Mi prima Clara
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año VXI, No 497
Bueno Aires, 1927
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año VXI, No 497
Bueno Aires, 1927
*
El amor muere poco a poco, pero nos damos cuenta de ello de repente. Estoy seguro de lo que digo. Un día nos levantamos como todos los dias, bien dispuestos, alegres quizá, y sin embargo, basta un pequeño incidente para que se nos revele de golpe la verdad que ni siquiera sospechabamos un momento antes.
Decíale Alberto Marlowe a su amigo Juan Aliaga, mientras se anudaba la corbata, frente al espejo.
Era un hombre hermoso y varonil; alto, fuerte, de ojos morenos y vivaces: gordos los labios sensuales que descubrían al reír unos dientes parejos y sólidos, de una blancura centelleante. Cerca de las sienes, blanqueaban sus cabellos no obstante tener treinta y dos años. Las mejillas cavadas y las arrugas de la frente, así como el color bronceado de la piel, denunciaban una vida activa y ruda, en frecuente contacto con la naturaleza. A pesar de eso, no tenía el tipo de los hombres de campo. Vestía con elegancia; sus ademanes eran desenvueltos y finos, como los de las personas esmeradamente educadas. Sus amigos le envidiaban tanto su sangre fría como su destreza en las armas, y su fortuna en el amor.
Juan Aliaga era todo lo contrario.
Sacudiendo negligentemente la ceniza de su bout dorée, en la boca de un sapo monstruoso, ingeniosamente convertido en cenicero, dijo mirando a Marlowe con impertinente fijeza.
—No sé por qué, mi querido. Alberto, me parece usted uno de esos pocos que no han amado nunca a ninguna mujer. Advierta usted que recalco, «a ninguna mujer», porque es frecuente en las personas como usted encariñarse, y aun amar cualquier cosa, un arma, un caballo o un perro favoritos, todo menos una mujer.
Marlowe esbozó una sonrisa y preguntó jovialmente:
—¿Por qué cree usted eso? Usted sabe que figuran en mi haber galante muchos nombres femeninos, que más de una vez he cometido locuras por las mujeres.
—Lo que en manera alguna quiere decir que se las haya amado. Amar no es convivir o haber convivido con una o muchas criaturas amables. Me refiero al amor pasión. Usted me entiende.
No sé qué decirle a usted. Por mi parte creo que todos hemos amado alguna vez. Y, en cualquier edad, naturallmente, pues siempre estamos a tiempo para perder la razón.
—Perdóneme usted si mantengo mis dudas, particularmente respecto a usted. Se me hace difícil aceptar que se haya enamorado usted, como se enamora el común de las gentes. Tal vez porque juzgo que los hombres como usted, ganados por actividades y preocupaciones de una naturaleza singular, conceden poca o ninguna importancia al amor.
Marlowe se echó a reír.
—Pero entonces —dijo, —tiene usted una idea muy rara de los hombres como yo. Sin duda, considera usted que somos hechos de un barro especial. ¡Lamentable error, amigo mio! Soy de blanda arcilla entre las manos de Venus.
—Usted es un escéptico, Marlowe. La caza amorosa lo apasiona a usted, mientras no cobra las piezas. Luego, con la misma indiferencia colecciona usted sus trofeos cinegéticos y galantes.
—Naturalmente. Pero eso, porque la esencia del amor, es de suyo fugaz. «Se ama lo que no se ha poseído por entero»; dejamos de amar, lo que no nos ofrece ya, el atractivo de lo desconocido. Él amor es llama que dura un minuto de felicidad dolorosa. Prolongue usted el beso de Julieta, y verá cómo se rompe la escala de seda de Romeo.
—Después de todo, doctorea usted sobre estas cuestiones de un modo que me deja sorprendido —dijo Aliaga, íntimamente admirado de la penetración psicológica de Marlowe, a quien sólo juzgaha capaz de hablar con autoridad de otros asuntos.
—Veo que trata usted de tirarme la lengua —repuso Marlowe. —Lo conseguirá usted. Hoy me confesaría con cualquiera, si me llegara el caso.
—Y bien: cuente usted, disipe mis dudas respecto a su temperamento pasional. Le decía, y lo repito ahora, que no creo que haya amado usted nunca a ninguna mujer.
—Pues se equivoca usted lamentablemente. He amado muchas veces, tantas, ¡ay!, que me parece que mi corazón es una cosa loca, ciega, despreciable quizá. Pero, procederé con orden. Le voy a contar a usted mi primer amor, ese primer amor cuyo encanto ponderan tanto los poetas, y que, para mí, fue motivo de crueles sufrimientos. Era yo may niño, creo que tenía trece años, cuando me enamoré de mi prima Clara de Althaus, una muchacha linda, rubia, dulce y romántica como una heroína de novela antigua. Vivía con nosotros; era huérfana de madre. Su padre, capitán de un barco mercante, la veía rara vez, pues se la pasaba haciendo largos viajes. En casa se la trataba como una hija, sin hacer distingos entre ella y mis hermanas. Tenía veinticinco años de edad.
La cosa comenzó por una atracción indefinible, que no acertaba a explicármela. Desdeñaba juegos y amigos por el placer de seguirla a todas partes, de observar sus movimientos, de mirarla fijamente sin pronunciar palabra. Ella se burlaba cariñosamente de mí; me llamaba «su corderito». Luego, aquella admiración muda se fue convirtiendo en una pasión insensata, pero íntima, tan recóndita que jamás salía de mi pecho. Me contentaba con seguiria de cerca, callado y fiel como una sombra. Mas, poco a poco, sin embargo, el amor me fue revelando su sentido heroico. Soñaba con empresas fantásticas y extraordinarias aventuras, en las que yo era el héroe. Quise despertar su amor, por medio de la admiración que debían causarle mis actos.
Por aquel entonces comenzó Clara a tener relaciones con un joven alemán, que después se desposó con ella. Naturalmente, la presencia de un rival no sólo me puso celoso, sino que avivó terriblemente mi pasión. Oculto detrás de unas matas, espiaba a los enamorados en sus paseos; por el jardin, y lloraba de dolor y celos. Enflaquecí. Apenas comía y mis sueños eran turbados por pesadillas atormentadoras en que los veía enlazados, besándose amorosamente en la boca.
