Otoño sentimental
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año XII, No 561
Buenos Aires, 1928
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año XII, No 561
Buenos Aires, 1928
Había llegado a los cuarenta y dos años, con un hastío profundo de todo. Estaba harto de aventuras sin importancia, de amores de la hora del cocktail, deliciosos y efímeros como una borrachera de champaña; harto de rendir fortalezas que resisten heroicamente una ofensiva de flores y bombones, pero que se entregan con armas y bagajes al primer disparo de joyas o de cheques. Un poco tardíamente surgía en su ánimo el ansia sentimental, romántica, de un amor nuevo, puro, distinto de todos aquellos que ya había paladeado, al principio. con golosa avidez, luego, siguiendo la costumbre, por combatir la soledad y el tedio que rodeaban su vida de solterón rico y sin familia. Quería enamorarse de veras, experimentar por sí mismo las dulces inquietudes del amor, que la poesía y la literatura nos muestran con caracteres tan seductores. En realidad, jamás había amado a nadie. Ni ésta, ni aquélla, ni esotra, ninguna de las que distrajeron sus ocios mundanos, llegó a interesar su corazón. A lo sumo había sentido por tal cual otra, más terca o más sabia al darse, cierta ternura, incapaz, eso sí, de resistir el primer bostezo. Y, sin embargo, más de una vez se persuadiera de que estaba enamorado de veras. Muy presente tenía en la memoria –era difícil, por lo demás, que se la olvidase– el recuerdo de la encantadora señora Stolekz, esposa de un empleado público, que, durante unos meses, quizá de un año, lo enardeció hasta el frenesí oponiéndole una castidad de vestal. Era una mujercita deliciosa: menuda, fina, pizpireta, con ese atractivo picante de algunas, que les presta una seducción irresistible. La conociera en un baile de beneficencia –una de esas fiestas que organiza la caridad egoísta de los ricos, a las que los hombres de su clase concurren a «pescar» novedades– y desde el momento en que la descubriera, se sintiera fuertemente atraído por ella. Había coqueteado con él de un modo exquisito, enloqueciéndolo con sus sonrisas, acribillándolo con el fuego nutrido de sus miradas, bailando lánguidamente desmayada en sus brazos, encandilándolo con ingenuas malicias y sutiles provocaciones. Naturalmente, aquella misma noche había pensado que eso era asunto arreglado, y después de un rápido cálculo mental –cosa que nunca dejaba de hacer al comienzo de sus lances amorosos– llegara a la conclusión de que un beso de los lindos labios de Rebeca Stolekz bien podía valer un lujoso brazalete de brillantes. Pero la coqueta le tenía reservadas grandes sorpresas. Resistió, sin dar la menor muestra de debilidad, un ataque en regla de flores y bombones; con valentía, multitud de regalitos de más calidad, y heroicamente el de las joyas; en resumen, todas las pruebas a que solía someterlas para justipreciarlas debidamente, sin asomos de cejar, oponiéndole una virtud invulnerable, absurda, desesperante para un hombre como él, acostumbrado a subir las pujas sin pestañear, con tal de salirse con la suya. El talón de Aquiles de la señora Stolekz eran los ascensos de su marido. Al final fue cosa de empeñarse con un ministro, y lo que no hicieron en su favor ni las flores, ni las chucherías costosas, ni las joyas, lo hizo un simple decreto ministerial. Aleccionado por esta experiencia, que sumaba un dato preciosísimo a su ciencia galante, invariablemente, antes de emprender el asedio de una plaza, trataba de investigar cuál era el «talón» de la presunta conquista. Porque había quedado firmemente convencido de que todas presentan un flanco débil: éstas la vanidad, aquéllas el interés, esotras la ambición, las de más allá el orgullo.
Sí creía conocerlas bien, y de este conocimiento, por contraste quizá, provenía su deseo de hallar una sola que no fuese susceptible de caer rendida a groseros estímulos materiales, su ansia romántica de amar, pero de amar como se ama a los veinte años, con una fe ciega y una divina locura del corazón. De un tiempo atrás, esta vaga obsesión sentimental rondaba en su mente. Quería encontrar una mujer fuerte, pura, serena, sin melindres mojigatos ni audacias de coqueta. Tanto por experiencia como por instintiva aversión, detestaba y temía a las ingenuas. Algunas le habían resultado demasiado caras y todas, a la postre, insoportablemente aburridoras. A las chicas modernas –esas que se peinan como muchachos y alardean de sabidas– les tenía el mismo horror e igual repugnancia. Así, pues, quería una mujer de una clase especial, del tipo que los hombres muy corridos eligen para madres de sus hijos, pero de una calidad más refinada. Bien sabía él que el perfume de la honestidad, cuando no se ayuda con el de otras prendas morales e intelectuales, es tan tedioso para un olfato entendido, como el que particulariza al vicio. En puridad de verdad, él mismo no sabía definir a la mujer que ambicionaba, ni distinguir tampoco si sólo quería enamorarse, de quienquiera que fuese. Pero de lo que se daba cuenta, y no sin cierta alarma, era del peligro que entraña, para un hombre de cierta edad, andar pensando en embelecos sentimentales. Es un síntoma seguro de que se está a pique de caer en las garras de una pasión de esas que se llaman «fatales», o bien de que se van a cometer muchas tonterías con desmedro de la seriedad y de la experiencia adquirida.
Mientras se encaminaba a su hotel pensaba sin pena, pero con enojo, en la pérdida que acababa de sufrir en el juego. Le fastidiaba que de nada le hubiese valido ser uno de los pokeristas más hábiles de su club. Una mala suerte tenaz, incomprensible, lo persiguiera durante toda la sesión. Pues, ¿no había llegado ésta hasta el extremo de darle poker de ases, y a su adversario royal de trefle? Jamás le ocurriera semejante cosa. Estaba acostumbrado, en cierta manera, a perder grandes cantidades, pero con alternativas, de modo que aun perdiendo le quedara por lo menos la satisfacción de haberse divertido. Hoy le sucediera lo que nunca. Sólo una mano le había sido favorable, y esa se la ganaran con el juego más alto de la baraja.
Pensaba, además, malhumorado, en que al día siguiente tenía que levantarse temprano, y eran ya las tres de la mañana. Tenía cita en Palermo, con la esposa de un diplomático que prefería para sus flirts las excursiones ecuestres. Era una nueva conquista, realizada a medias, lo que le daba mayor interés. Además, era realmente hermosa, y con ese atractivo especial de las mujeres eslavas. Hasta el momento todo marchaba como sobre ruedas, pero, como ocurre que con las mujeres no se pueden anticipar victorias, no sabía si al final aquello terminaría agradablemente, o con una revelación ingrata.
Caminaba lentamente. Había despachado a su «chauffeur», pues quería hacer un poco de ejercicio después de haber estado sentado cinco o más horas. Antes de entrar al hotel, sentóse unos minutos en un banco de la plaza vecina al mismo, y sin miedo de pillar un resfrío se destocó pata que el frío de la noche le quitase el calor que sentía en la cabeza. Después, con la misma lentitud con que había ido, se dirigió al hotel.
En la portería encontró algunas cartas: sablazos de «amigos de la infancia», invitaciones a cenar y a tomar el té, cartitas de amor de esas que finalizan con un beso y el importe de una factura; nada interesante, en una palabra. Cuando abrió la puerta de su departamento, estaba francamente disgustado, y se lamentaba de que no apareciese su valet, para tener con quien desahogar su mal humor. Dio vuelta a la llave de la electricidad y se quedó lelo de estupor. Sobre la «chaise-longue», dormida con un aire de abandono y de pureza infantiles, había una criatura de una belleza exquisita, puesta allí como una vara de nardos. No era para menos, por cierto. Imaginad la situación del que al ir acostarse, rendido de fatiga y de esplín, se encuentra en su habitación con una muchacha encantadora. Sin atinar a quitarse el abrigo y el sombrero, se quedó contemplándola en silencio, incapaz de hilvanar un pensamiento, ni siquiera de moverse. Era bella de veras, de una belleza fina, delicadísima. El nácar transparente del cutis se teñía de rosa en las mejillas, y de rojo vivo en los labios gordezuelos, que formaban la boca más bonita y graciosa que había visto en su vida. Largas pestañas, sedosas y brillantes, proyectaban espesa sombra sobre las ojeras. La nariz era pequeña, ligeramente remangada. El seno blanquísimo, los brazos admirablemente torneados, las manos diminutas, rematadas por unos dedos alargados de uñas sonrosadas. Perfecta por donde se la mirase. Vestía un traje de soirée blanco, muy sencillo y muy elegante, con un enorme crisantemo del mismo color en el hombro, como único adorno. En el anular de la mano izquierda llevaba un anillo con un ópalo monstruoso, veteado de oro.
