Tragedia mínima
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XXIII, No 984
Lima, 1927
Carlos Parra del Riego
Revista Variedades, Año XXIII, No 984
Lima, 1927
–¡Qué lindo es! –exclamó acariciándole su barbilla. Y agregó convencido: –Es igualito a mí. Me reconozco en él. Tiene mis ojos, mi boca; la misma forma de mi cara...
Ella sonrió incrédula.
–Tal vez te equivocas –replicó sin dejar de sonreír. –A quien se parece es a mí. Todos me lo dicen: la obstétrica, el médico...
Cedió, complaciente.
–Pues entonces se parece a los dos. A mí también me han dicho lo mismo que a ti, hasta el punto que nadie al verle dudaría de que es mi hijo.
La sonrisa de ella se convirtió en carcajada nerviosa, histérica; reía sofocando los hipos.
Asustado el niño, por aquella intempestiva explosión de hilaridad, despertó llorando.
–Has despertado al nene –dijo mirándola con disgusto. –No sé a qué viene esa risa. Es idiota echarse a reír sin motivo.
–Me rio... porque quiero reírme.
Asomaba a sus ojos la intención burlona y maligna de herirle. En su cara orgullosa y satisfecha, ligeramente abultada por la maternidad, otro más perspicaz que el marido hubiera advertido un gesto de escarnio y desdén.
–¿De manera que te ríes... porque quieres reírte? Bien está. Pero repito: es idiota reírse porque sí, sin motivo alguno.
La miró desconcertado, sin alcanzar nada, y ni siquiera con el deseo de comprender. Como no estaba habituado a madurar sus respuestas, no atinaba de pronto, a decir palabra. Una sombra de sospecha cruzó por su imaginación, e hizo un esfuerzo para seguir el hilo de un pensamiento que se le escapaba. Su mujer se había reído porque él decía que el niño era igualito a él, esto es porque aseguraba con ello que era su hijo. Luego, entonces... Pero no; no cabía ni pensarlo siquiera. Era absurdo, grotesco, inadmisible. ¡Tonterías de mujeres! De repente les place mofarse sin ton ni son. Sin embargo, la cara de ella decía otra cosa: se había vuelto irónica y perversa, perdiendo la expresión sumisa y estúpida que él le había visto todos los días, a todas horas, durante doce años de vida conyugal.
–No sé lo que pretendes insinuar –dijo amoscado. –Como broma, es tonta; como verdad, sería increíble.
La otra sintió el latigazo en su doble vanidad de mujer madura y de madre.
–¿Lo crees así? –repuso. –Otros no piensan lo mismo.
«Otros», pensó él cada vez más desconcertado. ¿Qué quería darle a entender con ello? Procuró adoptar el tono solemne que empleaba con sus subalternos en la oficina:
–¡Otros? ¿Quieres decir que el niño no es? ¿Acaso eso?...
Al pronunciar las últimas palabras su voz vaciló y una oleada de sangre cubrió su rostro de vergüenza. En su criterio moral de burgués sin pasiones, ni deseos, ni inquietudes, no cabía el adulterio ni menos hallaba justificación. Esas eran cosas de novelas, de libros prohibidos. Además aunque admitiera el adulterio, no lo concebía en su esposa. Que en cine, mujeres hermosas y elegantes engañen a sus maridos, pase; pero que en la vida real, mujeres como la suya... No, no; lo pondría en duda aunque lo viese. Sin embargo, ¿por qué sentía ahí dentro, escarbándole el alma, el cruel aguijón de la desconfianza? Se levantó furioso del asiento. Una voluntad ajena a la suya, lo impulsaba a portarse enérgicamente.
–Tienes que darme cuenta de tus palabras. ¡Lo exijo!
El mismo se desconoció el tono y la voz. Chillaba el niño con débiles vagidos, y la madre, únicamente atento a su cuidado, achacándole la culpa del llanto de éste, contestóĺe con feroz indiferencia:
–Piensa lo que quieras. Yo sólo sé que es mi hijo; mío y muy mío.
Él sintió que su iracundia se disolvía en un anonadamiento total. Cayó en el asiento, falto de apoyo; se derrumbó como un montoncito de arena. Dos, tres, cinco minutos, permaneció sumido en el éxtasis de la perplejidad.