En una ocasión estuve a punto de morir por ella. Jugábamos en el jardín, lanzándonos una pelota, junto al pequeño estanque de los patos. Yo me consideraba el hombrecito más dichoso de la tierra, al verla retozar y reír alegremente conmigo, como si fuera una chiquilla. Me parecía que era mi novia, mi verdadera novia infantil. De pronto, la pelota arrojada con más fuerza, cayó en el estanque. Ella se detuvo, contrariada. Acercóse al borde, y mirando la pelota que se alejaba flotando, exclamó haciendo un delicioso mohín: «¡Qué lástima! Si fueras más grandecito, podrías sacarla y continuariamos el juego». No dijo más. Sin reflexionarlo ni vacilar, me eché al agua resueltamente. El estanque, no obstante su poca profundidad, tenía la suficiente para que pudiera ahogarme. Nadé desesperadamente, cogila y volví a la orilla. Ella me ayudó a subir. No salía de su asombro. Quedárase admirada al ver mi acción. Con dulce reproche, me dijo después, besándome en la frente: «¡Qué loco! Eres un loquito valiente». Yo agaché la cabeza, sin decir palabra, lleno de confusión y de orgullo. El reconocimiento que ella hiciera de mi valor, me causaba vivísima satisfacción. Fui a casa a mudarme de ropa, pisando firme, muy contento de haber realizado lo que yo juzgaba una gran proeza, y que, en realidad, lo era. Eso sí; me guardé muy bien de decir cuál era el verdadero motivo del chapuzón, por pudor de enamorado. Durante la cena, ella se encargó de referir la cosa. Mi padre se sonrió, mirándome con irónica indulgencia, mientras mís hermanas se burlaban donosamente de mí. Yo recibía las bromas, callado, rojo como la grana, con dos lágrimas temblándome al filo de las pupilas.
Cuando salí del comedor, escuché que mi padre decia: «Alberto se ha enamorado de Clara», y a mi madre replicar de esta suerte: «¡Bah!, ya le sacaré esas tonterías de la cabeza, con unos buenos azotes». Clara desgranó el collar de perlas de su risa. Fuíme a acostar, humillado y rabioso. Dolíame que hicieran escarnio de mí, delante de ella. Aquella noche los novios no tuvieron quien los espiara.
Los días transcurrían entre crueles y dulces alternativas. En silencio padecía las torturas, y gozaba las pueriles dichas de los enamorados. Un gesto, una mirada, eran motivo de regocijo, pero. asimismo, la menor señal de indiferencia me hacía sufrir hasta las lágrimas. ¡Cómo es cierto que el amor infantiliza a los hombres v vuelve graves a los niños! La amaba como un hombre hecho y derceho, con la misma seriedad, con la misma intensidad dramática.
Así llegó la vispera de la boda. Presencié los preparativos de la ceremonia, que se realizaría en casa, sumido en un letargo del corazón, que me hacía verlo todo con una indiferencia absoluta, como si no fuera ella la que se iba a casar. Durante el día yo mismo ayudé a los sirvientes a enguirnaldar las puertas y a mover los muebles. Clara, demasiado embebida en sy propia felicidad, ni siquiera reparaba en mí. Sólo mi padre me observaba con inteligente atención. No le parecía natural mi tranquilidad, después de haber delatado mi apasionamiento, repetidas veces, con acciones de suyo elocuentes.
Hacia el atardecer, una melancolía muy honda, muy fina, muy sutil, se fue apoderando de mí. Acometiéronme ganas de llorar, lenta y calladamente, donde nadie pudiera verme. Me lastimaba el aspecto de fiesta de la casa: las flores, las guirnaldas, las bandejas y dulceras colmadas de ricas golosinas, cosa que en otra ocasión me hubiera alegrado extraordinariamente. Comprendía que se aproximaba el fin de mi poema, tanto más cruel cuanto que era inevitable. ¿Qué podía hacer yo para detenerla, para impedir esa boda que truncaba definitivamente mis ingenuas ilusiones? Nada, por cierto. ¡Tener que dejarla partir! Se iría con mi odiado rival, quizá para no volver más. No volverla a ver; esta idea se me hacía insufrible.
Cuando llamaron a cenar, me oculté detrás de un mueble para no bajar al comedor. No hubiera podido resistir su presencia com tranquilidad. Desde mi escondite oí que me llamaban, dando voces por el jardín. Poco después cesaron los gritos, y abandoné el escondrijo. No sabía adónde dirigirme, ni qué hacer. Adolorido, indeciso, anduve por los corredores sin atreverme a entrar a las habitaciones. Del comedor subía alegre tintineo de cristales y cubiertos, mezclado al run run de las conversaciones. A veces percibía su voz de un timbre tan puro, que todavía resuena en mis oídos, o el campanilleo musical de su risa. Era feliz; hablaba y se reía ajena a mi dolor, sin sospecharlo siquiera, mientras mi pobre corazón de niño exprimía sus primeras lágrimas de hombre. Yo pensaba en que, cada hora, cada minuto, cada segundo, aceleraba el plazo, y me decía: “Mañana a estas horas se habrá marchado, y entonces, ¿qué será de mí?” No volver a escuchar ni su voz ni su risa, no volver a mirar sus cabellos, sus ojos, su boca, no volver a sentir sus pasos ni a aspirar su perfume... ¡No volverla a ver! Me parecía absurdo, inconcebible, que la simple agrupación de unas cuantas palabras que, aisladas, carecían de sentido, juntas decretaron mi desgracia. No sólo la muerte nos arrebata a los seres que amamos; la separación es también una muerte, a veces más cruel que la verdadera. El dolor agudizaba mi intuición infantil, haciéndome razonar con una lucidez que me hacía daño. Todo lo veía con una claridad perfecta, pero asimismo, falto de lógica, de razón natural. Sentía que algo maduraba prematuramente en mí. ¡Oh, qué proceso alucinante, lleno de pasión y de fiebre, se realizaba en mi interior! La felicidad era ella y me la quitaban. Pero, ¿quién, cómo, por qué? Tales interrogantes que no hallaban respuesta ni en mis ideas ni en mis sentimientos, me hicieron entrever el sentido trágico de estas palabras: Destino, Fatalidad.
De repente me acordé de que debía tener hambre. Saqué una manzana que llevaba en el bolsillo y me puse a mordisquearla, arrimado a la pared. Pero mi garganta se negaba a dejar pasar el alimento. Arrojé la fruta mordida, y volví a mis tristes pensamientos. Evoqué los momentos dichosos que viviéramos juntos. Cierta mañana de sol, en el jardín, persiguiendo mariposas rodáramos enlazados por el suelo. Sobre el mío, su cuerpo pesara como una carga tibia y fragante; en otra ocasión, un beso robado mientras dormía la siesta. Y ésto, y aquéllo, y lo otro; mis éxtasis mudos, la ternura de su perfume, su crencha romántica flotando al viento, el revuelo turbador de sus sayas cuando danzaba o corría...
Su imagen, unida a las sensaciones del recuerdo, me arrastraron a su habitación. Penetré en ella, furtivo como un malhechor. Al abrir la puerta, su fragancia, de que tan impregnada estaba, me penetró mareándome dulcemente. Era como si la besara, en el aire que enternecido aspiraba.