Al cabo de un rato, como no era posible que permaneciese toda la noche alelado mirándola, se despojó del abrigo y de los guantes, y tiró su sombrero sobre una butaquita. A veces basta una acción mecánica, un simple movimiento involuntario, para que readquiramos el dominio de nuestro pensamiento. Así él, después de haberse quitado esas prendas, pudo hacerse algunas reflexiones sobre el inesperado y de todos modos gratísimo hallazgo. No es difícil adivinar lo que pensó en aquellos precisos instantes. Cuando un hombre encuentra a una mujer en su habitación a determinada hora, y dormida al parecer, lo primero que se le ocurre es que esa mujer ha ido a buscarle, no para rezar juntos las oraciones de la noche, y que no está dormida además. Y como es fácil presumir, hecha esta reflexión, procedió con más seguridad y confianza. Una sola cosa le producía cierta inquietud: el aspecto de la muchacha no era el de una mujer galante, ni siquiera el de una aventurera de gran mundo. Su rostro, aun dormido, tenía una expresión de candor verdaderamente inefable. Mas como queda dicho que desconfiaba de las ingenuas, y si eran bonitas con mayor razón, desechando todo escrúpulo pasó a su habitación a vestirse su ropa de dormir. Obedeciendo a un impulso instintivo de coquetería, eligió un pijama que le sentaba muy bien, y regresó a la salita. Allí, sin aguardar más, se dirigió a la «chaise-longue» y tomó en brazos a la bella desconocida que le brindaba la casualidad, sin duda para resarcirlo de su mala suerte en el juego. Teníala cargada, cuando un grito de la muchacha por poco no hace que la suelte. Ella saltó ágilmente de sus brazos, y con la cara de extrañeza y de susto más grandes que es posible imaginar, gritó:
—¿Quién es usted?
Él se cortó, mas no tanto que no pudiera responder al cabo de un instante de vacilación:
–Yo... soy yo. Usted debe saberlo también.
Ella se restregó los ojos, como queriendo convencerse de que no dormía.
–¿Y ese traje? ¿Cómo se presenta usted delante de una señorita con pijama?
La situación se tornaba francamente divertida. A él le parecía que la muchacha trataba de exagerar su alarma para encarecer luego sus favores, o, simplemente, que quería representar antes un «vaudeville».
–Señorita –díjole, –convenga usted conmigo en que estoy en mi casa y a punto de acostarme.
–Sí, claro –repuso ella, vacilante, –está usted en su derecho. Pero, ¿cómo es posible que haya entrado usted sin que yo lo sienta?
–Es muy fácil de explicar: usted dormía, no quise despertarla.
–Sí, pero yo he despertado en sus brazos. ¿Qué pretendía usted hacer de mí?
–Acostarla. Me parecía inconveniente dejarla a usted en la «chaise-longue» lo que resta de la noche.
Ella reflexionó unos instantes.
–En realidad, soy yo quien debe dar explicaciones en vez de pedírselas –dijo.
Él la interrumpió.
–Le ruego que se las ahorre. Para mí es suficiente explicación, y la más cumplida que podía esperar, hallaría aquí en mi departamento.
La muchacha enrojeció y con un gesto natural de pudor se cubrió la cara con las manos.
–No podía esperar otra cosa –murmuró para sí.
–¿Qué dice usted? –preguntó él.
–Nada: que he caído en mi propia trampa. Pero debo pedirle que me respete. Es usted un caballero, seguramente.
–Sin duda, y espero ser «su» caballero.
–¡Dios mío! –exclamó ella verdaderamente angustiada. Luego, con las lágrimas al borde de las pestañas, añadió, tomándole ambas manos: –Señor Valmore, porque es usted Jorge Valmore, ¿verdad?
Él asintió con la cabeza.
–Y bien, señor Valmore: escúcheme usted y trate de creer que le digo la verdad. Sí, sí, la verdad pura –rectificó, dando una patadita nerviosa en el suelo. –Estoy aquí por una apuesta, Le advertiré que vivo con mi padre en este hotel, y que mi conducta jamás ha provocado comentarios. Verá usted cómo son las cosas: el otro día, estando con varias amigas en el «hall», pasó usted delante de nosotras, y por cierto que nos miró a todas de un modo muy expresivo, aunque estoy segura de que no se fijó particularmente en ninguna. Una de mis amigas dijo al verle: «Ojo, criaturas, que Don Juan nos ha mirado». Yo pregunté ingenuamente: «¿Se llama Juan?» Mis amigas se echaron a reír en coro. «Tonta –me dijeron,– le dicen Don Juan porque tiene fama de ser un conquistador terrible.» Naturalmente, la conversación giró entonces en torno al donjuanismo, y yo aproveché para reírme de los tenorios. «Sin capa y sin espada –dije,– ya no seducen ni a las criadas.» Unas me llamaron retontísima, y otras se burlaron de mi poca experiencia. Yo continué riéndome, y escuché del mismo modo las anécdotas que sobre usted me refirieron. ¡Dijéronse horrores de usted! Que si las contabá usted por docenas, que si le bastaba mirarla a una para enamorarla, ¡Qué sé yo cuántas cosas! Para probarles que conmigo no surten efecto las artes de los don Juanes, cualesquiera que sean, les aposté a que le esperaría a usted en su departamento, y que saldría de él tal como entrara, es decir, sin que me hicieran mella sus «hechizos fatales». La apuesta se formalizó, y no hace mucho, decidida a cumplirla, vine aquí a esperarle. Aguardé un gran rato curioseando sus chucherías –le aseguro, eso sí, que no he abierto ningún mueble ni tocado ningún papel,– hasta que al fin, un poco cansada, me recosté en la «chaise-longue» para esperar con más comodidad. Por lo visto, me quedé dormida. Y ahora que lo sabe usted todo, le ruego que me acompañe al salón donde esperan mis amigas. Su presencia me ayudará a ganar la apuesta.
Él sonrió. La muchacha había hablado con un tono de sinceridad que no admitía dudas, no obstante lo cual él desconfiaba todavía. De lo que sí estaba seguro es de que ella no se daba cuenta de la hora que era.
–Todo está muy bien –dijo, –pero sus amigas ya no deben estar esperando, a menos que hayan acordado pasarse la noche en vela aguardándola. En este momento son las cuatro de la mañana, ni más ni menos.
–¡Las cuatro! –repitió ella cambiando de color. –Me voy, me voy en seguidita. La culpa es de la «chaise-longue».
Casi convencido de que no fingía, la tomó de una mano y le dijo, amistoso y persuasivo:
–No haga usted eso; sería un error. Si alguien la viese salir de aquí, a esta hora –cosa que es muy posible, por más que la verdad sea otra, –creerá lo que es fácil suponer.
–Tiene usted razón –dijo ella después de un instante de reflexión. –¿Qué debo hacer entonces, Dios mío?
–Esperar –repuso él, –esperar hasta que sean las nueve de la mañana, A esa hora telefonearé a su papá, y nadie, viéndola salir con él, pensará nada malo de usted. Lo único de temer en todo esto es que su papá se niegue a aceptar la verdad tal como es.
–¡Oh, de eso me encargo yo! Papá me conoce demasiado. Sabe que soy una locuela, pero incapaz de cometer un desliz.
–Entonces, está todo arreglado, Pero siéntese usted. Supongo que no va usted a esperar de pie. ¿Tiene usted frío? Aumento la calefacción y le doy a usted una «robe de chambre» mía; puede usted ponérsela encima.
–No, gracias. Estoy bien. Me sentaré, sí, y le pido que sea usted el que se ponga la «robe de chambre». Usted comprenderá...