La madre lactaba al niño, con una teta gorda, henchida de savia. Y él miraba sin ver; los objetos habían perdido realidad a sus ojos. Todo se esfumaba y se perdía en una niebla espesa en la que naufragaban sus pensamientos atormentados. Era padre, y no era. Su respetabilidad de hombre sin mácula, su dignidad de marido, de segundo jefe de una oficina del Estado, ¿en qué se había convertido? Veíase ya hecho motivo de ludibrio y de ridículo, como uno de esos maridos burlados que representan las alegorías pornográficas. ¡Él, el segundo jefe de la Oficina de Predios Rústicos! Era lo que más le dolía... ¡Si todavía fuera un empleadillo de poco más o menos!
Salió de la habitación trastabillando al andar, como si estuviera ebrio. Como a todos los hombres rutinarios y metódicos, aquella tragedia que se le antojaba más grande de lo que era en realidad, lo tomaba de imprevisto. No concebía una alteración semejante en el orden de su vida. Porque sin duda ya no podrían seguir las cosas como estaban antes.
Se tumbó de codos en el escritorio, donde durante doce años llevara como una cuenta corriente bancaria la economía de su hogar. Allí estaba el libro de gastos diarios abierto por la página donde anotara precisamente los del alumbramiento, como si una mano burlona y traviesa lo hubiera hecho ex profeso. Sin querer, sus ojos, recorrieron la página: médico, tanto; partera, tanto; jabones, bragueritos... Asestó el libro un violento puñetazo. Todo ese gasto enorme, ¿para quién, para el hijo de quién? Un chispazo de cordura iluminó su mente y volvió a pensar en que su mujer no podía haberle engañado. Jamás salía sola... Los amigos que frecuentaban su casa... Pero ¡si ahí estaba el quid! Recontólos llevando la cuenta de sus defectos y cualidades. Don Martín, su jefe, que cenaba una vez al mes con ellos, no podía ser. Era casado, y, además, muy honesto y mojigato. El compañero Sánchez, tampoco. Ese ni siquiera mataba una mosca. ¿Y Valdéz? ¡Ah, ese Valdecillo que siempre hablaba de conquistas y de mujeres! Pero no, tampoco podía ser. Tenía la cabeza a pájaros, mas era leal y buenote; él le conocía actitudes de mucha nobleza. ¿Quién podía ser el infame seductor?...
No era ese el único dilema que lo atormentaba. ¿Qué haría con su mujer? La idea de matarla lo horripilaba, aunque era lector asiduo de la sección policial de los diarios. Abandonarla, tampoco le satisfacía como solución. ¿Cómo podría vivir solo, en adelante? Pensó con espanto en su dispepsia sometida al régimen absurdo de las pensiones, y lo sacudió y calosfrío. Se consideró el hombre más infortunado del mundo. ¿Y qué había hecho para merecer tamaño castigo? Nada, por cierto. Jamás faltara a su oficina sin que un motivo grave los justificase, ni se expresara mal de la Religión ni del Gobierno. Fuera puntual a la misa dominguera; pagara sin regatear el sueldo de la criada, aunque la obligaban a comer aparte «porque los bocados y golosinas no se han hecho para los sirvientes». No le debía un centavo a nadie. Es cierto que nunca abriera su corazón y su bolsa a la desgracia ajena, pero eso sólo porque «la verdadera caridad comienza por casa y él era dispéptico y digno de compasión por tanto». Además, apenas ganaba setecientos pesos, ¡una porquería de sueldo que no le permitía hacer dispendios! No, no merecía su suerte. ¿Y cuándo le sobrevenía la desgracia? Nada menos que a los cuarenta y tres años, de los cuales viviera doce con su mujer, como caballos de coche uncidos a un mismo tiro, comiendo juntos, bebiendo juntos, acostándose juntos. Lo peor era que le urgía decidirse por una solución, cualquiera que fuese: aclarar la duda, matarla o fugarse. Siempre le faltara voluntad, y en aquella ocasión más que nunca. Su vida no había tenido goces, pero tampoco dolores ni inquietudes. Sus zapatillas, su saco de justrina en verano y de lana en invierno, sus buenas comiditas de enfermo engolosinado, su cama que hasta tenía ya la huella que había cavado en ella su cuerpo en tantos años... No deseaba ni ambicionaba otra cosa. Y ante la idea de perder todo eso que constituía su regalo, la angustia exprimió como limones resecos su corazón y su cerebro, acartonados por falta de jugos emocionales.