Se advertía el desorden de los preparativos urgentes y felices: flores, obsequios de boda, útiles de viaje; maletas con las bocas abiertas; aquí un zapatito perdido, acullá un cesto de costura con sus carreteles de colores; un frasco de esencia, volcado; su muñeca con los ojuelos más azorados que nunca. Presidiendo aquella confusión de cosas movidas por manos nerviosas, su vestido de novia puesto sobre el familiar maniquí de mimbre, donde mi madre entallaba sus blusas de pecho redondo y talle de avispa... Era de seda, adornado con ramitos de azahar, e infinidad de ruches, volados y dobladillos; arrastraba una cola larguísima, blanca, angosta, como un rayo de luna en una habitación obscura. El velo flotaba cándidamente sobre él. Mis ojos lo palparon, lo envolvieron, lo estrujaron.
No debía sorprenderme verlo, toda vez que era lo natural que estuviese allí, y sin embargo me quedé clavado en el sitio, mudo, absorto, poseído de una intensa emoción. A decir verdad, no sé cuánto tiempo permanecí de esa suerte. Y continuara así, quién sabe hasta cuando, si no hubiera visto que, de pronto, el maniquí se animaba. ¡Era ella, con la cara arrebolada de dicha, lista para la ceremonia núpcial! Alelado un momento, caí luego de hinojos, deshecho en lágrimas. Lloraba sin sollozar; las lágrimas me corrian por las mejillas, silenciosas y lentas. Me abracé al maniquí como un desesperado; era la primera y más hermosa ilusión de mi vida, que veía desvanecerse con la muerte en el corazón.
Al cabo de un rato cuya duración no podría precisar, pues el dolor prolonga indefinidamente los instantes amargos, reaccioné lleno de odio y de violencia. Los adornos, los azahares, el velo, en suma, todo lo que momentos antes había contribuído a enternecerme dándome la ilusión de que era ella misma, excitaron mi furor. Como un loco me abalancé sobre el maniquí y comencé a desgarrar sedas y tules, sintiendo que, a medida que aumentaba el destrozo, me aliviaba del peso de un deseo incontenible. A puñetazos aplasté la débil armazón de mimbre, y seguí rompiendo hasta convertirlo todo en un montón de trapos desgarrados y de varillas quebradas. Entonces respiré satisfecho. Parecíame que había vengado una ofensa.
Jadeaba, fatigado por el esfuerzo; las sienes me latían afiebradas. De pronto, acometido por un miedo extraño, salí de la habitación a grandes pasos, crucé el corredor y descendí rápidamente por la escalera que comunicaba con el hall de entrada; gané el jardín y tomé luego a campo traviesa, corriendo.
La humedad nocturna moteaba de rocío las hojas de los árboles. Ascendía el aliento de la tierra en cálidas vaharadas, que hinchaban de regocijo el oboe del sapo y el violín del grillo. Un vuelo de luciérnagas salpicaba de esmeraldas las matas obscuras. La noche era clara; en lo alto, mostraba su cofre de joyas azules: la gran piocha de diamantes de la Cruz del Sur, el solitario de Venus, el lejano rubí de Marte... De vez en vez, se oía el canto de un pájaro insomne. Yo corría, corría, desgarrándome las manos en las zarzas, tropezando y cayendo, impelido por un ansia imprecisa de llegar no sé adónde. Me detuve un instante para tomar aliento, y proseguí después mi alocada fuga. Al final caí en una zanja, rompiéndome la cabeza con una piedra que allí había. La violencia del golpe me privó del sentido. Por fortuna para mí, al caer quedé con la cabeza y medio cuerpo fuera del agua. Aquí, naturalmente, se interrumpen mis recuerdos, para reanudarse a la noche siguiente, en que desperté en mi cama, rodeado por mis padres que me miraban con caras ansiosas y afligidas. Al notar en casa mi desaparición, relacionándola con el destrozo hecho en el vestido de novia, buscáronme afanosos por todos los rincones. Me encontraron al día siguiente, en el mismo sitio donde había caído, poco menos que muerto. El golpe hiciérame una herida enorme que, a decir del médico, estuvo en un tris que no fuera mortal.
Lo primero qué hice al darme cuenta de que me hallaba en mi casa, fue buscarla con la mirada. Me guardé muy bien de preguntar por ella, y volví a cerrar los ojos. Durante cinco días no me abandonó una temperatura altísima. Deliraba incesantemente; en mi delirio reconstruía la escena del vestido, y le invocaba su perdón con mil ternezas. Mis padres estaban asustadísimos, no sólo por el estado de mi salud, sino por la medida que daba de mi temperamento pasional.
Entré en convalecencia, física y moralmente aniquilado, No sentía deseos de nada. Quedaron mis nervios tan excitados, que, por lo menor, echaba a llorar. Por las tardes me sacaban al jardín en un sillón, y mientras mi madre me leía lindas historias de corso y de guerra, yo pensaba en ella, dulcemente emocionado. A veces creía verla cruzar uno de los senderos, aparecer detrás de unos árboles, o asomarse al estanque como aquella vez en que me lanzara valientemente a recoger la pelota. Las imágenes eran tan vivas, tenían tales apariencias de realidad, que mi corazón se ponía a brincar cual un pajarillo asustado, y los ojos se me llenaban de lágrimas. Mi madre, entonces, interrumpía la lectura, y haciendo un gesto friolento, decía: «Vamos; se ha descompuesto la tarde». Yo adivinaba que quería substraerme a mis recuerdos sentimentales.
La llegada del invierno, empeoró mi quebranto. La convalecencia se hizo lenta y penosa. Desde la ventana de mi habitación vi al jardín desnudarse de verdura, y por las noches escuché el monótono golpeteo de la lluvia sobre los cristales, mientras el viento gemía sacudiendo las ramas peladas.
Sufría calenturas intermitentes, y el decaimiento de mi ánimo era el mismo de los primeros días. El médico díagnosticó una aguda crisis histérica, y recetó cura de clima, distracciones, lo que se receta a las novias abandonadas... Mis padres convinieron en todo, y esperaron el cambio de estación para que pudiera ir al encuentro de mi tío Althaus, a quien le escribieron rogándole que me aceptara como pasajero en su barco. Mi tío contestó accediendo gustosísimo. Era un viejo encantador; ocultaba un corazón puro y alegre, bajo su rudo aspecto de lobo de mar. Su mayor ambición había sido tener un hijo, para educarlo a su modo, inculcándole su amor al mar y su afición a correr mundos.
El solo anuncio de este viaje, me sirvió de alivio. Aguardaba impaciente la primavera, bajando todas las mañanas al jardín para ver si habían reventado las yemas. Por fin, amaneció un día tibio, con gorjeo de pájaros y alegría de rosas que se abren. Se aproximaba la hora de partir. Mi padre me dijo lleno de afectuosa gravedad.