–Oh, perdóneme usted: lo hago inmediatamente.
Y después de haberse puesto la «robe de chambre», ambos se sentaron; ella en la «chaise-longue», y él a su frente, en una butaquita.
–¿Quiere usted que le ofrezca un poco de Oporto? Para pasar el susto, le sentará bien.
–Como usted quiera. Sí, déme usted algo de beber. Tengo la boca seca, las sienes me arden: debo tener fiebre. He pasado un susto terrible. Imagínese usted: ¡despertar en brazos de un hombre en pijama!
–Lo comprendo: debe ser espantoso. Pero usted es valiente y decidida. Por lo pronto, vino usted aquí a desafiarme, ¿no es eso?
–Oh, no; a desafiarlo no. Entendámonos: a probarme a mi misma y a probarles a las demás «que no hay hombres fatales» cuando una quiere, por supuesto.
–¿Y ha conseguido su objeto?
–Plenamente.
–Entonces, debo parecerle atrozmente ridículo.
–No; ¿por qué? Se ha portado usted correctamente. En lugar de un tenorio... fanfarrón, todos lo son un poco, he encontrado un caballero. Cuanto a usted, no me diga lo que ha pensado de mí, porque lo adivino. –Él se mostró confuso. –Sí, no lo niegue. –Y añadió: –Por lo visto, los hombres son tan vanidosos, que no admiten que una dama se introduzca a la habitación sino es para declararles amor.
–Convenga usted –dijo él, defendiéndose –en que no es frecuente encontrar una dama en la habitación, y menos hallar que lo sea de veras.
–Ciertamente –afirmó ella, –y eso lo excusa de todo.
–¿Puedo preguntarle cuál será su opinión en el futuro sobre mí? –le interrogó él.
–Es una pregunta difícil de contestar. No sé qué decirle. Pensaré de usted como de los demás...
–Lo que quiere decir –le interrumpió él –que jamás ha pensado usted de un modo particular en ninguno.
–Jamás. Con frecuencia oigo hablar del amor, referir sus síntomas, sus placeres y tormentos, y la verdad es que todo eso me parece una enfermedad... o una tontería, lo que es peor.
–¿De manera que no sabe usted lo que es el amor?
–Absolutamente.
–Eso no habrá impedido, sin embargo, que muchos se hayan enamorado de usted.
–Oh, una no es culpable de la tontería de los demás.
–Y ¿qué diría usted si le dijera que tampoco yo sé lo que es el amor?
–No lo creería, simplemente.
–Y sin embargo, es así. No he amado a nadie todavía, y no porque no lo haya deseado. Algo más: siento una mezcla de curiosidad y de miedo por el amor. Yo no creo, como usted, que sea una tontería. Algo debe tener, de terrible y divino, cuando no hay mortal que haya padecido sus tormentos que no quiera volver a padecerlos... Dicen que es un diosezuelo adorable.
Ella desgranó el collar de perlas de su risa, mostrando unos dientecitos de una blancura centelleante.
–¡Qué entusiasmo, Dios mío! A poco que siga usted, voy a concluir también por desear enamorarme.
–Podíamos ensayarlo juntos; nada más que como una experiencia.
–Me temo –dijo ella con expresión maliciosa y burlona –que ya está usted poniendo en juego sus artes de conquistador, las mismas que le han valido su horrible fama.
–Permítame que le diga que esa fama es injusta. No le negaré a usted que me entusiasma la mujer, que me gustan demasiado las bocas bonitas, los lindos ojos, pero ello porque tengo alma de artista...
–Conozco esa música –dijo ella, sin abandonar la sonrisa que jugueteaba en sus labios, –y créame que por instinto desconfío de los artistas como usted.
La verdad es que Valmore se sentía subyugado, y que casi se felicitaba de que le hubiesen resultado fallidos sus cálculos, pues hallaba que era infinitamente más agradable haber encontrado a una muchacha tan vivaz e inteligente, que no a una profesional del amor, por más avisada y discreta que fuese. Si dormida era adorable, despierta enloquecía. Era encantadora, deliciosa y, sobre todo, simpatiquísima. Tenía una manera tan graciosa y suelta de decir las cosas, que suspendía el ánimo de sus labios. Con cierta alarma comprobaba los avances del día. Hubiera querido que aquella charla no tuviese fin, o que éste no fuese el que estaba previsto. Se quedó pensativo durante un breve rato en que ninguno de los dos quiso ser el primero en romper el silencio. Muchas y muy diversas aventuras le habían ocurrido en su vida de solterón que no quiere aburrirse, pero jamás nada que se le pareciese ni que le resultase tan grato. Ahora estaba convencido de que lo que le había dicho la muchacha era la verdad, y le parecía en extremo picante y atractiva esa mezcla de pillería y de ingenuidad auténtica que había en ella. Al cabo, para cortar el silencio que se tornaba embarazoso para ambos, le dijo, reanudando el diálogo:
–¿No cree usted que estamos en el prólogo de una amistad..., o de un flirt delicioso? Dígame usted su nombre. Se lo pido porque me gustará invocarlo a menudo. Más de una vez pensaré en usted; puede usted estar segura de ello.
–¿Sigue la ofensiva galante? –preguntó ella, sonriendo. –Mi nombre, ¡pchs!, es vulgarísimo. Me llamo Juana. Mejor hubiera hecho usted lo que yo hago con ciertas personas: les pongo el nombre que me agradaría que llevasen.
–Ninguno le cae mejor que el suyo. Juanita, Juanita, Juanita –repitió con voz dulce.
–¿Se pone usted romántico?
–Sí; no puedo remediarlo. Le confesaré a usted que me siento raramente emocionado. Su presencia me produce un efecto singular. Siento lo que jamás he sentido delante de ninguna mujer: una mezcla de alegría, de timidez, y todo fundido en una exquisita sensación de dulzura. Es usted adorable, Juanita, y jamás agradeceré a Dios lo suficiente por habérmela enviado.
–Eh, señor Valmore: no siga usted por ese camino, que es peligroso. Y otra cosa: Dios no me ha enviado a usted. Vine solita, sin obedecer a ninguna inspiración divina; aunque, si he de ser franca, le diré a usted que me temo que haya sido el Diablo el que me sugirió la idea de aceptar tan descabellada apuesta.
Ella hizo un movimiento de frío, y él se apresuró a alcanzarlo su abrigo, rogándole que se lo pusiese sobre los hombros. La luz de la mañana invadía ya triunfalmente la salita, haciendo palidecer la de las lámparas eléctricas. Obedeciendo a instancias de ella –no quería esperar hasta más tarde,– Valmore descolgó el tubo del teléfono interno y pidió comunicación con el departamento del señor Soldán, padre de Juanita. Brevemente, sin darle mayores explicaciones, aunque prometiendo dárselas luego, le rogó que se apresurase a venir en busca de su hija. Una vez hecho esto, se volvió para preguntarle a ella:
–¿No le parece mejor que vaya a cambiarme de ropa? A su padre podría resultarle inconveniente verme en traje pijama.
–Como usted lo prefiera. Aunque le advierto que sería peor que mi padre lo encontrase vistiéndose. Esto sí le parecería extraño.
De ahí a poco golpearon con los nudillos en la puerta, y se presentó el señor Soldán enfundado en una bata de lana, y con una cara de estupor que no dejaba lugar a dudas sobre el efecto que le había causado la singular noticia de que su hija se hallaba en la habitación de un caballero. Más asustado que colérico, lo primero que hizo al ver a ésta fue preguntarle si le había ocurrido algo. Luego, volviendo a Valmore le dijo con aire inquisitorial.
–Caballero: no me explico cómo puede hallarse aquí mi hija.
Juanita, adelantándose a Valmore, le dijo:
–Toda la culpa es mía, papá. Te lo contaré brevemente ahora, aunque después te daré todos los pormenores que quieras. Aposté con unas amigas que tendría ánimo suficiente para introducirme en la habitación del señor Valmore –a quien no conocía– y esperarle hasta que él llegase, para probarles que nada malo podría sucederme si yo no quería. Y bien: vine, esperé un rato, luego, rendida por el sueño, me quedé dormida. Puedes figurarte mi sorpresa cuando me hallé delante del señor Valmore, yo medio dormida todavía, y él dispuesto a meterse en cama, vestido con pijama. Felizmente, el señor Valmore es un caballero, y ha sido obedeciendo a su prudencia que hemos esperado hasta ahora. No quería dejarme salir antes, por el temor de que alguien me viese.
