Serenata romántica
Carlos Parra del Riego
Hatun Xauxa, Año I, No 1
Jauja, 1944
Carlos Parra del Riego
Hatun Xauxa, Año I, No 1
Jauja, 1944
Una página póstuma de Carlos Parra del Riego
Medianoche. Alta la luna en la calleja romántica. Jauja duerme envuelta en el dulce misterio lunar que enardece la ictericia de la burbuja de la luz del poste esquinero. Silencio que se adensa en los ángulos de sombra. Pétreos muros, labradas rejas, nobles puertas con sus recios aldabones de bronce; y, arriba, colgados como nidos, blacones primorosos tallados cual cofre que guardaron el secreto de pasadas elegancias. Inimitable decorado de melodrama de capa y espada. En cualquier momento creeríase descubrir la escala suspendida, y el galán embozado en la pañosa.
Un perro melancólico husmea en los detritus, cansado de aullar a la luna. Golpean unos pasos en el empedrado de la calle silente. Avanza un grupo de hombres. El sombrero hundido hasta los ojos, alzada la bufanda, caído el poncho que esconde los instrumentos. ¿Poetas, enamorados? ¿Quién no es poeta y enamorado a los veinte años? Helos aquí, bajo el alto balcón que parece encantado en la quietud de la noche. Quien se monda la garganta, quien templa la guitarra, quien se calienta el pecho con un trago cordial. Y, de pronto, rompiendo el silencio azul, surge la copla ingenua de la galante serenata.
El día que tú naciste
nacieron todas las flores
y en la pila de tu bautizo
cantaron los ruiseñores.
La música enriquece la palabra y les comunica un calor de pasión que entibia la noche. ¡Qué bien se acompaña el gemido de la quena, el sollozo del violín y el bordoneo cálido de la guitarra! El canto enamorado se hincha de suspiros y estalla en tristes ayes que dicen penas de amor y saudosas nostalgias. Prosigue la serenata cusqueña de enamorados románticos, en la calleja arcaica. Mas ¡ay! ni el gemido de la quena, ni el sollozo del violín, ni el cálido bordoneo de la guitarra logran conmover el balcón hermético. La copla rendida se pierde en el aire. No obstante, apremia la canción. Dulce humedad de lágrimas impregna las voces, y apasiona la queja sentimental. Desgarrada y patética, el alma de la raza afluye en el canto y le infunde su incurable melancolía de siglos. La quena destaca su gemido desolado que evoca arcanas nostalgias. La serenata se despoja de su falaz adorno galante, y adquiere su auténtica expresión serrana. El reclamo amoroso se torna endecha plañidera, y llena la noche con los tonos graves de un dolor profundo. Ganados por su propia emoción, quizá si los músicos olvidan que es galante la ocasión, y amor el tema que los inspira. Ahora cantan para sí mismos, y en ellos canta la infinita melancolía de un pueblo que llora cuando ama y que hace de su llanto canción.
¡Serenata jaujina henchida de tristeza, caliente de lágrimas y dulce de suspiros! ¿Quién resistirá a tu encanto? ¿Quién a tu pena de amor se mostrará insensible?
Se ilumina el balcón. Asoma una figura de mujer. Cesa la música. Y cae desde lo alto una voz que agradece gentil:
«Muchas gracias caballeros. Pasen, pues, un momentito».
Chirría el viejo portón. Vuelve a sonra la música, que ahora recupera su aire galante, y los enamorados se pierden en las sombras del ancho zaguán.
Jauja–Perú.
CARLOS PARRA DELRIEGO
1934
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026