—Sólo son hombres, los que logran dominar y vencer sus pasiones. Espero que regresarás hecho un hombre, por el vigor y por el espíritu.
Yo besé su bella mano de marqués, y se lo prometi formalmente.
* *
Es de imaginarse el asombro que le causó a mi prima, y a todos, ver el hermoso vestido de novia hecho jirones. Nadie quería dar crédito a sus ojos. Su prometido, el alemán Karl Hansen, menos sorprendido que rabioso, reclamaba para mí un castigo sin precedente, pues, desde el primer momento, nadie dudó de que yo fuera el autor del estropicio. Era un hombre vulgar, lleno de preocupaciones materiales. Clara no le amó jamás. Casóse con él porque, dócil de suyo, seguía los consejos de mi madre, interesada en procurarle, «un partido de conveniencias».
La pobre recogió temblando de emoción, los restos de sus galas nupciales. Parecióle aquello funestísimo agüero; era como si hubiesen destrozado las pocas ilusiones que llevaba al matrimonio. Por otra parte, causábale profunda impresión la prueba de que mi amor fuera capaz de actos semejantes, propios de una pasión exaltadísima y celosa.
Mi padre fue el que más sorprendido se mostró; pero su asombro tenía mucho de alarma y de inquietud. Un muchacho que realiza tales cosas, está a dos pasos de la locura, del suicidio quizá.
Mamá hablaba por los codos. ¡Pobrecilla! Bien pronto trocaría su cólera, en desesperación y pena. Mas, en tanto, solidarizada con el buen Karl, quería también para mí un castigo ejemplar.
En puridad de verdad, queriéndolo o no, había ocasionado un grave trastorno.
¡Adiós fiesta de bodas! El matrimonio mismo debería postergarse, pues, la novia, quedara sin traje. Pero Karl no quiso transigir; le urgía casarse, para reanudar cuanto antes su vida cotidiana. La boda se efectuó, con la imprescindible asistencia de padrinos y testigos, y los novios se marcharon en seguida dejando a los míos empeñados en hallarme.
Huelga decir, que puse en alboroto a todo el mundo. Mi madre encendió velas a una infinidad de santos para que me devolvieran vivo a sus brazos. Ya no pensaba en imponerme penitencias; me quería a todo trance, con desgarrada angustia maternal. ¿Qué había hecho una diablura de esas que merecen azotaina, encierro, ayuno?... ¡Bah, era su hijo! Antes que perderme, perdonárame otra más, iguales o peores.
Clara lloró sobre el pecho de mi madre al despedirse, y, al oído, le rogó. que no me castigara. «Ella me perdonaba. Convenía en que era un loquito, pero de muy buen corazón. Además...»
Mi madre comprendió. Le dijo que podía irse tranquila, y, al final, ambas lloraron mientras se daban el postrer beso. Karl, muy serio, muy digno, ceremoniosamente enlevitado, no dijo nada. Juntó los pies en actitud marcial, y estrechó la mano a todos, haciendo grandes reverencias.
El viejo coche de casa partió llevándose a los novios, sin que nadie se atreviera a gritarles felices augurios. Desde el pescante, Juan exclamó con la expresión del que ha padecido anpustias por un hijo: «¡Permita Dios que encuentren al niño sano y salvo!». Luego fustigó nerviosamente a los caballos, y a poco el coche se perdió en un recodo del camino.
Mi madre lloraba sin abandonar su frasco de sales y su lindo pañolito de encaje, cuando el granjero vecino entró a la sala llevándome en brazos. Papá fumaba pensativo y silencioso. Mi aspecto era lastimosísimo; estaba cubierto de sangre y de lodo, con más cara de muerto que de vivo, y, sin conocimiento aún. Lleváronme a la cama, entre ayes y gritos de dolor. Mi padre, muy pálido, daba órdenes con la voz un poco velada. Después de que el médico lo hubo tranguilizado respecto a mi estado, prohibió que se me hiciera el menor reproche, ni que se aludiera a lo ocurrido delante de mí. Tenía un sentido muy fino y muy humano de las cosas; por otra parte, entendía y practicaba a su manera, los deberes de la paternidad.
* * *
Cuando pisé la cubierta de la fragata «Betsy», entre medroso y azorado, por la planchada subían y bajaban, incesantemente, varios trabajadores llevando al hombro grandes fardos que les quebraban los riñones. El sol quemaba de firme. Las camisetas, empapadas de sudor, destacaban los bellos torsos musculosos; rebrillaban los rostros, y las pupilas fosforescían en el cerco negro de hollín y de polvo, de las ojeras.
Oíanse gritos breves, dando órdenes; exclamaciones, juramentos; la voz monocorde del apuntador, contando los fardos embarcados; de repente, una risotada soez, o un terno seco y restallante como un disparo. El mar de aguas sucias del puerto, dormía immóvil, aceitoso, semejante a una plancha de acero pulido. Algún que otro pájaro marino, en lento vuelo se tostaba allo spiedo bajo la brasa del sol. Olía a mercaderías llegadas de muy lejos, a sardina, a polvo y sudor.
Yo temblaba de la mano de Juan, que estaba no menos aturdido y medroso. Me desconcertaba la realidad de una vida insospechada hasta entonces. El mar fingía a mis ojos un camino sin fin por donde yo, como aquellos hombres que veía encorvados y afanosos, tendría que perseguir el falso límite de un horizonte inaccesible. ¡Qué distintas eran las cosas de cómo me las había fgurado durante el viaje en ferrocarril, mientras Juan me contaba hermosa aventuras marinas! Esos hombres bestializados por las rudas tareas bajo un sol implacable y terrible, no eran por cierto los bellos marineros de mis láminas infantiles que fuman sus pipas frente a un mar deliciosamente añil. Todo me parecía feo, sucio, desnudo y cruel como las verdades tristes, ausente de esa emoción poética con que había imaginado los puertos, el mar, los barcos, los trabajadores, en mis divagaciones de niño enfermizo y soñador.
Hubiera querido volverme, pero no me atrevía a confesar mi decepción y mís temores. Por otra parte, era ya tarde para ello. Desde el puente, mi tío Althaus nos hacía señas, invitándonos a subir. Sus fluviales barbas de Neptuno con gorra de capitán, le caían flotantes sobre el pecho, dándole un aire de majestad imponente. Las cejas, enmarañadas y foscas, ocultábanle casi los ojos, agravando su aspecto severo.
Arrastrándonos el uno al otro, subimos yo y Juan. Mi tío me exaninó largamente, con minuciosa atención, luego, dándome una palmada en el hombro, que por poco no da conmigo en el suelo, sentenció con irónico desdén.
—Estos chicos de tierra adentro, parecen arenques salados.