–No tengo nada que agregar a lo dicho por la señorita –dijo Valmore. – Esa es la pura verdad.
El señor Soldán los miró alternativamente. Después dijo:
–Caballero: no sé cómo agradecer su comportamiento con mi hija, y le ruego que no interprete de un modo desfavorable su conducta. Es una locuela acostumbrada a realizar todos sus extravagantes caprichos.
Y disponiéndose a marcharse, tomó a Juanita de una mano al punto en que agregaba:
–Nuevamente le pido que piense lo mejor, y le ruego que nos disculpe a los dos.
Valmore se inclinó.
–Ante todo, permítame que me presente –dijo. –Me llamo Jorge Valmore. Y quede usted tranquilo, señor. De su encantadora hija sólo se pueden hacer juicios favorables.
Se estrecharon la mano cordialmente. Luego Valmore tomó la de Juanita, e inclinándose profundamente, depositó en ella un beso.
La puerta se cerró detrás de sus visitantes, y Valmore permaneció de pie, dudando todavía de si era sueño o realidad lo que le había ocurrido en el transcurso de aquella noche. Conservaba de la muchacha una impresión deliciosa, que las circunstancias fantásticas que rodearon su hallazgo hacían más cautivante.
Se miró la mano, todavía estremecida por el roce electrizante de la de ella, y un escalofrío de gozo recorrió su cuerpo. Seguidamente, mordiéndose los labios se tendió de bruces en la misma «chaise-longue» donde había estado ella sentada, y hundiendo la cara en la piel de oso que lo cubría, aspiró con delicia el dulce perfume de que la había dejado impregnada.
Peligrosa, peligrosísima edad para enamorarse. A los cuarenta años las tonterías que se cometen son imperdonables, y, lo que es peor, irreparables. Pero, bien dicen que el amor es una suerte de enajenación, y que sus víctimas ni siquiera se dan cuenta de lo que hacen. ¡Un hombre como él, tan dueño de sí, haciendo locuras y tonterías de adolescente enamorado! Sus íntimos no salían de su asombro al ver el cambio que se había operado en él. Era como si le hubiesen dado vuelta de revés, para mostrar un aspecto nuevo e insospechado de su psicología. El Valmore finamente escéptico, demasiado mundano para apasionarse, metódico en la administración de sus sentimientos y deseos, no existía ya. Ese hombre inquieto, celoso, pueril en sus arrebatos y en sus alegrías, ese pobre ser que temblaba y cambiaba de color al verla, en nada se parecía al egoísta y elegante solterón de antes. Y ¡cuenta que apenas habían transcurrido seis meses desde aquella noche, feliz o infortunada, en que la hallara dormida en la «chaise-longue»! El lenguaje popular encuentra siempre expresiones exactas para definir ciertos estados. Valmore estaba «metido», esa es la verdad. Ya ni pensaba ni razonaba: obedecía simplemente a los impulsos de su pasión. Y lo peor es que no sabía, a punto fijo si ella le amaba o no. Sin duda, ella conocía hasta dónde alcanzaba su dominio sobre él, y se aprovechaba de ello. Ora se le mostraba jovial, prometedora, insinuante, ora fría, indiferente, cual si no sintiese por él la menor atracción. Todo sin transiciones, bruscamente, de un modo imprevisto y desconcertante que lo enloquecía sumergiéndolo en un mar de dudas.
¡Oh, cuánto mejor hubiera sido que no la hubiese vuelto a ver! Pero, al día siguiente a aquella famosa noche, estaba como un chiquillo buscándola ansiosamente por todo el hotel. Quería volver a conversar con ella, sin sospechar el riesgo que ello implicaba para su futura tranquilidad. Y como no es difícil hallar una ocasión cuando se la busca empeñosamente, y, sobre todo, cuando se es diestro en esta clase de trabajos, bien pronto pudo hablarla sin testigos importunos que le robasen una parte del placer de estar a solas con ella. La entrevista fue deliciosa, y de ella salió definitivamente enamorado. De golpe y porrazo, como quien cae de bruces, cayó en las redes de una pasión de diagnóstico tanto más grave cuanto que era la primera que sufría y lo atacaba a una edad en que, según se ha dicho ya, enamorarse es no sólo una tontera imperdonable, sino irreparable además. Ni siquiera reflexionó en que para Juanita resultaba demasiado viejo con sus cuarenta y dos a cuestas, mientras ella frisaba apenas en los diez y ocho.
También no es menos cierto que Juanita estimuló su pasión, dándole alas con un coqueteo inconsciente o premeditado, pero de todas maneras franco, decidido, indubitable. Sí: coqueteó con él con la sabiduría de una coqueta profesional, ya haciéndole concebir las más halagüeñas esperanzas, ya quitándoselas todas.
Y ¿qué sabía de ella, qué de sus verdaderos sentimientos, de su pasado, de su situación social y económica? Poco menos que nada, en realidad. El señor Soldán, tan correcto en apariencia, lo mismo podía ser un pillastre que un perfecto caballero. En la ciudad no tenía mayormente amigos, y cuanto a sus relaciones comerciales, éstas se limitaban a los Bancos en que tenía sus fondos depositados. Parecía hombre de fortuna, según se podía juzgar por el género de vida que llevaba. Y a eso se reducían sus informaciones sobre Juanita y su padre. A decir verdad, poco le hubiese importado que Soldán hubiera sido esto o lo otro, con tal que Juanita lo amase. Tenía dinero y prestigio social suficientes como para hacer olvidar el pasado de la mujer que eligiese por esposa.
Cada vez se precisaba más en su ánimo la necesidad íntima y dulce de poseer una mujercita que tuviese los encantos de las otras, de las que había amado fugazmente, pero que fuese solo suya; la necesidad de un hogar, de un nido tibio en el que pudiese hallar mañana un refugio cordial de paz y de amor. Era éste quizá un síntoma de que se aproximaba al invierno de su vida, pero estaba demasiado enamorado para que lo juzgase como tal, y menos como un indicio de la derrota de su gallardía tenoril. Precisamente, porque amaba, se consideraba más joven y nutrido de ilusiones que nunca. Le parecía que había rejuvenecido veinte años, que retornaba a la adolescencia, pero con un vigor y un entusiasmo que jamás había tenido.
Ahora le tocaba a él padecer los sufrimientos que más de una vez causara a las demás. Porque, sin duda, algunas le habían amado de veras y habían sufrido con sus desdenes. Las tomaba para luego abandonarlas sin cólera ni pena, indiferente, egoísta, mirando tan sólo a la satisfacción de sus deseos. Y he aquí que una se encargaba de vengarlas a todas, haciéndole padecer las mismas o peores penas que las que él ocasionara. Juanita había escuchado sus proposiciones matrimoniales sin aceptarlas ni rechazarlas, aparentando mayor desconfianza de la que sentía en realidad, y todo para exasperarlo aun más, para enloquecerlo avivando monstruosamente su pasión. ¿Por qué no quería casarse con él? ¿No tenía, acaso, dinero; no era todavía guapo y codiciado por muchas? ¿Qué inconveniente serio podía oponer a sus pretensiones? Ni siquiera podía argüir, como pretexto, la negativa de su padre, pues éste desde el primer momento se mostrara muy complacido de poderlo llamar «hijo» algún día. Así, pues, sólo quedaba en pie un interrogante, el más grave de todos si bien se considera, y era éste que Juanita pudiese amar a otro. Es cierto que ella misma le había confesado que no amaba a nadie, y que ni siquiera se inclinaba a caer en la tontería de enamorarse; mas, como no es prudente tomar al pie de la letra las confesiones de las mujeres, la angustiosa duda subsistía a pesar de todos los razonamientos favorables que se hacía. ¡Ah, pero que no creyesen que se la dejaría ganar fácilmente! La disputaría con tan ardoroso empeño que al final el triunfo sería suyo.
