Sentimental y cínico
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año XII, No 574
Buenos Aires, 1928
Carlos Parra del Riego
La Novela Semanal, Año XII, No 574
Buenos Aires, 1928
Aquella noche habló Ricardo Padilla, uno de tantos, razón por la cual su relato tiene mayor interés humano, pues, contra lo que se cree comúnmente, éste no reside en los sujetos llamados excepcionales o pintorescos. Estaba ligeramente bebido, de modo que no puso coto a la lengua. Sobre poco más y menos, dijo lo siguiente:
No se rían ustedes si les parece que me evado de la realidad, para entrar de lleno en los dominios de la fantasía. Sabido es que ésta (la realidad) supera casi siempre a cuanto pueda concebir la imaginación más exaltada y generosa. Mi propósito es ser sincero, y contar los hechos sin quitarles ni añadirles coma. Si a último momento me asaltan escrúpulos y callo algún detalle que pudiese comprometerme o ponerme en situación poco airosa, disculpen ustedes, pensando en que la vanidad es, sin duda, de todas las flaquezas humanas, la más perdonable. Sea como fuere, estadme atentos. No hay relato o historia, por trivial que sea, de la que no se saque lección y provecho.
Esa tarde, al despedirme, me dio un beso tan dulce y prolongado que temblé de pies a cabeza,.Un secreto aviso del instinto me hizo desconfiar, mas, al instante, el delicioso cosquilleo de la húmeda huella que dejara en mis labios hízome abandonar mis recelos, y me alejé de su lado más enamorado que nunca. Sentíame feliz: amaba y, a lo que parecía, era amado; ningún deseo venenoso ulceraba mi corazón con su ácido mordiente, carecía de inquietudes; sí, era feliz. ¡Qué poco basta a veces para ser dichoso!
La tarde era espléndida. Un buen sol de otoño la entibiaba dulcemente, espolvoreando de oro pálido las cosas. Jamás, como aquel día, he sentido de un modo tan vivo y penetrante la alegría de vivir, de caminar, sin rumbo fijo, sobre mis dos piernas ágiles y jóvenes, disfrutando el regalo de abandonarme a un ocio soñador. Anduve de aquí para allá, lleno de una apasionada e infantil curiosidad. Todo me llamaba la atención: deteníame ante los escaparates, observaba a las personas, seguía, hasta perderse, la carrera de los autos; un vendedor de globos despertóme el deseo vehemente de comprarlos todos, para lanzarlos al aire como burbujas de ilusión. Al anochecer volví a casa. Ella saliera también, y aun no había regresado. Esperé; pasó la hora de cenar, y yo esperaba; llegaron las doce de la noche, y yo continuaba esperando todavía. A la una, después de llamar por teléfono a las comisarías y a la Asistencia Pública preguntando por ella, me eché a la calle como un loco. Yo no sé adónde fui ni qué hice durante esas horas en que anduve desatinado, penetrando en los cafés que encontraba abiertos, y apurando toda suerte de bebidas para apagar la sed angustiosa que me secaba la garganta. A las seis de la mañana regresé a casa iluminado por la esperanza de hallarla; encontréla desierta: la mesa puesta, el lecho intocado, sobre las brasas apagadas la «pava» vacía. Entonces abrí todos los muebles, registré todos los cajones, todos los escondrijos, buscando la carta, aquella, lacónica y mal escrita, con que es de rigor que se despidan. Pero tampoco encontré nada. Me tumbé en la cama, y lloré como un niño abandonado, mordiendo la almohada. Sin embargo, aún alentaba en mí una idea consoladora: si en vez de traicionarme, o de haberle ocurrido un accidente, estuviese en casa de alguna amiga suya, retenida por cualquier circunstancia imprevista... ¡Vana ilusión! Varios días pasaron sin que tuviera la menor noticia de ella; había desaparecido sin dejar rastros. No me quedaba otra cosa que aceptar la verdad desnuda, horrible: golondrina de amor, había emigrado en pos de otro alero más propicio que el mío. Un día apareciera en mi vida, sin que nada la anunciara; que se marchase como había venido era lo lógico, que yo, insensato, me negaba a admitir. Quería descubrir dónde se hallaba, quién era «él», como si algo hubiese ganado con ello. El vacío de mi soledad se me hacía por momentos insufrible. Dos noches pasé fuera de mi casa; la presencia de los muebles, de los objetos que la rodearon y que, por eso mismo, me eran familiares y queridos, evocábanme su imagen con tanta realidad, que era mayor tormento para mí verla sin poder aprisionarla entre mis brazos. Porque, aunque su fuga me dolía como un insulto irreparable, presentía que, detrás de mi cólera, aun quedaba para ella en mi corazón un rosario de indulgencias plenarias. Enardecido en mi inútil búsqueda, una noche discurrí que su amiga Clara era la única persona que podía darme un indicio cierto sobre su paradero. Fui a visitarla, y, por la manera como ésta me recibió, comprendí que lo sabía todo. Me rogó que la acompañase a cenar, y así lo hice, pensando en sacarle la verdad, quieras que no quieras. No tuve que esforzarme mucho para conseguir mi objeto. De sobremesa, ella misma sacó a relucir el tema, y ya contándomelo todo, ya negándolo, con mil reticencias y vaguedades concluyó por decirme dónde se hallaba, y aun me propuso que le hablase por teléfono. Naturalmente me negué; pero le rogué que ella lo hiciese. Yo no sé qué absurda y morbosa curiosidad me impulsaba a querer oír de nuevo su voz. Clara descolgó el tubo, y yo, a su lado, escuché el diálogo, palpitando de ansiedad. Al pronto, desconocí su voz: tenía una sonoridad desconocida, maravillosa, que, sin duda, trasuntaba la dicha de que estaba poseída.
Clara le dijo:
–Se lo conté todo a esa persona.
–¿Ah, si? ¿Y qué repuso? –inquirió ella.
–Nada: sonrió.
–¡Qué infeliz! –comentó la otra, lanzando un trino impertinente, de pájaro travieso.