Juan asintió cobardemente con la cabeza, en tanto que yo, sin saber que decir, callaba, asustado; este aprovechó la ocasión para entregarle las cartas de mis padres, e indicarle que habíamos dejado mi equipaje en tierra. Mi tío no contestó; obligónos a bajar con él a su cámara, y ahí impartió las órdenes necesarias.
Envalentonado a medias, le dije entregándole un paquetito del que no me había separado un instante, por recomendación expresa de mi madre.
—Tío: mi mamá te ruega que aceptés este modesto obsequio. Es hechura de sus manos, y desearía que lo usaras en su nombre.
Repetí sin vacilar ni equivocarme las frases que me enseñaran antes de partir. Mi tío Althaus desenvolvió el paquete. Era una relojera en forma de chinela, de esas que se cuelgan en la pared; en la parte inferior ostentaba su monograma, con grandes letras hermosamente bordadas. Cuidadosamente envuelto en un papelito de seda, había también un gajo de azahar de la corona nupcial, que la pobre Clara no alcanzara a ceñirse.
A Juan le urgía marcharse, para tomar el primer tren de la tarde; no quiso aceptar un trago de whiskey que le ofrecía mi tío, y se acercó a mí para despedirse, con los ojos húmedos de ternura humilde. Me abracé a su cuello con las lágrimas a punto, haciendo esfuerzos para no llorar. Era el último vínculo que me ataba a los míos, a mi casa, a todo lo que hasta entonces había constituido mi vida, y separarme de él se me hacía muy penoso. Al fin, él se desasió; buscó mi mano y encerró en ella una linda moneda de oro «para que comprara cualquier cosita, acordándome del viejo Juan», y se marchó sim volver la cara... Estoy seguro de que se iba llorando.
No pude más.
—Adiós, Juan, adiós. Dale muchos besos a papá, a mamá, a mis hermanas. Adiós...
Un gesto de mi tío me cortó la voz en la garganta. Me hundí en el sofá ocultando la cara entre las manos y rompí a llorar, desconsolado. Él me dijo sin la menor inflexión compasiva:
—Los hombres nunca lloran. Yo no quiero muñecas, sino hombres, hombres valientes.
Súbitamente dejé de llorar. Mi tío me imponía un gran respeto, no exento de miedo. ¡Qué lejos estaba entonces de sospechar la ternura que encerraba su bondadoso corazón!
Oprimió el botón de un timbre, y ordenó que llamaran a Jack. Jack era un negrazo formidable, jamaiquino o senegalense —ni él mismo lo sabía,— diestro en todos los oficios de mar, el primero en las peleas, el último a la hora de las recompensas, celoso y leal como un perro con el amo. Mi tio le tenía a su servicio desde pequeñuelo; era casi su esclavo.
—Llévalo a que conozca el barco —díjole. —Paséalo por donde quiera, y me lo traes a la hora de almorzar.
Sin decir palabra, Jack me agarró por la muñeca, y salimos. Mi mano colgaba de su manaza, trémula y asustada, como una avecilla cogida por las patitas. ¿Qué ramo de piedad deshojó en su pecho mi actitud de niño triste? 5us hermosos ojos de fiera se dulcificaron, y la más humana sonrisa pintó una cinta blanca entre sus belíos colorados.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Alberto, ¿y tú?
—Jack.
Este breve diálogo bastó para que nos hiciéramos grandes amigos. Prometió construirme un lindo barquito, y finalizó sentenciosamente.
—Ya verás: nos vamos a divertir mucho.
Luego recorrimos todo el barco; bajamos y subimos escaleritas muy pinas, intentó hacerme trepar a las jarcias, merodeamos en la despensa —él tenía las llaves,— saqueamos una fiambrera donde había riquísimos duraznos, y, así, cuando llegó la hora de almorzar, entré a la cámara de mi tío, con la faz arrebolada de contento.
Hacia el anochecer, se hizo el barco a la mar. Una brisa ligera hinchaba las blancas velas desplegadas, y la «Betsy» avanzaba danzando dulcemente sobre las olas.
La cámara de mi tío estaba alumbrada por una lámpara de acetileno, que despedía una luz pálida. Habían dispuesto mi lecho en el sofá. Después de cenar, mi tío subió al puente recomendándome antes que me acostara. A Jack le ordenó que recogiera la mesa, y que, al salir, apagara la luz.
—Jack, ¡no te vayas! —le suplique yo, súbitamente atemorizado.
Tenía miedo de quedarme solo, un miedo vago, confuso, uno de esos miedos que suelen acometer a los niños de imaginación exaltada.
Jack se sentó a la turca, en el suelo, y comenzó a referirme la pesca fantástica de un pez que tenía un enorme brillante en la cabeza. Él lo había visto en las claras noches del trópico, navegar veloz a flor de agua, excitando la admiración y la codicia de los marinos.
Los ojos se me cerraban sin querer. Entre dormido v despierto, veíame cabalgando el maravilloso pez, que volaba sobre las olas con su fantástica luz en la cabeza monstruosa. El rumor del agua azotando los flancos de la «Betsy», era como un arrullo apasionado y ronco. Al fin me dormí completamente.
—¡Hala! Arriba, grumete.
La voz de mi tío me hizo saltar de la cama. Por la ventanilla a medio entornar, la mañana desenrollaba sus velos celestes. El alarido trémulo de las gaviotas, saludaba el orto del sol. Anunciábase jubiloso el nuevo día.
Después de mascullar una oración, mientras me abrochaba los últimos botones, me asomé a la ventanilla. Una bocanada de aire fresco y salino, concluyó de despabilarme, A un centenar de metros, azuleaba la costa. Casitas de Nacimiento escalaban las lomas: el muelle extendía sobre el mar su brazo de acero, rematado por la esbelta torrecilla de un faro. En cubierta, tres hombres fregaban el piso, canturreando... Sentí palpitar el ritmo de una vida que, desde entonces, sería la mía.
Cuando Jack entró trayendo el desayuno, le admiré como a un viejo amigo; él me sonrió con los ojos. Mi tío Althaus se puso a untar gravemente, la manteca en el pan...
* * * *
¡Cuánto camino recorrido en la vida, en seis años de incesantes correrías! Seis años permanecí en la fragata, pegado a ella como un crustáceo amoroso. Fuí su grumetillo más fiel. Cuando en los muelles, veía sus altos mástiles cual árboles fantásticamente frutecidos de gaviotas, el corazón se me hinchaba de alegría. Y cuando, desplegadas sus velás, corría sobre el mar, ningún pájaro me parecia más hermoso y veloz. ¡Ah, y cuando la tempestad hacia crujir su arboladura, y toda ella se estremecia sacudida por las furias del viento y del mar, entonces me acometía un miedo atroz de que naufragara la “muy velera”, la veterana de todos los mares.