Aquella mañana, Jorge Valmore abandonó el lecho a las once, una hora más tarde de la que solía levantarse ordinariamente. Toda la noche la había pasado en vela, reflexionando, y el resultado de estas reflexiones era su firme voluntad de resolver, de una vez por todas, su dudosa y ridícula situación de enamorado sin fortuna. Le hablaría seriamente a Juanita, trataría de persuadirla de que se casase con él, y si fracasaba en sus gestiones rompería con ella y se marcharía lejos, donde nadie pudiese gozar su derrota.
Ágil y animoso, como si la resolución que había adoptado le hubiese infundido un claro optimismo, pasó al baño a tomar su cotidiana ducha helada. Bajo la fresca lluvia, su cuerpo recuperó el vigor perdido durante el insomnio y salió del agua remozado, contento, sintiendo un exigente apetito de manjares y de amor. Cubierto con un «salto de cama» de seda acolchada, volvió a su habitación para tomar su desayuno de siempre –una gran taza de café puro con unos bizcochos secos,– leyendo al mismo tiempo aquellas cartas de su correspondencia que, por la escritura de los sobres, juzgaba de cierto interés. De ese modo pensaba distraer el rato hasta que diesen las doce, hora en que llamaría a Juanita para pedirle una cita, dejándole a ella la elección de tiempo y lugar.
Encontró que su correo era más numeroso que otras veces. Unas tras otras, después de echarles una mirada displicente, fue arrojando las cartas al canasto, hasta que su mano tembló ligeramente al reconocer en el sobre de una de ellas los rasgos firmes y regulares de una letra que en otro tiempo le fuera harto familiar. La abrió con cierta nerviosidad, y sus ojos impacientes devoraron su breve contenido. Decía así:
Jorge mío: Desde ayer me tienes de regreso aquí, después de una ausencia que me ha parecido demasiado larga. He vuelto sola, ¡por fin! Te espero con más ansia que nunca. Siempre te ama, tu
Alfonsina.
Un chicotazo en la cara no lo hubiese hecho saltar más alto en el asiento. Aquellas cortísimas líneas, unidas a ese nombre, reavivaban súbitamente en su carne, más que en su corazón, un rescoldo sensual que el tiempo no había logrado apagar. Alfonsina era una de las tantas que pasaron por su vida, pero era quizá la única que le había dejado un recuerdo excitante, cálido, inolvidable. Nuevamente volvió a leer la carta deteniéndose a reflexionar en el significado de aquel «por fin sola» expresivamente subrayado. ¿Se había divorciado de su marido o había enviudado quizá? Dudaba de esto último, porque juzgaba al antipático cónyuge de su deliciosa amiga lo suficientemente indiscreto como para durar una eternidad. No quedaba otra cosa que pensar que se había divorciado. Bien ganada tenía la pobre esa recompensa. Durante seis años había soportado al hombre menos indicado para ser esposo de una mujercita como ella, delicada y ardiente, con unos ojos románticos y una boca diminuta que siempre estaba pidiendo besos. Él era un hombre vulgar, repleto de dinero, con una barriga enorme y tres pisos de papada.
Valmore le había brindado a Alfonsina un oasis de amor y de placer exquisitos, y ella a su vez le había ofrecido las primicias de un temperamento lleno de fuego y de pasión, franco, desinteresado, en suma, una salsa de un picor original para su estragado paladar de catador de oficio. Se habían amado de la mejor manera, esto es, con sus cinco sentidos, sin complicar inútilmente el corazón. Pero mientras él, durante la ausencia, no había vuelto a pensar en su ex amante, ella, por lo visto, no había dejado de recordarlo y de un modo que indicaba que estaba dispuesta a recuperarlo.
La carta llegaba en un momento excepcional, oportunísimo. En cualquier otra ocasión le hubiese hecho una acogida. menos favorable. Ya tenía con quien desquitarse de la derrota en caso de que le tocase sufrirla. Estaba casi seguro de que al lado de Alfonsina podría consolar ampliamente sus cuitas de enamorado, y de que, en el peor de los casos, le resultaría más llevadera una decepción absoluta. Ello le daría ocasión, además, para demostrarle a Juanita que sus valores se mantenían firmes. Alfonsina era hermosa, rica, joven todavía y le amaba.
Una alegría pueril, impropia de su seriedad habitual, se apoderó de él. Casi tanto placer le proporcionaba la idea de volver a ver a su ex amante, como la sospecha de que Juanita accedería a sus ruegos. Sentíase más seguro de sí mismo, sin duda, porque anticipaba que cualquier desilusión le sería ya más tolerable.
Se vistió rápidamente, mas sin omitir ninguno de los cuidados prolijos de su «toilette». Una ligera sombra en las cejas ralas no le sentaba mal. Miróse detenidamente frente al espejo. Aun no se advertían en su rostro esas huellas de la edad que los afeites más sabios no logran disimular. ¿Las patas de gallo? ¡Bah! El cutis de sus mejillas se conservaba lozano, su boca era fresca todavía; sus dientes, blanquísimos, formaban una dentadura juvenil, perfecta.
Descolgó el «fono» y pidió comunicación con el departamento de Juanita. El diálogo fue breve, muy diferente de lo que él hubiese deseado.
–¿Eh? ¿Cómo? ¿Tiene usted que salir? ¿Alguien la espera?
–...
–Pero es el caso que necesito hablar con usted. Sí; más tarde, a la hora que usted indique. ¿Por qué no tomamos el té juntos? ¿Aquí, en mi departamento? ¡Encantado! De todas maneras, gracias, muchas gracias. Ah, y prométame que... no me va a hacer esperar inútilmente.
Colgó el tubo disgustado. Le fastidiaba que hubiese estado de prisa, y más que eso, que estuviese comprometida con unos amigos para tomar el aperitivo. ¿Qué amigos podían ser esos? No había dicho amigas, lo cual indicaba que también habría hombres, tal vez uno solo, el que le interesase particularmente a ella. Decididamente, aquella muñequita lo tenía fuera de sus cabales. Él mismo reconocía que ya no era el de antes, que había enajenado su voluntad, que no era dueño de su albedrío, que estaba sometido al capricho, al humor veleidoso de una linda pizpireta de diez y ocho años, que jugaba con su corazón como podría hacerlo con un objeto sin valor.
Sin saber qué rumbo iba a tomar, salió de su departamento caminando lentamente. Al llegar al «hall», incapaz de resistir a la curiosidad, por más que comprendía que era indecoroso espiarla, sospechando que estuviese en el bar con sus amigos, se dirigió allí. Al principio no vio nada, e iba ya a volver sobre sus pasos, cuando alcanzó a divisarla en íntimo «tête-á-tête» con un muchacho, sentados ambos cerca de un gran ventanal. El corazón le dio un vuelco violento y toda la sangre le afluyó a la cara en cálido oleaje. Los amigos eran «uno solo», un mozo guapo, elegantón, con facha de atleta, como les gustan a las muchachas ahora. Sintió tanta pena como rabia al verse engañado y burlado. La coquetuela no había hecho otra cosa que divertirse con él. Sin admitir francamente sus galanteos, pero sin rechazarlos tampoco, había jugado con su amor sin darle importancia, sin tomarlo en cuenta quizá. A él, a Jorge Valmore, al mismo que había subyugado a su capricho a tantas, una chiquilla frívola, ni máss bonita ni más inteligente que muchas que lo habían amado de veras, lo humillaba, lo escarnecía. Tal vez se estaban riendo de él en esos momentos. Ella le contaría al otro su llamado telefónico y ambos se reirían grandemente. Una cólera sorda crispaba de odio sus manos y agitaba sus labios con un temblor convulsivo. De buena gana se enfrentaría con su rival para hacerle ver que aun era arriesgado atravesarse en su camino. Por menos que eso había tenido duelos que terminaron con la eliminación del adversario. Pero, por más cegado de rabia que estuviese, comprendía que no podía hacer nada. Cualquier actitud un poco violenta que adoptase comprometería seriamente a Juanita, y, por otra parte, nada lo autorizaba a ello.
Dejó el bar loco de furor, con unas ganas tremendas de darle un puñetazo en pleno rostro a cualquiera, y fue a encerrarse a su departamento, a rumiar allí su rencor. Pensaba decirle, más tarde, muchas cosas; le hablaría con ruda franqueza y le demostraría que aun no había llegado el momento de menospreciarlo impunemente.
