Antes de llamarse Angélica Palma
Gino Testino Araneta
En vida de su padre, Ricardo, Angélica Palma evitó usar su nombre al escribir para revistas de letras y amenidades de la Lima de principios del siglo XX. Publicó bajo otros nombre, al amparo del anonimato. Influenciada por su amor por la literatura de Benito Pérez Galdós, escogió seudónimos inspirados en su obra. El de mayor relevancia fue Marianela, con el cual publicó una seguidilla de novelas, crónicas y cuentos. Su mayor logro y reconocimiento sería la colección Crónicas de Marianela. Sin embargo, mucha de su obra continua sin ser reeditada, y la única forma de apreciar su prosa es hurgando en bibliotecas y repositorios.
Similar suerte acaeció con otro de sus seudónimos, Araceli; adoptado también de entre las páginas del novelista español. Durante la primera década del siglo, Palma se abocó a producir una serie de escritos, en forma de misivas, que serían publicadas en la revista que fundó, y dirigía, su hermano, el también escritor Clemente Palma, Prisma. Los escritos de Angélica llevarían por título, a modo de columna semanal, Cartas a una turista. Sería una respuesta literaria al libro escrito por Enrique Carrillo, publicado en 1904, también titulado Cartas a una turista. Publicada por partes, durante los meses de febrero a setiembre, en la revista peruana, se considera como una novela epistolar, y la primera obra de la narradora peruana.
La carrera literaria de Angélica Palma explotó una vez alejada de su país de origen y afincada en España. Es en tierras ibéricas donde publica el bruto de su obra, teniendo una seguidilla y fructífera publicación de sus novelas. El público, crítica e historia peruanas la tuvieron olvidada por casi un siglo, otorgándole (y si eso) un pequeño apartado al pie de página en los textos dedicados a su padre y/o hermano. La reedición de sus textos en el nuevo milenio es una insurgencia a este vacío.
Mucho de estos rescates literarios son realizados con ayuda del estado, en forma de concursos como Los Estímulos Económicos a la Cultura. Otros ministerios y municipalidades también hacen sus aportes. Pero la gran mayoría considera a la literatura histórica nacional, libre de derechos, y su lectura todavía como un lujo. No hay leyes, ni políticas, para que el público, los ciudadanos y contribuyentes, accedan a ellas. No es un derecho que tenemos (al igual que muchos otros), sino un derecho al acceso. Es decir, pagando se consigue. Un gasto, una compra.
Y no estoy hablando del libro. Éste, tanto en sus formatos físicos y digitales, es un producto, un objeto trabajado, que responde a leyes de mercado y exigencias salariales de editores e impresores. No aplica ello a la obra, al texto mismo que el autor produjo. Menos aún cuando ya se han cumplido más de 80 años desde su deceso.
No tengo esperanzas en que ello cambie pronto. Al estado y al país, en su mayoría, no le importa ni preocupa. Por ejemplo, Google Books, parte de la plataforma digital, ha descatalogado en los últimos años libros peruanos, o de autores nacionales, que han llegado a liberarse; o nos han restringido el acceso por geolocalización. Angélica Palma ha sido una de las afectadas.