—Anda, «Betsy», aguanta un poco más —gritábale como a un ser animado. —Pronto entraremos a puerto y calafatearán tus heridas.
Los recuerdos habían muerto en mi corazón. ¡Qué lejanos me parecían mis padres, Clara, mis hermanas, mi casa! Todo eso pertenecía ya a un pasado horroso y distante. Yo no tenía más parientes que mi tío, más casa que la "Betsy”, más amigos que sus tripulantes, ni otras diversiones que la fajina diaria, y por las noches, el corro calido en que se cantaban nostálgicas canciones, y se referían lindas historias de amores románticos y tristes. Mi vida comenzara aquella mañana en que, temblando de emoción, Juan me dejara a bordo de la fragata.
Crecí; me hice fuerte. A los diez y seis años era ya un mocetón, capaz de derribar a cualquiera de un puñetazo. Mi piel adquirió el tono yodado que da el aire salino. Aprendí a conocer las rutas que señalan en el cielo las estrellas, a hacer infinidad de nudos marineros, a manejar el timón. Lavé pisos, trepé a las jarcias; fuí señalero, patrón de un bote; piloto a ratos, oficial de derrota... Mi tío confiaba plenamente en mí; me amaba con orgullo, pero sin que por ello se resintiera la disciplina: antes que nada era para mí «el capitán». La única condescendencia que tenía conmigo, era la de permitirme comer a su mesa. ¡Rijoso y gallardo viejo! Sólo una vez besé su frente venerable: cuando tenía los ojos cerrados para siempre.
Mi tío me permitía desembarcar en los puertos de escala, pero con la prohibición expresa de probar una gota de licor. Solía hacerlo con los marineros, y con ellos recorría los bares donde se baila, azorándome grandemente cuando alguna muchacha se me acercaba más de la cuenta. Era puro e ingenuo; ignoraba los atractivos del amor que se merca, y por instintiva aprensión, los rechazaba. Por otra parte, tenía sobre mí la celosa vigilancia de Jack, constituido en cuidador de mi salud física y moral. Su ruda ternura, tenía extremos que parecerían pueriles o grotescos, si no los inspirara un afecto hecho de lealtad y de sumisión. Juntos no temíamos a nada ni a nadie. Enredábamonos en aventuras que, hoy, al recordarlas, me admiran por su audacia. ¡Oh, épicas palizas, estupendas trompeaduras, honrosas escapadas! Por un quítame allá esas pajas, armábamos cisco. Volaban copas y botellas, chillaban las mujeres, y en medio del bullicio y la gresca, los dos repartiendo palos y bofetadas que era un contento. En Argel corrimos a una docena de moros, en una fonda de Marsella, nos hartamos de tripas, después de despatarrar a unos cuantos; y en Guayaquil, y en Panda, allá en la remota África, y en Santos... Maravillosa sucesión de imágenes y, sensaciones, pasan, por mi memoria al evocar aquellos tiempos. La emoción de llegrar a puerto, después de una travesía de dos meses; perfumes exóticos; visiones de lujuria vegetal; frutos, flores, costumbres típicas; las casas de papel del Japón; Benarés con su río sagrado, donde se bañan fanáticos de piel cobriza y ojos místicos; y puertos, y más puertos, pequeños, grandes, humildes, pintorescos, sucios, enormes con una selva de grúas; puertos de colores, como estampas de un lindo libro de cuentos. En Shanghai me emborraché de opio, por primera vez en mi vida; Jack me sacó del fumadero entre horribles vomitonas, después de haber apaleado a unos cuantos coolíes.
Naturalmente, regresaba al barco con buena cuenta de mojicones y magulladuras. Mi tío no me hacía el menor reproche, y, escondidos detrás de la maraña de las cejas, sus ojuelos vivaces se reían de satisfacción. Él también, en sus mocedades, anduviera en lances de toda índole.
* * * * *
Descendí del coche a la entrada de la quinta, y no sin cierto embarazo avancé por un senderillo hasta llegar a la puerta principal. Era un edificio sin estilo, pesado, con los balcones saledizos y el techo abuhardillado recubierto de pizarra. En realidad, me incomodaba un poco el traje de petimetre, que las circunstancias me obligaban vestir.
Acababa de complir diez y nueve años. Un bigotillo presuntuoso me sombreaba el labio superior, todavía fresco y sonrosado cual el de una señorita. Sin duda, era un bello adolescente, fuerte, puro, varonil.
No me atrevía a levantar el llamador, lleno de cortedad y de disgusto. Hasta entonces, la misión que me confiara mi tío no me pareciera dificultosa. De Clara, apenas si me había acordado de un modo indiferente; mas no era la proximidad de su presencia lo que me turbaba, sino el temor de no saberme conducir delante de personas educadas, después de haber vivido tantos años olvidado por completo de los usos sociales. De buena gana hubiera vuelto grupas, si la obligación de cumplir una orden «del capitán», no se impusiera a mis vacilaciones.
Di tres golpes y espere anhelante, como si por la puerta tuviera que aparecer un monstruo, Al cabo de un rato, una dama me abrió. Permanecí unos instantes perplejo, sintiendo que todo se movía a mi alrededor; la voz de ella, de evocadora musicalidad, me confundió aun más.
—¡Oh, Alberto! Qué grande estás.
Era mi prima Clara. Temblé; mi silencio se convirtió en mudez absoluta.
—Pero entra, hombre, entra. Anda, no te atortoles; soy yo: tu prima Clara.
Al fin pude balbucir:
—Prima Clara, prima Clara...
Los seis años transcurridos le dieron a su belleza un exquisito tono otoñal. Había engrosado; se adivinaba bajo la blusa, el esfuerzo del corsé oprimiendo el talle y las caderas opulentas. Sus ojos ganaran en dulzura como si la sombra de tristeza que se veía en ellos los aterciopelara con humedad de lágrimas. Vestía de negro, con mucha sencillez y recato. Llevaba los cabellos recogidos hacia atrás, en un moño que sujetaban peinetas de concha. Algunos ricillos que jugaba sobre su frente, animaban un poco su semblante pálido y triste. Olía a rosas marchitas, a frascos vacíos de viejas esencias; era un perfume dulce y evocador de pañuelos guardados en arcas de cedro.
Mi situación era en extremo desagradable. No atinaba a dar un paso adelante, y ni siquiera a depositar en el suelo la jaula del loro y los paquetes que llevaba en las manos. De repente, el loro se puso a chillar, a grito pelado:
—Jack granuja, el rancho para Panchito.
Clara soltó a reír, enseñando sus lindos dientes, en tanto que me quitaba la jaula de la diestra.
—¿Se llama Panchito? —me preguntó. —¿Qué pide, qué es lo que quiere?