El corazón se me trepó a la garganta; tembloroso, jadeante, sentí que me ahogaba un raudal de lágrimas, de dolor y de indignación, e iba ya a estallar en sollozos, cuando advertí en los ojos de Clara una chispa de alegría perversamente femenina. Me rehice de golpe, y afectando una sonrisa despreciativa, comenté a mi vez, con indiferencia:
–Mejor para ella. Se ve que ha ganado con el cambio.
Estoy seguro de que mi rostro no dejaba translucir lo que ocurría en mi interior, porque Clara me miraba entre asombrada y curiosa, incapaz de explicarse tan súbita transformación. Prolongamos la tertulia un rato más, y salí de allí dando traspiés. En mis oídos sonaba tenaz, obsesionante, el odioso sarcasmo con que me hiriera. No le había bastado abandonarme, fría, cruelmente; quería añadir la burla a la culpa. Toda la noche resonó en mi corazón, cual un estribillo enloquecedor, monótono, insistente, la frasecilla injuriosa, y este suplicio se prolongó durante varios días. Al cabo, por aquello tan conocido de que no hay mal que el tiempo no cure, me fui acostumbrando a su ausencia hasta que logré olvidarla. Es cierto que la herida tenía una débil costra que podía caerse en cualquier momento y sangrar de nuevo. Una vez convaleciente, volví a la vida con sedienta avidez, semejante a un jovenzuelo que disfruta por primera vez el goce ardiente de la libertad. Me entregué de lleno a la disipación, experimentando una suerte de placer en encanallarme. Fui el concurrente asiduo de los lugares más innobles: infames tugurios, tabernas de marineros, donde se mercan alcoholes fuertes y amores ralos. Allí conocí la fauna más exótica y pintoresca que me ha sido dado conocer: rudos hombrachones con alma y crueldades de niño, humildes hetairas que, como Santa María Egipciaca, no concedían ninguna importancia espiritual al comercio de sus encantos; pícaros de la gallofa, vivos de ingenio boto y viceversa, mendigos velazqueños, delicadas mujercitas que, cual lotos purísimos, flotaban en aquel fango humano; en suma: un hato de gentes variadas, divertidas unas, repugnantes u odiosas otras, admirables muchas, y todas llenas de un extraordinario interés anecdótico. Entre mi mundo burgués, pacato, de personas que gozan de reputación aunque regatean con vocabulario de rabaneras la risa de la criada, y aquel otro, zurdo y extravagante, mediaba un abismo que, por la violencia del contraste, atraíame fuertemente. Confieso haberme divertido con aquellos tipos, entre los cuales hubo algunos que me dieron limpios y hermosos ejemplos de solidaridad, de respeto humano.
No quiero pasar adelante en mis recuerdos sin mencionar, bien que a la ligera, al «Negro Mentiras», mote con que se conocía a un sujeto en extremo atrayente. Era un hombre alto, ceñido de carnes, de tez obscura y bellos ojos morunos; un guapo mozo, a decir verdad. De una fuerza y agilidad de felino, liquidaba sus peleas desbaratando al enemigo con un golpe imprevisto. Antiguo marinero, a pesar de su mocedad, había medido la extensión de todos los mares, y peleádose y bebido en todas las tabernas de las cinco partes del globo. De sus viajes conservaba un caudal de recuerdos que alimentaba su imaginación, de suyo rica y pródiga. Pocas veces he escuchado un conversador más apasionante, quizá porque en sus cuentos no se percibía el límite entre la realidad y la fantasía. Lo admirable es que, sin poseer ninguna cultura literaria, encontraba las palabras justas, a veces desconcertantes, pero siempre llenas de color y de sentido, que son la salsa picante que da sabor a los relatos. Huelga añadir que era un mentiroso de marca mayor; el apodo con que se le motejaba, ya lo dice. Mentía hasta el extremo de engañarse a sí mismo, pero lo hacía con tanta gracia y oportunidad, que, aun a sabiendas de que cuanto salía de sus labios eran embustes y farfullos, se le oía sin perder letra. A mí me cobró mucha afición desde el principio, tal vez porque era su mejor oyente. Invariablemente, sus historias comenzaban así: «Cierta vez en Sanghai, o en Guayaquil...», y por ahí seguía hilvanando cuanto se le venía a las mientes. Nadie, ni él mismo, sabía dónde había nacido. Sus recuerdos comenzaban en un barco velero, en el que durante muchos años fuera grumete, y después marinero y brazo derecho del capitán, un viejo lobo de mar que se encariñara con él por su desparpajo a la par que por su destreza y valentía en el arriesgado oficio. A la muerte del capitán, «Negro Mentiras» abandonó el mar, pensando en volver a él en cuanto pudiese; pero el mar se vengó de su deserción impidiéndole cumplir su propósito. Una noche, en una refriega habida en un cafetucho, el pobre cayó para no levantarse más, con el pecho atravesado de un balazo. Víle por última vez tendido ya en una mesa de la Asistencia Pública. Sobre su ancho pecho, que las brisas saladas de todos los mares habían azotado, la herida semejaba un pequeño botón de rosa, con el borde inferior constelado de rubíes líquidos.
La muerte del «Negro Mentiras» me alejó definitivamente de aquellos lugares, y me restituí a mi pequeño mundo burgués, donde ya se comentaban de mala manera mis «extravagancias y locuras», que, en realidad, no eran otra cosa que inocentes majaderías. Volví curado de nostalgias sensibleras, y con un sentido distinto de la vida y de las cosas. Aquello me sentó como un trago fuerte, después de un desfallecimiento. Claro está que, a veces, me acordaba de la «que se fue», pero su imagen acudía a mi memoria envuelta en una niebla que esfumaba sus rasgos, tal cual evocamos a nuestros muertos amados y lejanos.
La vida cobró un nuevo y maravilloso interés para mí. «A pesar de sus tristezas, de sus perrerías y miserias –decíame,– es bello vivir.» Pero no vivir a la deriva, sino metiéndose en sus luchas, participando en sus conquistas, apurándola a grandes tragos, ávidos y violentos.