El niño había realizado en su vida en milagro de una felicidad nueva e inesperada. Su nacimiento le produjo una alegría semejante a la que experimentara cierta vez que fuera arrastrado por unos amigos a una excursión campestre. ¡Ah, qué gozo de sorpresa sintió al comprobar que existían en la realidad paisajes más hermosos que aquellos de los cromos que colgaban en el comedor de su casa!
Y he aquí que le quitaban al hijo, despojándolo de sus derechos de padre, apagándole el júbilo con que le había recibido. Le destruían la única dicha menos egoísta que todas las otras de que disfrutara.
Aunque tardó para entender, comprendió que lo bueno y lo malo de la vida sólo eran obra de la ilusión. Unas palabras le había hecho desgraciado, otras igualmente breves podían devolverle la felicidad. ¿Qué importa la mentira cuando tiene apariencia de verdad? Vivir engañado es mejor que vivir sabiendo lo que siempre se desearía ignorar. Además, ya no estaba él para rehacer su vida encominándola por senderos distintos a los impuestos por la rutina.
¡Y pensar que ella podía remediarlo todo! Esta reflexión disipó su rencor; sintió que le quitaba un enorme peso de encima. Con que le dijera que todo había sido una broma, la cosa se arreglaría.
Volvió a la habitación de su mujer, huidero y medroso como un can vagabundo asoma a la puerta de una cocina. El niño dormía en el ancho regazo materno, como entre dos almohadas de carne algodonosa. Parecía un ratoncillo recién nacido, con la carita colorada y la frente cubierta de una pelusilla negruzca.
Ella lo miró sin recelo ni temor; su aspecto de ira se había transformado en una expresión de tristeza implorante. Volvía derrotado, a suplicar la piedad del engaño o la tranquilidad de la certidumbre. Sintió lástima de verle, correado como una vela de sebo, tan humilde y pobre diablo. Del orundo segundo jefe de la Oficina de Predios Rústicos, no quedaban ni rastros. Parecía otro hombre metido en su saco, arrastrando sus zapatillas de orillo, con paso desganado y tardo. Su presencia en la habitación era el reconocimiento tácito de la superioridad de su mujer. Sin duda era así, aunque en punto a esturticia por ahí se andaban los dos. Pero es que entre un hombre y una mujer idénticamente necios, la mujer lleva la ventaja del instinto y la perspicacia que van aparejadas al sexo.
–Vamos, mujer, dime... –balbució emocionado.
Tardó ella en responder unos momentos, durante los cuales pasaron por su memoria, como un tren de imágenes, los quince años amarillos de tedio que viviera a su lado, consagrada a sus camisas, a sus trajes, al lustre de sus botines, a sus comidas; a soportar sus pejigueras, sus estupideces sensatas, sus insípidos comentarios sobre la actualidad policial. Valía la pena desquitarse de todo esa miseria vestida de virtud, con que había ido matando lentamente en ella ilusiones, deseos, hasta coquetería, que es lo último que pierden las mujeres.
El calorcito del niño pegado a su pecho, derramó piedad en su corazón.
–Sí hombre, sí... ¿Es que no puedo darte un bromazo? ¡Vaya! Mírale: si es más tuyo que mío; como que me parece tenerte en brazos...
Sintió la felicidad casi física de recibir un baño de felicidad. ¡Adiós trágicos impulsos de venganza, ideas desesperadas, de fuga, tristes pensamientos de soledad y desamparo! Lo dicho: volvía a ser feliz por la magia de unas pocas palabras. En adelante, podría contar con que tenía un hijo innegablemente suyo. ¿Y cuando éste tuviera dos años y le llevara de paseo?... Anticipó la visión de verse por las calles, orgulloso de ser papá, con el niño colgado de una mano y en la otra su dignísimo bastón de empleado público.
CARLOS PARRA DEL RIEGO
1927
Carlos Parra del Riego
Primera edición digital
Asociación de Imprentas y Tornamesas
Punta Hermosa, 2026