Por fortuna, el incidente aquel disipó en algo mi cortedad. Yo mismo no pude menos que reírme. Precediendo a Clara, entramos a una habitación amplia, con grandes ventanas, suerte de sala y biblioteca, en uno de cuyos ángulos había un piano con un retrato de mi tío, en un hermoso marco de pie.
Llevaba algunos obsequios. Para Clara destinaba el loro, una bolsa y un cofre hecho de conchillas, y una caracola en cuyo interior había un paisaje pintado; para Karl, dos pipas, una cigarrera de paja tejida y una caja de habanos.
Mi prima me agradeció efusivamente los regalos, y se mostró encantada con el loro.
Le divertía muchisimo oírlo pedir el rancho, llamándole granuja a Jack.
Karl estaba ausente; de ordinario se quedaba en su oficina, hasta una hora avanzada de la tarde.
Clara me acompañó a la habitación que me tenían preparada, donde ya habían subido mis valijas. Era muy clara y alegre, empapelada de azul, con una gran ventana que se abría sobre la parte más boscosa del jardín.
—Debes estar muy cansado, hijito —díjome con dulce solicitud maternal. —Aquí puedes descansar hasta que llegue la hora de cenar.
Efectivamente, estaba derrengado por el largo viaje en ferrocarril y en coche, de manera que, cuando se hubo marchado, me tumbé en la cama, feliz de hallarme solo. A las siete en punto, llamaron con los nudillos en la puerta. Me lavé y me vestí apresuradamente, y bajé al comedor donde ya esperaban Karl, y el cura de la parroquía, íntimo de la casa, pues Clara vivía entregada en cuerpo y alma a las prácticas devotas. Karl me saludó como si me hubiera dejado de ver el día anterior, y me agradeció sin efusión los obsequios. No lo hacía porque aun me guardara rencor, sino porque tal era su carácter.
Después de rezar el benedicite, Clara sirvió la sopa. Me había colocado a su lado, de manera que me llegaba más íntimo y vivo su dulce perfume de cosas evocadoras.
Karl hablaba del comercio de lanas. «Los señores Wulff, de Berlín, tenían en la localidad un stock inmóvil, que significaba una gran pérdida.» El cura no le hacía caso, y Clara, por costumbre, le miraba y asentía con la cabeza a todo lo que decía. El cura quería oírme contar algo de mis viajes. Su mayor ambición había sido ser marino y viajar mucho, pero su madre, una devota intransigente, lo obligara a seguir la carrera eclesiástica. Aprovechando una pausa de Karl, me interpeló directamente. «¿Conocía Jerusalén? ¡Oh, la Santa Tierra, toda llena de piadosos recuerdos!»
Yo le dije que no había estado en Jerusalén, pero que, en cambio, conocía Roma; había visto al Papa, a los cardenales; visitara el Vaticano...
Clara le ayudó a pedirme que contara algo. Karl sentenció gravemente: «Los viajes aprovechan mucho a los jóvenes.»
Animado por las instancias, y más que nada por las copitas de vino que bebiera —yo que no tenía costumbre de probar una gota de vino,— solté la lengua a todo trapo, y comencé a referir hechos y aventuras de mis viajes y de los lugares que conociera. Yo mismo me daba cuenta de que me había vuelto extraordinariamente locuaz. Hablé de la India, de los puertos del Japón, con sus casitas de juguete; del misterioso Egipto, lleno de turistas millonarios y de fellahs hambrientos; de Liverpool, de Buenos Aires, de Nueva York y sus «rascacielos» grigantescos; y, de repente, cuando más embebecidos escuchándome estaban, ¡zas!:
—Una noche, con Jack, en un cafetucho de Tolón, «dos cocotas»...
El gesto de rubor y espanto que advertí en Clara, me cortó la palabra. A Karl se le cayeron los anteojos a la punta de la nariz; fingió el cura un ataque de tos. Luego se hizo un silencio terrible.
Deseé hundirme a siete metros bajo tierra, que el techo se desplomara, que sucediera algo inaudito, en fin.
La llegada del postre, sirvió de alivio a todos. Reanudóse la charla, con frases breves y desganadas.
A pesar de lo ocurrido, al darle las buenas noches para irme a acostar, Clara me despidió con una mirada indulgente y cariñosa. Gracias a ello pude dormir a pierna suelta, olvidado del chasco.
La misión que me encargara mi tío, obligábame a permanecer en casa de mis primos algunos días. Debía llevarle a mi regreso, previamente legalizados, los documentos de compra y cesión de unos campos, que mi tío le otorgaba a su hija. Previendo que me aburriera, Clara me prometió hacer lo posible para que pasara a gusto aquella espera obligada.
Por las mañanas bajaba un rato al jardín, o bien iba al pueblo caminando, y después de la siesta me reunía con mi prima en el salón, para hacer un rato de lectura. Ordinariamente estábamos solos. Karl, absorbido por sus ocupaciones, ni siquiera almorzaba con nosotros, y por las noches, luego de cenar, se encerraba en su escritorio hasta la hora de acostarse. Aquello explicaba suficientemente la exagerada devoción de mi prima, que languidecía entre suspiros y rezos...
Poco antes de marcharme, un atardecer, estando los dos en el salón, leyendo ella y yo entre aburrido y sentimental, interrumpió la lectura para pedirme que encendiera el quinqué, pues ya escaseaba la luz. Yo me atreví a decirle que era mejor que conversáramos un rato, aprovechando la penumbra crepuscular, tan llena de sugerencias poéticas. No pareció sorprenderse por mi ruego, y accedió. Entonces comenzamos a charlar de cosas que hasta entonces sólo habíamos tocado incidentalmente: de mi casa, de mis hermanas, de nuestros juegos... En forma de preguntas y respuestas, evocamos el pasado, sin darnos cuenta de que jugábamos con fuego. Había algo en él, que no podíamos recordar sin riesgo, por lo menos, de colocarnos en una situación embarazosa.
—Me llamabas tu corderillo —le dije.
—Y lo eras, en verdad; me seguías por todas partes —replicó ella.
Estábamos sentados en el vano de la ventana, y tan cerca el uno del otro, que nuestras rodillas chocaban al hacer el menor movimiento. El perfume de la tarde violeta, nos llenaba de nostalgias sutiles.
Yo segui:
—¿Y aquella vez que caíste sobre mí, al bajar del manzano chico?
Los dos reímos bajito.
—Ah, pero eso no fue nada. ¿Te acuerdas cuando te arrojaste al estanque a recoger la pelota? ¡Qué susto me llevé, Dios mío!
—Entonces me dijiste «mi loquito valiente»...
De pronto, enmudecí. La sangre se me heló en las venas; mi corazón cesó de latir. Temblaba sacudido como una hoja, presa de una angustia deliciosa que era vértigo, desfallecimiento y frenesí. La simple evocación del pasado, fue el «levántate y anda» que aguardaba mi amor para resucitar de su muerte de años y de olvido.