Frecuenté de nuevo a mis relaciones. Entre éstas se contaba entonces, principalmente, Clara y su marido. Clara era la amiga íntima de «la que se fue», y, como ya he dicho anteriormente, la única que estuvo en el secreto de su fuga. A decir verdad, yo no había podido olvidar la expresión sarcástica y cruel que se pintó en su rostro, al ver mi emoción cuando ella hablaba por teléfono con la otra. Aquello me dolía como una derrota, y de esto nació un deseo violento de tomar cumplida venganza. Yo sabía que era feliz con su marido, tanto cuanto pueden serlo dos personas que riñen lo indispensable para que no les resulte indigesto el hartazgo de miel, y me propuse inquietarla. Para ello fingíme inconsolablemente triste –ya es sabido que el camino de la piedad es el que más pronto nos conduce al corazón de las mujeres– y en extremo necesitado de consuelos; confié lo demás al tiempo y a mi astucia.
El plan dióme, en efecto, el resultado que apetecía. Mostróse conmigo llena de delicadezas y de ternuras. Mi dolor, como decía ella misma, le inspiraba infinita lástima; yo no merecía lo que me habían hecho. Como es fácil presumir, nuestras conversaciones eran largas y recitadas en voz baja. Ponía en mis confidencias quejas capaces de herir el alma más endurecida. Y sucedió lo que tenía que suceder: una noche, al final de una charla lenta y melancólica, mis manos aprisionaron una de las suyas, mientras mis labios balbucían torpemente no sé qué cosas apasionadas y ardientes. Se estremeció toda, aletearon las alas de seda de sus pestañas y su mano palpitó entre las mías como un pajarillo recién capturado, que en vano intenta escapar. Entonces saboreé un goce exquisito y desconocido para mí, algo semejante a la embriaguez del orgullo, cuando salimos triunfantes en una empresa que juzgábamos irrealizable. Acababa de descubrir un placer nuevo, deliciosamente perverso, tanto más tentador cuanto que sólo dura un instante. Sentíla, al cabo, desfallecer entre mis brazos, mientras yo, como un actor escrupuloso que observa sus propios efectos, medía el estrago que le causaban mis palabras, sin experimentar la menor emoción. Yo fui el primero en recobrarme, y lo hice tan bien y tan oportunamente, que su marido, que en esos momentos entraba, no advirtió en ninguno de los dos la menor huella de turbación.
Al verle me eché en sus brazos, y dándole vehementes muestras de afecto, le confesé que me hallaba en uno de mis peores momentos de tristeza. Clara adivinó mi maniobra, y me apoyó, diciéndole:
–Está inconsolable. En vano he tratado de hacerlo entrar en razón. A mal que no tiene remedio...
Yo exclamé, con exaltación fingida:
–Es inútil: ¡no puedo olvidarla!
Y le rogué que me acompañase. No quería estar solo; el dolor me tenía fuera de mí.
Clara reforzó mi demanda.
–Sí, hombre: acompáñale un rato. Llévatelo de paseo; tomen unos copetines en algún sitio donde haya orquesta, y luego le dejas en su casa y te vienes en seguidita –concluyó, amenazándolo con el dedo.
Salimos. Eran las diez de la noche. Aparentando una tristeza exacerbada –en realidad, no sentía ninguna; antes, al contrario, estaba muy contento después de lo sucedido con su mujer,– le dije, con una voz que partía el corazón:
–No me dejes solo esta noche, viejo. ¡Me siento tan mal, tan enfermo!
Comprendí que había logrado conmoverlo de veras. Lleno de sincera compasión, dióme unos golpecitos en la espalda, prometiendo hacer todo lo que estuviese en su mano por consolarme.
Como quien no quiere la cosa, le propuse:
–¿Y si fuéramos un rato al «cabaret»? Necesito ruido, oír música, ver luces, mujeres; sí, muchas caras desconocidas, para olvidar la de ella.
–Hombre, al «cabaret»... –objetó él, alarmado. –La verdad es que, desde que me casé, no he vuelto a ninguno de esos lugares. –Y agregó, piadoso y complaciente: –Pero si tanto te empeñas... Eso sí: yo no debo volver tarde a casa.
–¡Ni yo lo permitiría! –le interrumpí, aunque para mi interior pensase lo contrario.
Ahora bien: imaginen ustedes la impresión que experimenta un hombre que, al cabo de muchos años, vuelve por primera vez a un sitio concurrido por mujeres que lo invitan a uno a bailar, a beber, a cometer, en suma, toda suerte de amables locuras.
Estaba deslumbrado. Al principio, lleno de cortedad; luego, ganado por el bullicio del ambiente, se puso a beber y a bailar, como si nunca hubiera hecho otra cosa en su vida. Llegó a embriagarse del todo. Bailó como una perinola, quiso dirigir la orquesta, volcó una copa de champaña en el escote de una rubia complaciente, y al final, cuando era hora de retirarse, seducido por el reclamo de una sirena, marchóse en auto con ella, olvidado no sólo de mí, que esto no es lo grave, sino de su mujer.
Dejé que se fuera, sin hacer nada por retenerlo. Sonreía para mis adentros, satisfecho de mi obra. Ya tenía Clara marido juerguista para rato, porque estaba seguro, como así sucedió, de que el pobre volvería muchas veces más, atraído de nuevo por los encantos de la vida disipada.
