nervios de espanto. Salté enloquecido, y tomando a Carmona entre mis brazos, lo sacudí llamándolo de mil maneras. El infeliz tenía las fosas nasales escarchadas por la droga maldita, y entre las manos abiertas, la cajita vacía.
Todos se incorporaron súbitamente. Paulette gemía alzando las manos al cielo. Cerca de mí, ayudándome, Sifuentes tomábale el pulso, mientras yo trataba de reanimarlo golpeándole las mejillas. Eran inútiles nuestros esfuerzos. Así lo comprendí repentinamente; y haciéndome cargo de la situación, con una energía de la que no soy capaz, me puse a ordenar.
—A la calle todos —grité. —Nada arreglaremos con gritos. Ustedes —dije dirigiéndome a Etcharte y a Moore —se llevan a Paulette y me mandan un coche a la puerta.
A-pá no se pudo substraer al dolor general. Lloraba también, sollozando roncamente.
—Basta ya, muchachos; despídanse del pobre Julio, y juren sobre su cadáver que el secreto de su muerte en este lugar, no trascenderá nunca. Acuérdense de su madre; la pobre viejecita no podrá resistir al dolor si conoce la verdad.
Paulette se aproximó primero. Tomó entre sus manos la cabeza yacente, y la besó, muda, intensamente conmovida. Moore y Etcharte estrecharon convulsivamente el cadáver, llorando de una manera desgarradora. Yo y Sifuentes tuvimos que alejarlos para no prolongar la dolorosa escena. Al salir los tres, desde la puerta volviéronse a mirar por última vez al amigo muerto. Etcharte murmuró casi imperceptiblemente:
—Adiós, Julito, adiós...
Un sollozo quebró la voz en su garganta. A-pá salió también para avisarnos la llegada del «auto».
Solos, yo y Sifuentes, éste me consultó:
—¿Qué hacemos con él?
—Llevarlo inmediatamente a casa del doctor Velázquez; le confesaremos la verdad y haremos que éste dé a la muerte de Julio, las apariencias de un accidente en la calle. Es lo único que puede salvarnos.
—¿Y si no está Velázquez?
—Buscaremos otro médico; lo urgente es sacarlo de aquí.
A-pá subió apresuradamente, avisándonos que un «auto» nos esperaba en la puerta.
—Tómalo tú de un brazo —ordenéle a Sifuentes —que yo lo tomaré del otro. Lo llevaremos como si hubiese bebido demasiado.
Al levantar a Julio, lanzó un gemido ocasionado sin duda por los gases del estómago. El miedo casi me hizo soltarle. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para serenarme. ¡Ay, cómo pesaba el pobre! Lo llevábamos en vilo, sosteniéndolo en el aire. ¡Ah, nunca podré olvidar aquel «vía crucis»! ¿Cuántos minutos duró el descenso por la escalera? No lo sé; a mí me parecieron siglos de terror, de vértigo, de angustia...
Al llegar al llegar al «auto», con una extraña serenidad, dije fingiendo burla:
—¡Qué borrachera, Dios mío! Este ha bebido por lo que no ha bebido en su vida. Vamos a Mantas 132, chauffeur
Sifuentes me miró boquiabierto. En el «auto», teniendo al muerto en el medio, yo sentía que mi fortaleza flaqueaba. Con una esperanza irrazonada, tomábale el pulso a cada instante, queriendo advertir la más leve pulsación, cual si aun no estuviera convencido plenamente.
Poco duró, por fortuna, la macabra excursión por las calles de la ciudad. En una esquina, un grupo de amigos trasnochadores, me reconocieron al pasar. Uno de ellos gritó:
—Bien va la juerga, chico...
Se me heló la sangre en las venas.
Cuando llegamos a casa de Velázquez, Sifuentes bajó el primero para anunciarnos. Un terror abominable se apoderó de mí, al quedarme solo con el muerto en el asiento.
Velázquez en persona salió para ayudarnos. En su presencia recuperé el ánimo y dije afectadamente:
—Aquí le traemos a Julio que ha pillado una «mona» terrible. Tendrá usted que reanimarlo, doctor, antes de que lo llevemos a su casa.
El «chauffeur» no se daba cuenta de nada. Acostumbrado a servir señoritos «juerguistas», le parecía natural que uno de nosotros estuviera con todas las de un muerto.
Cuando estuvimos en el consultorio y vi a Julio tendido sobre la mesa de operaciones, no pude contenerme más. Lloré por lo que no había llorado hasta entonces. Los sollozos me ahogaban; temblábame el cuerpo estremecido de congoja, y el corazón con furiosos golpeteos, quería rompérseme dentro del pecho.
Me apreté contra el muerto y, con voz suave, llena de afecto, le hablé, pegando mi cara a la suya, como si quisiera reanimarlo con mi aliento:
—Julio, Julio, mi pobre amigo... ¿Por qué, dí, por qué lo has hecho? Nada valía lo que valía tu vida...
Mi dolor era tremendo. Sentía como si con la muerte del amigo hubiera muerto también mucho de mi juventud.
La voz de Velázquez sonaba obsesionantemente en mis oídos:
—¿Cómo sucedió aquéllo, cómo sucedió?...
* * * * *
Ni la más leve sospecha recayó sobre nosotros. Para todos, Carmona había muerto en la calle, a consecuencia de un exceso alcohólico. Pero en adelante, ya no pudimos reunirnos. Entre nosotros estaba la figura patética del muerto, el recuerdo trágico de aquella noche... La muerte misma, separándonos...
Cumplimos con Julio los últimos deberes. Sobre su tumba, a manera de exvoto, las maravillosas trenzas de María Antonia, atando un ramo de lilas, epilogaron la tragedia de un poeta y su musa.
CARLOS PARRA DELRIEGO
1924
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026