Retrocedí en el tiempo, y volví a ser el apasionado que espiaba sus pasos, que perseguía sus miradas, que bebía su perfume, pero esta vez con el rijo de una juventud intacta y maravillosa.
—Clara..., Clara... —balbuceé con los labios trémulos.
Y la estreché en mis brazos, reventando en su boca todos los besos que pedía mi sangre moza.
Ella languideció como una flor, bajo la caricia ardiente; la sentí desfallecer, sollozando con arrullos de tórtola enamorada.
Durante la cena, mientras Karl, como siempre, hablaba de sus negocios, Clara cometió mil torpezas: se olvidó de servirle asado al cura, y, finalmente, espolvoreó pimienta en vez de canela, sobre el arroz con leche. Yo también estaba un poco cohibido, pero, en el fondo, lleno de una embriaguez gozosa, mezcla de orgullo y de alegría, que apenas podía dominar. Me daban ganas de gritarles a todos que era la primera vez que gustaba el sabor de los besos dados y recibidos con amor, en momentos de dicha suprema.
Al día siguiente, Clara, pretextando una jaqueca, permaneció encerrada en su habitación. Inútilmente la esperé a almorzar, y lo mismo más tarde, a la hora en que teníamos por costumbre hacer un rato de lectura; tampoco asistió a la cena. Aquello convirtió mi dicha en desazón y tristeza. No lograba adivinar las causas de su hostil retraimiento, por más que me interrogaba, apenado y ansioso. ¿Acaso no me había dicho que me amaba? ¿Acaso no me besara ardiente y enamorada? Ansiaba verla, aunque sólo fuese un instante, para leer en sus ojos la verdad que ocultaba su corazón. Todo, aun lo peor, me parecía preferible a la incertidumbre. Sin duda, compadecida de mi congoja, la víspera de mi partida bajó a cenar con nosotros. Me apenó verla tan pálida, con las pupilas llenas de tristeza y de lágrimas, perdidas en las ojeras moradas. Ocupó su asiento junto a mí, afectando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir y comenzó a servirnos.
El cura la examinaba, receloso y suspicaz; Karl no advertía nada. Por otra parte, nunca daba importancia a «las cosas de las mujeres», como él decía. Yo no podía comer. Lastimábame su aire altivo, casi desdeñoso, después de haberse mostrado tan diferente conmigo. Ni siquiera me miraba; sus ojos huían a la afanosa búsqueda de los míos.
Al finalizar la comida, cuando servían el café, un leve roce me advirtió que su mano buscaba la mía; se la extendí y dejó en ella un papelito cuidadosamente doblado. Sentí una emoción inefable; aquello significaba, por lo menos, que no le era indiferente.
Apenas estuve solo en mi habitación, desdoblé el papelito con nerviosa inquietud. Decía así: «Espérame esta noche a las doce, en el jardín, junto a la fila de naranjos. Sal por la puerta de la cocina, que encontrarás sin llave.»
Leí y releí aquellas líneas, cuyo laconismo nada dejaba translucir, conformándome con la seguridad de que la volvería a ver a solas. ¡Ah, cómo es verdad que el tiempo parece que se estaciona, cuando más quiere uno que corra a prisa! Las manecillas de mi reloj se burlaban de mi inquietud. A las doce menos cuarto, me escurrí cauteloso como un ladrón, y bajé al jardín; la puerta de la cocina estaba abierta, en efecto. De ahí a poco apareció ella.
Nos confundimos en un beso largo, mudo, desgarrado, como si hubiésemos querido sorbernos la vida en él. Me envolvía su perfume, más íntimo y dulce que el de los azahares que zahumaban la noche. Temblábamos de angustia, gustando la delicia pecaminosa de la cita nocturna y prohibida, rodeados por el misterio del silencio que pueblan los ruidillos del campo. Bajo mi brazo su tallo se quebraba, desfalleciente, y su cara, pegada a la mía, me bañaba con las lágrimas que corrían de sus ojos, calladas y lentas.
—Te amo..., te amo... —murmuraron sus labios, cuando escaparon de la cárcel de los míos.
—Yo también te amo, Clara —exclamé. —Mi corazón no ha conocido otro amor que el que le inspiraron tus pupilas, tu boca, tu perfume, tus cabellos. Te amé, cuando apenas era un niño, y te he amado después en todas las cosas bellas que vieron mis ojos; en el mar azul, en el lejano temblor de las estrellas, en los crepúsculos dorados, en el alba rosada, en mis noches turbadas de sueños vagos. Vámonos, Clara; el amor nos llama a la vida. Soy joven, te amo, nos amamos; huyamos lejos...
Al principio, adormecida por esta berceusse amorosa, me escuchó como en éxtasis, con la cabeza desmayada sobre mi hombro. Mas luego, desasiéndose bruscamente de mis brazos, me dijo entre sollozos y lágrimas:
—Calla. no me hables así. ¡Oh, cuánto he luchado y sufrido para evitar esto! Me faltó tu ayuda, Dios mio. Vete, déjame, olvídame; no puedo ni debo amarte...
—Pero, ¿sabes lo que dices? —le pregunté. —¿No ves que me estás matando, después de haberme dado la vida?
—No, no; vete, olvídame. He pecado gravemente y debo expiar mi pecado.
En vano supliqué, gemí, amenacé: sólo obtuve una respuesta invariable.
—Olvídame, déjame, olvídame...
Desalentado, furioso, la dejé marcharse de mi lado, sin hacer nada por oponerme.
La vi alejarse, encorvada y dolorida, como si la agobiara un gran peso. Así llegó hasta la puerta y la abrió; pero antes de desaparecer tras ella, hundió la cara entre las manos y rompió de nuevo a sollozar. Lloraba el amor que dejaba escapar sin poderlo retener, el adiós de su juventud y de sus postreras ilusiones. Detrás de esa puerta estaban los días grises, monótonos, largos, al lado de un marido chato, vulgar, con anteojos y dispepsias hediondas... La franqueó con la cruz de su pesado deber a cuestas.
A las cinco de la mañana partí. Tomé las riendas del coche y, mientras los caballos se ponían al trote, miré, enternecido, su balcón por última vez. El camino avanzaba entre dos filas de álamos altísimos. La mañana se vestía de fiesta; gorjeaban los pájaros; un hálito perfumado dilataba mis narices; vacas de retablo de Belén mujían maternales...
De repente, me olvidé de que tenía ganas de llorar, y lancé mi corazón como una bocha alegre, sobre la verdura tierna.
Aliaga se levantó, y cogiendo por un brazo a Marlowe, le dijo:
—La tragedia de mi vida es que no me ha amado nunca nadie...
CARLOS PARRA DEL RIEGO
1927
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026