Ya en su habitación, se sentó en una butaca y hundió la cara entre las manos. Hasta entonces había ignorado qué clase de tormentos deparan los celos, y por más que le parecieron horribles, se avergonzó de ver que se le humedecían los ojos. ¡Él, desdeñado por una mujer! Ni siquiera el recuerdo de Alfonsina, invocado ex profeso como un lenitivo, fue parte a calmar su angustia y su dolor. La amaba demasiado para que la imagen de otra mujer pudiese mitigar el sufrimiento que le había causado. Ahora sabía ya, positivamente, que estaba encadenado a ella, que nada ni nadie podría substraerlo a la fatal obsesión que había hecho presa en él. En edad en que para otros las pasiones son más reflexivas, casi sin intensidad, despertaban tumultuosamente las suyas y le hundían sus crueles garras en su corazón intocado.
Toda la tarde permaneció en sus habitaciones enfurruñado, tramando cumplida venganza de lo que consideraba una ofensa imperdonable. Le diría tales cosas a la coqueta que, por lo menos, le quedaría un saludable temor. ¡Ah, si pudiese castigarla corporalmente! Las mujeres provocan en los hombres cierta clase de enojos, que no hallan mejor satisfacción que una buena zurra. Como a una chiquilla mal criada la sofaldaría para darle unos azotes, aunque después tuviese que poner un beso allí donde puso la mano. Mas al aproximarse la hora de la cita, una inquietud muy distinta substituyó a su cólera. Ya no pensaba en hacerle esto ni en decirle lo otro, sino en volverla a ver, en oír de nuevo su voz, en mirarse en sus lindos ojos, negros y relucientes, como cuentas de azabache.
Rosas, muchas rosas en los floreros. «Petit-fours», marrón-glacé, toda suerte de golosinas exquisitas. Jerez, egipcios. Ya está todo listo. Sólo falta que llegue ella y sirva el té, con esa gracia encantadora que acompaña a todos sus movimientos.
Han pasado ya quince minutos –¡un larguísimo cuarto de hora!– y ella no aparece. Recorre a grandes pasos la salita, examina por milésima vez la mesilla de ruedas donde se esponja el té esparciendo su rico aroma, pasa a su habitación y se mira al espejo, vuelve a la salita, se sienta y torna a levantarse; ciertamente no sabe qué hacer ni cómo distraer su ansiedad. ¡Si no viniera! Aquello sería mil veces peor que si la volviese a ver en compañía de ese mozalbete del bar. Pero no; vendrá. Se lo ha prometido y cumplirá su promesa.
Se oye el taconeo de unos piececitos menudos en el corredor, luego tres golpes discretos con los nudillos. Ya está: es ella. Su rostro cambia, se ilumina. Si pudiese mirarse en el espejo en aquel momento, se asombraría de su propia palidez. No tiene una gota de sangre en la cara. Y lo peor es que la mira sin atinar a decirle que pase. Al cabo se repone un tanto y murmura, turbado como un adolescente:
–Juanita, Juanita, Juanita...
Por lo visto, Juanita no está confundida como él ni mucho menos, pues con gran desenvoltura avanza y se sienta en la primera silla que encuentra. Luego, al ver la salita convertida en un puesto de flores, exclama, entre sorprendida y burlona:
–¡Diablos, cuántas flores! Hay rosas por todos lados. Bien se conoce, amigo Valmore, que está usted acostumbrado a recibir visitas femeninas en sus habitaciones –concluye maliciosa y sonriente.
–¡Por Dios, Juanita! Es usted la primera mujer que recibo en mi departamento. ¿No ve usted que tengo una fama horrible?
–De la que yo no hago caso –replica Juanita audaz.
Él se sienta a su frente, poniendo entre los dos la mesilla con el servicio de té, y mientras ella lo sirve, la mira atentamente, como se observa al enemigo momentos antes de iniciar la pelea. Pero no saca nada en limpio de su examen; primero porque está demasiado enamorado para mirar con serenidad, y después porque el rostro de ella es el mismo de siempre, impenetrable al través de su expresión risueña, entre burlona y picaresca.
Él apenas sorbe dos o tres traguitos de té.
–¡Pero coma usted, hombre! –dícele ella. –Estos «petit-fours» están riquísimos. Hola, hola, también hay «sandwiches». ¿Sabía usted que soy muy golosa?
Decididamente, el pobre Valmore está atortolado. Se conduce con la misma timidez, con la misma vacilación de un jovenzuelo a punto de murmurar el clásico «la amo a usted». Espera a que ella concluya su té para hablarle. Come con tanto apetito, que sería una lástima interrumpirla con frases solemnes y apasionadas. Piensa pedirle que le diga si se casará con él o no. Ya ha apurado dos copitas de Jerez y todavía no se halla lo bastante animoso como para comenzar sin tropiezos. No habrá más remedio que beberse otras dos.
Al fin Juanita concluye, después de haber hecho una hecatombe en las bandejas. Se limpia el diminuto punto rojo que señala la ubicación de la boca, y se da de nuevo «rouge» a los labios. Ha llegado el terrible momento. Valmore carraspea, exactamente como lo hacen los actores antes de emprenderla con un párrafo dramático. Y comienza:
–Juanita..., yo...
Nada; no sabe lo que le pasa. No da ni para atrás ni para adelante. Juanita trata de ayudarlo, pero del modo más inapropiado, pues lo hace con un ligero tonillo irónico:
–Sí, Jorge, usted... ¡Vamos, continúe! Cuando los hombres comienzan llamándonos por el nombre y se callan en seguida, es porque piensan decirnos algo muy serio.
Valmore toma pie de la última palabra para decirle, ya más sereno y resuelto:
–Ciertamente, lo que le voy a pedir es muy serio. ¡Me va en ello la vida, Juanita!
–¡Me asusta usted!
–Ojalá fuera cierto. Porque, hablando, sinceramente, ¿le importa algo mi vida?
–¡Qué cosas dice usted! Naturalmente que sí.
–Pues bien; si le importa, escúcheme sin interrupciones y, sobre todo, téngalo muy presente, acceda a lo que le voy a pedir. Usted sabe que la amo...
Una carcajada de Juanita le corta la frase.
–Oh, no se ría usted. Su risa me hace daño. Le estoy hablando en serio, muy en serio. Sí, la amo...
–¿Desde aquella noche famosa?
–Exactamente, desde aquella noche. Debo advertirle que al principio no me di cuenta de ello, pero a medida que pasó el tiempo, lo comprendí así. La amo como no he amado nunca, ¿lo oye?, nunca, nunca...
–Frases, frases; las mismas que habrá repetido usted a tantas.
–Se lo juro a usted que no. Le confesé a usted, precisamente aquella noche inolvidable, que no había amado a nadie, y esa es la verdad. Y bien: yo no sé si usted me ama o no. A veces creo que no le soy del todo indiferente; pero otras –añade poniéndose furioso al recordarlo, –otras veces, como esta mañana, por ejemplo, que la vi a usted flirteando con un muchacho, creo que se burla usted de mí, que se ha burlado siempre.
Juanita se pone seria.
–No, no me he burlado nunca de usted, ¿por qué iba a hacerlo? Pero no le creo ni media palabra. Es una desconfianza instintiva, natural, que no puedo vencer. Precisamente, cuanto más jura usted y más serio se pone, menos le creo.
–¿Qué podría hacer para que usted me creyese? ¿No le parece suficiente prueba de mi amor verme sometido por entero a usted, pendiente de una sola palabra de sus labios? Además, Juanita, cuando un hombre como yo le pide a una mujer que sea su esposa, es porque la ama sinceramente. Quiero que sea usted mi mujercita...
–Lucido papel me asigna usted en su vida.
–¿Por qué lo dice? Es el más digno, el único que podría ofrecerle.
–Pues porque mientras la esposa de Don Juan vive encerrada en casita, el insigne calavera sigue por ahí desvalijando huertos ajenos...
–Me exaspera su afán de acomodar las cosas a su capricho. Diga usted mejor que ama a otro. Eso sería más franco, más leal.