Después reflexioné. ¿Por qué había hecho todo eso? Nada más que por el puro placer de hacer mal. Cual si me hubieran dado vuelta de revés, descubrí una faz de mi personalidad que había desconocido hasta entonces. Ahora mostraba una de mis caras, quizá la única auténtica. Placíame hacer sufrir, ocasionar trastornos, como si de esa manera lograse vengarme del agravio que me habían hecho. Las mujeres me inspiraban, por igual, simpatía y aversión vehementes, ganas de hacerlas llorar. En todas las bocas pintadas veía el mismo hociquito rojo que me había sonreído y besado falsamente, la eterna mentira seductora del sexo, y esto avivaba mis bajas pasiones de un modo insensato. Como no amaba a ninguna, engañaba a todas con admirable facilidad. Maravillábame yo mismo de que me fuese tan fácil engatusarlas, por lo que pude colegir que en esos lances el que mejor miente es el que más victorias suma. Era de verse la naturalidad, el cinismo con que juraba y perjuraba sentirme inflamadísimo, y la candidez con que las pobrecitas me creían. ¡En cuántas bocas adorables bebí exquisitas lágrimas de amor! Todas me creyeron suyo, y fui el más egoísta de los enamorados. Pasaba de una a otra deteniéndome apenas un rato, con la misma curiosidad efímera con que se hojea un álbum de estampas galantes. Apasionado en esa especie de turismo amoroso, no reparaba en obstáculos; para mi insaciable apetito, no existían rangos ni edades. Fue así cómo conocí y amé a la interesante señora de Nogales. Pero esto merece capitulo aparte.
Cuando comencé a cortejarla, estaba en ese postrer límite de la segunda juventud, en que las mujeres que fueron bellas adquieren un tono melancólico y dulce. Aún se la podía considerar hermosa, pues llevaba con mucho garbo sus cuarenta y dos años, edad que pude conocer por la indiscreta charlatanería de su marido. Sus ojos eran extraordinariamente bellos. No sé por qué milagro o artificio, mostrábanse libres de la injuria de las «patas de gallo». En cambio, la flacidez de las mejillas y la ligera adiposidad de la papada denunciaban cruelmente, ¡ay!, su edad.
Conservaba su dentadura en perfecto estado, y su talle se mantenía airoso. Era muy honesta y recatada, tal vez un poco beatona, lo que no impedía que recibiese en su casa a una sociedad amable, formada en su mayoría por gentes jóvenes, y aun que asistiese con alguna frecuencia a bailes y otras diversiones. Vivía con su hijo y su marido, este último un excelente sujeto; franco, campechanote, lo que se dice un buen hombre. El niño tenía diez y seis años. Era esbelto y delicado como una vara de nardo, y sus ojos eran tan hermosos como los de su madre, con el añadido de que tenían un brillo más puro. Formaban una familia en extremo simpática.
Nogales sabía hacerse disculpar los excesos de su campechanería, y a ella, a la dulce Margarita de Nogales, se le perdonaba su mojigatería y su aire melancólico, en mérito a la generosa hospitalidad con que recibía en su casa. Desde el día en que les fui presentado, me dispensaron la más grata acogida. Apenas había cambiado los saludos de rigor, cuando ya Nogales me tomaba de un brazo y me llevaba a un rincón para contarme sus historietas verdes, las mismas que repetía siempre a sus amigos sin quitarles ni añadirles coma, y la hermosa Margarita me regalaba una sonrisa especialmente amable. No sucedió lo propio con el niño; por la manera fría y cortés de saludarme advertí que no le había caído en gracia. Como es de suponer, esto no me causó el menor efecto. Le di un pellizco en la mejilla, y no volví a acordarme de él.
Y bien: ya conocen ustedes los personajes de mi historia, y el ambiente en que se movían; ahora entraré de lleno en la acción.
Como nuestras relaciones eran comunes, frecuentemente solía encontrar a los esposos Nogales en las fiestas a que yo concurría. Cierta vez, cual otras muchas, nos hallamos reunidos en una boda de rumbo. El padre de la novia, un palurdo aseñoritado, dichoso de entroncar con una familia distinguida, se propuso deslumbrarnos, y a fe que lo consiguió. La boda fue suntuosísima, y excepcionalmente concurrida. Una muchedumbre trajeada de etiqueta llenaba los salones, los pasillos, se apretujaba en el bar, e invadía el jardín interior de la casa. Yo me sentía terriblemente aburrido, pues detesto las reuniones numerosas, y me hubiera marchado a poco de estar allí, si el encuentro con Margarita de Nogales no me hubiese servido de aliciente. Creo que por su parte ella experimentó el mismo placer que yo al encontrarnos, Nogales la había dejado de su cuenta, para arrimarse al bar con un grupo de amigotes, y la pobre estaba bostezando hasta desquijarrarse. Le ofrecí mi brazo, y contentos como los niños, nos fuimos a curiosearlo todo. De la sala de los regalos, donde había esplendideces tentadoras, pasamos en rápida excursión por los salones, nos asomamos a la terraza, y al fin, un poco cansados después de haber andado de aquí para allá, fuimos a refrescarnos a un cenador del jardín. Un criado nos sirvió champaña y masitas. Estábamos solos, como dos enamorados. Mientras la atiborraba de golosinas, cuidando de que su copa no estuviese vacía, me detuve a observarla con esa curiosidad maliciosa con que los hombres analizamos a las mujeres que, de repente, se nos antojan presa conquistable. Confieso que era la primera vez que miraba de tal modo a Margarita, y del examen que hice saqué un resultado en extremo halagüeño. Era muy bella todavía, lo suficiente, por lo menos, para que fuera codiciable robar un beso a sus labios y una mirada de amor a sus lindos ojos. Este proyecto maligno se me vino de súbito a la imaginación. Y no me detuve a considerar si era bueno o reprochable lo que iba a hacer; púselo por obra con más celeridad de la que requería el caso. Cuando vi que había vaciado la tercera copa, juzgué propicio el momento. Con una voz que yo mismo me desconocí, por lo melosa y apasionada, le dije unas cuantas tonterías al oído, y como si esto hubiera sido la señal para que me desatase, seguí por ese camino elevando el tono y haciendo más expresivos los ademanes. Le dije que la había amado desde que mis ojos la vieron, que había acallado mi pasión, aun a costa del dolor que ello me causara, pero que ya no podía dejar pasar un instante más sin decírselo.
