Mi reloj
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XXI, No 921
Lima, 1925
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XXI, No 921
Lima, 1925
¿No ha reparado usted en que, casi siempre, las cosas que más amamos o que nos interesan con mayor intensidad, vienen a nuestras manos por azar? Es curioso, raro tal vez, pero es así. Parece que el Destino señalara de antemano los objetos que luego se vincularan a nuestras vidas, de una u otra manera. Pocos son los que pueden decir que no tienen un objeto, una cosa, algo, en fin que les es querido y particularmente familiar. Unos hay que no se separarían por nada de este mundo de un fetiche sin valor, otros de una joya cualquiera, y aún hay quienes conservan un traje viejo, porque les evoca un pasado sentimental o doloroso.
Yo tengo un reloj que por cierto no lo cambiaría por ningún otro. No crea usted que está hecho con materiales preciosos. No, ni mucho menos. Es un vulgarísimo reloj despertador, uno de esos que se venden en todas las relojerías a cuatro pesos. ¡Figúrese usted!
Debo advertirle –y esto confirma lo que le dije al principio– que yo no lo compré. Me lo regaló un amigo en vísperas de marcharse, tan sin rumbo ¡ay! que no he vuelto a saber nada de él. No crea usted que me halagó el obsequio. Lejos de eso: hasta me desagradó, pues siempre les he tenido antipatía y recelo a los relojes, por aquello de que su tictacteo monótono nos recuerda incesantemente el tiempo que malgastamos y, lo que es peor, el tiempo que se va para no volver más. Así, pues, lo recibí con desgana y pensando en deshacerme de él en la primera ocasión. Lo coloqué a la vera de mi lecho, en el velador, y para vencer mis escrúpulos, me dije: «Con no darle cuerda todo está arreglado».
«Además, quizá sirva para recordarme a mi pobre amigo».
Durante un mes no de di cuenta de que tenía un reloj. Escondido detrás de un rimero de libros, se ocultaba completamente a mi vista.
Al mediar el invierno, caí enfermo. Era cosa de nada, pero mis nervios no me daban reposo; y llegó a tal punto la excitación, que me agravé.
A pesar de ello me resistía a ir al hospital. Un sentimiento de horror, hereditario en mí, me hacía insoportable la idea de ser alojado en una sala de hospital, entre enfermos que gimen, sufren y mueren sin que nadie los conforte en sus últimos momentos con palabra piadosa.
El hospital... ¡No, por Dios! Y la fiebre me consumía. El médico me aconsejaba, entre severo y persuasivo, que dominara mis nervios; pero yo no podía hacer nada: éstos eran más fuertes que mi voluntad. A ello contribuía la certidumbre de hallarme solo, solo sin parientes ni amigos, abandonado en una pieza de pensión, tan fría e inhóspita para mí, como lo fuera para todos los que pasaron antes por ella con su carga de vicios, de dolores e inquietudes.
Una noche, caldeado por la fiebre, sufriendo el golpeteo de la sangre en mis sienes adoloridas, con la garganta seca y el corazón arrugado de angustia, experimenté más que nunca la sensación de mi absoluta soledad. Y la idea de la muerte clabada en mi cerebro como un hierro candente, me estremecía de espanto. Sí; yo podía morir allí, agandonado de todos, sin sentir, no ya el consuelo de los seres amados, sino la presencia de un ser vivo a mi lado; la presencia de alguien que me viera llorar, de alguien que me viera morir. La fiebre confundía mis ideas y despertaba en mí sensaciones tiernas y lejanas de mi ingancia. Veía a mi madre a una distancia inalcanzable, brindándome su dulce y tibio regazo. Fuera de mí, enloquecido por la calentura, me incorporé penosamente en el lecho. Con mirada ávida y suplicante recorrí las paredes desnudas. Nada había en ellas que evocara un recuerdo consolador, que sugiriera una idea amable y tranquilizadora. Volví los ojos al velador, y a la vista de mis libros intenté, esforzando la imaginación, poblar mi soledad con los seres que a través dela ficción me fueron familiares. Mas fue vano mi deseo. Sólo conseguí aumentar mi angustia. Y descubrí mi reloj, medio oculto entre los libros, comida de orín su cubierta de metal. Sin saber lo que hacía, maquinalmente, cogílo y le di cuerda. Teniéndolo entre las manos sentí que su maquinaria se desntumecía, algo así como si sus nervios de acero se estiraran, y quecomenzaba a caminar con ritmo desperezado y ágil. ¡Ah , yo qno podría expresar ahora la impresión que me produjo aquel ruidillo acompasado y preciso, semejante al latido de un corazón vigoroso henchido de sangre! Despacito, con sumo cuidado, lo coloqué de nuevo sobre el velador y cerré los ojos. Algo latía, algo vivía cerca de mí. Máquina o lo que fuere, algo se movía, algo acusaba la existencia de otra vida al lado de la mía desgarrada y moribunda. Un consuelo inefable barrió la angustia de mi corazón. Abrí los ojos y al mirarlo me pareció escuchar que me hablaba con voz suave y amiga:
-Vamos, amigo mío: ¿no ves que ya es hora de tomar la cucharada de calmante? Haz un esfuerzo. Róbale tiempo a la muerte. Está ahí, agazapada, esperando que por debilidad te abandones a ella. Reacciona; sé fuerte. ¿Acaso menosprecias ya los hermosos ideales que alentaron tu vida? ¿Desdeñas el amor? ¿No te tientan sus goces? Aun eres joven, aun puedes esperarlo todo de la vida.
Calló, pero sus palabras se adentraron en mi espíritu comunicándome optimismo y energía. Vacilante, gastado por la emoción y por el esfuerzo, me serví una cucharada de una poción calmante que me había recetado el médico. Y poco a poco , sin sentirlo , me quedé dormido, arrulllado con el tictac intermitente de mi reloj.
Desde entonces no se separa de mi lado, y es como un amigo fiel y cordial que estimula mis tareas, que reprende mis ocios, que me da el valor exacto de la hora, del minuto, del segundo que pasa inaprovechado. Y no importa que camine a la buena de Dios, pues nunca está de acuerdo con la hora. A mí me basta sentirlo latir, sentir que vive a mi lado. Ya no me siento solo cuando me refugio en mi habitación. Algo llena mi soledad y me acompaña y me alienta y me dice en tono insistente y aconsejador:
-Yo soy el corazón del tiempo; mas no pienses en el que dejas atrás. Piensa siempre en el que vendrá, en las sorpresas que traerá consigo, en todo lo malo y lo bueno que pueda depararte. Vive ilusionado el milagro del momento. Yo soy amigo y aliado de la juventur; yo les sugiero a los jóvenes promesas encantadoras, y les digo siempre: espera, espera.
Por eso esta mañana, al recibir una carta "su" carta, la carta que quisiéramos no recibir jamás, me dijo mientras mis dedos arrugaban nerviosamente el papel.
-Anda; no pienses más en ello. Ya pasó. Fíjate en mis manecillas: avanzas anunciándote que lo que me pasa es sólo polvo y ceniza. ¿Sabes acaso quien te espera, dentro de dos días, dentro de una hora, quizá¡
Y yo le miré agradecido; y como en aquella novhe en que la fiebre y la angustia me torturaban, lo tomé entre mis manos y lo acerqué a mi oído para escuchar más de cerca su ritmo acompasado y cordial.
CARLOS PARRA DEL RIEGO
1925
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026