–Le pido que no me aconseje lo que debo hacer. Respecto a su petición, que agradezco de todas maneras, ya sabe usted cuál es mi pensamiento.
Valmore se muerde los labios de despecho. Ya no le cabe duda de que Juanita está enamorada de aquel muchacho, y si no de ese, de cualquier otro menos de él. Y sin embargo, es cierto también que más de una vez le ha hecho creer que lo ama. Aquella derrota lo humilla doblemente porque hiere en lo vivo. La ama y continuará amándola a pesar de todo. ¡Ah, si se pudiese arrancar del pecho una pasión con la misma facilidad con que se amputa un miembro enfermo, aunque le costase un tremendo dolor, lo haría sin vacilar! Comprende que debe hacer algo para disimular su sufrimiento y alejar el ridículo en que lo ha puesto su rotunda negativa. Muy grande es su amor por ella, pero la humillación y el dolor que le ha causado le exigen un remedio pronto y radical. Que salga de allí con el gusto de haberse negado a sus pretensiones, bien está; pero que por lo menos lo sepa que lo deja derrotado, irreparablemente humillado, vencido. Haciendo de tripas corazón, como suele decirse vulgarmente, cambia la expresión de su rostro por otra más risueña, y le dice zumbón y frívolo:
–Mi encantadora Juanita: ya que no acepta usted ser mi esposa, le propongo que flirteemos. No me resigno a perderla del todo. Concédame al menos lo que no le negaría usted a cualquiera de sus adoradores: una mirada, una sonrisa..., un beso si se presenta la ocasión.
Juanita le mira extrañadísima, tal vez un poco ofendida. Es él el que ha pretendido burlarse, según puede deducir por sus palabras, y se felicita de no haber caído en el garlito. Bien le decía el corazón que desconfiase. Siempre será el mismo. Y ella, tontísima, que... Si hubiese insistido, nada más que un poquito, de fijo que ahora estaría arrepentida de su condescendencia.
–¡Bravo, muy bien! –le dice. –Ya sabía yo que no podría fingir mucho tiempo. Como enamorado, es usted de una eficacia peligrosa. ¡Con decirle que casi me convence usted! –termina con la boca llena de risa. Luego poniéndose de pie, añade: –Muy amable su invitación, su té exquisito y sus galanteos más exquisitos todavía. Adiós, Don Juan. Ábrame usted la puerta, por lo menos.
Y sale sin darle la mano, sin volverse para mirarlo por última vez. Valmore siente vehementes deseos de retenerla por la fuerza, de persuadirla, quieras que no, de que todo ha sido un alarde jactancioso para encubrir su derrota, Pero no puede moverse de su sitio, y la deja salir sin poderle decir una sola palabra de súplica o de arrepentimiento.
Hunde la cara entre las manos y llora de rabia y de dolor, esta vez sin sentir vergüenza de sus lágrimas.
Llora como lloran los niños ante el muñeco precioso que sus manos impacientes e inhábiles destrozaron para ver qué tenía dentro.
La verdad es que recién ahora, a dos pasos de la vicaría, considera que su matrimonio es una locura. No ama a Alfonsina, por la sencillísima razón de que no ha dejado de amar a Juanita, y va a ser su esposo. Se casa por despecho, porque la otra no crea que le ha dolido su negativa. ¡Ingenuidad de enamorado! Como si todo en su conducta, comenzando por su noviazgo fulminante y acabando por el apuro de su boda, no descubrieran, de sobra que no ha podido borrar de su corazón a la otra. La victima de este desdichado asunto es la pobre Alfonsina. Por que ella sí le ama de veras y cree, por eso mismo, que es amada a su vez.
No, no ha podido olvidar a Juanita. Juzgó, iluso, que un amor puede substituir a otro sin que sintamos el cambio, y claro, pronto hubo de convencerse de lo contrario. Ni aun en los momentos de mayor entusiasmo al lado de Alfonsina, cesó de perseguirlo la turbadora imagen de Juanita. A veces hasta ha creído ver su rostro en el de la otra, llegando a tal punto la ilusión de sus sentidos que más de una vez se le ha escapado su nombre.
Dentro de tres días todo habrá concluido. Adiós esperanzas, adiós dulces sueños. Cuando el sacerdote concluya de pronunciar las palabras sacramentales, su vida quedará ligada a otra vida muy ajena a la suya. Una mujer, que no es la que eligió su corazón, será su compañera inseparable, la de todos los días, ¡la de siempre! Y se convertirá en el más infortunado de los hombres, habiendo podido ser el más feliz. Adivina lo que será su existencia en el futuro. Pesarán sobre ella una serie de obligaciones, cuya carga nada aliviará. Tendrá que vivir sometido a un engaño permanente, empeñado siempre en una lucha sorda consigo mismo para ocultar sus verdaderos sentimientos. Y todo por vanidad, por vengar su amor propio herido. Pudo haberse marchado lejos –como era su primer pensamiento,– pero luego juzgó que de esa manera no le demostraba claramente a Juanita que le importaba un ardite su rechazo. Y se comprometió, mal de su grado, vencido por las pérfidas insinuaciones del despecho.
Y he aquí lo grave, lo que más le duele, toda vez que a la postre resulta sacrificado sin provecho: a Juanita no le ha dado dolores de cabeza su noviazgo, exhibido con mucho alarde, pues en más de una ocasión la ha visto flirteando con aquel muchacho del bar. Peligroso rival es la juventud, cuando las primeras canas comienzan a desteñir el cabello. Valmore no supo o no quiso comprender a tiempo que ya había pasado para él la hora de enamorarse, porque el amor es planta que sólo fructifica cuando arraiga en corazones juveniles. Y se dejó seducir por el encanto de aquella ilusión tardía, sin advertir sus riesgos.
Todo lo ha hecho con tanta prisa, que él mismo se sorprende de que ya no le quede otra cosa que hacer que llevar a su prometida ante el altar. Vive en la casa que luego habitarán juntos; en suma, nada falta sino que venga ella y se quede definitivamente.
Momentos después de haber tenido aquella escena final con Juanita, resolvió dos cosas al mismo tiempo: boda y mudanza. Lo último lo hizo al día siguiente, para estar lo más lejos posible de su presencia, sin que esto impidiera, como es fácil presumir, que volviese a menudo al hotel, tomando para ello infinitos pretextos.
¡Ah, si fuese más decidido o más inmoral, ésta sería la hora en que, prescindiendo de cualquier escrúpulo, se marcharía dejando a su prometida con el «trousseau» nupcial listo! Pero no puede ni podría hacerlo. Por más que anticipa lo que será su vida de casado, se resigna a ella abnegadamente. Le falta valor, y más que valor, cinismo y maldad suficientes para decirle a la pobre Alfonsina que ya no la quiere, que sólo se casa con ella por despecho. La infeliz no resistiría tan rudo golpe. Y sin embargo, es tan inicuo lo que va a hacer como abandonarla, pues al fin y al cabo llegará un momento en que no podrá fingir más, y la otra se dará cuenta de que se ha servido de ella para encubrir su derrota.
Hace ya cinco días que Valmore sale únicamente a hacer su cotidiana visita de novio; cinco días sin ver ni recibir a nadie. Ha querido ahorrarse la molestia de dar explicaciones sobre la precipitación de su boda, y sobre todo de remover en charlas frívolas aquel asunto que lo tiene tan preocupado.
De vez en vez consulta su reloj con inquietud. Se aproxima la hora en que acostumbra visitar a Alfonsina, y la verdad es que maldita la gana que tiene de ir. Está tentado de decirle por teléfono que no se siente bien, pero lo detiene el temor de que ella venga a verle, con lo que se frustraría, igualmente, su deseo de estar solo. Si las mujeres fueran un poquito sensatas, le diría, sencillamente, que necesita soledad. ¡Pero vaya uno a decirle eso a una mujer enamorada!