Ella me escuchaba, al principio, con expresión de burla, luego incrédula, con enojo después, y al final, temblando de emoción. Un velo de lágrimas empañaba sus pupilas. Sentíala palpitar, estremecida por una angustia deliciosa, ante el súbito despertar de su corazón. Porque mis palabras, por el tono y la forma en que fueron dichas, habían logrado sacudir las telarañas y el polvo de olvido que lo cubrían, para hacerlo resucitar en un fuego ardoroso. A mi vez, poseído de mi papel, hallé exquisita su turbación, y sus labios de un dulzor que no había saboreado. Nos juramos amor eterno, al despedirnos; pero mientras ella se marchó a su casa traspasada por mil inquietudes, agitada y dichosa, yo me fui a acostar con un vago dolorcillo de cabeza debido al exceso de champaña, y sin otro pensamiento que el muy desagradable de tener que levantarme temprano al día siguiente. No me acordaba en absoluto de la escena del cenador, y menos de lo que le había dicho, con tanto entusiasmo. Fue tal mi olvido, que en la primera visita que hice a su casa después de lo ocurrido, me sorprendieron enormemente su rubor, sus miradas harto expresivas, sus suspiros profundísimos. Después de un rato de interrogarme a qué podían obedecer tan raras y elocuentes muestras, me vine a acordar de que ¡era su ardiente enamorado! No pude reprimir una sonrisita compasiva, cuando comprobé el estrago que había causado, y, naturalmente, hice todo lo posible por reparar mi torpeza. Ahora bien: mi nueva situación de enamorado romántico no me resultaba muy cómoda, hasta me encontraba ridículo, y me reproché como un pecado mortal la tontería que había cometido. No sabía cómo conducirme con ella, y más enfadoso todavía era para mí dirigirme a su marido. Pero, el mal estaba hecho, y no quedaba otra cosa que soportar sus consecuencias. ¡Pobre Margarita! Como todas las que vuelven al amor en el último límite de la edad, se había enamorado con un ardor triste de despedida. ¡Qué mal rato pasé aquella tarde! Sin percatarse de que sus imprudentes atenciones conmigo podían resultar sospechosas, llena de ese arrojo que da una pasión violenta, aprovechaba la menor ocasión para lanzarme miradas abrasadoras que me hacían bajar la vista, y no por pudor, claro está. En un momento en que nos quedamos solos, desafiando el riesgo de que nos sorprendiesen, se me acercó, y tomándome de la mano, me dijo tan cerca que sentí en mi boca la calidez perfumada de su aliento.
–Mañana te llamaré por teléfono para avisarte la hora y el lugar donde nos veremos. Necesito hablar mucho contigo. Te amo, te amo.
Así, sin ambages, tuteándome ya.
–Por favor, modérate que pueden vernos –contesté con grosera precipitación.
«Buena la he hecho», me dije. Y me puse a buscar la forma de salir airosamente del apurado trance. Mas, por mucho que estuve dando y cavando, no hallé ninguna solución satisfactoria. A esto sumábase que la amable perspectiva de tener una aventurilla con Margarita, no me disgustaba del todo. Y como siempre que he querido resolver una cosa importante y urgente, dejé que el destino se encargara de ello.
Serían las dos de la tarde o poco más del día siguiente, cuando me llamó por teléfono.
–Quiero, lo necesito, verte hoy –me dijo, ansiosa y enamorada. –Iré a las cinco.
Me negué en redondo a tamaña imprudencia. Se me erizaron los cabellos al sólo imaginar que pudieran verla entrar en mi casa, y que ello diera origen a ruines habladurías.
Ella insistió, y yo me mantuve firme. Al final oí que sollozaba, colgando el tubo.
Entonces me asusté de veras. Había desatado una tormenta que nada ni nadie podía conjurar. Confieso que su apasionado entusiasmo me causaba más embarazo y disgusto que piedad. No sabía cómo arreglármelas para salir del paso. Lo peor era que, a medida que me mostraba más reservado y cauto, más crecía su pasión. Con insistentes llamadas telefónicas obligábame a ir a su casa todos los días, amenazándome, si no lo hacía, con presentarse en la mía cuando menos lo pensase. Y ¡allí era mi tormento! Ofuscada, ciega, dedicábame atenciones que a cualquiera que se detuviese a contemplarlas, hubiéranle parecido harto sospechosas. El bueno de Nogales, incapaz de malicias, pero, asimismo, sorprendido al ver la actitud de su mujer conmigo, decíame frecuentemente, en tono de chanza:
–Yo no sé qué le ha dado usted a Margarita. ¡Nada: se le ha metido usted por el ojito derecho!
Esto aumentaba mi malestar. No me atrevía a mirarlo cara a cara, por miedo de que leyese en mis ojos la bribonada que con él había cometido. Cuanto a ella, sentía que su amor me envolvía en una atmósfera densa, cálida, algo así como el vaho ardiente de una respiración anhelosa. Imprudente de mí, había lanzado un fósforo encendido sobre la leña seca, resto de la última hoguera, que quedara en su corazón.
Y poco a poco aquella insistencia amorosa y humilde minaba mi voluntad, me rendía a su seducción. Ya no me parecía tan reprochable mi conducta, y la tentación de darle un beso en la intimidad de mi departamento me atraía con inquietante urgencia. Como la mosca presa entre las sutiles y mortales redes de la araña, después de haberme debatido inútilmente, me entregaba al fin, inerme y complacido, a lo que el destino quisiese.
Consentí en que nos viésemos a solas. Tuvimos citas de enamorados adolescentes, largos paseos por lugares solitarios, deliciosas y pueriles riñas de enamorados inexpertos. Llegué a amarla con un ardor y una dulzura exquisitas. Me encantaban su belleza de rosa de otoño, sus caricias, en las que había mucho de ternura maternal, ese todo, indefinible, que constituye el hechizo de la mujer que amamos.
Entonces ya no fue ella sola la temeraria e indiscreta, sino los dos. Aprovechábamos la menor oportunidad que se nos brindara, para cambiar besos y frases apasionadas. Llegamos a tal extremo que, en cierta ocasión, a poco estuvimos de ser sorprendidos por su hijo dándonos un beso. Estábamos en la salita de costura, lugar que preferíamos para nuestras charlas después de la cena. Nogales jugaba al ajedrez con un amigo, en otra habitación. En un momento en que el niño se había marchado, los dos, casi al mismo tiempo, juntamos nuestros labios en un beso delirante. Y he aquí que, de pronto, sentimos girar el picaporte, y apareció en la puerta la figura del niño, con el rostro más pálido que de ordinario. En vano intentamos ambos disimular la turbación que nos poseía. Estábamos seguros de que el niño no había tenido tiempo de vernos, mas, a pesar de eso, ella se puso a temblar, y yo fingí leer, sosteniendo el diario al revés. Habíamos cometido una grave tontería, pero, ¿no es acaso el amor la peor de todas? A poco más, ya tranquilizados, no volvimos a acordarnos del susto que pasáramos; y los dos, bien que inconscientemente, rivalizamos en imprudencia.
Una tarde la esperaba en mi casa, muy ajeno por cierto a lo que luego iba a ocurrirme. A decir verdad, la esperaba con impaciencia. Habíame acostumbrado de tal modo a esas dulces entrevistas, que mucho tiempo antes de la hora convenida comenzaba a sentirme inquieto y ansioso.
Una llamada insistente interrumpió mi ansiedad. «Es ella», me dije, corriendo a abrirle. Mas, grande fue mi sorpresa al ver que, en lugar de Margarita, tenía delante a su hijo. Al pronto imaginé que, asaz temeraria, me mandaba un recado con él. Pero no tardó mi duda en desvanecerse, al advertir el aspecto triste y grave del niño. Sus hermosos ojos brillaban como si mirasen al través del cristal de las lágrimas. Imponía respeto y piedad al mismo tiempo. Lo hice pasar, y aunque traté de persuadirme de que eran aprensiones mías, al verlo frente a frente, me sentí emocionado de veras. El chico me miró largamente durante un rato, sin atinar a decir palabra, pero su mirada, fija en mí, me causaba un malestar infinito. Al cabo, como venciéndose a sí mismo, díjome tartamudeando:
–He venido a verle porque...
Y se interrumpió bruscamente, quedándose cortado.
Para alejar el embarazo que nos dominaba por igual, y que amenazaba prolongarse indefinidamente, díjele con un tonillo frívolo y amable que me costó mucho esfuerzo:
–Muy bien, amiguito: tú siempre serás bienvenido aquí.
Mis palabras sirvieron para darle valor, pues me contestó con dignidad no exenta de altivez:
–0h, no; no he venido a visitarle. Algo más serio y penoso me trae aquí.
Y de nuevo se interrumpió, angustiado y vacilante.
Yo me puse a temblar, y estoy seguro de que palidecí intensamente. Aquel niño delicado y bello cual una mujercita, adquiría, de pronto, a mis ojos, la figura severa de un juez implacable. Su rostro había cambiado completamente. Una expresión digna y grave, al par que melancólica, le daba un aspecto impresionante.
–Habla, querido –le rogué para salir de una vez de aquella situación.
–Mi mamá ya no me quiere –balbuceó él, sollozando.
–¿Y qué puedo hacer yo para remediarlo? –le interrogué.
–¡Todo, todo! –exclamó él en un arranque nervioso. –Usted sabe que ha dejado de quererme... por usted –concluyó haciendo un penoso esfuerzo.
La acusación estaba lanzada francamente, mas, como midiera el peligro que implicaba aceptarla, respondí evasivo:
–No sé qué culpa puedo tener, si tu mamá no te quiere, aunque no creo posible tal cosa. Sin duda te has portado mal, y eso la tiene enojada.
El niño se puso de pie, y tomándome ambas manos me las oprimió con fuerza, diciéndome, vehemente:
–No me obligue usted a repetirle lo que usted sabe mejor que yo, y que hubiera querido ignorar siempre.
Traté de batirme en retirada con un «no sé» que él no escuchó. Veía claramente el trabajo y el dolor que le costaba hablar de cosas íntimas que se referían a su madre, y mi corazón se llenaba de piedad y de ternura por él.
Súbitamente trocó su actitud altanera en implorante y lastimosa. Con acento que jamás olvidaré, me dijo sobre poco más o menos lo siguiente:
–Vengo a rogarle que no vuelva a ver a mi madre. Ella me quería mucho; era yo el único ser que llenaba su existencia, y he aquí que de pronto aparece usted y convierte su cariño en despego y frialdad. Mucho sufrí antes de conocer la verdadera causa de esto, después mi pena no ha tenido límites. ¡Ella, tan buena, tan cariñosa, transformada de repente en una madre desenamorada y fría! Pero no sólo me ha robado usted el cariño que me tenía; también le ha robado el que le profesaba a papá. Antes eran felices; ahora se pelean a diario, y nuestra casa es un infierno. Mamá sale todos los días; ya no le importa ni le preocupa nada. Los criados hacen lo que quieren, todo está en desorden y abandonado; parece como por si sobre nosotros hubiera soplado un viento de desolación. Y sé que cuando ella sale, no es para cumplir con sus devociones, como solía hacerlo antes: sale exclusivamente para venir a verle a usted. Lo sé de fijo, no trate de negarlo. ¡La he espiado a mi madre! Y he sentido tanta pena como vergüenza al confirmarse mis primeras sospechas. Y bien: todavía es tiempo de salvarla. Papá lo ignora aún, de modo que no todo se ha perdido. Ayúdeme usted a volverle el juicio. Yo solo no podría hacer nada, por el mismo respeto que le debo. ¿Cómo me atrevería a decirle que sé adónde va por las tardes, que tiene un...?
Yo lo escuchaba lleno de pena y de remordimiento, sintiendo impulsos de echarme a sus pies e implorarle perdón por el daño que le había causado. No parecía ciertamente un niño, sino un hombre lleno de sensatez y de amarga experiencia de la vida.
Él siguió, humilde y sollozante:
–Ayúdeme usted; convénzala de que ha perdido el buen camino. ¡Devuélvame usted a mi madre!