Sí, necesita estar solo, tanto para reflexionar sobre algunas cosas que le urge resolver, como. para hacer un pequeño auto de fe con lo único que conserva de Juanita: seis fotografías tomadas por él mismo, durante un paseo, y un pañuelito que ella le diera a guardar y que luego se olvidara de pedírselo. Decidido a esperar hasta el último momento para ir donde Alfonsina, saca la caja en que guarda esos recuerdos y se detiene largamente a contemplarlos. Una a una, por milésima vez, contempla las fotografías. Aquí está sonriéndole, en ésta parece muy seria, en esa está subida sobre un banco, en esotra le está haciendo una mueca burlona. ¡Y qué bonita se la ve en todas! El pañuelito es un retazo de seda orlado de encaje, con un perfume sutil y exquisito a violeta. ¡Cuántas veces habrá puesto allí su linda naricita pizpireta!
Un timbrazo largo, impaciente, interrumpe de súbito su deleitosa contemplación. De buena gana dejaría que el importuno se aburra llamando; pero como está solo y el repiqueteo del timbre le crispa los nervios, echando pestes se levanta a ver quién es. Si la persona que está afuera esperando pudiese adivinar lo que pasa por su ánimo, de fijo que volvería sobre sus pasos más que de prisa.
Con ademán colérico hace girar la perilla, abre la puerta y se queda estupefacto, dudando de si es ficción o realidad lo que ven sus ojos.
Tartamudeando de estupor, murmura, completamente alelado:
–Jua..., Juanita, Juanita.
–Sí, soy yo, la misma –replica ella con su viveza ordinaria. –Dígame usted si soy indiscreta, para despedirme al instante.
Recién después de haberla oído hablar, Valmore recupera en algo la serenidad. Dulcemente emocionado, le dice con una voz que no consigue ser firme:
–No la esperaba, Juanita. Creí que no la volvería a ver más... ¡Figúrese mi sorpresa!
–Estoy convencida de ello, casi tanto como de que no quería volver a verme. Y, sin embargo, nuestra riña no merecía de su parte un rencor tan marcado...
Sin responder directamente a lo dicho por ella, la toma de un brazo y la obliga a entrar.
–Luego hablaremos –balbucea. –¡Tendría que decirle tantas cosas!
La mira de hito en hito, insaciable, como si la viera por primera vez. Le parece que su boca está más encendida, que sus ojos brillan como no los ha visto brillar jamás, que está más bonita que nunca. A su vez, ella le observa con una mezcla de curiosidad y de ternura. Su aspecto no es el de un novio feliz en vísperas de realizar sus sueños. Ha envejecido. Sutil escarcha de plata espolvorea sus cabellos. Su mirada es apagada, triste, sus mejillas han perdido lozanía.
¡Ah, qué difícil se le hace a Juanita explicarle el motivo de su visita, confesarle la verdad lisa y llana! No sabe por dónde comenzar, y la tienta el deseo de marcharse sin decirle por qué ha ido a verle.
–Conque se casa usted... –tartajea embarazada.
Valmore no responde. Tampoco él sabe cómo debe conducirse en tan apurado trance. Inclina la cabeza y permanece callado. Juanita se anima. El silencio de él le presta valor, aunque no la abandona la emoción que repentinamente se ha apoderado de ella al ver a Valmore frente a frente.
–No sé –dice –cómo me va a juzgar usted, y la verdad es que no me preocupa el juicio que se forme usted de mí. Al tener noticia exacta del día de su boda, no pude resistir al deseo de enrostrarle su conducta conmigo. Me declaró que me amaba, pensando en casarse con otra mujer, quizá cuando tenía ultimados sus preparativos. Por fortuna, me salvó mi desconfianza. Si me hubiera dejado arrastrar por mis sentimientos, ahora sería un nombre más en su anecdotario galante.
–Pero, ¿me amaba usted, Juanita? –le interrumpe él, apasionado y vehemente.
–¿Para qué repetirlo otra vez? Le amaba, sí; tal vez no he dejado de amarle, pero no crea usted que vengo a pedirle una limosna de amor. Soy demasiado orgullosa para ello. He venido a decirle la opinión que usted me merece...
Valmore no acierta a pronunciar una palabra. Está conmovidísimo. La inesperada revelación, lo llena de pena y de alegría. Ha procedido como un insensato, con una ligereza y una ofuscación imperdonables. Al cabo, prorrumpe con aturdida verbosidad:
–¡Oh Juanita, Juanita! Merecido tengo el castigo por mi ceguera. Creí que usted no me amaba, y su rechazo me enloqueció. Ebrio de rabia y de despecho me precipité sin medir las consecuencias de mis actos. Me sentía tan dolorido, tan humillado, tan abatido, que, si no hago lo que hice, hubiera hecho otra cosa peor. Quería ocultarle que sufría, que su cruel negativa me había causado un daño incurable. Me comprometí, inconsciente de lo que hacía, ofuscado por los celos. Pero aun estamos a tiempo. Diga usted una sola palabra y deshago mi compromiso, rompo con todo. La amo, Juanita. Ahora mismo, a punto de casarme con otra mujer, su imagen no me abandona. He vivido pensando en usted, torturado por los celos, imaginando que usted amaba a otro.
Juanita flaquea. La pasión de Valmore arrolla su escasa resistencia. Casi no puede reprimir el impulso de decirle que le ama, que le amó siempre, que sólo quiso probar su firmeza al rechazarlo, pero el escrúpulo de hacer daño a una pobre mujer que, como ella, también ama a Valmore, ahoga las frases en su garganta.
–Ya no debemos, ya no podemos hablar de eso. Enterremos el pasado con su carga de ilusiones muertas. ¡Qué sea usted muy feliz, Jorge!
–No podré serlo jamás sin usted... ¡sin ti!
–Se lo ruego: no siga usted hablándome así. Sería capaz de olvidarme de todo...
–Olvidemos juntos. ¿Qué puede importarnos lo demás, si nos amamos? No creí que llegaría este momento, y ahora no te perderé.
Se acerca y, tomándola en sus brazos, cubre de besos apasionados su boca, sus ojos, sus cabellos. Ella se entrega, vencida por una deliciosa embriaguez. De pronto suena el timbre del teléfono. ¡Maldito chisme! Juanita se recobra súbitamente y, zafándose de sus brazos, lo obliga a contestar. Valmore descuelga el tubo. ¡Ah, qué odio siente en ese instante por Alfonsina! Mas, luego, una ráfaga de lucidez despeja sus sentidos. Con la ligereza de pensamiento que adquirimos en los momentos supremos, medita sobre la locura que está a punto de cometer. Juanita le ama, se lo ha declarado ella misma, pero, ¿resistirá invariable su amor, la prueba fatal de los años? Mientras Juanita asoma recién a los umbrales de la vida, él ya transpone el otoño. Es casi un viejo y dentro de poco no podrá ocultar ni disimular las mellas de la edad. Y en tanto que ella dejará de amarle, por lógica fatal de las cosas, su pasión crecerá, se volverá más ansiosa y exigente, por lo mismo que es la última. Ha sido valiente una vez, ¿por qué no serlo dos veces? Bastante ha sufrido ya para que aumente a su dolor nuevas inquietudes. Por otra parte, ¿no es mejor conservar del amor su esencia inalterable, que no sus cenizas melancólicas? El tubo tiembla en su mano. Vacila. Juanita tiene clavados en él sus ojos llenos de ansiedad.
Valmore habla, acercándose al receptor:
–Sí, amor mío, en seguidita voy...
Ya está consumado el sacrificio, ya ha dicho la postrera palabra de adiós a la juventud y al amor. Tira el «fono» y se vuelve para mirarla. Ella palidece intensamente, luego una oleada de sangre le incendia la cara. Sus ojos despiden llamas. Se acerca a él y su manecita de raso le ofende el rostro con una bofetada cruel.
–¡Miserable! –le grita antes de salir.
Y echa a correr, tropezando con los muebles, cegada por el llanto.
Valmore permanece inmóvil. Sólo él sabe lo que sufre, lo que le cuesta aquel sacrificio que ha realizado pensando en su dicha futura antes que en la suya propia.
Ahora sabe lo que es la angustia de la despedida suprema, lo triste que es ver marchitarse, para no resucitar en la próxima primavera, las rosas de pasión que cuidaron nuestras manos y regaron nuestras lágrimas...
Y siente como una caricia en la mejilla el ardor de aquella bofetada, que es da más vehemente prueba de amor que ha podido darle Juanita.
CARLOS PARRA DELRIEGO
1928
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026