Este grito último, esta súplica ansiosa y triste, me llegó al alma. Incapaz ya de seguir fingiendo, toda vez que me había cerciorado de que, más que un niño, era un hombre a quien no se le podía persuadir con palabras amables y frívolas, que era un ser consciente y dolorido, le dije, tomándolo por los hombros y atrayéndolo hacia mí con toda la solemnidad que requerían las circunstancias:
–Te juro, querido mío, que no te arrepentirás de haber venido a verme. Tu madre te querrá más que nunca, estáte seguro de ello, pero prométeme a tu vez olvidarte de todo. Jamás recuerdes, cuando estés en su presencia, que conoces el secreto que debiste ignorar siempre. Y perdóname el mal que te hecho, pensando en que lo voy a reparar.
Lo besé en la frente y lo obligué a marcharse cuanto antes, temeroso de que Margarita lo encontrase en casa después de lo sucedido. Un instante tuve el pensamiento de hacerlo asistir oculto a la última entrevista que iba a tener con su madre, para que su tranquilidad respecto a mi conducta fuese absoluta, pero me detuvo la consideración de lo que sufriría con ello, y, sobre todo, de lo penoso e inolvidable que sería para él el recuerdo de aquella postrera cita. ¡Pobre almita delicada y noble, si hubiera permitido que la injuriase una escena que no podía menos de ser para él abominable y torpe!
No habían transcurrido cinco minutos desde que se marchara el pequeño, cuando sonó el timbre y se presentó Margarita. Al verla, sentí que mi corazón se estremecía de pena y de remordimiento por el dolor que iba a ocasionarle. Ella, sin sospechar lo que me había pasado, no bien cerré la puerta, se echó en mis brazos y cubrió mis ojos de besos. Luchando por desasirme de los dulces lazos que me oprimían, la llevé directamente a mi salita, cosa que no le pasó inadvertida.
–¿Por qué me traes aquí? –me preguntó, con celosa suspicacia. –¿Hay alguien ahí dentro? –Luego, reparando al fin en la expresión de mi rostro, díjome: –A ti te pasa algo; algo me ocultas, algo has hecho que no quieres que lo sepa.
Sus últimas palabras fueron para mí un rayo de luz. Súbitamente, se me vino a la imaginación lo que tenía que hacer para desengañarla, bien que causándole una herida cruel.
En vez de contestarle, extremé aún más mi turbación, como si en realidad estuviese a punto de ser sorprendido en falta contra nuestro amor.
–Quiero pasar a la habitación –díjome ella, avanzando resueltamente.
Yo se lo impedí con gran presteza, lo que aumentó sus sospechas.
–¿Quién está ahí? Habla de una vez –díjome, forcejeando por soltarse.
Después de un breve rato de lucia, dejó caer pesadamente los brazos con un gesto de desolación infinita, y comenzó a llorar, murmurando:
–Eres un miserable, sí, un miserable, porque añades el escarnio a la traición. Allí hay alguien que no quieres que me vea, y ese alguien no puede ser sino una mujer.
Yo continué callado, para hacer más vehementes sus dudas. Al fin, vencido por sus ruegos; al tiempo que como avergonzado de mi falta, díjele:
–Y bien, Margarita: perdóname. La cosa no tiene remedio; lo has descubierto todo. Sólo te quedan dos caminos a elegir: el del perdón, o el del olvido.
–Eres un monstruo de maldad y de cinismo –gimió ella.
En aquel momento estaba muy hermosa, con el rostro encendido y sus bellos ojos bañados en lágrimas, y a buen seguro que hubiera echado al diablo mi noble propósito, si la imagen triste y digna del niño no se me apareciera de pronto.
–Llámame infame, monstruo, como tú quieras, pero...
Ella no me dejó concluir:
–¿Quieres decir que has dejado de amarme? –me interrogó sin separar sus ojos de los míos.
Sostuve en silencio su mirada, y luego bajé la cabeza, haciendo una señal de asentimiento. Ella lanzó un grito de fiera herida en las entrañas. Y, contra todo lo que esperaba, se echó a mis pies y abrazándose a mis rodillas me imploró, doliente:
–¡Ah, no me digas que no me amas! Júrame que todo es mentira, que sólo has querido darme un susto. No podría vivir sin tu cariño, y aun si de veras dejaras de amarme, siempre te querría. ¡Es tan bello, tan grande este amor mío! Nació de súbito en mi corazón; luego lo vi crecer, balbucir las primeras palabras, como un niñito, como si fuese un hijito mío que respondía a mi amorosa solicitud maternal diciéndome lindas mentiras, ingenuas. Cosas adorables...
Confieso que más de una vez estuve a punto de levantarla y restituirla a mis brazos entre besos y ardientes protestas de amor, pero me mantuve firme valientemente. Comprendía que lo único que podía curarla definitivamente era un desengaño espantoso, cruel, como esas heridas que abren un boquete por donde parece que se nos va el alma, y comprendí, asimismo, que si decía una sola palabra más, estaba perdido. La turbación de mi voz, las cosas que inconscientemente le diría, todo me hubiera delatado.
Ella seguía llorando, llorando sin consuelo, como un niño perdido en la noche que en vano clama auxilio.
Súbitamente se incorporó, y cubriéndose la cara con las manos, abandonó la habitación sin decirme una palabra de adiós. La vi cruzar el pasillo, abrir y echarse a la calle, dando un portazo, sin temor ni vergüenza de que la viesen salir llorando, y por más que todo me incitaba a llamarla, seguí firme en mi sitio, sin moverme.
Una inmensa sensación de pena, de soledad, me quedó en el corazón, como si hubiese perdido algo irrecuperable. Después de todo, la había amado, la amaba aún en ese momento y era natural que me causase dolor perderla. Por otra parte, ocurre que la mujer a cuyo amor renunciamos obligados por las circunstancias, después se nos antoja que es la única que podríamos haber amado una eternidad, la única que nos amaba de veras.
Al día siguiente me marché a una ciudad vecina; no quedaba otro medio de alejarme de su casa por una temporada, sin que ello resultase chocante y ocasionase comentarios. A mi regreso, al cabo de seis meses, la encontré completamente curada. Entregada de lleno a la devoción más austera («para reparar su pecado», ¡pobrecilla!), y olvidada de toda coquetería, había envejecido de golpe. Sólo sus ojos conservaban su belleza, pero con una opacidad melancólica que antes inspiraba pensamientos religiosos, que no el deseo de besar los suaves pétalos de seda que los cubrían.
El niño me envió una carta; dos palabras apenas. Decía así: «Gracias. Nunca olvidaré su generosa acción.»
Ahí la tengo. Es una de las piezas más interesantes de mi archivo sentimental.
Durante unos años, ocho tal vez, permanecí con el corazón embotado. Ya ni siquiera me tentaba el perverso placer de inquietarlas, para olvidarlas después, indiferente y aburrido. Me habían prohibido el alcohol y el café; no vivía, en realidad; dejábame arrastrar cual un corcho que flota a merced de la corriente.
Sin embargo, de vez en vez me iluminaba un relámpago de esperanza: parecíame que estaba cercano él momento en que se iba a producir lo maravilloso, el milagro que se realiza de repente, aun en las vidas más humildes y trabajadas. Presentía que un día no distante me visitaría el amor, ese amor único, ardiente y puro, que es privilegio de las naturalezas apasionadas. Así sucedió, en efecto. Encontré la criatura más adorable que es posible imaginar. Su belleza iluminaba dulcemente el corazón, como una lámpara pía. Todo en ella era claro, armonioso, fresco. Me enamoré como un insensato, y cometí todas las locuras, pueriles y ridículas, propias de un adolescente.
Ella también me amaba. ¿Por qué? Ahora mismo no sabría decirlo. Ya no era guapo, ni siquiera me quedaba el atractivo de la juventud.
¿Qué podía ofrecerle, en efecto, en cambio de una pasión tan elevada y generosa como la suya? Un corazón envejecido y triste, ulcerado por los ácidos del desengaño. Tuve miedo, sí; miedo de que cuando más indispensable me fuese, siguiendo una llamada misteriosa, o atraída por un nuevo reclamo, más juvenil y apasionado que el mío, se marchase, dejándome irreparablemente solo.
Tranquilo en apariencia, aunque sintiendo interiormente que me moría de pena, la persuadí de que era necesario que no volviéramos a vernos. Ella no entendió al principio lo que quería decirle. Tuve que repetírselo varias veces, para que al fin comprendiese. Pero entendió las cosas a su modo. Creyó que no la amaba ya, quizá que otra mujer había surgido en mi vida y me obligaba a seguirla, y orando sin consuelo, me dio su postrer adiós. ¡Alma mía! Jamás supo que me había sacrificado por ella, que, cuando más sereno fingía estar, era precisamente cuando asistía al funeral de mis ilusiones más amadas, las últimas que florecen antes de despedirnos de la juventud.
De todo esto me ha quedado un recuerdo tan dulce y perfumado, que es como si hubiesen vertido una gota de sándalo en mi corazón.
Pero aquí no concluye todo. El tiempo desgranó sobre mi pena su rosario de cuentas grises, y caí en una suerte de marasmo sentimental. Cual me ocurriera después de haber cortado mis relaciones con Margarita de Nogales, volví a someterme a un régimen médico dietético, inspirado por el egoísmo puramente animal de vivir, El tenorio que todos los hombres llevamos dentro, había muerto en mí para no resucitar más.
Diez años habían transcurrido desde aquella noche en que, frenético y lloroso, me eché a la calle en busca de la mujer que acababa de fugarse de mi casa. Ya su recuerdo no producía la menor impresión en mi ánimo, y si alguna vez me acordaba de aquel lance, era para burlarme donosamente de mi candor de enamorado inexperto. ¡Qué ridículo me juzgaba, al considerar todas las tonterías que había cometido!
Verán ustedes: una noche, después de diez años sin verla, ni siquiera por casualidad, nos encontramos de nuevo. La cosa sucedió en un café cuyas parroquianas no confiesan ni siquiera por cuaresma. No en balde había pasado el tiempo. Parecía otra mujer, muy distinta, por cierto, de la que yo había amado con tanto arrebato. Al verme, la pobre se turbó, quiso retirarse del lugar, huírme, en una palabra; pero yo se lo impedí haciéndole una seña amistosa. La invité a mi mesa, y conversamos largamente. Me contó sus tristezas, sus miserias, sus desengaños casi llorando, y no porque le avergonzase contármelos, sino porque, en realidad, habían sido muchos y muy crueles sus padecimientos. Supe que se había marchado de mi lado, ilusionada por la promesa de un «amor eterno» que duró dos meses, y concluyó con malos tratos y absurdas exigencias. Después había continuado rodando, ora cayendo, ora levantándose, pero aproximándose cada vez más a la triste y solitaria vejez de las aves sin nido.
Su historia me conmovió tanto como su aspecto. Estaba la infeliz muy pobremente vestida; tenía ese no sé qué inconfundible de los que pasan miseria. ¡Pobre bohemia loca, mariposa de alas chamuscadas!
Le pregunté si quería volver a mi casa, y la pobre escuchó mi proposición mirándome incrédula. Le parecía demasiada felicidad hallar al fin un asilo seguro, el regalo de un lecho blando y limpio, de una mesa abundante y sabrosa, que era todo cuanto podía ofrecerle. Aceptó al fin, llorando de gratitud. Y ahí estamos los dos, como caballos uncidos a un mismo tiro, subiendo cuesta arriba, sin esfuerzo, sin penas ni alegrías.
Ella cose, adereza las cenas, limpia y fregotea la casa, dichosa de considerarla suya, ¡su casa! ¡Pobre!...
Yo engordo beatíficamente. Ya tengo platos favoritos, y un día de buen sol en invierno es una de las cosas que más me agradan.
He cerrado mi libro, y he apagado mi lámpara...
No sé por qué, cuando Ricardo Padilla concluyó, todos nos quedamos pensativos y tristes. Flotaba en el ambiente una nubecilla melancólica, algo que nos oprimía. Quizá pensábamos, cada uno para sí, que no estaba lejano el día en que también apagaríamos para siempre la lámpara maravillosa de nuestras ilusiones.
CARLOS PARRA DELRIEGO
1928
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026